Capítulo Veinticinco #2
—Cuando era niña, mi padre se encargó de que me educara una mujer sabia —continuó su madre—. Trataré de darte lo mismo, mi niña, pero hasta que pueda hacerlo te enseñaré yo misma lo que sé. Cosas que te ayudarán a sobrevivir como hija de Parijat. Una flor con un corazón de espinas.
—No soy rebelde —dijo Malini—. Lloré.
—Llorar no te hace ser menos tú misma —respondió su madre.
Tocó con las yemas de los dedos el cabello rapado de Malini—.
Ten cuidado con tus lágrimas —agregó con una voz que se notaba entrenada en la moderación—.
Son sangre del espíritu. Si lloras demasiado, te desgastarás hasta que tu alma sea como una flor magullada.
Sin embargo, su madre se había equivocado.
Si una llora lo suficiente, el carácter se transforma como una piedra erosionada por el agua hasta que se vuelve suave e impermeable al daño.
Si se usan las lágrimas como herramienta durante el tiempo suficiente, es posible olvidar cómo se siente el verdadero dolor.
Era una especie de pequeña misericordia, al menos.
Las paredes respiraban. Cuando salió de la sala del claustro, lentamente hacia la oscuridad, Malini vio que las enredaderas se abrían paso a través de los muros, el musgo se desplegaba en las grietas del suelo como telarañas.
Esas raíces y hojas latían junto con el aliento de Priya, que yacía inconsciente en el suelo.
Malini veía sus párpados latir, inquietos, pero sin abrirse del todo.
La inclinación felina de sus ojos, la nariz torcida y la agudeza de sus huesos.
No era posible disfrazar a esta mujer para convertirla en una dama de la nobleza.
Era fea y fuerte. Exactamente lo que Malini necesitaba.
Lo supo desde el primer momento en el que la vio a través de la celosía, en la oscuridad.
Estuvo segura de ello cuando escuchó los gritos desde el otro lado del corredor, presionó su mano contra la puerta de su celda y sintió que la cerradura se abría como si hubiera estado esperando que la tocara. Cuando se escapó y vio a Priya quitarle la vida a la rebelde.
Era una posibilidad, una esperanza. La única que tenía Malini.
—Priya. Despierta —le dijo con firmeza.
Miró más allá de las enredaderas hasta el final del corredor. Lo único que le faltaba era que, las Madres no lo permitieran, apareciera un guardia buscándola o se encontrara con Pramila doblando la esquina.
—Despierta.
Con un gemido, Priya levantó los párpados una vez más.
Los ojos de Malini estaban secos. Pensó en fingir sus lágrimas de nuevo, en ser amable y ablandarla.
Pero no. No había podido jugar bien ese juego. El incendio de abajo había hecho que su sentido común fallara, y se había revelado demasiado rápido. Toda esa confianza cuidadosamente cultivada, las vulnerabilidades que había exhibido, todo, desperdiciado.
Tendría que encontrar una nueva estratagema para ganarse a Priya, para capturarla a su servicio, o bien recurrir a la honestidad.
Pero primero…
—Priya —dijo—. Ponle fin a esto. Tu… magia.
—Lo estoy intentando.
Observó el pecho de Priya subir y bajar, la forma en la que sus manos se curvaban mientras se incorporaba sobre los codos.
—¿Qué te ha pasado? —murmuró Malini.
—Cállate y déjame pensar.
La mirada de Priya era distante, fija en un punto mucho más allá de Malini. Respiró lenta y profundamente. La princesa permaneció en silencio y de rodillas. No tocó el verde que se desplegaba a su alrededor; solo vio cómo retrocedía y se marchitaba de nuevo en el suelo y las paredes.
Priya se miró las manos con asombro y miedo.
—¡Por la tierra y cielo! —susurró—. Ha funcionado.
Entonces levantó la cabeza, se enderezó y miró a Malini. Su expresión era desagradable: los labios apretados, la mandíbula tensa, los ojos entrecerrados. Parecía capaz de quitarle gustosamente la vida.
—Hace tiempo que sé que no puedo confiar en nadie —dijo Priya—.
Sé cómo es el mundo. Pero tú… fui una tonta contigo.
Creí entender algo de lo que eras. Te vi enferma, te vi llorar.
Y me daba miedo tener que verte morir. Pero todo lo que dijiste e hiciste…
, todo era mentira, ¿no? —Meneó la cabeza con furia y levantó una mano delante de ella—.
No, no respondas. Sé que fue una mentira.
“No mentí”, pensó Malini. Ella sabía cómo mentir, por supuesto. Lo había hecho a menudo. Pero el valor de una verdad, cuidadosamente tallada para satisfacer las necesidades de su público, era mucho mayor y mucho más difícil de refutar.
Le gustaba Priya. Le gustaba la firmeza con que la sujetaban sus brazos; la forma en la que sus músculos se hundían y curvaban; su manera de sonreír, siempre extrañamente cautelosa, no más que un destello de dientes blancos, un hoyuelo grabado en la mejilla.
Malini no sabía cómo la hacía sentir la mirada de furia y traición de Priya.
El dolor que sentía en el pecho le recordaba la sensación de comer un chile verde fresco entero cuando era una niña, simplemente porque su niñera le había dicho que no lo hiciera: un dolor palpitante y, sin embargo, intensamente dulce.
No estaba segura de si lo odiaba o si tenía hambre de más.
“No quiero que me odies”, pensó. “Quiero gustarte. Es absurdo, pero ¿por qué más te pediría que me imagines con mis mejores saris? ¿Por qué más te pediría que me imagines hermosa?”
Decir esta verdad no la beneficiaba en nada. Y necesitaba a Priya.
—Deberías escuchar lo que tengo para ofrecerte —dijo en cambio—. Aunque no me ayudes a escapar, debes escucharme.
—Con todo respeto —replicó Priya, con voz entrecortada—, no tengo por qué hacerlo. No tienes nada para mí.
Tenía razón. Todo lo que Malini había fomentado durante su tiempo en la corte —un jardín de leales mujeres nobles, reyes, señores y príncipes, una red de susurros para alimentarla con el néctar del conocimiento— había desaparecido, se había marchitado o lo había arrasado el fuego, o simplemente estaba fuera de su alcance.
Ni siquiera su mente era lo que debería haber sido por culpa del veneno de flor de aguja.
No tenía nada ni a nadie. Solo podía ofrecerle a Priya favores y deudas que, con suerte, podría pagar algún día.
Se inclinó hacia delante, apoyando una mano en el suelo fresco que había estado cubierto de musgo.
No jugó ningún juego que Priya hubiera podido rechazar.
En cambio, la miró a los ojos y pensó: “Soy una hija noble de Parijat, he sobrevivido a las hermanas de mi corazón, he ganado hombres para mi causa. Todavía vivo, a pesar de la fe y las llamas”.
“Me escucharás. Te lo ordeno”.
Vertió ese pensamiento en cada centímetro de su cuerpo: en la inclinación de su cuello, la firmeza de su mano en el suelo, la orgullosa prominencia de sus hombros.
Fue suficiente para retener a Priya por un momento. Solo lo suficiente.
—Sé que no amas a los parijatis —dijo Malini—. Pero amas a Ahiranya. Y sabes que el emperador Chandra pronto destituirá a tu regente.
—¿Qué me importa si lo hace?
—¿Quieres que uno de sus compinches se apodere de tu país? ¿Un creyente fervoroso en la unidad de Parijatdvipa bajo la única llama de la fe? Independientemente de lo que pienses del general Vikram, no es un idealista. Los idealistas son, con mucho, los gobernantes más peligrosos.
¿Qué estaba haciendo, tratando de explicarle política a una criada?
“Pero Priya no es una simple sirvienta”, susurró una voz en su cabeza.
Sonaba como su voz de… antes. Antes de que bebiera veneno día tras día y sus pensamientos comenzaran a deshilacharse dentro de su mente.
Era una voz dulce, que hablaba en la lengua dvipana de la corte culta con una cadencia como la de un barco que surca aguas muy muy profundas.
“Ella es una hija del templo, ¿no? Tiene más poder en un dedo que tú en todo tu cuerpo. No sabes todo lo que ella sabe. No sabes lo que es capaz de hacer”.
—¿Qué daño te hará escucharme? —preguntó Malini.
Priya vaciló. Se oyó un sonido en alguna parte del Hirana. Alguien gritaba un nombre. Apretó los labios, tomó a Malini por el codo y la obligó a ponerse de pie.
—Suficiente daño —dijo—. Pero lo haré de todos modos, supongo.
Había amargura contenida en la voz de Priya…
Ah, si Malini fuera de las que se entregan al odio a sí mismas, lo habría sentido entonces.
Había algo increíblemente suave en el corazón de Priya.
Nunca había visto algo así antes. Cuando había hablado de hacer una ofrenda de coco y flores a los espíritus ahiranyis, cuando había hablado de llorar a sus muertos, Malini había podido sentir ese corazón en sus manos: un músculo tan frágil como un huevo con un mundo dentro, la compasión que fluía de él, tan terrible y nutritiva como la sangre.
Pero Malini no era de las que se arrepienten, así que no sintió nada.
Pramila ni siquiera estaba enfadada. Priya inventó con ligereza una historia: Malini se había ido corriendo por el pánico y ella la había buscado, la había calmado y la había llevado de regreso tan pronto como pudo; una flagrante mentira, pero que Pramila estuvo dispuesta a creer.
La mujer había estado llorando y todavía temblaba.
Una vez que estuvo segura de que la princesa estaba a salvo, dio media vuelta y se encerró en su propia habitación. Para llorar más, supuso Malini.
Ella y Priya no eran las únicas con recuerdos terribles del fuego, al fin y al cabo.
Priya se movía inquieta por la habitación mientras Malini permanecía sentada sobre el charpoy , con las piernas cruzadas y la espalda erguida. Sin preámbulos, dijo:
—Mi hermano me quería muerta porque traté de hacer que nuestro hermano mayor le quitara el trono.
Priya dejó de pasearse.