El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Quince #2
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Capítulo Quince #2

Esperó y respiró con un cuidado constante y superficial, consciente de su estómago revuelto y del olor nauseabundo y chamuscado del humo. Esperó hasta que escuchó el crujido de las escaleras y la anciana dijo:

—Mi señora.

Se volvió y vio que el mahout unía las manos en un gesto de respeto. Todavía olía a sangre y a la bestia. Levantó la vista.

—Señora Bhumika —dijo.

—¿Cómo están tus niñas, Rishi?

—Bien, bien. Ahora tengo un hijo.

—Mis felicitaciones. ¿Y la salud de tu esposa?

—Bien. Ella está bien.

—Gracias por tu gentileza —dijo Bhumika. Le sonrió. Vio que algo de la tensión de sus hombros se relajaba—. Y gracias por venir a hablar conmigo.

El mahout volvió a inclinar la cabeza.

—Tengo una deuda con tu familia, mi señora. No lo olvido.

—Y estoy agradecida por tu lealtad —respondió ella con sinceridad—. Ahora, por favor, dime. ¿Fueron torturados?

—Sí.

—¿Las mujeres también?

Él asintió en silencio.

—¿Qué dijeron?

—Admitieron que cuentan con el apoyo de los nobles ahiranyis, quienes financian la difusión de su poesía.

—¿Dieron algún nombre?

—No —dijo el mahout —. Sin nombres. No tenían ninguno para dar.

Bueno. Patrocinar la rebelión ahiranyi, incluso en forma de arte, era un crimen, y Bhumika no podía admitir que estaba involucrada.

—¿Y su conexión… —preguntó tentativamente— con los rebeldes?

—Los rebeldes usaban máscaras —dijo el mahout —. No sabían más que eso.

Ella no debería haber sentido alivio, pero lo sintió.

—Gracias —dijo de nuevo.

Su sirviente se adelantó y le tendió un pequeño monedero atado con un cordel.

—Esto es por tu ayuda —dijo Bhumika, mientras el mahout tomaba el monedero con un murmullo de gratitud—. Y cuando tu hijo esté listo para un aprendizaje…

—Mi señora —saludó.

Hizo una profunda reverencia y se fue rápidamente; la anciana lo siguió. Entonces solo quedaban Bhumika y su sirviente sobre un campo de ejecución invadido de humo, con el suelo manchado de sangre.

—¿Volvemos al mahal , mi señora?

—No —dijo ella—. Llévame a la casa de mi tío.

El haveli de la familia Sonali estaba construido en estilo tradicional ahiranyi. Modesto para los grandes estándares parijatis, era exquisito a los ojos de Bhumika.

A los parijatis les encantaban sus espaciosas y aireadas mansiones, llenas de mármol pálido y arenisca y columnas altas.

La arquitectura ahiranyi era modesta, casi pintoresca en comparación.

El haveli de la familia Sonali tenía una estructura abierta, dividida en sectores solo por delicadas tramas de paneles de celosía, decorados con motivos de hojas y flores tallados en madera.

Solo los dormitorios estaban cerrados al exterior mediante cortinas de seda de color violeta claro.

Entró en el patio central, donde una fuente de agua hacía sonar su melodía líquida. Una de las criadas había conducido las oraciones de la mañana: había un pequeño plato de flores flotando en la fuente.

—Señora Bhumika —dijo una sirvienta a modo de saludo—. Está despierto.

—Maravilloso —dijo ella—. Llévame con él.

La habitación de su tío daba al patio, dejaba entrar el aroma fresco del agua y la leve calidez del sol.

Sabía que a él le encantaba escuchar el repiqueteo de la lluvia monzónica sobre la piedra del patio y su eco más profundo cuando se encontraba con el agua de la fuente.

Había estado enfermo durante muchos años, y esas pequeñas comodidades eran preciosas para él.

Golpeó suavemente el marco de la puerta al entrar.

La recibió el aroma dulce de los lirios rojos, dispuestos en macetas de laca azul alrededor de ventanas y paredes.

—Tío —lo saludó, arrodillándose junto a su cama—. Soy yo.

—Ah —dijo, con la voz quebrada—. Eres tú. —Una sonrisa curvó su boca.

Se veía más viejo y delgado. El dolor trazaba arrugas alrededor de su boca. Tenía un mal día, entonces. Trataría de no darle mucha conversación esta vez. Lo había visitado hacía unas semanas, pero el tiempo se deslizaba sobre él con una crueldad constante.

—Escuché que tu esposo ha tenido problemas.

—¿Dónde escuchaste eso, tío?

—No eres la única que cuenta con ojos y oídos leales. —Chasqueó la lengua—. Un asunto complicado. Debería haber mostrado misericordia.

—Hizo lo que el emperador quería —murmuró Bhumika, aunque coincidía con todo su corazón.

—No debemos hacer lo que nos dicen los poderosos, simplemente porque nos lo dicen —objetó él con voz áspera—. Lo sabes.

Cubrió la mano de Bhumika con la suya. Sus dedos temblaron.

—¿Estamos solos?

Ella levantó la cabeza. El sirviente que la había hecho entrar se había ido.

—Sí —le dijo.

—¿Recuerdas cuando vinieron a por ti? —preguntó.

—Lo recuerdo—respondió. Pero él ya estaba atrapado en sus evocaciones, y la respuesta de ella no fue suficiente.

—Eras tan pequeña —murmuró—. Y estabas tan sola. Yo no quería que te llevaran. Hay muchos niños que pueden aprender a servir en el consejo, les dije. Pero mi niña es una Sonali. Ella se queda con su familia.

—No fue tan terrible —mintió—. Me trataron bien.

Él meneó la cabeza. Pero no discutió.

—Eres una buena chica, Bhumika —susurró—. Has hecho un buen matrimonio. Aseguró que nuestra nobleza tenga prestigio. No eres lo que los mayores habrían hecho contigo, y me alegro por eso. Me alegro de que te hayamos salvado, tu tía y yo.

Priya había sobrevivido a la masacre de los niños del templo por casualidad. Aún llevaba las cicatrices de aquella noche, en su naturaleza y en su memoria.

Bhumika no había estado allí.

Su familia nunca había querido que ella fuera una hija del templo.

Ella y su tío eran los últimos del linaje familiar, después de que sus padres murieran de fiebre.

Y luego su primo también había muerto, de una enfermedad devastadora, y Bhumika era la única que quedaba.

Su tío la había llevado a casa para el funeral.

Después del entierro, de compartir la comida y los cantos, él le había pedido que se quedara en casa.

Él y su tía habían discutido sobre la herejía, sobre lo que haría el consejo del templo si no devolvían a Bhumika, sobre que tenían que devolverla, pero la postura de su tío había prevalecido.

Cuando los otros niños murieron, Bhumika estaba en esta casa bebiendo té, escuchando cantar a los pájaros más allá de la celosía de la ventana. Desempeñando el papel de una buena niña de la nobleza ahiranyi, en lugar de la criatura bendecida por el templo que en realidad era.

Había tratado de usar su supervivencia para el bien.

Cuando el regente —mucho mayor que ella y sombrío, con la sangre de sus hermanos en las manos— la cortejó, ella le sonrió.

Lo besó. Se casó con él. Engendró a su hijo.

Y a cambio, obtuvo poder para proteger a los desplazados o huérfanos por culpa de la podredumbre, y la influencia y los medios para financiar a sus compañeros ahiranyis. Cosas pequeñas. Pero mejor que nada.

Aun así, se sentó en la silenciosa habitación del enfermo, con la mano de su tío en la suya, y solo pensó en la sangre debajo de la pata del elefante, en los gritos sobre la pira. Sangre, carne quemada. Tierra.

Fuego.

Se inclinó hacia delante y besó la frente de su tío, debajo de los débiles mechones de cabello blanco que aún formaban un halo en su cabeza.

—Todo lo que soy lo he logrado gracias a ti —le dijo—. Ahora duerme, por favor. Necesitas descansar.

Fue a la sala de oración de la casa.

No tenía dónde orar en la casa de su esposo. Él veneraba a las Madres de las llamas, conservaba sus costumbres parijatis, y ella…

Ella era su esposa.

El tío Govind no utilizaba la sala de oración.

Por costumbre, se encendían velas y las manos cuidadosas de los sirvientes limpiaban y pulían las estatuas finamente labradas de los yaksas hasta arrancarles un brillo aceitoso.

Pero no se depositaban nuevas ofrendas a los pies de las estatuas, ni frutas, ni cáscaras de coco, ni flores; solo había platos vacíos.

Se sentó en la alfombra del suelo, tan erguida y pulcra como pudo, con las piernas cruzadas. Cerró los ojos. Respiró. Y respiró. Cada vez más hondo.

El sangam se desplegó a su alrededor.

Abrió los ojos. Esperó. Sabía que era solo cuestión de tiempo hasta que él viniera a ella.

Las aguas se movían alrededor de su sombra, profundas y extrañas.

Había amado el sangam cuando era niña, cuando entró por primera vez. Le habían encantado su belleza y su extrañeza, su poder.

Se negó a mirarlo. Simplemente pronunció su nombre.

—Ashok. Ven.

Avanzó, con el peso del agua ondulante a su alrededor.

Las estrellas estallaron y se marchitaron sobre ella.

Y allí estaba Ashok. Él también era sombra.

Cuando ella se movió, la sombra de él se volvió moteada, se desdibujó por un momento y luego se asentó, la luz se abrió paso a través de las copas de los árboles.

Se preguntó cómo la vería él.

—Bhumika —la saludó—. Ha pasado mucho tiempo.

—No me gusta este lugar.

—Y no te gusto yo —dijo él—. Lo sé. Así que no juguemos tus juegos habituales. Dime. ¿Los viste morir?

—Los vi.

—¿Fue brutal?

—Las ejecuciones siempre son brutales —respondió Bhumika—. De otro modo, no cumplirían su propósito.

—Sabía que quemarían a las mujeres —dijo—. ¿Te sorprende?

—Sé que tienes tus espías —señaló Bhumika—. Al igual que yo tengo los míos.

—No tantos como tú, pero nos arreglamos.

Tienes a un verdugo entre los tuyos, ¿no?

Yo tengo a un hombre que barre el templo de las Madres de las llamas.

Aparentemente, no todos los sacerdotes apoyan el entusiasmo del emperador por la purificación.

Les preocupa que los rebeldes puedan quemar su templo en represalia.

—¿Deberían estar preocupados?

La boca sombría de Ashok se curvó en una sonrisa.

—Quién sabe —respondió. Luego su sonrisa se desvaneció—. Sabes, por supuesto, que tu esposo es un tonto.

Bhumika no estuvo del todo en desacuerdo. Pero las palabras de Ashok fueron un ataque a ella, no a Vikram, a sus elecciones, a sus sacrificios, a la vida de una esposa de la nobleza parijati, la máscara que ella usaba.