El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Veintiséis #2
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Capítulo Veintiséis #2

Ese tono se había ido. Esa noche sangrienta claramente había destrozado su paciencia. Con mordacidad, dijo:

—¿Quieres que te cuente lo que presenciaron mis soldados? Edificios saqueados. Hombres y mujeres que corrían para salvar sus vidas, sus hogares destruidos. Mendigos degollados.

—Mendigos ahiranyis —aclaró Santosh con desdén.

—También dañaste el distrito de las lámparas rosadas —dijo Vikram—. La fuente de ingresos de los nobles de Ahiranya. Eres consciente del valor de las casas de placer para la economía ahiranyi, ¿no? ¿Para las arcas del emperador? Debes de saberlo. Así que dime, Señor Santosh. ¿Por qué lo hiciste?

Hubo un latido de silencio.

—Los ahiranyis mataron al Señor Iskar —dijo Santosh lentamente, incrédulo—. Casi te matan.

—¿Por qué lo hiciste? —repitió Vikram, con la voz entrecortada.

Bhumika hizo una mueca. Su esposo no estaba ocultando su ira.

Debería haber consumido la flor de aguja cuando ella se la ofreció. Habría aliviado su dolor y lo habría ayudado a controlar su temperamento, generalmente contenido, pero que la agonía había desatado.

—Hice lo que fue necesario para recordarles a los ahiranyis su lugar —dijo Santosh, después de una pausa.

Su voz de repente era untuosa, empalagosa.

Bhumika apretó la mano sobre la balaustrada y escuchó la cadencia, la advertencia que su repentina obsequiosidad llevaba consigo—.

Has estado ausente durante mucho tiempo del corazón del imperio, general Vikram.

Quizá no entiendas el tipo de gobierno que el emperador Chandra espera de ti.

Cuando salvajes como estos ahiranyis matan a los nuestros, deben ser aplastados con mayor fuerza. Todos deben enfrentarse a la justicia.

—Claramente no entiendes a Ahiranya, Señor Santosh —dijo Vikram con una voz neutra que no sirvió para ocultar su furia—. No comprendes a su gente. No como yo. No sabes cómo manejarlos. Tu actitud los convertirá en perros rabiosos que muerden las manos de sus amos.

Bhumika oyó un gruñido de agonía, mientras él se acomodaba en la cama.

Cuando ella lo había dejado, estaba recostado contra los cojines.

Pero en ese momento, al oír la intensidad de su voz, podía imaginar perfectamente la forma en la que se inclinaba hacia delante, tensando su herida, con los ojos fijos en Santosh.

Deseó estar en la habitación, donde podría leer sus caras y sus cuerpos.

Pero solo podía quedarse quieta y escuchar, midiendo la respiración forzada de su esposo y el pesado silencio de Santosh.

—Te diré algo que sé sobre los ahiranyis —continuó Vikram—.

Cuando se ejecuta a un rebelde, ya sea un escriba, un poeta o un asesino, la gente ahiranyi se dice a sí misma: “El hombre violó la ley. Tal vez merecía morir”.

Cuando quemaron a las mujeres, la gente dijo: “Ellas eran rebeldes, ¿no es así? Deben de haber hecho algo que les deparó este destino. Lo que les pasó a ellas no me pasará a mí”.

Buscan razones, reglas, y a través de esas reglas aprenden que mientras sean obedientes, estarán a salvo.

Su miedo los entrena. Pero esta noche, Señor Santosh, has matado a hombres y mujeres que no eran rebeldes, que no sabían nada de lo que le había sucedido al Señor Iskar, que vieron a un señor de Parijat, tú, Santosh, atacarlos sin motivo.

Esos ahiranyis verán lo que hiciste y se asustarán.

Se indignarán. Creerán que se les ha cometido una injusticia contra ellos. Nobles y plebeyos por igual.

”Cuando los niños del templo se quemaron —agregó en voz baja—, aprendí exactamente hasta dónde se puede empujar a la gente de Ahiranya.

Aprendí que un acto aparentemente sin sentido puede convertirlos en enemigos.

Y tú, Señor Santosh, has ido demasiado lejos.

Has unido a los ahiranyis. El emperador no te lo agradecerá.

Santosh no dijo nada. Pero, oh, Bhumika bien podía imaginar la expresión que tenía.

“Has hablado demasiado, esposo”, pensó.

Santosh no era un hombre al que le gustara que lo regañaran. Su orgullo era demasiado exagerado y Vikram lo estaba destrozando. Tenía miedo de que Santosh juntara los restos, todas esas astillas cortadas por las palabras de Vikram, e hiciera cuchillos con ellas.

Y su esposo no había dejado de hablar todavía.

—Tendré que ser indulgente, para compensar tu error de juicio —continuó Vikram—. Debería cerrar la ciudad, por el bien de la seguridad. Pero los ahiranyis querrán celebrar el festival de la oscuridad de la luna.

—Un festival herético —dijo Santosh con voz fina y petulante.

—Un festival que tiene valor para los ahiranyis —corrigió Vikram, todavía calmado—, y que les permitiré celebrar a pesar de las acciones de los rebeldes, como una demostración de la benevolencia del emperador y mía.

No convertiré a los ciudadanos de Ahiranya en nuevos rebeldes, Señor Santosh.

Dejaré que su gratitud suavice su indignación.

Santosh hizo un ruido. Una risa. Afilada, alta. Oh, Bhumika deseaba poder ver su rostro. Su mirada.

—Ya veo —dijo—. Te harás amigo de ellos, ¿verdad? Por supuesto que lo harás. Tú, con tu pequeña esposa ahiranyi y tus preciosos aliados nobles ahiranyi. Prácticamente te has convertido en uno de ellos. —El asco goteaba de su voz.

Bhumika oyó un ruido de pasos. Por un momento, se preguntó si él saldría furioso al balcón y se preparó, relajando los hombros, abriendo mucho los ojos para parecer pequeña, inofensiva, cualquier cosa menos la atenta oyente que era; pero luego lo escuchó detenerse.

Y hablar. Su voz sonaba más distante, como si hubiera cruzado la habitación.

—Ahiranya no será tuya para siempre —dijo el Señor Santosh—.

Casi no es tuya ahora. Intenta ganarte el favor de los ahiranyis si quieres.

Que dirijan sus prostíbulos y adoren a sus dioses monstruosos.

¡Déjalos! Pero ganar su favor no salvará tu regencia, Vikram.

El emperador es quien decidirá quién gobierna. Él me envió aquí. Él me dará Ahiranya.

—Cualquier cosa que el emperador me pida, la haré —dijo Vikram—. Lo que él pida, se lo daré. Pero aún no te ha nombrado como mi reemplazo. Ha sido un placer verte, como siempre, Señor Santosh.

Bhumika oyó un portazo. Santosh se había ido.

Cuando estuvo segura de que no regresaría, volvió a entrar en la habitación.

Vikram estaba reclinado hacia atrás nuevamente, con los ojos cerrados, la boca ligeramente entreabierta mientras respiraba aguantando el dolor.

Ella se acercó a su lado, considerando ya las consecuencias que tendría esa desafortunada conversación para la regencia de su esposo. Para Ahiranya.

Evitó cuidadosamente pensar en cómo había hablado su esposo de la gente de su pueblo. Había muchas cosas en las que se cuidaba de no pensar cuando estaba con él.

Vertió el vino en la copa.

—Bebe —dijo, y colocó la taza contra sus labios. Mantuvo su voz tierna, su expresión compasiva, como si la conversación no hubiera significado nada para ella—. Necesitas descansar. Deja que tu esposa te cuide, solo por esta vez.

Sin abrir los ojos, con absoluta confianza, él bebió.