Capítulo Dieciséis #3
Durante un momento, Malini permaneció donde estaba, doblada sobre Priya, sujetando sus muñecas con esa dolorosa presión. Finalmente, la soltó y se alejó.
Priya bajó la cabeza. Esperó.
Pramila levantó la mano. Malini emitió un sonido, tan débil como el de las hojas al caer.
Entonces, Pramila golpeó a Priya sin obstáculos.
Esta vez el golpe no estaba alimentado por la ira.
Fue un acto deliberado, diseñado para recordarle a la criada su lugar y a Malini el suyo, pero eso no hizo que el rasguño de los anillos fuera menos doloroso, ni la sangre en la boca de Priya menos nauseabunda.
—Niña tonta —dijo Pramila—. Lleva a la princesa a su habitación. Ahora. Estaré contigo en un momento.
No pasó mucho tiempo antes de que Pramila irrumpiera con la jarra.
—Bébetelo —dijo, apoyando el vino de un golpe junto a Malini.
La princesa trató de levantar la jarra, pero le temblaban las manos.
Su breve paseo, cuando había estado tan lúcida, la había agotado.
Antes de que pudiera soltarla, Priya cruzó la habitación.
Cuando se acercó, Pramila se estremeció —o se movió para golpearla, no estaba del todo claro—, pero entonces Priya la miró y la mujer se quedó inmóvil.
Notó un destello de vergüenza en el rostro de Pramila, al verle el labio rojo y magullado.
Después de todo, la rabia la había atravesado y ahora las tres estaban allí: Pramila, Malini y Priya, que no importaba en absoluto, pero que lucía un labio partido y una mejilla roja como un recordatorio de la vergüenza de Pramila.
“Tengo que tomar el control de esta tarea de sus manos”, pensó Priya. “Tengo que asegurarme de que la princesa ya no siga envenenándose, o morirá”.
Se inclinó y tomó la jarra de las manos de Malini. Sirvió una medida en una copa y se la alcanzó.
—Con cuidado, mi señora —dijo—. Así.
Ayudó a Malini a llevarse la copa a los labios y beber.
Si Pramila la golpeaba de nuevo, no estaba segura de poder controlarse o de querer hacerlo. Apretó los dientes sobre la lengua, para distraerse del latido doloroso de su mejilla.
Todavía arrodillada ante la princesa, le devolvió la jarra a Pramila, con la mirada baja, recatada.
“Si me vuelve a hacer daño, le romperé los dedos. La muñeca. Le daré un puñetazo directamente en la cara. No me contendré. No lo haré…”.
Pramila tomó la jarra y salió de la habitación sin decir una palabra más. Un momento después, Priya escuchó el clic de la cerradura. Como ya no tenía llave, sabía que ella y Malini estarían encerradas hasta la mañana siguiente.
Suspiró, una terrible tensión se desplegó de sus hombros.
—No te sale bien permitir que hieran tu orgullo, ¿verdad? —murmuró Malini.
—Mi señora, soy una sirvienta —le recordó Priya—. No tengo orgullo que alguien pueda herir.
Una pequeña sonrisa cruzó los labios de la princesa.
—Ah, esa es una mentira que crees que debes decirle a una dama de alcurnia, ¿no es así? Pero sé que tienes orgullo. Todos lo tenemos. Por más que me digas “señora”, o te inclines ante tus mayores, puedo ver que por dentro eres de hierro.
Malini levantó una mano y rozó con los nudillos la hinchazón de la mejilla de Priya. Sus dedos temblaban, todavía. Priya sintió el escozor del contacto. Ardió a través de su sangre, la estremeció como una canción. Pensó: “Oh. Oh, no”.
Esto era más que una simple fascinación. Esto era atracción, y no era… para nada conveniente.
—A veces debes dejar que tu orgullo y tus virtudes se desvanezcan para ganar la guerra —dijo la princesa.
La respiración de Priya vaciló, solo un poco.
—Gracias —logró decir—. Por protegerme.
—No me lo agradezcas. No te salvé por tu bien. Lo hice por el mío. Si te hubieras enfadado lo suficiente la habrías lastimado. Y entonces te habrían despedido y yo estaría sola otra vez.
Malini ya empezaba a tambalearse. Soltó el aire, luego cerró los ojos y se recostó.
—¿Te quedarás cerca cuando me duerma? —Le dio la espalda—. Puedes acostarte aquí si quieres.
Priya tragó saliva. ¿Acaso ella…? Pero no.
Esas cosas no se hacían en Parijat.
“Y hay cosas”, se dijo con firmeza, “que no haré, porque no soy una tonta con cerebro de búho”.
—Me sentaré a tu lado, mi señora —dijo—. Hasta que te duermas.
Malini no discutió. Claramente no tenía la energía suficiente para hacerlo. Yacía inmóvil, con los ojos cerrados. Su cara seguramente iba a magullarse. La piel de Malini era como de papel.
Su respiración. Su pulso. El color de sus encías, de sus uñas. Priya no necesitaba ver ninguna de esas cosas para saber que Malini se estaba muriendo, y rápido.
Tenía que hallar una manera de mantenerla viva. Y necesitaba la fuerza del Hirana. “Paciencia”, le había dicho Ashok. La paciencia y el tiempo eran claves. Pero la paciencia solo podía llevarla hasta cierto punto. Y ella nunca había tenido demasiada, para empezar.
Tomaría el control de las dosis de veneno. Volvería a tener un comportamiento dócil y fácil de ignorar, de modo que Pramila le entregara la responsabilidad sin poner en duda sus motivos. Mantendría viva a la princesa, por el bien de Bhumika y la familia, y también porque era lo correcto.
Y no porque ella quisiera. No por eso, en absoluto.