El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Veinticinco #3
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Capítulo Veinticinco #3

—Aditya abandonó la fe —agregó Malini. No sabía qué conocía o desconocía Priya sobre la política parijati.

Mejor contarle todo—. Tuvo una visión y se convirtió en sacerdote del dios sin nombre.

No podía hacer eso y seguir siendo príncipe heredero de Parijatdvipa.

No podía ser emperador. Y por eso nos quedamos con Chandra.

Pero yo sabía en mi alma que Aditya era quien debería gobernar.

Sabía que sería mucho mejor que Chandra, porque era mucho mejor en todos los sentidos.

Y sabía que por su condición de primogénito y por su forma de ser, tendría el apoyo de las naciones de Parijatdvipa.

Así que busqué a esos reyes y príncipes y me aseguré su respaldo.

Pero entonces Chandra descubrió mis planes.

—Me dijiste que eras impura —dijo Priya. Lanzó las palabras como si fueran una acusación.

Impura. Sí, Malini había insinuado eso, que habían sido sus deseos los que la habían condenado.

No era… falso. Pero Malini siempre había ocultado bien sus deseos.

Si Chandra hubiera conocido su verdadera naturaleza, su alteridad, el hecho de que prefería a las mujeres en vez de a los hombres, tal vez habría terminado antes en la pira. Pero él no lo sabía.

—Lo soy —dijo simplemente. Observó la forma en que Priya la miró: el estremecimiento, la incredulidad—. Pero fue lo que él llamó traición lo que me trajo aquí.

—¿Y no fue traición tratar de deponer al emperador?

—Si hubiera tenido éxito, no habría sido así —dijo Malini—.

Y todavía puedo lograr mi objetivo. Los reinos de Parijatdvipa no olvidan la Era de las Flores, ni el sacrificio de las Madres.

Hicieron un voto a nuestra dinastía para unirse en torno al gobierno de un hijo del linaje de Divyanshi.

Por su honor, no lo romperán. Pero los planes de Chandra no los colocan a su lado, sino a sus pies.

Les he ofrecido una alternativa que les proporciona el estatus que él quiere quitarles. No más.

“No más”. Como si dar un golpe de Estado contra el emperador de Parijatdvipa, el gran imperio de las ciudades-Estado, los bosques y los mares, fuera un asunto menor y nada importante.

Era algo por lo que se había esforzado hasta la saciedad, por lo que había arriesgado todo.

Y había perdido tanto en el proceso… A sus hermanas del corazón, Narina y Alori.

Su posición en la corte. Su libertad. Y su salud y su mente, que la abandonaban poco a poco.

Si Chandra se salía con la suya, sus esfuerzos por deponerlo también le costarían la vida.

—¿Y realmente crees que este hermano irresponsable que dejó su imperio en manos de alguien a quien todos odian es apto para gobernar?

Malini tuvo que hacer un esfuerzo para no inmutarse. Pensó en Aditya: su moralidad, su bondad, la forma en la que la miraba, con cariño. Imprudente, sí. No podía negar que lo era. Pero era mejor hombre que Chandra. Nunca la había amenazado con un cuchillo. Nunca intentó quemarla viva.

No era, ciertamente, un estándar alto para juzgar a Aditya. Pero, ah, por las Madres, si el voto entre las naciones requería de un vástago masculino de Divyanshi en el trono de Parijatdvipa, ¿quién más sino él podría ocupar ese lugar?

—Permíteme decir simplemente que los hombres de mi familia tienen un problema con la indulgencia excesiva en la religión. Pero, aun así, Aditya es un buen hombre. Y Chandra no lo es.

—¿Qué lo hace un hombre malo? —preguntó Priya.

Malini tragó saliva.

—¿No es prueba suficiente que queme mujeres? ¿Que me quiera quemar? Él está… poseído.

No le contaría a Priya su infancia. Todos los años de terror creciente que nadie parecía ver o comprender. No hablaría de todos los sruganis y dwaralis, saketanos y aloranos a los que él había indignado, mucho antes de tener la oportunidad de sentarse en el trono.

—Chandra es un hombre con una visión de cómo debería ser el mundo. Es una visión horrible. Y es capaz de hacer sangrar al mundo con tal de que encaje en ella.

Algo brilló en los ojos de Priya. Malini siguió adelante.

—Chandra destruirá a Ahiranya tal como la conoces —dijo—. Pero Aditya no lo haría. Y a cambio de que me ayudes… puedo pedirle más de lo que Ahiranya tiene ahora.

—Dime.

—El mismo poder que poseen todas las ciudades-Estado de Parijatdvipa —dijo—. Gobernantes propios. Lugares en la corte, para ayudar en la administración del imperio. Un grado de libertad dentro del imperio.

—No puedes prometerme eso —dijo Priya de inmediato. Sus ojos estaban muy abiertos.

—Aditya tiene un fuerte apoyo —respondió Malini—.

Y cuenta con el factor sorpresa. Chandra no sabe qué fuerzas se han acumulado contra él.

Ni siquiera sabe dónde está Aditya. Solo sabe que yo, junto con mis damas de compañía, lo traicioné, despertando malos sentimientos contra su reinado.

¿Y qué podríamos hacer, su hermana llorona y otras dos mujeres tontas, para comprometer realmente su trono?

—Por todo eso —dijo Priya—, a cambio de todo eso, ¿qué quieres? ¿Que no sigan envenenándote? ¿Ser liberada del Hirana? No te liberaré. No si al hacerlo pongo a la familia del regente en peligro inmediato. Debes pedir algo más.

—Quiero ser libre —dijo Malini—. Ya lo sabes. —Plegó su deseo y lo apartó de sí. Dejó que se hundiera, en el fondo—. Pero hay otras cosas que necesito. Yo no puedo escapar del Hirana, pero… ¿tus poderes te permitirán hacerlo?

—Tal vez —dijo Priya, precavida.

Eso era tan bueno como un sí.

—Un hombre leal a mí aguarda en Hiranaprastha —dijo Malini. Conservaba esa esperanza—. Aguarda noticias mías. Todo lo que pido a cambio del futuro de Ahiranya es que le lleves un mensaje y me traigas su respuesta.

—¿Qué tipo de mensaje?

—Si tú no me liberas, él intentará encontrar un modo de hacerlo —dijo Malini—.

Una estrategia silenciosa que no exponga nuestros planes.

Si es que la hay. Y si no… —Sus manos se crisparon, cerró los puños—.

Entonces le agradeceré que me informe sobre cómo continúa nuestra tarea y que le envíe un mensaje a Aditya.

Priya estaba muy quieta. Malini la miró, sopesando la tensión de su cuerpo, la inclinación de su cabeza, y se preguntó cuánto le faltaba para romper sus resistencias.

—Hablaste del odio hacia los que tienen sangre imperial —murmuró Malini—. Hablaste de tus seres queridos que fueron quemados. Bueno, yo también he perdido en la pira a personas que amo. Por las órdenes de mi hermano. Logremos que quede fuera del trono, Priya.

La franqueza, una dolorosa franqueza, se dibujó en el rostro de Priya ante esas palabras. Los ojos se agrandaron, la boca se entreabrió con tantas palabras guardadas que no podía pronunciar. El gesto se desvaneció un instante después, dejando nada más que determinación en su lugar.

—Si lo hago, si te ayudo, entonces ya no seremos ama y sirvienta —dijo Priya lentamente—. Fuera de aquí puedes ser la princesa imperial y yo puedo no ser nada, pero aquí soy alguien útil. Tengo algo que necesitas. Y no seré tu herramienta ni tu arma. Seré tu igual. ¿Estamos de acuerdo?

Priya odiaba que la menospreciaran. Odiaba no ser vista. Odiaba que la creyeran débil. Malini lo había notado cuando Pramila la golpeó, cuando una mirada negra y calculadora parpadeó, solo por un momento, en los ojos de la sirvienta.

Fue una suerte, entonces, que siempre fuera tan fácil encontrarse con su mirada. Poder mirar ese rostro y darle lo que quería, simplemente permitiéndose ser honesta. No tener que manipular a Priya era como una pequeña bendición.

—Eres inmensamente poderosa —le dijo Malini—. Y si eliges creer que te estoy manipulando, o no, por favor créete esto: te estoy diciendo la verdad cuando digo que necesito una amiga. Y tú has sido… muy amable. —Ah, cuánto extrañaría esa amabilidad—. Debo saber: ¿cómo quieres que te llame?

—Solo Priya —dijo secamente—. Como ya me llamas.

—Entonces, a cambio, seré Malini para ti.

—De acuerdo —dijo Priya, y el corazón de Malini se disparó incluso cuando se le hizo un nudo en el estómago. Tratos, promesas sobre lo acordado. Esto no se acababa nunca—. Ahora, Malini. Háblame de este hombre y dime dónde puedo encontrarlo.