El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Quince #4
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Capítulo Quince #4

Ella volvió a su cuerpo. Temblando, se puso de pie con cuidado.

Estaban barriendo el polvo del suelo en el patio. Bhumika lo cruzó. Se dirigió a su palanquín.

—A casa —dijo a sus guardias. Ellos levantaron el palanquín y obedecieron.

* * *

Su esposo había regresado. Estaba en sus aposentos, en el palacio de las rosas, terminando el almuerzo cuando ella llegó.

—Tomaste el palanquín —dijo Vikram, enjuagándose las manos con agua perfumada de rosas.

—Fui a visitar a mi tío —explicó Bhumika.

—¿Cómo está su salud?

Ella meneó la cabeza. Se acercó a él, rozando la yema de un dedo ligeramente contra el dorso de su mano a modo de saludo.

—Voy a orar por él. Prenderé incienso para las Madres y quemaré jazmines.

Vikram hizo un murmullo de aprobación. O tal vez fue compasión.

—Tengo una nueva criada —dijo Bhumika a la ligera, tomando el vaso de agua con limón que le ofreció un sirviente—. Oh, no me mires así, mi amor. Esta es de confianza. Viene de la casa de mi tío.

Una muchacha había escapado de los soldados del burdel. Solo una. Era natural que Bhumika la protegiera.

—No tienes la sensatez de saber en quién confiar —dijo él.

Su tono era duro. Entonces Bhumika bajó los ojos, aceptando la reprimenda.

—Mi tierno corazón me deja en ridículo —admitió.

—Alguien de confianza tiene que entrevistarla —continuó Vikram, mientras le llevaban agua en una copa de metal que brillaba por la condensación—. Haré que el comandante Jeevan hable con ella.

Bhumika asintió.

Vikram vaciló.

—El Señor Santosh… —comenzó. Luego se quedó en silencio—. El emperador Chandra está ordenando quemar a las mujeres.

Ella no dijo nada.

—Esta no es la fe de las Madres de las llamas —dijo—.

Este Chandra…, si su hermano mayor gobernara, si no hubiera dejado su familia y su fe, esto no sería así.

Pero algunos hombres añoran épocas muertas hace mucho, y tiempos que nunca existieron, y están dispuestos a destrozar el presente por completo para reinstaurarlos.

Me alegra que no lo hayas visto —añadió, y ella se preguntó por un momento si la estaba poniendo a prueba.

Si lo sabía. Pero no. Nunca había sospechado nada de ella, su pobre e ignorante esposo.

—Oh, Vikram —comentó en voz baja—. Lo siento.

Él suspiró y dijo:

—No tienes nada por qué disculparte. —Bebió un largo trago y luego bajó la copa—. Ahora ven aquí. Cuéntame cómo fue tu día.

Cuando Vikram se fue, Bhumika se retiró a su habitación. Khalida entró poco después, con una maceta de flores en equilibrio contra su cadera. Su expresión era tensa.

—La Señora Pramila no la deja salir —dijo Khalida—. La criada Gauri me lo dijo. Ella no le dará a su chica ni un día libre. ¿Qué quiere hacer?

—Nada —respondió Bhumika. Desde la ventana podía ver los bordes del Hirana, enmarcados por la luz del sol.

—Puedo insistir en su nombre para que se respeten las reglas domésticas sobre el trato a los sirvientes.

—No importa. Encontraré una manera de hablar con Priya.

Conocía el poder del Hirana. Sabía que ya estaba cambiando a Priya. Tenía una corazonada, una sospecha, y pronto sabría si era correcta.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó—. Un regalo, ¿verdad?

—Jazmines parijatis —dijo Khalida, y colocó la maceta en la ventana junto a Bhumika—. El general Vikram te los envió de regalo.

—Qué amable de su parte —agradeció, y vio que los labios de Khalida se torcían ante la dulzura de su voz. No era un recipiente apto para flores de jazmín, morirían muy pronto.

—¿Está él aquí?

Khalida sabía que no estaba hablando de su esposo.

—Sí.

Dile que entre.

Mientras esperaba, Bhumika pasó los dedos por las flores; sintió la corriente profunda del río de las aguas inmortales dentro de ella. Observó los pequeños capullos marchitarse y plegarse sobre sí mismos bajo sus dedos. No había razón para no matarlos, si no iban a sobrevivir de todos modos.

—Señora Bhumika.

La voz de un hombre. La sombra de un hombre sobre el mármol, que se inclinaba detrás de ella.

Se volvió.

En sus años de matrimonio, Bhumika se había asegurado de una cosa al menos: Vikram era el amo de su mahal , pero la lealtad de la mayoría de las criadas y los niños, los soldados y sirvientes, los que cocinaban la comida y alimentaban el fuego, y apuntaban flechas y espadas contra la oscuridad, era para ella.

Ella, la amable esposa del regente, su paloma insípida, los había salvado.

Ella les había dado trabajo y un hogar. Y no les exigía nada a cambio.

Todavía. Por ahora.

No habló de las ejecuciones. No habló de Ashok.

—Es posible que te necesiten, muy pronto —dijo—. Y lo siento, pero debo exigir tu lealtad. Debo solicitar tu servicio, pedirte lo que me prometiste.

Había recursos que debían usarse con moderación, demasiado valiosos para desperdiciarlos. Recursos que debía probar antes de que realmente llegara el momento en el que serían necesarios. Era el momento de ponerlo a él a prueba.

El hombre levantó los ojos. En su brazo, el brazalete de metal que marcaba su rango brillaba como una cicatriz plateada descolorida.

—Mi señora —dijo—. Lo tienes. Siempre.