Capítulo Dieciséis #2
—Bueno, los hombres solo pueden casarse con mujeres ahora. Uno de los primeros regentes acabó con la forma en que solían ser las cosas aquí.
—¿Y hay historias como esa… —quiso saber Malini— sobre mujeres también? —Había algo vacilante en su voz.
—Sí —respondió Priya. Tragó saliva de nuevo. Sabía exactamente por qué sentía seca la garganta—. ¿Qué otras historias debo narrarte sobre los yaksas , mi señora?
—Todo —dijo Malini de inmediato—. Cualquier cosa. Mi niñera me contó algunas, pero estaban claramente censuradas, para adecuarlas a los niños buenos parijatis. Quiero saber una historia que nadie me contaría jamás. —Hizo una pausa y luego dijo—: ¿Puedes contarme los Mantras de corteza de abedul ?
—Esos cuentos están prohibidos, mi señora —respondió Priya, aunque los había aprendido de memoria cuando era niña y todavía recordaba fragmentos de cada poema, fantasmas irregulares de los versos.
—Dime de dónde provienen los yaksas, entonces —dijo Malini—. Eso debe de ser bastante inocente.
Probablemente no lo era. Pero Priya no lo aclaró.
Mientras guiaba a la princesa por un desnivel en el suelo, miró hacia abajo. La superficie estaba marcada por surcos como olas. Como el agua.
Esas olas también se habían movido. No estaban donde las había visto ayer.
—Los yaksas vienen del mismo lugar de donde viene todo —dijo Priya lentamente—. De los ríos.
—¿Ríos?
—Los ríos cósmicos de los que nacen los universos —explicó—.
Son ríos que brotan de la yema del Huevo del Mundo.
Ríos de carne y sangre de corazón; ríos de inmortalidad; ríos del alma.
Los yaksas nacieron en estos ríos como peces y nadaron a través de ellos hasta que encontraron el mundo en la orilla.
Entraron en nuestro mundo desde allí, pero fue el más joven de ellos, Mani Ara, quien vino a Ahiranya y lo convirtió en su hogar.
—¿Qué es el Huevo del Mundo?
—El huevo del que nació el mundo.
—¿Y de dónde… —murmuró Malini, con una leve inclinación de cabeza— de dónde salió ese Huevo del Mundo? ¿De un pavo real mundial?
Priya hizo un valiente esfuerzo por no hacer un gesto de fastidio.
—¿De dónde creen los parijatis que nació el mundo, mi señora?
—Del fuego —dijo ella—. Creemos que otro mundo se quemó y de él surgió el nuestro. De las cenizas y las llamas.
—¿Y de dónde salió ese otro mundo, mi señora? —añadió Priya, con mordaz deferencia—. ¿De otro mundo en llamas, tal vez?
—Hay mundos incendiados hasta el infinito —dijo Malini, con la voz seca y una mueca divertida—. Bien visto, Priya.
El rostro de Priya se sentía irritantemente cálido. Se alegró de ser mucho más oscura que Malini y que sus emociones y deseos no se le notaran tan fácilmente en la piel. Desvió la mirada.
—Mi niñera me habló de un río —dijo la princesa en voz baja—. Un río mágico, oculto bajo la superficie de Ahiranya. Lo llaman el río de las aguas inmortales. Quizá lo conozcas.
Priya necesitó de toda su entereza para no petrificarse de miedo. Se había dejado llevar por una falsa sensación de seguridad, por el roce de la mano de Malini en su brazo, por las historias compartidas. El nudo helado que cobró vida en su vientre fue aún más impactante por ello.
—Me escuchaste hablar de eso con Meena —dijo en voz baja—. La rebelde. ¿No es así?
La princesa no lo negó. En cambio, dijo:
—Sé que a mi padre le preocupaba eso. Decía que los niños adquieren extraños poderes en Ahiranya. Habló de ello con mi madre. Dijo que había que hacer algo.
Su padre. El emperador Sikander.
—Mi señora —dijo Priya en voz baja, reprimiendo el pequeño remolino de ira en su corazón—. ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Por qué mentiste sobre mí y dijiste que te salvé la vida?
Ya estaba. Lo había dicho. Finalmente se enfrentaba a la realidad: había cometido un terrible error al revelarse ante Meena, ante Malini, y al ocultarle la verdad a Bhumika.
—No sé por qué esa rebelde estaba aquí —dijo finalmente la princesa—.
Tal vez quería matarme. Pero cuando te vi, Priya…
—Su voz vaciló—. Eres fuerte —dijo finalmente—.
Y no te haré preguntas sobre tu fuerza, pero…
necesito mucho tener una amiga en este lugar.
Alguien que entienda qué se siente al perder y llorar a las personas que amas.
Alguien que pueda mantenerme a salvo de mis miedos.
Y yo… espero que seas la amiga que necesito.
Una amiga. Como si pudieran ser amigas.
El contacto de Malini era tan ligero. La princesa se sentía y se veía frágil. “¿Cómo puedes ser tan suave?”, pensó Priya, impotente. “¿Cómo puedes saber lo que soy y mirarme así con esos ojos? ¿Cómo puedes ser tan estúpidamente confiada?”
—No se hacen amigos —dijo, hablando con cierta dificultad a través del nudo en su garganta— hablando de los muertos.
—No —concedió Malini, con una mirada vaga—. Supongo que no.
—Me gustaba más —logró decir Priya— cuando hablaste de los pavos reales. Podemos conversar sobre eso, si quieres.
La princesa negó con la cabeza una vez más y se le escapó un sonido leve de diversión.
No exactamente una risa, pero era lo más cercano a eso que había expresado desde que Priya la conoció.
Priya, sin saber cómo sentirse, guio a Malini una vez más alrededor del triveni , observando cómo el viento azotaba el cabello de la princesa, hasta que se detuvo abruptamente.
Pramila estaba en el salón occidental, mirándolas. Su mandíbula estaba tensa. Su expresión era furiosa.
—No se te permite salir de tu celda. —Su voz vaciló como una llama.
Por un segundo, Priya pensó que estaba llorando. Y luego se dio cuenta de que la vacilación no eran lágrimas, sino ira, una tormenta que Pramila no podía modular del todo. La carcelera cruzó la habitación, temblando por la fuerza de sus emociones.
Al lado de Priya, Malini no dijo nada.
—Sabía que encontrarías una manera de usar a la criada —dijo Pramila—. Y aquí estás. ¿Le pagaste? ¿La sobornaste?
—No me sentía bien —dijo Malini débilmente—. Necesitaba aire.
—Dame tu llave —le dijo Pramila a Priya abruptamente, extendiendo la mano delante de ella.
—No —exclamó Malini—. No se la des.
Priya ya había desenganchado la llave. No tuvo oportunidad de volver a engancharla en la cadena antes de que Pramila se la quitara.
—Es una cosa tan pequeña —dijo Malini, con una voz cercana a las lágrimas—. Solo quise salir de mi habitación y sentir el aire en mi cara. Si tan solo me permitieras esa pequeña gentileza, por favor.
—No ruegues —dijo Pramila con disgusto—. Cada vez que lloras y suplicas, sé que todo es mentira, sé lo que eres…
—Solo lo hago porque me tienes encerrada como un animal. ¿Crees que mi hermano quiere que muera enclaustrada en una pequeña habitación en un país extranjero?
—No, esta no es la forma en la que creo que él quiere que mueras. Sabes exactamente lo que espera.
—¿De verdad quieres que sufra como ella, Pramila? —preguntó Malini. Su voz era aterciopelada. Una súplica. Pero la mujer se estremeció como si hubiera recibido un golpe.
Siseó, con los ojos duros de rabia, y sin vacilar levantó la mano para golpear a Priya, no a Malini, en la cara.
No iba a ser un golpe superficial de castigo; Priya lo anticipó.
La mano de Pramila estaba cerrada en un puño cubierto de anillos de metal que la dejaría ensangrentada.
Solo tuvo un segundo para sentir una furia sin aliento que la atravesó, por lo horrendo de ser utilizada para recibir golpes que eran en realidad para Malini, antes de levantar su propia mano para apartar el brazo de Pramila.
Pero no llegó a hacerlo. La princesa se estrelló contra Priya, le aferró las muñecas con sus manos frías y se colocó directamente entre el puño de Pramila y la cara de Priya.
Priya sintió un ruido sordo y un dolor cegador cuando la mano de la carcelera golpeó a Malini cerca de la oreja y el cráneo de la princesa chocó contra el suyo.
No podía moverse, no podía luchar: Malini la sujetaba, sus uñas se clavaban como lo habían hecho cuando Priya la había despertado de la pesadilla, presionaban afiladas como agujas.
—No —dijo Malini. Su voz se quebró un poco—. No, no lo hagas.
Priya casi no podía ver detrás del escudo del cuerpo de la princesa, doblado contra el suyo, detrás de su cabello oscuro suelto, aún más salvaje que de costumbre por el viento. Pero sintió el aliento de Malini en su piel y supo que sus palabras iban dirigidas a ella.
Se quedó inmóvil. Malini no la soltó.
—Princesa —dijo Pramila entrecortadamente—. ¿Estás heri…?
—Puedes pegarme de nuevo si quieres —dijo Malini—. Pero no golpearás a mi criada. Ella no tiene nada que ver con nuestra situación. —Permaneció encorvada sobre Priya—. Continúa, Pramila. Haz lo que quieras.
—¡Oh! Oh. ¿Crees que no te golpearía como corresponde?
— Pramila soltó una risa fea y, a través de la cortina del cabello de Malini, Priya pudo ver partes de su rostro húmedo, los ojos furiosos y la mueca de los labios—.
¿Crees que no me atrevería a arriesgarme a hacerte daño, cuando estás aquí sola conmigo? Mereces ser golpeada.
—Sigo siendo la carne y la sangre del emperador —dijo la princesa, con voz suave pero firme—. Sigo siendo una princesa de Parijat. Golpéame, si quieres, pero no olvides que mi hermano me envió aquí con un propósito.
—Cumple ese propósito entonces —dijo Pramila—. Acepta tu destino, para que ya no necesite vigilarte.
Malini no respondió y Pramila parpadeó, espasmódica, con una expresión oscura que estaba mucho más allá del odio. Luego se calmó. Sofrenó su furia. Enderezó los hombros. Alisó los pliegues de su sari.
—Más medicina, supongo —anunció Pramila—. Estás sobreexcitada, princesa.
La exhalación de Malini fue un estremecimiento. Casi sin sonido.
—Ahora —dijo Pramila—. Camina, princesa.