Capítulo Veinte
JITESH
L a noche era cálida. Los mosquitos zumbaban, los grillos cantaban y el haveli se iluminaba con tanta fuerza que parecía una pequeña luna contra la oscuridad salpicada de luz de la ciudad. Era hermoso, pero…
Por los espíritus, estaba cansado.
Ahogó un bostezo y luego gritó cuando sintió una mano en su hombro.
—¿Cómo va el servicio de guardia? —preguntó Nikhil.
—Oh —dijo Jitesh—. Bien, ya sabes.
—Claro, no te estabas quedando dormido. —La voz de Nikhil sonaba divertida—. Al menos trata de parecer un guardia atento. Esta es una noche especial.
El Señor Iskar había organizado una lujosa fiesta para celebrar tanto el final de la temporada del monzón como el nacimiento de su primer hijo.
Su segunda esposa le había dado un niño, un bebé gordo y saludable que llevaba cadenas de plata alrededor de las muñecas y los tobillos para protegerlo de la mala suerte y una marca de ceniza en la frente, por las Madres.
Al parecer, madre e hijo estaban resplandecientes y gozaban de buena salud, y el Señor Iskar había dispuesto cestos de frutas y pasteles de miel fina para festejarlo.
Desde su puesto fuera del salón de celebraciones, Jitesh casi no podía ver, a través de la celosía de la ventana de madera, a la madre y al niño, sentados en una tarima, y al orgulloso Señor Iskar de pie junto a ellos, saludando a sus invitados.
Toda la élite parijati de Ahiranya había acudido, vestida con sedas finas y alfileres de oro en sus turbantes, y largos collares de perlas y rubíes en el cuello.
No había un solo noble ahiranyi, pero eso no fue una sorpresa.
Jitesh había oído que el Señor Iskar se estaba haciendo amigo rápidamente de un tal Señor Santosh de Parijat, que era cercano al mismísimo emperador, y al parecer no pensaba mucho en las personas que no eran de su tierra natal.
—Ponte firme —dijo Nikhil—. Viene el comandante.
Su tono era burlón. A ninguno de los hombres le gustaba su nuevo comandante, que también era parijati y había ascendido a su cargo porque el Señor Iskar quería complacer a su nuevo amigo, no por algún mérito particular.
Tanto Jitesh como Nikhil estaban acostumbrados a esas cosas, por supuesto. Los señores hacían lo que hacían para su propio beneficio, y la gente normal simplemente tenía que aceptarlo. Pero era el hombre mismo quien los irritaba más. Insistía en hablar con ellos. Trataba de ser su amigo.
—Va a hablar de política —murmuró Jitesh.
—Espíritus, salvadnos —gimió Nikhil.
Aparentemente, la noche anterior alguien había pintado un verso prohibido de los Mantras de corteza de abedul en un templo dedicado a las Madres de las llamas.
“Algo sobre sangre y rectitud”, dijo la criada que lo había visto, cuando Jitesh le preguntó al respecto.
“No sé. ¿Crees que tengo tiempo para la poesía, Jitesh?”
Jitesh no pensó que fuera un gran problema. Después de todo, las palabras podían borrarse. Pero el comandante estaba furioso por eso y quería que todos lo supieran. Sus hombres eran, por desgracia, su público cautivo.
—Nadie va a la guerra por los poetas y las putas —le decía el comandante parijati al soldado que estaba a su lado, en su zaban áspero y melodioso por momentos, como si no supiera si quería hablar como sus compatriotas o como su enjoyada nueva familia—.
Oh, a la gente le gusta lloriquear, eso es cierto, pero deberían estar contentos de que esas mujeres fueran quemadas.
Serán veneradas ahora. Inmortales. —Resopló, como dando a entender “Yo no habría sido tan amable”—.
Fue una muerte generosa, mejor que aplastarles el cráneo.
—Sí, comandante —dijo el sufrido guardia a su lado.
—¿Me estás escuchando? —exigió el comandante. Jitesh no necesitaba mirarlo para saber que su expresión era amarga, con la boca torcida hacia un lado—. Vosotros, los provincianos, no sabéis nada acerca de cómo debería ser el mundo…
Se quedó en silencio abruptamente. Jitesh casi suspiró de alivio.
Hubo un sonido de gorgoteo. Jitesh miró nuevamente, preguntándose si algo andaba mal.
Luego vio la empuñadura de una hoja afilada que sobresalía de la garganta del comandante.
El soldado que había estado caminando a su lado lanzó un grito ahogado de horror. Nikhil buscó a tientas su espada y Jitesh… se quedó allí, congelado, mirando una figura en el techo.
Pensó que iba a vomitar cuando el hombre saltó delante de él.
El asesino llevaba una máscara ahiranyi de estilo antiguo, tallada en caoba oscura con grandes cuencas oculares para permitir la máxima visión periférica.
—Nadie va a la guerra por los poetas y las putas. —Repitió las palabras lentamente, con calma—. ¿No es eso lo que dijiste?
El comandante noble borboteó sangre. Luego se derrumbó en el suelo.
El hombre enmascarado se inclinó, retorció el cuchillo y luego lo extrajo. El comandante estaba quieto.
—Vamos, amigos —dijo el hombre amablemente—. Vais a tener que moveros un poco más rápido. Puede que seáis traidores a Ahiranya, pero aún sois mi gente. —Dio otro paso adelante—. Me gustaría daros una batalla justa. Y una muerte honorable, como merecen los ahiranyis.
Extrajo una hoz de la parte de atrás de su faja.
Nikhil finalmente se lanzó hacia delante, blandiendo su espada en el aire. El rebelde se deslizó bajo el arco de la espada. Con un movimiento tan elegante como un baile, se colocó detrás de Nikhil y le cortó la garganta.
El otro soldado gritó, impotente, cuando el rebelde se giró y le clavó la misma hoz en el pecho.
Jitesh no era idiota.
Dio media vuelta y corrió.
Corrió hacia el haveli por el pasillo, directo a los brazos de otros dos guardias.
Los golpeó tan fuerte que uno de ellos, sin aliento, soltó una maldición.
Más allá se podía ver la celebración: los invitados, la suave brisa de la música de un tanpura , el parpadeo de la luz de las lámparas. Abrió la boca para gritar.
Ya era demasiado tarde.
Se oyó un grito cuando el primer rebelde enmascarado emergió de la nada —y en verdad debieron de salir del aire, porque parecía que hubieran despegado el grueso enrejado de madera, apartándolo como si estuviera hecho de niebla, aunque seguramente eso no era posible— y cortó la garganta de un invitado.
Los gritos se hicieron más fuertes cuando aparecieron tres más. Y luego otro.
Los guardias que sujetaban a Jitesh lo soltaron y empuñaron sus espadas. Jitesh se quedó donde estaba, petrificado en su horror.
Junto a la tarima, el Señor Iskar desenvainó su sable, el rostro gris por el miedo.
El regente estaba de pie junto a él. Estaba gritando algo, desenvainaba también su sable y hacía un gesto a los hombres para que avanzaran.
Jitesh se dio cuenta de que los rebeldes no mataban a cualquiera.
Asesinaron a uno de los comerciantes parijatis más ricos de la ciudad.
A la esposa del recaudador de impuestos más poderoso.
Luego caminaron hacia la mujer del Señor Iskar, quien gritó, abrazando a su hijo. Su esposo se puso delante de ella.
Jitesh vio un cuchillo volar por el aire y hundirse de punta en la garganta del Señor Iskar. Luego, la multitud de invitados, que huían aterrorizados, se estrelló contra él como una ola, y empujó a Jitesh fuera del salón.
Corrió por los pasillos del haveli , tropezando, cegado por el pánico. Corrió incluso cuando escuchó gritos desde los niveles superiores de la casa y vio los primeros indicios de fuego dorado en las ventanas. Corrió incluso cuando otros guardias vieron las llamas y gritaron: “¡Agua, agua!”.
Él corrió. Y de pronto encontró a alguien parado frente a él, bloqueando su camino.
—Bien hecho —dijo una figura enmascarada. No era el rebelde de antes. La voz era más joven, los ojos más claros—. Hiciste una buena carrera. Te observé. Pero ahora te vas a quedar quieto.
Trató de correr, pero fue como si el suelo se inclinara debajo de él. Se cayó.
Paralizado, miró a la figura sobre él.
—Gracias —dijo el rebelde. Extrajo un cuchillo de su cinturón—. Eso hará las cosas mucho más fáciles.