Capítulo Veintitrés
ASHOK
S iempre llevaba una botellita llena de agua colgada del cuello. La tocó mientras se deslizaban por el bosque; sentía el olor a sangre en sus fosas nasales, pegado a sus ropas y uñas. Kritika se giró para mirarlo por un instante. Había una mancha oscura en su mejilla.
—Avanza —le dijo él.
La botella no estaba caliente, el poder de su contenido no ardía como ardían los árboles sagrados. Pero algo parecía… extraño. En su sangre, por donde circulaban las aguas inmortales. Dentro de su cabeza.
A su alrededor estaban sus compañeros rebeldes, zigzagueando por el bosque con la confianza de quienes han nacido en él.
Unos cuantos empuñaban guadañas de mango largo y estaban despejando el camino delante del resto.
Esta era una tierra intacta, no contaminada por la presencia del imperio, ni siquiera poblada por asentamientos ahiranyis.
No había altares para los yaksas colgados de las ramas o clavados en los vastos troncos de los árboles que los rodeaban.
No era territorio de nadie y, por lo tanto, era ideal.
Necesitaban un lugar donde esconderse y descansar.
Habían golpeado con fuerza al régimen imperial. Era lo correcto, lo justo, después de lo que el regente les había quitado. ¿Parijatdvipa quería usar el miedo, convirtiendo la fe en una espada? Entonces también lo haría Ahiranya.
Más adelante se oyó un ruido. Un golpe. Los demás se detuvieron; Ashok rechinó los dientes y avanzó. Al igual que el resto, cuando lo escuchó reconoció el sonido de un cuerpo que caía.
Sarita yacía inmóvil donde se había derrumbado, en un montón de ropa manchada de sangre, con los dedos de color pardo rojizo, la guadaña caída a un lado. Incluso de pie ante ella, Ashok pudo ver que su piel estaba mojada.
Cuando se consumían por primera vez, las aguas inmortales extraídas de la fuente provocaban un intenso aumento de la fuerza física, junto con parte de su magia.
Pero a medida que la influencia de las aguas se desvanecía, el cuerpo comenzaba a temblar, terriblemente debilitado.
Al poco tiempo, el agua y la sangre comenzaban a abandonar el cuerpo: salían por la boca, los oídos, los ojos. Así comenzaba la muerte envenenada.
Esa vez se había llevado rápido a Sarita.
Se había bebido dos botellas o tres en el tiempo que había servido a la rebelión, siempre luchando por mantener a raya la muerte que acarreaba.
Había luchado con ferocidad en el haveli del señor anciano: había roto varios cuellos, nada más que con la potencia pura de su propia fuerza, sujetando a esos hombres bajo sus manos.
Y en ese momento, ella se estaba muriendo.
Pero un poco más de agua le daría tiempo. Un poco más…
Una mano se cerró alrededor de la muñeca de Ashok. Kritika estaba a su lado.
—Casi no te queda nada —le dijo en voz baja, para que los demás, que estaban a su alrededor, no la escucharan—. Tres o cuatro botellas como máximo, ¿y quién sabe cuándo podrás reponer tus provisiones? Por favor, Ashok, no lo hagas.
Hizo una pausa, con su mano todavía sobre la botella en su bolsillo, lista para extraerla. Luego la soltó, se arrodilló y apoyó la palma de esa misma mano suavemente contra la frente de Sarita.
—Sarita —dijo—. Mujer valiente. Lo has hecho muy bien.
Ella abrió los ojos, solo un poco. Todos blancos, las pupilas un pinchazo de oscuridad, como dos heridas ensangrentadas que hubieran brotado bajo la punta de una aguja.
—Sarita, Sarita. —Él repitió su nombre como una canción de cuna. Su corazón sangró dentro de él al verla. Qué pérdida—. ¿Te duele?
Su boca formó una palabra, sin sonido. “Sí”.
—Kritika —dijo él—. ¿Podrías…?
—Sí —le respondió con tristeza. Le abrazó los hombros, instándolo a levantarse—. Se hará.
Él se puso de pie y se alejó.
Oyó alzarse la guadaña. Un golpe. Después, nada.
En el silencio de ese momento, sin nada que lo perturbara excepto los sonidos de respiraciones mortales a su alrededor, el zumbido de los insectos y el canto de los pájaros entre los árboles, finalmente entendió qué lo había perturbado tanto. Lo que clamaba en su sangre.
Había una voz en el sangam que gritaba su nombre.
Caminó un poco más, hasta que encontró un árbol lo suficientemente viejo y grande como para apoyarse en él. Sintió que lo cobijaba.
El compañero más cercano a él lo vio sentarse y asintió gravemente. Ashok sabía, sin más confirmación, que nadie lo molestaría entonces, a menos que los soldados del general los encontraran. Y eso era poco probable.
Cerró los ojos. Respiró. Respiró.
Su hermana había aullado llamándolo en el sangam , y él había acudido. Era una sombra arrodillada en el agua que corría veloz. Ella levantó la cabeza en el momento en que él apareció.
—¿Qué has hecho? —le preguntó al instante.
—Así que has visto las llamas…
—Por supuesto que las vi, Ashok. ¿Por qué?
—Justicia —dijo él simplemente—. ¿Crees que no debería haber consecuencias por quemar vivas a las mujeres y aplastar los cráneos de los hombres? Vamos, Priya.
—¿Mataste al general Vikram?
Esa pregunta lo detuvo en seco.
—¿En serio te importa?
—Me importa por lo que significaría su muerte —exclamó ella.
—Ya veo. Te preocupas por Bhumika. —Se le acercó—. No. No lo maté. Pensé hacerlo —confesó, imaginando con no poco placer la cara aterrorizada del regente—. Pero algunas cosas no están destinadas a suceder. Me conformé con el Señor Iskar y su familia, en cambio.
—Ashok.
—Las muertes de nuestra gente tenían que vengarse —dijo con calma.
Ella todavía era demasiado ingenua. No entendía la forma en la que funcionaba el mundo, o el precio que exigía el poder.
No como él—. Y ahora las hemos vengado. El Señor Iskar sirvió hábilmente al regente, ¿no?
Una gran mente financiera. Sin él, Vikram nunca podrá someter a los otros señores.
Nadie sabrá cómo hacer nada. Tal vez cuando todos estén discutiendo mientras sus fuentes de ingresos se desmoronan a su alrededor, recordarán que no se debe jugar con el espíritu ahiranyi.
—Te estás propasando —dijo Priya—. Vas a hacer que todo sea mucho peor. El general va a matar a mucha gente para compensar esto, Ashok…
—Él fue quien se propasó. Todos esos hombres y esas mujeres fueron condenados a muerte por…
¿por qué? ¿Un “ataque” en el que no murió nadie, salvo Meena?
Tu regente es un tonto, o su amo lo es. El emperador debe entender que no puede apoderarse de nuestro idioma, prohibir nuestras historias, dejarnos morir de hambre y luego matarnos directamente sin consecuencias.
No me arrepiento, Priya. Y tú tampoco deberías.
—Verás a Ahiranya bañada en sangre ante ti —Sonaba tan parecida a Bhumika, tan desaprobatoria y remilgada, que él podría haberse reído.
En cambio, se arrodilló, imitando la postura de ella.
—¿Has encontrado el camino a las aguas inmortales, Pri? Si realmente quieres que las cosas sean menos sangrientas, eso es lo que debes hacer.
—Si vas a mentirme, al menos hazme el favor de ser convincente —se burló Priya—. Si te doy las aguas inmortales, las usarás para construir un ejército, para asesinar, para…
—Para vivir —completó él—. Necesito las aguas inmortales para vivir.
El golpe surtió efecto, como sabía que lo haría. Podía oírlo en el peso de su silencio.
—Es como si estuvieras poniendo un cuchillo en tu propia garganta para hacerme obedecer —dijo ella finalmente—. Todo lo que dices parece una amenaza.
—La verdad no es una amenaza —dijo Ashok suavemente—.
Pri, nunca quise esto para ti. Le di esta tarea a Meena con un propósito.
Pero ahora tú eres mi única esperanza. Y no estoy mintiendo.
Será menos sangriento si mis seguidores y yo tenemos el tipo de fuerza que necesitamos para dar un golpe que rompa el control de Parijatdvipa sobre Ahiranya en las bases.
En verdad, necesitaban las aguas si querían estar seguros del éxito.
Tenía planes. Sabía exactamente quién tenía que morir para poner de rodillas al poder imperial de Parijatdvipa.
Había pasado mucho tiempo planeándolo. Cada asesinato que él y sus seguidores cometían tenía la intención de debilitar el control de Parijatdvipa y arrancar las malas hierbas del poder imperial desde sus raíces más profundas.
—Ya sabes lo que dicen: para matar, un solo golpe de guadaña es más limpio que una docena de mazas.
Con las aguas inmortales, ellos podrían ser la guadaña: más fuertes de lo que les permitía la disparidad del grupo y su escasa cantidad de integrantes. Podrían matar con precisión y rapidez, y limpiar a Ahiranya de un solo golpe.
Sin las aguas, había pocas posibilidades de éxito.
Tendrían que ser brutales. Tendrían que quemar y destripar a Ahiranya, matar a los suyos para destruir el imperio.
No habría una limpieza verdadera de las malas hierbas: ese sería el tipo de guerra que incendiaría campos enteros de cultivos, dejando nada más que cenizas y hambre a su paso.
E incluso entonces, incluso después de pagar con la sangre de los ahiranyis, no habría garantía de éxito.
Ninguna garantía de que Ahiranya fuese a conseguir su libertad.
Solo Priya podía encontrar las aguas. Solo Priya podía hacerles visible el camino desde el Hirana y así llevar a Ashok y a sus seguidores la fuerza que necesitaban para triunfar. Solo ella.
Priya extendió su mano hacia él y luego se detuvo. Retiró la mano de mala gana y volvió a hundirla en la confluencia de los ríos.
—No estoy segura de poder darte lo que necesitas —dijo finalmente. Había algo vulnerable, casi una pregunta, en su voz—. No estoy segura de poder conseguirte las aguas. Y tampoco estoy segura de poder conseguirlas para mí misma.
—¿Entonces estás de acuerdo con Bhumika ahora? ¿Quieres inclinarte y arrastrarte ante los parijatis por lo poco que se dignan darnos? ¿Ya no quieres que tengamos lo que es nuestro por derecho?
—¿Qué harás con ese derecho, Ashok? ¿Qué estás haciendo? —exigió—. ¿Qué estamos destinados a ser?