Capítulo Veintidós
PRIYA
P riya giró sin pensárselo y corrió hacia las puertas, por el pasillo, más allá de las lámparas encendidas.
Entonces los guardias la atraparon, la empujaron de regreso al templo y cerraron las puertas detrás de ellos.
Uno maldijo, manipulando a tientas su espada (si hubiera intentado apuñalarla por reflejo, habría hecho un mal trabajo), y el otro la sujetó por la parte superior de los brazos y le murmuró palabras urgentes y sin sentido.
El sonido de su voz tardó un momento en convertirse en algo más que ruido blanco.
—… nadie puede salir del Hirana. Nuestras órdenes no han cambiado. Sé que tienes miedo, pero debes estar tranquila.
—Estoy tranquila —se obligó a decir Priya, y aquietó su cuerpo—. Estoy tranquila. No volveré a correr.
El guardia la soltó, ella retrocedió y se alejó. Caminó hasta que los guardias y las puertas quedaron fuera de su vista.
No podía escapar por allí.
Otra mano la aferró del brazo. Priya ya estaba en el límite de sus nervios. Giró y empujó a la persona dueña de esa mano contra la pared.
Malini respiró rápidamente. Se encontró con la mirada de Priya sin pestañear.
—Suéltame —dijo—. No tenemos tiempo.
—¿Dónde está Pramila?
—No sé. Corrí tras de ti. Vamos. Quiero hablar contigo a solas.
Al final, Priya fue la que marcó el camino, arrastrando a Malini por un pasillo lateral poco utilizado, y de allí a una sala del claustro.
La habitación era pequeña, destinada únicamente a la meditación y la oración, pero a pesar del escaso espacio disponible, una vez que la puerta se cerró detrás de ellas, Priya caminó de un lado a otro.
Pensó en toda la gente que estaba en el mahal y el pánico se apoderó de sus pulmones.
—Tengo que irme —dijo—. No puedo quedarme aquí. Yo…
—Los guardias ya te detuvieron —le recordó Malini—. ¿Crees que puedes burlarlos?
Priya negó con la cabeza, pero no fue una respuesta verdadera. Solo podía pensar en Sima, Rukh y Bhumika, en el olor del fuego, y su propia sangre parecía cantar una canción en sus venas: “corre hacia ellos, corre hacia ellos, corre hacia ellos”.
—Priya —dijo Malini. Su voz era lenta, deliberadamente aterciopelada—. Escúchame. Cálmate. ¿Crees que puedes burlarlos?
Priya tardó un momento en darse cuenta de que Malini no estaba tratando de razonar con ella. Estaba preguntándole genuinamente si podría abrirse camino entre los guardias. Sus pensamientos acelerados se detuvieron. La princesa la tomó de las manos, entrelazó sus dedos y la obligó a quedarse quieta.
—No quiero preguntarte esto ahora —dijo—. Realmente no quiero. Pensé que tal vez más adelante…, pero no habrá una oportunidad mejor, y debemos aprovecharla mientras podamos. Podrías matar a los guardias si quisieras. Podrías eliminar a Pramila. Podrías liberarnos a los dos. ¿Verdad?
—Sobreestimas mi poder —respondió Priya con cuidado—. No soy así.
—Has hecho tanto por mí… —continuó Malini—. Sé que estás intentando salvar mi vida. ¿Te preocupas por mí lo suficiente como para hacer más?
Priya pensó en alejarse. Trató de desentrelazar sus dedos de los de Malini y sintió que el apretón se hacía más fuerte y la atraía más cerca hasta que no hubo distancia entre ellas y Priya se encontró mirando la cara de la princesa, a la sombra gris de sus ojos suplicantes.
—Es posible que los guardias no obedezcan su rutina normal en estas circunstancias, pero todos viajaron conmigo desde Parijat.
Los conozco. El del bigote grueso se queja de que le duele la rodilla derecha cada vez que llueve.
Y llovió mucho en el viaje hasta aquí. El más joven de ellos es mejor con un arma de largo alcance que en la lucha cuerpo a cuerpo.
Prefiere un chakram o un arco si puede elegir.
Pero si atacas primero a su superior y lo hieres en las rodillas, el más joven no pensará en retirarse y, una vez que esté en combate cuerpo a cuerpo contigo, te resultará más fácil controlarlo.
—Los dedos de Malini rozaron los suyos de un lado a otro; un ritmo constante, casi hipnótico—.
Puedes sacarnos de aquí, Priya. En este momento, mientras están distraídos y hay caos debajo de nosotras… Puedes hacerlo. Y yo puedo ayudarte.
Priya le devolvió la mirada. Aturdida, negó con la cabeza. Pensó en las consecuencias para el mahal, para Bhumika, si la princesa escapaba del Hirana.
—Yo… no puedo, mi señora.
—No es necesario que los mates —agregó Malini rápidamente, todavía sosteniéndola—. No te pido eso. Solo que consideres lo que me pasará si me quedo aquí. Mi única esperanza está más allá de los muros del Hirana. Podrías venir conmigo, Priya. —Bajó la voz—. Podrías ir dondequiera que yo vaya.
La expresión de la princesa era suplicante, su voz era halagadora, herida, pero había una dureza en su mandíbula, una desesperación en sus ojos que contrastaba con su tono.
Sus manos sobre las de Priya eran un peso ligero, los dedos curvados.
Todo en ella era una súplica vulnerable.
Tan perfectamente vulnerable, que Priya solo pudo pensar en obras de teatro, en actrices con máscaras pintadas de azafrán y bermellón, con expresiones fijas (afligidas o alegres, de dientes afilados o de boca blanda) para coincidir con sus papeles en una historia.
Sintió como si su pulso, acelerado por el pánico, tropezara consigo mismo por un momento.
Lo que había creído comprender sobre la princesa, sobre “aquello”, cambiaba por completo.
De repente pensó en las palabras de Bhumika en el sangam: “Debo usar todas las herramientas en mi arsenal”, había dicho.
La princesa era una hija del imperio. Estaba atrapada y desesperada.
Y Priya le era… útil.
Qué tonta había sido.
—¿Y qué obtendré a cambio de ayudarte a escapar de aquí?
—preguntó; la rabia y la humillación emergían de ella—.
¿Esperabas que arriesgara mi vida por ti solo por la bondad de mi corazón?
—Todas esas caricias suaves, todas esas sonrisas: las manos de Malini sobre las suyas y el aliento compartido que podría haber terminado en un beso.
Todo eso no había sido más que una correa cuidadosamente colocada alrededor del cuello de Priya, lista para tirar en el momento adecuado—.
¿Acaso creíste que lo haría por un beso?
¿De verdad tienes tan poca idea de quién soy?
La expresión que cruzó el rostro de Malini se esfumó demasiado rápido como para descifrarla.
—Priya, sea lo que sea que pienses, estás equivocada.
—Pramila me dijo que no confiara en ti. Me dijo que haces que la gente te ame. Que eres una manipuladora.
La princesa no dijo nada.
—Has desperdiciado tu energía en mí —continuó Priya—. No soy capaz de hacer lo que quieres.
—Sí lo eres —objetó Malini—. Por favor, Priya. Si alguien puede ayudarme a escapar del Hirana, esa eres tú. No hay nadie más que tú.
—Por supuesto que crees que puedo —dijo Priya con amargura —.
Después de todo, me viste con Meena. Me viste matarla y ni siquiera parecías asustada.
¿No sabes que deberías tener miedo de mí?
¿No sabes lo fácil que sería para mí matarte?
—Aferró las manos de Malini con más fuerza—.
Tengo muchas razones para odiarte. Tú, con tu sangre imperial y tu padre y tus hermanos que estaban felices de ver a los niños del templo de Ahiranya amontonados en una pira y quemados.
—Priya se sorprendió por el veneno que destilaba su voz, la forma en que el calor subió a la superficie de su piel, furioso y punzante—.
No tengo ninguna razón para ayudar a la hija de una familia imperial que decretó la muerte de mi propia familia.
Podría romperte el cuello, aquí y ahora, y no podrías detenerme.
Podría arrojarte del Hirana. Si crees que tengo el poder de matar a todos los guardias, entonces sabes que fácilmente podría acabar con tu vida y liberarme.
—No tengo miedo de morir por tu mano —dijo Malini.
—¿Por qué?
Parte de la vulnerabilidad se desvaneció del rostro de la princesa.
—La noche que me viste, en mi habitación, en el suelo, había convencido a Pramila para que me dejara el vino.
Había sido amable con ella. Dulce, dócil.
Durante días. Ya sabes cómo funciona eso.
Dejó el vino a mi alcance. Y bebí, bebí y bebí.
Sopesé mis opciones. Pensé: o me enfermaré lo suficiente como para que ella tenga que buscar ayuda, permitiéndome acceder a un médico al que pueda pedir auxilio para escapar de esta prisión, o simplemente moriré.
—La voz de Malini tembló un poco—. Pero luego me asusté y volqué el vino en el suelo.
Ya no sabía qué era real. Y no quería morir en un charco de mi propio vómito, después de todo.
Después, Priya lo supo, había aparecido ella. Recordó los ojos de Malini en la oscuridad. La aspereza de su voz, sus palabras —“¿Eres real?”— con un estremecimiento.
—¿Te perturba esto? —preguntó Malini. Su voz se endureció —. Me gustas, Priya. Pero me temo que me estoy quedando sin tiempo para las sutilezas de nuestra relación. Si el general Vikram está muerto, ¿quién sabe adónde me enviará mi hermano o qué será de mí?
No había distancia entre ellas y, sin embargo, Malini logró dar un paso adelante y liberar sus manos de las de Priya. Le tocó la barbilla con las yemas de los dedos, tan cerca de la boca, sus dedos cálidos y firmes, imposibles de ignorar.
—Mátame o sálvame —murmuró—. Pero haz algo, Priya.
Mi hermano quiere que me consuma aquí, o que le suplique la santidad de una inmolación, pero no lo haré.
No he podido hacer nada para cambiar mis circunstancias, aparte de solicitarte para que me sirvieses, así que, por favor, ten la amabilidad de terminar con mi sufrimiento, de una forma u otra.
Seguramente eres lo suficientemente humana para eso.
Priya se soltó de la mano de Malini.
—Si hablas de lo que soy con alguien más —dijo Priya enfadada—, yo misma te obligaré a tragar ese veneno de flor de aguja.
—Nunca —dijo Malini— te amenacé con contarle a nadie tus secretos, Priya.
—No sabes nada de mis secretos.
—Tú sabes que sí.
—No me avergüenzo de desearte —soltó Priya, aunque sí le avergonzaba desear a Malini, porque la convertía en una tonta enamorada que no era apta para la tarea que su hermana le había encomendado.
Un fracaso—. Pero no me gusta que uses mis deseos en mi contra, y no dejaré que lo hagas más.
Dile a quien quieras que te amo. Pero si hablas de lo que crees que soy…
—Ya te lo dije —interrumpió Malini—. No he amenazado con delatarte. Podría haberlo hecho hace mucho tiempo, pero no lo hice. Ni lo haré.
Sus palabras arrancaron una risa ahogada de la garganta de Priya.
—¡Qué generoso de tu parte! Quieres mantenerme de tu lado, ¿no? Sin mí, no tienes a nadie aquí. A nadie.
Malini no dijo nada ante ese comentario. La vulnerabilidad había desaparecido de su rostro y su expresión era casi ilegible.
—Escóndete aquí de Pramila si quieres —agregó Priya, mientras se giraba—. No te voy a ayudar.
—¿En serio me condenarás por hacer lo que necesito para sobrevivir? —preguntó Malini. Como Priya no respondió, agregó rápidamente—: Podríamos hacer un trato. Hay otras cosas que podría ofrecerte a cambio de tu ayuda.
Priya se detuvo. Volvió.
—¿Cómo qué? No tienes nada.
—Dime lo que necesitas y lo que quieres.
Negocia conmigo. Es cierto, no soy tan tierna e ingenua como pensabas, es cierto que quiero vivir y estoy dispuesta a usarte para hacerlo, ¿y qué?
No dejes que eso te enfade, Priya. Úsalo.
Nunca volverás a tener este tipo de poder sobre un miembro de la realeza de Parijatdvipa.
Soy una princesa. Conozco el latido del corazón, las entrañas del imperio.
Tengo aliados que me esperan más allá de esta prisión.
Hay cosas que quieres, Priya. Me lo dijiste. Lo sé. Úsame.
Priya miró a Malini. Miró su rostro bronceado pálido, de ojos oscuros, enmarcado por rizos enredados, un rostro adelgazado por la enfermedad, y pensó en lo tonta que había sido al no darse cuenta de que la princesa podía leerla como un libro.
—Eres útil —dijo Malini, cuando Priya siguió mirándola, con el corazón latiéndole con furia y vergüenza—. Lo que eres me sirve. Pero yo también te sirvo a ti.
—Supongo que soy una buena arma —admitió Priya débilmente.
Volvió a pensar en Meena, en la rabia, en la caída del cuerpo de Meena y en el olor a fuego y carne cocida que la había perseguido durante años.
“Oh, espíritus”, se dijo con una especie de desesperación. “¿En qué estoy eligiendo convertirme? ¿Poder recordarme vale la pena?”
Como invocado por sus pensamientos, un nuevo recuerdo se apoderó de ella.
Un derrame de agua en el suelo. El olor a ghee y resina en el aire.
Una de sus hermanas del templo que se volvía hacia ella, con los ojos muy abiertos, aferrándose la garganta.
Un mayor, con la boca curvada hacia abajo, triste, que encendía una llama…
No quería recordar aquello.
—Priya. —Malini suspiró—. Por favor.
Priya se dio cuenta de que estaba temblando.
—No puedo —dijo—. Ahora no.
—Priya…
—¡Ahora no!
Salió abruptamente de la habitación.
No llegó muy lejos.
Lejos de la luz vacilante de la lámpara, lejos de Malini, se arrodilló sola, con la cabeza sobre las rodillas. Estaba temblando.
Necesitaba saber si Bhumika estaba a salvo. Si el mahal del general, si Rukh, Sima y Gauri, si todas esas personas que componían el mahal estaban a salvo.
Si no podía ir en persona, tomaría la única salida del Hirana que tenía disponible.
Respiraciones irregulares. Una tras otra, y otra, y se hundió más profundo. Más adentro. En el sangam . El agua del río subió para encontrarse con ella.