Capítulo Quince #3
—Tuvo que tomar medidas. El emperador requería una acción decisiva. —Algo así le había dicho Vikram, con gesto ceñudo por la irritación, cuando Bhumika cuestionó su decisión de matar a los rebeldes aplastándolos. Si ella hubiera sabido sobre la pira…
Ah, ya era demasiado tarde.
“Hay que demostrar firmeza”, había dicho él. “No lo puedes entender, mi paloma. Tienes un corazón demasiado blando”.
—¿Entonces él da muerte a los poetas y a las sirvientas? ¿Sabe tu esposo que mandó matar a las mismas personas a las que tú apoyas con el dinero de su familia? —Cuando Bhumika no se dignó responder, Ashok se echó a reír—. Te dije que es un tonto.
—Fuiste tú quien infiltró una sirvienta falsa en mi casa —dijo Bhumika con firmeza—. Tú fuiste quien hizo que él y los de su calaña consideraran necesario hacer esto. Sabías que tus acciones tendrían consecuencias.
—Necesito las aguas. —Su voz bajó. Líquida, oscura—. Seguramente lo entiendes.
Por supuesto que lo entendía. Ella sentía la atracción de las aguas todos los días.
El anhelo que agitaba su sangre, como la fuerza de gravedad.
Tan intenso que podría haber desenrollado las venas de su cuerpo.
Entendía por qué Priya había subido al Hirana.
Entendía por qué el sangam acechaba sus propios sueños.
—Las necesito más de lo que crees —insistió él.
—Has estado consumiendo las aguas robadas de la fuente —dijo Bhumika mientras se le formaba un nudo en el pecho por saberlo—. Entiendo exactamente cuánto las necesitas. Una urgencia que tú mismo te buscaste.
Él no dijo nada. Esa fue suficiente respuesta.
—¿Por qué? —preguntó ella. Odiaba que aún le doliera pensar en la posibilidad de que él muriera. Como si le debiera algo.
—Las he estado consumiendo durante mucho tiempo —dijo Ashok en voz baja—.
Y me mantienen fuerte. Me mantienen con vida.
Ahora mi nueva familia, mis soldados, mis compañeros guerreros, también las consumen.
No son dos veces nacidos, como yo. Saben que beberlas los matará.
Pero lo hacen de todos modos, porque, al igual que yo, saben que debemos ser libres.
Se acercó unos pasos a ella.
—Hemos recuperado los asentamientos forestales.
Hemos ubicado cuidadosamente a los nuestros donde los necesitábamos.
En las casas de los comerciantes. En los havelis de las familias de la nobleza.
Hemos conseguido mecenas. No eres la única noble que financia la rebelión, Bhumika.
—Se inclinó acercándose—. Estamos aprendiendo cada punto de vulnerabilidad, cada lugar donde atacar, para que los huesos del imperio se derrumben a nuestro alrededor.
—Todos esos planes no significarán nada cuando estés muerto y el resto de nosotros tengamos que limpiar la sangre que has derramado —dijo Bhumika.
—No moriré —replicó Ashok—. Ninguno de nosotros morirá. Encontraremos las aguas. Viviremos para restablecer el consejo del templo. Si volvemos a instaurar aunque sea una sombra de la Era de las Flores, valdrá la pena.
—Ay, Ashok. Esto no terminará como esperas.
—Ahora tenemos a Priya.
A pesar de estar en el sangam , un lugar donde ellos solo eran sombras moteadas, el rostro de Bhumika debió de revelar algo de lo que sentía, porque Ashok agregó:
—La busqué.
—Tu maldita sirvienta rebelde casi la mata.
—Ya me disculpé.
—Ah. Todo está bien, entonces —respondió Bhumika, mordaz—. En cuanto a tenerla, si crees que posees algún control sobre ella, no la conoces en absoluto.
—Cuento con ella. Me dijo cuánto me ha extrañado. Que todavía me ama. —Había un tono de dolor auténtico en su voz. Un sentimiento verdadero—. Ella no sabía que yo había sobrevivido.
Bhumika no le dijo: “Se escapó una docena de veces para buscarte, y una docena de veces mis guardias la trajeron de regreso. Lloró por ti, y si hubiera sabido que vivías, nunca habría descansado, nunca se habría dado por vencida contigo…”.
En cambio, dijo:
—Ella tampoco conoce el camino hacia las aguas. Déjala en paz.
—Pero lo encontrará. Sé que lo hará. De todos nosotros, ella siempre era la que podía encontrarlo. Tiene el don.
El don. Sí.
—Una acción decisiva —reflexionó Ashok, cuando Bhumika no respondió.
Ella tardó un momento en darse cuenta de que estaba repitiendo sus propias palabras cuando citó a Vikram—.
Creo que necesito realizar alguna “acción decisiva” por mi cuenta.
Esas pobres sirvientas y esos poetas merecen justicia.
Y no creo que estés inclinada a proporcionarla.
—Apretó sus puños sombríos, que resonaron como el crujido de los árboles que se doblan con el viento—.
Y ahora mis seguidores y yo tenemos la fuerza que necesitamos para arreglar el mundo.
—Lo que sea que estés planeando hacer, no lo hagas, Ashok.
Esto solo se intensificará. —Bhumika tuvo terribles visiones de los soldados del emperador pululando por el país.
Árboles talados, personas quemadas, sangre derramada.
Su historia y su presente borrados. Lo poco que habían salvado de resistencia y arte, de su cultura, perdido.
—El régimen de Parijatdvipa es la podredumbre que debe ser arrancada de Ahiranya —dijo él—. El imperio solo se levantó porque nos aplastó. No merece mantenernos bajo su bota por más tiempo.
—¿Y con qué lo reemplazarás, exactamente? ¿Con tu valerosa banda de rebeldes?
—Cuando tengamos el poder, ya no nos llamarán rebeldes.
—Por supuesto. Mis disculpas, venerable Ashok —dijo ella con tono burlón—. ¿Y con quién comerciará tu nuevo consejo? ¿Quién les venderá el arroz y la tela que necesitamos para sobrevivir?
—Somos una nación rica, Bhumika.
—Estoy en una posición mucho mejor que tú para conocer nuestra riqueza.
Tenemos bosques, sí, árboles que se pueden talar y madera que se puede vender, la ruta más rentable a corto plazo; por todo eso, si Parijatdvipa comerciara con nosotros, sus términos serían poco favorables.
Pero la cultura de nuestro pueblo depende de que el bosque no sea talado.
Y nuestros campos y bosques están llenos de podredumbre.
Tal vez te hayas dado cuenta. —Cuando él se quedó en silencio, ella agregó—: Ashok, necesitamos aliados.
—Y los tendremos —dijo él con calma—. Cuando seamos libres. Eso importa más que nada. Vale cualquier precio.
—¿Crees que no quiero un mundo diferente de este?
—preguntó Bhumika—. ¿Crees que quiero que el gobernante de nuestro país sea un extranjero, en deuda con los caprichos de un emperador?
¿Crees que quiero a nuestros hermanos muertos?
¿No entiendes que estoy tratando de proteger lo que queda de nosotros, de nuestra Ahiranya?
Estoy luchando por sobrevivir, y tú estás eligiendo apostar lo poco que tenemos a una esperanza que puede destruirnos.
—No adornes tu prostitución —dijo él con un salvajismo que la hizo detenerse y luego reír furiosa.
—Ahí está —exclamó ella—. Ahí está el hermano que conozco.
El bastardo cruel que una vez me dio una paliza para impresionar a nuestros mayores.
Para probarse a sí mismo que él era más fuerte.
¿Crees que me avergüenza que me llamen puta?
¿Crees que no has usado tu cuerpo como moneda de cambio para tus propios fines?
¿Qué crees que es verter la muerte en tu garganta?
—No te preocupes —dijo él—. No te haré daño otra vez. No eres tan fuerte como antes. No sobrevivirías. —Le puso una mano contra el pecho—. Pero a tu esposo —agregó— y a esos parijatis de la nobleza…, bueno…
—Ashok…
Él la empujó.