El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Veintiuno
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Capítulo Veintiuno

PRIYA

S e necesita tiempo para eliminar el veneno del cuerpo. Y, sin embargo, parecía que Malini había mejorado casi de inmediato. Por primera vez logró permanecer despierta por la noche, en lugar de caer directamente en un estupor.

—Enciende una lámpara —insistió—. Quiero intentar caminar.

¿Alguien se daría cuenta de que Priya había usado más aceite de lo habitual para las lámparas? Era algo que las sirvientas mayores del mahal habrían notado. Lo habrían comentado. Pero Priya no creía que le importara a nadie allí. Ciertamente, no a Pramila.

Malini se aferró a la pared para sostenerse y caminó alrededor de la habitación con pasos inseguros.

Priya observó, sentada en el charpoy que la princesa había abandonado, mientras esta apoyaba las manos contra la pared de piedra, sintiendo los bordes y las curvas de las tallas borradas, un mapa destruido.

—Parece que las paredes siempre están cambiando —dijo Malini con una risa leve, los ojos brillantes—. Me siento como si estuviera nadando en este lugar, todo es tan inestable.

—¿Quieres intentar soltarte de la pared? —preguntó Priya.

—No estoy segura de que sea prudente —dijo Malini. Miró la imagen ennegrecida del yaksa en la pared. Luego soltó el aire y aceptó—: ¿Por qué no?

Priya se puso de pie y caminó bajo la luz de la lámpara.

—Aquí —dijo, extendiendo las manos frente a ella, con las palmas hacia arriba—. Déjame ayudarte.

—Gracias —respondió Malini. Dio un paso tentativo hacia delante y colocó sus manos sobre las de Priya—. Creo que quiero caminar sola.

—Entonces déjame mantener mis manos debajo de las tuyas —dijo Priya—. Intenta caminar, mi señora, y estaré aquí para sostenerte si es necesario.

Sus manos no se tocaban, pero compartían el mismo aire, la misma caída de sombra, mientras Malini daba un paso vacilante tras otro y Priya caminaba hacia atrás frente a ella.

Los ojos de la princesa se encontraron con los de Priya, el rostro iluminado por una sonrisa.

—Lo estás haciendo bien —dijo esta, alentadora, y la sonrisa de Malini se hizo más amplia.

—Me siento menos mareada que hace un momento —admitió—.

Nunca pensé que vería el día en que me felicitarían por no caerme.

Cómo ha cambiado mi vida. —Su voz se volvió melancólica—.

Nunca me has visto como soy en realidad.

Desearía que pudieras. Solía usar los saris de seda más hermosos de Parijat, entrelazaba flores en mi cabello formando una corona. Antes era hermosa.

Priya tragó saliva.

“Todavía lo eres”, pensó.

—Hay una manera en la que tienes que moverte cuando te vistes así —continuó Malini, sin darse cuenta de nada—.

Una forma en la que tienes que comportarte.

No puedes quedarte encorvada, como estoy yo ahora.

No puedes bajar la cabeza. No puedes dejar ver ninguna debilidad. Tienes que mostrarte fuerte.

—Fuerte —repitió Priya, girándose un poco para coincidir con la curva de la habitación. Malini también se volvió, como si estuvieran bailando—. ¿Cómo es eso? No querrás decir como un soldado, supongo.

La princesa se rio.

—No, no como un soldado. Fuerte como… Ah, tal vez sería más sencillo mostrártelo.

Enderezó la columna. Levantó la cabeza, el cuello en una línea elegante, los ojos repentinamente fríos.

Se movió con gracia, levantando los pies con una patada sutil.

Priya supo que ese movimiento servía para evitar que un sari demasiado largo (ese largo poco práctico que ella nunca usaría) se arrastrara por el suelo.

Por un momento se transformó por completo, intocable y, sí, fuerte.

Pero no era un tipo de fuerza que ella hubiera conocido antes.

Entonces la princesa tropezó. Priya tomó sus manos de inmediato y sostuvo su peso.

Estaban tan cerca, el rostro de la princesa casi pegado al suyo, que sus alientos se mezclaron.

Sus ojos se encontraron. Malini soltó otra carcajada débil y retrocedió un poco.

Priya hizo lo mismo. Su corazón latía con fuerza.

Todavía estaban tomadas de las manos.

—¿Cómo era este lugar hace mucho tiempo? —preguntó la princesa con voz extraña.

Claramente estaba tratando de distraer la atención de lo que acababa de pasar entre ellas, y surtió efecto. Priya sintió como si la hubieran rociado con agua fría. Malini no había preguntado “antes de que ardiera el templo”, pero eso era lo que había querido decir.

Si Priya cerraba los ojos, podía imaginarlo: las tallas pintadas en ricos tonos de verde y azul, con ojos y bocas rojas.

Los suelos azules y la laca dorada en los grandes pilares que sostenían las paredes.

Los faroles de cristal de colores en los candeleros.

Los niños que reían. Los mayores envueltos en sus sedas finas y suaves.

Pero miró a su alrededor y ya no quedaba nada de todo eso. Solo motas de polvo en el aire, y las paredes carbonizadas y vacías. Solo Malini, que la miraba.

—¿Cómo era el mahal imperial? —preguntó, en cambio.

Malini le ofreció a Priya una sonrisa astuta que dejaba claro que entendía lo que estaba haciendo, pero estaba dispuesta a dejarse guiar.

—Era hermoso. Enorme. Había jardines por todas partes, Priya.

Qué hermosos jardines. Mis damas de compañía y yo solíamos jugar en ellos cuando éramos pequeñas.

—Movió sus dedos inquietamente contra los de Priya—.

Me gustaría que me hablaras de ti —agregó.

Su voz era suave—. Quiero saberlo todo sobre ti.

La garganta de Priya estaba repentinamente seca.

—¿Por qué? No soy muy interesante.

—Estoy segura de que lo eres. Déjame demostrártelo. Hagamos un juego. —Su voz era casi burlona—. Dime una cosa que desees ahora mismo, Priya.

—¿Que yo desee?

—Sí. ¿Qué deseas? Vamos, estoy probando si eres aburrida, después de todo.

Parecía una pregunta peligrosa. Priya negó con la cabeza y Malini ladeó la suya.

—Vamos —la engatusó—. Todo el mundo desea algo.

Yo, por ejemplo, deseo los dulces que mi hermano Aditya me traía siempre para mi cumpleaños cuando era niña.

Ladoo , pero como ninguno que hayas comido antes, Priya.

Empapados en almíbar de rosas y almendras garrapiñadas, espolvoreados con una filigrana de oro.

Oh, eran perfectos. No los he probado en años. Bueno, ¿qué deseas tú?

—En este momento, creo que quiero esos dulces —dijo Priya medio en serio. Un ladoo empapado en jarabe de rosas era un lujo, y de repente quiso ese lujo. Se le antojó algo delicioso.

—No hagas trampa —la regañó Malini—. Tienes que pensar tu propio deseo. Y no vale que sea comida. Ya la elegí yo.

—¡Pero no puedes acaparar “toda” la comida!

—Puedo y lo hago.

—Con todo respeto —dijo Priya, en un tono que era todo menos respetuoso—, eso no es justo.

—Yo soy la que te está poniendo a prueba. Es mi derecho decidir los parámetros. Ahora, continúa: dime lo que más deseas.

Priya no se consideraba una persona complicada, pero no pensaba muy a menudo en sus deseos.

¿Qué quería ella, al fin y al cabo? Recordarse a sí misma, su pasado.

Ver a Rukh con vida unos años más. Que Ashok estuviera bien y que fuera…

diferente. Capaz de amarla. Y Bhumika… Quería que Bhumika la respetara.

Esos eran deseos más grandes de lo que Priya quería admitir… o lo que Malini seguramente quería escuchar, incluso si Priya fuera libre de confesarlos.

—Tal vez quiero aprender a caminar como lo haces tú —dijo enderezando el cuello e inclinando un poco la barbilla, para imitar la postura real de Malini.

—¿De verdad? Podría enseñarte.

—¡Oh, espíritus, no! —dijo Priya, y vio que el labio de la princesa temblaba una vez más—. La gente diría que finjo ser una princesa. Se burlarían de mí, mi señora. No.

—Entonces necesito una respuesta diferente, Priya.

Priya lo pensó por un momento. Pero era difícil pensar con las manos de Malini en las suyas, con sus pulgares rozándole el interior de las muñecas, donde latía la sangre.

Había una promesa tácita, en el contacto y la sonrisa, y en la alegría escrita en el rostro de Malini, en la agudeza provocadora de su voz.

No sabía exactamente qué hacer con eso, ni con el vuelco que generaba en su propio corazón.

—Hay unos cocos que crecen en el bosque —dijo por fin—. A veces los recolectores o los leñadores los cosechan y los venden en el mercado. Solo los más ricos pueden permitirse comprarlos.

—Dije que nada de comida —reprochó Malini. Pero le prestó atención.

—No son exactamente comestibles. Son… El bosque, mi señora, es completamente ahiranyi, y a veces se pueden encontrar cosas extrañas en él.

Cosas inesperadas. Si se parte uno de esos cocos, por ejemplo, se encuentran flores dentro.

De color púrpura oscuro, violeta, negro.

El color de las sombras. Los ricos colocan esas flores en sus altares. O solían hacerlo.

Los peregrinos más ricos también habían llevado esos cocos al Hirana alguna vez. Priya había abierto uno ella misma, y casi lloró cuando las flores brotaron y cayeron maravillosamente en sus manos, una cascada de oscuridad.

—Me gustaría uno de esos cocos para hacer una ofrenda con él.

Sería frívolo y estúpido y… no ayudaría a nadie que haya perdido.

Ni invocaría ninguna clase de suerte. Pero sería como dar un grito en el vacío.

Y eso es lo que algunas de las personas que he perdido hubieran querido…

—La voz de Priya se apagó—. Normalmente no soy frívola.

Pero por eso es un deseo —agregó—. En este momento, en este lugar, es lo que quiero.

Malini seguía mirándola, sin decir palabra. Toda la alegría juguetona había desaparecido de sus rasgos; se veía neutra, austera.

—Qué respuesta tan seria —murmuró.

—Lo siento.

—Eres una persona genuinamente interesante—dijo Malini—. Pienso así desde el primer momento en que te vi, y aún no se ha demostrado que esté equivocada.

Lo dijo como si fuera una acusación, como si las palabras de Priya fueran de alguna manera una afrenta, un golpe, algo que le hubiera hecho daño. Cuando Priya parpadeó hacia ella, Malini la soltó bruscamente, volvió a su charpoy y se dejó caer sobre él, con la cabeza vuelta hacia otro lado.

—¿Estás bien? —preguntó Priya, alarmada.

—Estoy bien —dijo Malini. Pero no se volvió para mirarla de nuevo.

Ese cambio radical en su estado de ánimo era incomprensible para Priya.

Pero por la curva de la espalda de la princesa, por la forma en la que sus brazos se envolvían alrededor de su cuerpo, quedó claro que no quería que le hiciera más preguntas.

Como si leyera sus pensamientos, le dijo en voz baja:

—Me gustaría mucho estar sola.

—Por supuesto —respondió Priya sin pensar, y se dirigió a la puerta.

Solo cuando tocó la manija recordó que ya no tenía la llave. La puerta estaba cerrada por la noche. Bajo la mano, el Hirana escuchó. El aire cambió. La puerta se abrió ligeramente.

Ah.

Priya miró hacia atrás. Malini todavía estaba acurrucada.

—Te dejaré descansar —dijo—. Voy a dar un pequeño paseo. No tardaré.

Como la princesa no se quejó, Priya salió de la habitación.

El silencio la siguió. Era un silencio punzante, espinoso.

El triveni estaba vacío. No llovía. No soplaba viento frío. Tal vez el monzón estaba pasando. Cuando miró hacia el cielo, pudo ver el guiño de las estrellas.

Dio unos pasos hacia el pedestal y… tropezó.

Con una exclamación silenciosa, recuperó el equilibrio y se enderezó.

Qué extraño. Conocía el triveni . Había caminado por allí muchas muchas veces y él la había sostenido.

Pero había tropezado contra un surco en el suelo.

Su encuentro con Malini la había dejado nerviosa, pero no tanto como para que eso ocurriera.

Miró hacia abajo.

Las líneas habían cambiado, sin duda. En lugar de bailar como olas en la orilla, se fusionaban, irregulares y extrañas.

Parecían llamas. Como una advertencia.

Hubo un estruendo. Un chillido. Vio la sombra de uno de los guardias en el pasillo y a Pramila que corría hacia ella.

—La princesa —gritó Pramila con urgencia, sin aliento—, ¿está a salvo? ¿Hay alguien aquí?

Priya negó con la cabeza, sorprendida, tratando de comprender.

—Solo… solo los guardias de las puertas del templo, creo, mi señora. ¿Ocurre algo malo?

Pramila se acercó. Había manchas de color en sus mejillas.

—Ha habido un terrible ataque en la ciudad, en la casa de uno de los consejeros del general, y no hay noticias del general, ¡oh!

Priya escuchó el susurro de los pasos de Malini detrás de ella antes de verla, de pie en la puerta de la habitación norte.

—Lo siento —se disculpó, maldiciendo por dentro. No quería romper tan pronto la frágil confianza de Pramila—. Dejé la puerta abierta, estoy tan…

—Algo se quema —dijo Malini—. Por favor, dime que no estoy soñando.

Una respiración profunda y lenta llevó un olor acre a la nariz de Priya.

Caminó hasta el borde del triveni y se quedó de pie con nada más que la superficie agrietada del Hirana debajo de ella para sostenerla, en caso de que tropezara. Pero no volvería a tropezar. El Hirana era suyo y ella, a su vez, le pertenecía. Estaba cambiando para ella.

El suelo del templo la sostuvo mientras miraba hacia fuera.

Debajo de ellas, vio una llama amarilla y naranja.

Efectivamente, algo estaba ardiendo.

Los rebeldes habían atacado.