El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

PRIYA

D esde que sabía que Malini soñaba con fuego, Priya comenzó a soñar con agua. Clara, fresca, ondulante. Ríos que zigzagueaban bajo sus pies y silbaban como serpientes.

Cuando Meena intentó estrangularla tuvo una alucinación parecida, agua que se enroscaba en sus tobillos. Su hermano, delineado en una sombra líquida y roja, más agua que piel. Después de esta visión, recuperó esos poderes que durante mucho tiempo habían sido inaccesibles para ella.

Permanecer en el Hirana ya la había cambiado, pero entonces también cambiaba y moldeaba sus sueños.

Una vez se despertó en mitad de la noche y vio que el suelo se había modificado debajo de ella; había huellas de flores por toda la superficie de piedra.

Cuando parpadeó, confundida, se desvanecieron.

Esa noche se despertó nuevamente, como tantas veces; a su alrededor, la oscuridad era total.

No se oía ningún sonido que rompiera el silencio, ni siquiera se escuchaba trabajar a las otras criadas.

Se dio cuenta de que había algo diferente.

Podía oír un nuevo ruido. No era la corriente de agua que se deslizaba a través de sus sueños.

No era la respiración de Malini, ralentizada por su medicina y profunda por el sueño.

Era un llanto.

Se levantó. Cruzó la habitación oscura hasta la cama de la princesa.

Malini estaba acurrucada de lado, con el rostro torcido en un rictus, los hombros doblados en un ángulo agudo detrás de ella, levantados como alas.

Todavía estaba profundamente dormida, la droga mezclada en el vino se había ocupado de eso, pero una pesadilla feroz tenía sus garras clavadas en ella.

Priya se arrodilló en el charpoy a su lado. Sacudió ligeramente su hombro, luego un poco más fuerte, y aún más cuando Malini permaneció enroscada como un caracol.

—Mi señora —susurró. Luego, con más firmeza—: Princesa Malini, despierta. Despierta, princesa.

Malini dio un respingo y se movió, con la súbita velocidad de una víbora.

La fuerza con la que se aferró a la muñeca de Priya fue cruel. Las uñas de Malini se le clavaron en la piel, dejando marcas que no atenuaron la vacilación ni el miedo. Sus ojos se abrieron de golpe, pero no veían, miraban a través de Priya como si su cuerpo fuera de cristal.

Priya cerró instintivamente la mano izquierda alrededor de la de Malini y la aferró. Sabía exactamente cómo apretarla con más fuerza, para que sufriera un espasmo y la soltara, o torcerle la muñeca hasta que el hueso cediera con un chasquido.

—Por favor, mi señora —dijo en vez de hacer eso. Se esforzó por controlar su respiración para aguantar el dolor, también sabía cómo hacerlo—. Soy yo.

Durante un momento, la fuerza de Malini no se aflojó. Luego, lentamente, la conciencia volvió a sus ojos. Soltó a Priya abruptamente, pero ella todavía la sostenía. Desenroscó sus dedos con calma, con cuidado. Como la princesa permanecía inmóvil, le bajó el brazo y dijo:

—Tuviste una pesadilla.

—Creo que voy a vomitar —murmuró Malini débilmente, y se volvió hacia un lado, tapándose la boca.

Priya se levantó de un salto en busca de una jofaina, pero la princesa no vomitó. Simplemente permaneció de lado durante un momento, con la cabeza gacha y la mano sobre la boca. Después se incorporó y dijo:

—A veces, mi medicina…

—No hay necesidad de explicar nada, mi señora.

—Estaba soñando otra vez. —Priya observó a Malini retorcer la tela de su sari con las manos—. No… no soy yo misma.

Priya deseó poder ir a hablar con un sanador, o incluso con Gautam.

Serían capaces de decirle exactamente qué señales debía tener en cuenta antes de que el efecto de la flor de aguja se convirtiera en un envenenamiento en toda regla: la cadencia de la respiración, el significado de la parálisis del sueño y las pesadillas, el peligro que acechaba en el pulso débil o en la casi transparencia de la piel de Malini.

Pero no tenía con quién hablar. Solo podía ver deteriorarse a la princesa.

Pensó en cómo reconfortaría a Sima, o incluso a Rukh, ante una pesadilla, y no podía imaginarse dándole a Malini el tipo de consuelo informal y afectuoso que les daría a cualquiera de ellos. Consideró apoyar una mano en la espalda de la princesa, pero… no. No pudo.

—¿Deseas darte un baño, mi señora? —preguntó abruptamente.

—Ni siquiera ha amanecido —dijo Malini con voz monótona—. No puedo salir de esta habitación.

—Sí puedes —dijo Priya—. Salir, quiero decir. Si quieres, mi señora.

Tenía la llave de la habitación atada a la cadena de su cintura. La desenganchó y la acercó a la tenue luz.

Malini la miró. Apartó la mirada, su rostro de perfil.

—No quiero bañarme —dijo. Pero no volvió a acostarse en su cama, ni exigió agua o comida. No hizo nada más que sentarse encorvada, con las manos crispadas como garras, mirando a la nada.

—Un paseo, entonces —ofreció Priya—. Un poco de ejercicio tal vez te haría bien.

—¿Me haría bien, en serio? —Malini cerró los puños con más fuerza—. No creo que caminar cure lo que me sucede.

No había amargura en la voz de la princesa. Solo resignación.

—Camina conmigo de todas maneras —dijo Priya—, y te contaré una historia de los yaksas .

Malini finalmente levantó la mirada. Oscura, profunda. Lo pensó mejor.

Se puso de pie.

—Pramila se enfadará —dijo, una vez que hubieron salido de la habitación y comenzado a caminar por el pasillo.

—Podemos regresar si lo deseas, señora —dijo Priya.

No se sorprendió cuando Malini negó con la cabeza.

La princesa se apoyaba en su brazo, aferrándose como si Priya fuera la columna vertebral que sostenía su cuerpo frágil.

Pero su expresión se veía más clara, más concentrada de lo que había estado desde el momento en el que se presentaron formalmente, ama y sirvienta.

El viento soplaba a través del triveni , un viento fuerte y azotador que recorría los tres pasillos abiertos y vacíos del Hirana con el rugido hueco de una bestia.

Priya, vestida con su sari nuevo y sin un chal para echarse sobre los hombros, empezaba a arrepentirse de su decisión de sacar a Malini del silencio oscuro y enfermizo de su prisión.

De hecho, hubiera preferido el calor pegajoso de una noche cargada de monzones antes que este clima extraño e intempestivo.

—Caminemos por el pasillo —dijo Priya—. Una o dos veces. Y luego volvamos a tu habitación, si quieres.

“En lo posible, antes de que la patrulla de guardia pase por el triveni ”, pensó.

—¿Te hice daño? —preguntó Malini bruscamente.

—¿Qué?

—Tu brazo. ¿Te lastimé?

—Un poco, mi señora —admitió.

Malini tomó la muñeca derecha de Priya y la levantó hacia la luz de la luna. Apretó los labios.

—No suelen salirme magullones —la tranquilizó.

Pero la princesa no la soltó. Miró su mano como si pudiera leer cada callo, cada línea en la palma, como si fuera un lenguaje.

Y Priya miró a Malini a su vez porque…, bueno, podía admitirlo, al menos, porque simplemente quería mirarla. Mirar a la princesa era una sensación prohibida, pero un poco menos aterradora que hacerlo directamente a los ojos, que era algo demasiado… íntimo.

Oh, Priya sabía reconocer el enamoramiento cuando le sucedía.

—Eres fuerte —observó Malini—. Sentí la presión de tu mano sobre mí. Pero ni siquiera intentaste detenerme.

—No quería lastimarte.

—Qué extraño —dijo la princesa. Su voz era suave. Finalmente, soltó el brazo de Priya—. Yo tampoco quise hacerte daño —agregó—. No me gusta actuar sin darme cuenta de lo que hago.

Priya negó con la cabeza.

—Tendré más cuidado si necesito despertarte en el futuro —dijo.

Entrelazó el brazo de Malini en el suyo una vez más y comenzó a guiarla alrededor del borde del triveni .

—Ahora —dijo—, un cuento de los yaksas .

Le contó a Malini una historia sencilla. Una historia que se narraba a los niños, sobre un joven, un leñador, que nació bajo malas estrellas. Si se enamoraba, su amada compartiría su suerte maldita. Cualquier hombre o mujer con quien se casase moriría prematuramente.

—Así que evitaba a otras personas —relató Priya—. Sus familiares se preocupaban por él todo el tiempo. Un día les dijo que, a pesar de todo, había encontrado a alguien con quien podía casarse.

—¿Quién? —preguntó Malini.

—Un árbol.

—¿Un árbol?

—Eso —dijo Priya— fue exactamente lo que le respondió su familia.

No estaban impresionados, te lo aseguro.

Pero él adornó el árbol con guirnaldas, como si fuera una novia, le contó cuentos y le hizo ofrendas de flores y secretos, y un día el árbol se transformó en un hermoso hombre.

En realidad, era un yaksa . El yaksa le construyó al leñador un mahal de banyan y hojas de plátano, y vivieron juntos felices.

Desde entonces, cuando los niños nacen con malas estrellas, les celebramos un primer matrimonio con un árbol, para que el yaksa los cuide; así, su segundo matrimonio, mortal, será dulce.

Malini le dirigió a Priya una mirada extraña e ilegible.

—¿Los hombres pueden enamorarse de otros hombres en Ahiranya?

Oh. Priya tragó saliva. Había cometido un error. Una historia simple e inocente de la cultura ahiranyi era mucho menos inocente para las personas que eran… que no eran ahiranyis.

Seguramente Malini había oído las historias que contaba la gente sobre la lascivia de los ahiranyis: su tendencia a vender placer, la liberalidad de sus mujeres, el hecho de que estaban dispuestos a acostarse con gente de su mismo género. Y seguramente, como todos los parijatis, aborrecía todo eso.

—Lo siento, mi señora —dijo Priya—. Una sirvienta tonta como yo debería haber sido más discreta. —Inclinó la cabeza a modo de disculpa—. Por favor, perdóname.

Sintió las manos de Malini sobre sus hombros. De repente, estaban una frente a la otra.

—Por favor —dijo la princesa—. Me gustaría que me respondieras.

—Supongo que puede ocurrir en cualquier lugar, mi señora.

Malini negó con la cabeza.

—No se hace eso en Parijat. —El tono de su voz sugería que no aceptaría preguntas, así que Priya no hizo ninguna. En cambio, dijo con falsa ligereza: