El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Dieciocho
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Capítulo Dieciocho

MALINI

M alini sabía que estaba cada vez más enferma. Cada vez le costaba más obligarse a hablar. El silencio era más fácil.

La flor de aguja era un estanque oscuro que la envolvía y presionaba su lengua.

Pasaron los días. Le había pedido a Priya que se quedara cerca de ella, que se acostara si quería, y Priya se había tomado en serio la petición.

A menudo, se sentaba a su lado y le contaba historias: más sobre los yaksas , pero también cuentos tontos y frívolos que claramente había sacado de su infancia.

Una vez, le contó sobre un elefante que les pidió a sus amigos ratones que lo salvaran de un cazador mordiendo las cuerdas que lo ataban.

—¿Los ratones y los elefantes hablan el mismo idioma? —preguntó Malini, cuando Priya estaba a la mitad de la historia.

—No le busques los defectos —la regañó Priya—. ¿Todo tiene que tener sentido, mi señora? Es un cuento para niños.

—Creo que es una pregunta válida —dijo Malini. Sabía que su voz era débil, aflautada por el agotamiento, pero logró reír cuando Priya la miró burlonamente—. Vamos, imagina que tú fueras del tamaño de un elefante y yo del tamaño de un ratón. ¿Seríamos realmente capaces de tener una conversación?

—Bueno, estarías demasiado asustada para decirme lo tontos que son mis relatos, al menos —dijo Priya.

Pero a medida que la salud de Malini empeoraba, las historias se fueron apagando. La mayoría de las veces, Malini se despertaba de sus pesadillas y encontraba a Priya dormitando en el suelo junto a su charpoy , con la cabeza apoyada en los brazos y el cuerpo hecho un ovillo, de lado.

Una noche, sintió que el charpoy se movía. Escuchó el crujido del marco detrás de su espalda curva.

A Malini se le escapó el aliento.

—¿Priya? —susurró.

—Aquí estoy.

Malini se dio la vuelta.

—¿No estoy soñando?

—No —dijo Priya—. No, mi señora.

—Qué bueno. —La voz de la princesa era un poco ronca.

Curvó los dedos contra el tejido de bambú y vio que los dedos de Priya reflejaban los suyos, a media respiración de distancia entre los nudillos de ambas.

Malini casi no podía distinguir su rostro.

En la penumbra de la noche, la piel de Priya se veía fantasmalmente oscura, su boca y su mandíbula en sombras.

Tal vez fue la flor de aguja lo que hizo que Malini sintiera que Priya se desvanecería en cualquier momento, que se desenrollaría como la espiral de humo de la llama de una vela.

Quiso estirar la mano y sentir su piel; la tranquilidad de los dedos sólidos y las uñas suaves, el hundimiento y la hinchazón de los nudillos, todo ello real y prueba de vida.

Pero no lo hizo. Se quedó quieta y escuchó la respiración de Priya. Observó el blanco de sus ojos, mientras Priya la observaba a su vez.

—¿Por qué te odia la Señora Pramila, mi señora? —preguntó de repente.

—¿Pramila te ha dicho algo hoy?

Priya negó con la cabeza.

—No, mi señora.

—Los carceleros siempre odian a sus prisioneros —respondió.

—Ella no te habla del mismo modo en que un carcelero lo hace a un prisionero, creo.

—¿No? —Malini frunció el ceño—. Pensé que sí. Después de todo, el poder vuelve monstruoso a todo el mundo. Al menos un poco.

La boca de Priya se torció hacia abajo. Parecía… preocupada, tal vez. Eso era bueno.

—Por favor, mi señora —dijo ella—. Quiero ayudar.

Malini quería la compasión de Priya. Quería atarla a ella.

Necesitaba una aliada. Ya había sido vulnerable frente a ella, la había atraído y la había convertido en una confidente.

Tendría que hacerlo de nuevo. Pero, ah, era difícil obligarse a hablar sobreponiéndose al peso de la flor de aguja.

Verter las palabras. Todo era duro y doloroso.

Hubo un largo momento de silencio, mientras Malini recurría a sus reservas de fuerzas y se movía, incorporándose sobre los codos. Miró a Priya a través de su cortina de cabello, deseando poder leerla mejor, deseando que su propia mente no estuviera tan envuelta en veneno.

—Su hija era mi amiga —explicó—. Mi dama de compañía.

Se subió a la pira, mis dos damas lo hicieron, y yo me negué.

Pramila no puede perdonármelo. Una parte de ella cree sinceramente que fue un honor para su hija.

Un ascenso a la inmortalidad. Y otra parte sabe la verdad: que la pira fue mi castigo.

Que su hija agonizó y murió quemada por mi culpa.

Y yo sigo viviendo a pesar de todos mis errores, pero su hija no. No son cosas que ella pueda perdonar.

Priya tragó saliva y se incorporó, imitando la posición de Malini.

—¿Por qué desea eliminarte? —preguntó—. Tu hermano.

Había muchas cosas que Malini podría haber dicho. Porque lo traicioné. Porque traté de derrocarlo. Porque puedo ver con demasiada claridad la clase de persona que es, y me odia por eso. Pero esas no eran verdades que pudieran ayudarla ahora. ¿Qué verdad podría ayudarla?

Se echó el pelo hacia atrás y miró a Priya a los ojos.

—Porque no soy pura.

Los ojos de la sirvienta se agrandaron, solo un poco.

“Pregúntame”, pensó Malini, sin apartar su mirada de la de ella, “qué me hace impura. Si eres lo suficientemente valiente, pregúntame”.

Pero Priya no lo hizo.

—Lo siento, mi señora—dijo, en cambio.

—Pramila quiere que muera en la pira —continuó Malini—. A veces se sienta junto a mi lecho de enferma y me dice cuán dichosa será la inmortalidad. Y, a veces, me pide que imagine cómo se sentiría arder. Y lo hice. Y lo hago, Priya. Lo hago, lo hago y lo hago.

Cuando Priya se sobresaltó y comenzó a extender la mano al escuchar que la voz de Malini vacilaba, la princesa la apartó.

—No —continuó—. Yo… yo no quiero que me consuelen.

—De repente estaba temblando, el dolor y la ira la invadían, y no quería que la tocaran.

Eso sería demasiado. Demasiado, cuando su piel ya estaba llena de sentimientos.

Suspiró. Bajó la mano—. Pramila cree que elegiré la pira.

Que elegiré arder. Pero tal vez no llegue a eso. Si me debilito más, no llegaré.

—No —concedió Priya—. Supongo que no.

—Así que ya lo sabes —dijo Malini—. Te pediría que me perdones por contarte mis heridas, pero no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Quiero que lo sepas, Priya.

Así. Una verdad real, sin adornos, puesta al descubierto.

Malini había abierto su corazón y derramado su sangre ante Priya, le había dado todo: lo feo y lo tierno, el metal y la dulzura de su pasado. Y Priya…

No la tocó, pero mantuvo su mano cerca de la de Malini. Le sostuvo la mirada. Firme y segura.

—Te lo he dicho muchas veces, mi señora —dijo—. Solo soy una sirvienta. Ni siquiera necesitas pensar en disculparte conmigo.

—Pero sí lo pienso, Priya —confesó la princesa—. Eso es todo.

Pramila fue a verlas durante el día. Malini lo notó porque se despertó entibiada por el sol de mediodía y porque la voz de Priya la había sacado de la duermevela, del profundo estanque del sueño drogado, a las aguas poco profundas de la casi vigilia, donde la habitación se inclinaba perezosamente a su alrededor.

Pero aún podía pensar. Escuchó cuando Pramila se acomodó en el borde del charpoy con un crujido de madera.

—Está descansando, mi señora —dijo Priya. Malini mantuvo los ojos cerrados y la respiración constante—. Puedo intentar despertarla si lo deseas, pero duerme profundamente.

Pramila hizo un sonido de reconocimiento. Se aclaró la garganta.

—Tu cara —dijo—. ¿Te duele?

Hubo una pausa.

—No, mi señora —respondió Priya.

—No debería haberte golpeado —dijo Pramila con frialdad—. Nunca antes había golpeado a ninguna de mis criadas. No es propio de mí. Pero aquí, en este lugar… —Tamborileó con los dedos sobre algo sólido. El Libro de las Madres , tal vez—. La princesa me hace olvidarme de mí misma.

Malini no abría los ojos. No lo necesitaba. Le bastaba con escuchar sus voces.

—Crees que la amas un poco, tal vez —continuó Pramila—.

Es una señora deslumbrante, para alguien tan humilde y tosco como tú.

Pero ella usa a todos, niña. Incluso a mí.

¿Por qué crees que mantengo a los guardias alejados de ella?

No es solo por piedad. Se dejarían engañar por su bonito rostro y sus palabras dulces.

Es una joven manipuladora. No importa lo que ella te diga, recuerda que no eres más que tierra bajo sus pies.

Recuérdalo la próxima vez que te pida un pequeño favor.

—Su tono de voz bajó—. Recuérdalo la próxima vez que ella provoque mi ira.

—Señora, no la admiro —respondió Priya, con la voz entrecortada—. Yo solo… necesito mantener esta posición, señora. Tengo personas a las que cuidar, que dependen de mí. No puedo perder mi trabajo ni mi salario.

—A pesar de lo que la princesa pueda decirte, soy yo quien decide si te quedas o no —dijo Pramila, con una nota de aprobación en su voz—. Has sido una buena trabajadora, aparte de un desafortunado desliz. No debes temer nada mientras recuerdes a quién es más… prudente obedecer.

—Oh, gracias —dijo Priya—. Muchas gracias, Señora Pramila.

Malini escuchó el sonido de los pasos de Priya sobre el suelo, que se acercaban a ella.

—Permíteme ayudarte con algo más, Señora Pramila.

Puedo… Podría encender incienso en tu estudio por las noches, para endulzar el aire.

O podría preparar tus comidas favoritas, si tenemos los ingredientes…

Y podría… podría darle a la princesa su medicina.

Ya le llevo la cena, al fin y al cabo. No sería ningún problema para mí servirle también el vino, antes de que se duerma.

—Priya hizo una pausa. Luego agregó—: Ella confía en mí. No se quejará.

Hubo un momento de silencio. Pramila se movió; la seda de su sari susurraba a su alrededor.

—A pesar de lo que puedas creer, y de lo que es sensato, yo quiero a la princesa —dijo entrecortadamente, como si le estuvieran arrancando las palabras. En cierto modo, así era. Su voz tembló—. La quiero lo suficiente como para desearle lo mejor, incluso si ella no lo desea.

—Entonces déjame quitarte esa carga —dijo Priya—. Por favor.

—Bien —aceptó—. Mientras recuerdes a quién eres leal.

—Por supuesto, señora. Cualquier cosa que necesites, aquí estoy —respondió Priya con seriedad.

Malini abrió los ojos, solo un poco. En la delgada media luna de su visión vio a Priya, con los ojos muy abiertos y sin rastro de hipocresía, con la mano extendida, y a Pramila, que apoyaba el frasco de flor de aguja en su palma.

Llegó el anochecer. Pramila volvió a sermonear a Malini sobre las madres.

La princesa escuchaba a medias mientras observaba la puerta y se preguntaba qué estaba haciendo Priya.

¿Vertería obedientemente una dosis de flor de aguja en el vino?

¿O quizás volcaría toda la botella, para que Malini muriera rápido y sin dolor?

Improbable. Pero lo imaginó de todos modos.

Priya le hizo una reverencia a Pramila y entró en la habitación. Cuando la mujer se levantó para irse, Priya habló.

—La Señora Pramila me ha encomendado la tarea de proporcionarte tu medicina —le dijo a Malini.

Luego miró a Pramila de soslayo, como si buscara aprobación. La mujer asintió y Priya se arrodilló con la jarra entre las manos.

La princesa la miró fijamente. Luego miró a Priya.

—Sé algo sobre la medicina hecha de flores de aguja —comentó Priya, en voz baja. Era poco probable que Pramila, que rondaba junto a la puerta, la hubiera oído.

Había un mensaje en esos ojos castaños, en la forma en la que sostenía el vino, como si fuera un regalo en lugar de veneno; como si fuera algo precioso ahuecado entre sus palmas.

“Confía en mí”, decía su rostro.

Ese era el problema de hacer aliados. Inevitablemente, llegaba un momento en el que había que tomar una decisión: ¿se podía confiar en ellos? ¿Se habían ganado su lealtad? ¿O su generosidad era una fachada para un cuchillo escondido?

Malini hizo su elección.

Fue más fácil de lo que debería haber sido.

—Ah, ¿sí? —dijo también en voz baja—. Bien. Da la casualidad de que yo también.

Miró a Priya a los ojos. Sin dejar de sostener su mirada, tomó la jarra y bebió todo el contenido.