El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Veinticinco
47%

Capítulo Veinticinco

MALINI

L a primera vez que Malini aprendió a sostener un cuchillo fue también el día en que aprendió a llorar.

Ella y Narina estaban jugando en el jardín de flores de su madre, lleno de lirios y lotos de agua en pequeños estanques, zinnias e hibiscos.

Jugaban a ser comerciantes dwaralis que cruzaban las fronteras de Parijatdvipa hacia los peligrosos páramos del territorio nómada de Jagatay y Babure.

Para eso, necesitaban capas gruesas; por alguna razón, Narina insistía en que los comerciantes siempre usaban capas gruesas, pero también necesitaban armas.

—Para proteger nuestras mercancías —explicó Narina.

—Pensé que tendríamos guardias para proteger nuestras mercancías —había dicho Malini.

—No todo el mundo tiene guardias, Malini —resopló Narina.

—Ya veo. Entonces no somos muy buenos comerciantes. Si lo fuéramos, podríamos permitirnos tener guardias, ¿no?

Alori dio un pequeño suspiro.

—No discutáis, por favor —dijo—. De todos modos, sé dónde podemos conseguir armas.

Alori era la única hija del rey de Alor, que tenía suficientes hijos para constituir su propio pequeño ejército.

Era tranquila y pequeña, y tenía el don de desaparecer de la vista, desvanecerse en la insignificancia.

Pero su tranquilidad no era timidez, y guio a Narina y a Malini con confianza a la habitación donde dormía el menor de sus hermanos sin nombre.

En el camino a través de los corredores, podían escuchar el sonido de los golpes sobre la madera y de las cadenas bajo sus pies.

Ese sonido era la garantía suficiente de que los príncipes imperiales, los hermanos de Malini, y sus señores acompañantes estaban ocupados entrenando en el patio de prácticas.

Las chicas entraron en la habitación y rebuscaron en el baúl que estaba al pie de la cama del hermano de Alori.

No guardaba su maza ni su sable, ni ninguna de sus armas más impresionantes en la habitación.

Pero había dos kataras gemelas, enfundadas en cuero, en el fondo de su baúl, y dos dagas con tallas de peces de ojos pequeños como cuentas en las empuñaduras.

Antes de salir de la habitación, a Malini se le ocurrió de repente mirar debajo del colchón.

Ahí era donde ella guardaba sus propios tesoros, y su instinto la recompensó cuando encontró un simple cuchillo.

No era lo suficientemente bueno para ser una daga.

No tenía ninguna curva sinuosa en la hoja ni decoraciones en la empuñadura.

Era sencillo, brutal y afilado. Malini se lo guardó en el bolsillo.

Corrieron de regreso al jardín, donde se derrumbaron en ataques de risa.

Fue Alori quien se ofreció a mostrarle a Malini cómo usar el cuchillo.

—Mis hermanos me enseñaron —dijo—. Mira, así es como se sostiene.

Había un truco para sostener el arma de manera adecuada. Una actitud de confianza al sujetarla. Malini extendió el cuchillo frente a ella y una sensación extraña y ardiente creció en su pecho. Sonrió.

—Protejamos nuestras mercancías —dijo.

Estaba fingiendo ser una bandida de Babure, de pie en el borde de una roca alta, agitando el cuchillo frente a ella, cuando Narina y Alori, que estaban a sus pies desafiándola a gritos, se quedaron repentinamente en silencio.

Malini era una niña sensata. Bajó el cuchillo y se enderezó.

Se volvió. Detrás de ella, vio alzarse la figura de un hombre, ensombrecida por la luz del sol.

Pero conocía la forma de esos hombros; ese turbante, con perlas alrededor del borde y una sola pluma de pavo real cosida a la corona.

Las zapatillas de oro y bermellón, ricamente teñidas, en los pies.

Chandra se paró frente a ella. Era joven, solo unos años mayor.

Pero ya tenía dureza en la mirada, la cualidad pétrea de alguien que está furioso con su suerte en la vida.

La miró con desdén y Malini fue repentinamente consciente de su cabello suelto, sus pies descalzos y sucios. Del arma que tenía en la mano.

—Malini —dijo él—. ¿Dónde conseguiste ese cuchillo?

Ella no dijo nada. Sus palmas ardían.

—Te escuché en el pasillo —dijo, acercándose a ella—. Oh, pensaste que habías pasado inadvertida, lo sé. Pero yo no estaba en el patio de prácticas con los demás. Estaba orando en el altar familiar. Hablando con el sumo sacerdote.

—¿Acerca de…? —preguntó Malini.

Tal vez si fingía que no pasaba nada, que no podía ver la curvatura de su labio, la estrechez de sus ojos, su ira se desvanecería. Qué esperanzas tan descabelladas tenía.

Pero Chandra apretó aún más los labios.

—Dámelo —dijo.

Alori le había explicado, entre risas, cómo un pinchazo bajo el hueco de las costillas podía matar a un hombre. Cómo podría cortar un tendón. Cómo podría rebanar una garganta.

Lo había dicho todo suavemente, con facilidad. Esas eran las cosas que los hermanos de Alori le habían revelado, como si una niña tuviera el mismo derecho a las armas y al conocimiento, como si esperaran que ella derramara sangre con sus propias manos.

Chandra le había enseñado a sentir miedo y vergüenza. Esos sentimientos se asentaban en su estómago, pesados como una piedra. Podían alterar su propia naturaleza, someterla, encadenarla.

Malini pensó en todas las formas en las que se podía usar un cuchillo para matar o mutilar, con la palma de la mano picando por la sed de sangre. Luego le ofreció el arma a su hermano. Chandra la tomó.

—¿Qué te dije la última vez que te portaste mal? —preguntó.

—Lo siento —dijo Malini.

—Agacha la cabeza —respondió él, como si no la hubiera oído.

La tomó por el pelo.

Y luego comenzó a cortar.

—Te dije —dijo él, cortando su trenza, mientras su otra mano aferraba bruscamente las raíces de su cabello— que las mujeres son un reflejo de las Madres de las llamas. Naciste para ser santa, Malini. Te dije que, si te niegas a comportarte correctamente, tendrás que aprender.

Malini vio a Narina justo cerca de ellos, con la cara roja y los puños cerrados. Alori se había apartado bajo la protección de los árboles y los miraba, completamente inmóvil.

Nunca olvidaría la mirada en los rostros de sus amigas.

Trató de apartarlo de un empujón, con fuerza, con ambas manos. Él simplemente tiró de su cabeza hacia atrás y cortó con más vigor. Malini sintió el dolor punzante de la carne herida. Un escozor y el calor de la sangre que bajó por su piel.

Lo había sentido entonces, como lo sentiría muchas veces en los años siguientes: la certeza vertiginosa de que, cuando él le cortó el pelo, también había querido cortarle el cuello.

Que al lastimarla la amaba más intensamente, y que quería lastimarla aún más intensamente; como si destruirla fuera la única manera de mantenerla pura.

Fue entonces cuando Malini comenzó a llorar.

Lloró porque pelear no le había funcionado y no se atrevía a suplicar.

Y Chandra cortó más suavemente; como si las lágrimas de su hermana fueran una señal de sumisión, de derrota, y así él pudiera permitirse el lujo de ser amable con ella.

Como si eso fuera lo que había buscado todo el tiempo.

Ella aprendió. Las lágrimas eran una especie de arma, incluso aunque hicieran su furia arder, pudrirse y retorcerse dentro de ella.

—Chandra —dijo una voz. Y el cuchillo se detuvo.

El hermano mayor de Malini, Aditya, estaba de pie en la terraza del jardín.

Todavía llevaba el atuendo que usaba en el patio de prácticas: el torso desnudo y nada más que un dhoti, sin turbante que ocultara su cabello empapado por el sudor.

Cruzó el jardín con paso rápido. Detrás de él, en las sombras, estaba su madre.

El pallu le cubría el rostro, la cabeza baja.

Cuando Malini lo vio, lloró aún más furiosamente, con grandes sollozos, aun cuando su corazón permanecía lleno de rencor y furia.

—Déjala —dijo Aditya. Sonaba cansado.

—Ella tenía un arma. Una mujer debería ser más sensata.

—Es una niña. Deja que madre se ocupe de su disciplina.

—Madre la malcriaría si pudiera —murmuró Chandra—. Los sacerdotes dicen…

—No me importa lo que digan los sacerdotes —dijo Aditya—. Ven conmigo, Malini.

No tuvo que decírselo dos veces. Ella corrió a su lado.

Aditya la guio a la terraza. Después de un momento, Narina y Alori la siguieron.

—Nadie más piensa como él, pequeña paloma —le dijo Aditya en voz baja. Cepilló suavemente las puntas rapadas de su cabello—. Esta es una época más tolerante. No necesitas un cuchillo. Tienes suficientes guardias para protegerte y dos hermanos que te quieren.

—¿Y quién me protegerá de mis hermanos? —preguntó Malini.

—Chandra no quiso lastimarte.

Malini sabía que su hermano estaba equivocado. Chandra había querido hacerlo. Y lo había logrado.

Pero Aditya no lo entendería si tratara de explicárselo, así que no lo hizo.

Esa noche, cuando ella, Narina y Alori se acurrucaron como cachorros bajo una manta, Alori les mostró una hoja envainada. Otro de los cuchillos de su hermano.

—Él quiere que lo tengamos —dijo Alori. Y agregó—: Lo lamenta, Malini.

Pero no era un príncipe de Alor el responsable del dolor de Malini.

Ese día aprendió a envolverse en un caparazón de mansedumbre en lugar de mostrar el verdadero temple de su furia. Aprendió, cuando Chandra le cortó el cabello, que había una forma en la que se esperaba que ella se comportara y, si no lo hacía así, tendría que pagar un precio.

Solo su madre sabía lo que le ocurría. Una vez, se sentó a su lado en el columpio, en el mismo jardín donde Malini había aprendido la lección.

—Voy a daros clases a ti y a tus amigas —le dijo, después de un largo silencio—. Ya es hora de que aprendáis la filosofía de la estrategia militar y el liderazgo, las enseñanzas de las primeras Madres, estas son las cosas que una princesa debe saber.

Malini se quedó en silencio. Nadie le había dado la impresión, y menos aún su madre, tan sumisa, de que ese conocimiento fuera adecuado para las princesas.