El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Quince
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Capítulo Quince

BHUMIKA

H asta los guardias más leales de Bhumika protestaron cuando pidió que le prepararan un palanquín.

—Su salud, señora —dijeron—. El bebé…

—Está dentro de mí —dijo Bhumika—, y aún no tiene planes de ir a ningún lado.

Uno dijo tentativamente:

—Si el general Vikram se entera de esto…

—No le va a gustar —admitió Bhumika resoplando mientras se ponía sus botas más resistentes con cierta dificultad. La redondez de su vientre siempre interfería con sus actividades cotidianas—. Pero ¿por qué habría de enterarse? Tráeme mi chal, por favor.

Una de sus muchachas le llevó el chal y lo colocó cuidadosamente alrededor de los hombros de Bhumika.

—No quisiéramos que hubiera más conflictos entre usted y el amo —dijo un guardia vacilante.

—Tal vez debería tomar un carro de guerra en lugar de un palanquín —reflexionó Bhumika. Sonrió, para demostrar que estaba bromeando, y suavemente agregó—: Ahora, vámonos.

Solo un puñado de hombres del Señor Santosh se había quedado en la casa para actuar como espías, y ella además se aseguró de no cruzarse con ninguno de sus turnos de guardia en las cercanías de los establos o las puertas del mahal .

Con la ayuda de sus propios hombres y mujeres, había aprendido a rastrear sus rutinas: las rondas de vigilancia, las tareas que exigían que se les asignaran, las preguntas que hacían.

Había visto a Santosh solo una vez, cuando llegó al mahal . No le llevó mucho tiempo entender lo que era: un hombre pomposo, mezquino, de mente pequeña y hambriento de poder. No había pensado mucho en él.

A Santosh le gustaba creer que estaba vigilando de cerca al esposo de Bhumika.

Todavía no se había dado cuenta de que sus espías también estaban siendo vigilados, y probablemente no lo notaría.

Le faltaba el sentido común para desconfiar de las sirvientas.

Como muchos de su calaña, las miraba sin verlas.

Vikram, el esposo de Bhumika, había permitido que los mercados reabrieran después de la redada en el burdel, aunque de mala gana, por necesidad.

La gente necesitaba comprar comida, al fin y al cabo.

Las calles de Hiranaprastha todavía no estaban del todo tranquilas, pero la gente no podía dejar de lado todas sus preocupaciones diarias debido a la actividad rebelde o las patrullas de los soldados del general, aun si quisieran.

A través del enrejado de las puertas corredizas del palanquín, Bhumika vio al pasar los bulliciosos puestos de comida, las mesas cargadas con sartenes de aceite caliente para freír pescado de agua dulce, pakoras y samosas , incluso albóndigas de arroz al estilo srugani, con bordes cuidadosamente plegados.

De niña, le encantaba el bullicio de Hiranaprastha, el constante movimiento y la energía de la ciudad.

Nunca había podido disfrutarlo directamente; como hija de la nobleza, estaba siempre resguardada y solo podía observar la ciudad desde el palanquín, como lo hacía en ese momento, pero había conservado la imagen en su mente como un retrato en miniatura.

El ruido. La vida. Su propio cuerpo quieto, escondido y protegido, que lo observaba todo.

El mundo más allá del enrejado del palanquín había cambiado desde su niñez.

Aunque el sonido y el movimiento aún estaban allí, los bordes de aquella imagen se habían deshilachado.

Ahora había más mendigos. Los edificios eran más pobres, más monótonos.

El color se había desvanecido de Hiranaprastha.

Y Bhumika ya no era solo un cuerpo silencioso que consumía la ciudad con sus ojos.

Fue desde el bullicioso centro, más allá de los mercados más tranquilos y del distrito alfarero donde una vez había comprado exquisitos jarrones azules para sus rosas, a través de campos cubiertos de maleza y colinas yermas salpicadas de casas, hasta las tierras incendiadas y arrasadas donde los traidores imperiales eran condenados a muerte.

Allí había solo unas pocas casas, viviendas dispersas para los hombres y las mujeres que custodiaban la cárcel y luego se llevaban a los muertos.

Detrás de esas casas asomaban los altos muros que rodeaban el campo.

Eran paredes impresionantes de madera y piedra, bordeadas con puntas irregulares de cristal, que bajo el sol de la mañana brillaban como el ápice de una corona.

Golpeó el costado del palanquín: tres golpes, una manera fácil de alertar a los porteadores para que redujeran el paso.

Un momento después vio una figura salir de una de las viviendas, una mujer anciana con espeso cabello blanco recogido sobre su cabeza en un moño pulcro, vestida con un sari gris liso y un chal de color café sobre los hombros. La mujer inclinó la cabeza. Esperó.

Los porteadores del palanquín lo bajaron al suelo.

Bhumika descendió, ignorando las punzadas de su cuerpo al inclinarse y ponerse de pie, la columna y las caderas cargadas del dolor inquietante del bebé en su vientre.

Dio las gracias al sirviente que le ofreció un brazo y lo aferró para poder erguirse con un mínimo de dignidad.

—¿Está segura de que esto es lo mejor? —Su sirviente fruncía el ceño.

—Sí —dijo Bhumika—. Estoy segura.

Ella no se había rodeado de sirvientes y seguidores que obedecían sin cuestionar. Pero a veces se cansaba de tanta vacilación, tanta preocupación. Había empeorado mucho desde…

Se tocó el estómago con las yemas de los dedos y luego los volvió a esconder debajo del chal. La anciana asintió a modo de saludo.

—Ha comenzado —dijo la mujer—. Podemos mirar desde el este.

Guio a Bhumika y su sirviente a una escalera que conducía a una torre que dominaba los terrenos de ejecución.

Dentro de los muros había un macabro teatro de la muerte.

Una muchedumbre observaba de pie, hombro con hombro; los más ricos se sentaban en gradas altas, y los soldados se apostaban en las torres de vigilancia opuestas con sus arcos y flechas preparados.

En el centro del terreno estaban los elefantes.

Los elefantes de guerra de los parijatis eran enormes, con grandes colmillos y ojos pequeños.

A Bhumika nunca le habían gustado; llevaban anteojeras y tenían la piel desollada a latigazos, los colmillos ya empapados de sangre.

Un desafortunado escriba, reconocible por su cabeza tonsurada, se encontraba sobre un pedestal de roca; los guardias lo sujetaron y le apoyaron la cabeza contra la superficie mientras el mahout acercaba a un elefante, al que luego instó a levantar la pata. Y luego, a bajarla.

Los gritos del escriba y el crujido húmedo de su cráneo al quebrarse quedaron solo parcialmente enmascarados por el clamor del público. Bhumika observó y escuchó, y no se inmutó. De alguna manera, todavía era una hija del templo.

—Él está observando desde arriba —le dijo la anciana—, está con algunos de sus hombres. Mira. —Levantó un dedo y señaló una figura en una de las gradas.

Y sí, allí estaba sentado el esposo de Bhumika, observando con calma cómo ejecutaban a los patriotas ahiranyis que luchaban por la independencia.

Vio a los asesores de Vikram a su alrededor y a Santosh a su lado, en un sitio de honor que el hombre no merecía.

Había aprendido más sobre la naturaleza de Santosh gracias a la muchacha que había servido vino la noche en que Vikram entretuvo a Santosh y al príncipe saketano; gracias a la mujer mayor que barría todas las habitaciones de invitados, incluida la de Santosh.

Ambas habían hablado con Khalida, quien a su vez había hablado con Bhumika, confirmando que su opinión desfavorable sobre Santosh era correcta.

No era un hombre inteligente, pero sí motivado y ambicioso. Requeriría vigilancia.

El mahout se llevó al elefante. Hubo una pausa.

Bhumika se abanicó la cara con una mano y se preguntó por el retraso.

Los encargados de las ejecuciones salieron corriendo en grupos, cargando paja y leña, y recipientes gigantes con un líquido viscoso que vertieron sobre la madera.

Bhumika se inclinó hacia delante para mirar más de cerca, pero no estaba segura de qué era. ¿Petróleo? ¿ Ghee ?

Hubo más exclamaciones del público cuando llevaron a más rebeldes. Estos no estaban encapuchados; sus rostros estaban desnudos para la muchedumbre. Por su baja estatura, sus figuras, Bhumika supo que eran las mujeres. Sirvientas.

Alguien las había vestido como novias.

Una ola de gritos recorrió la multitud, un movimiento inquieto que agitó la presión de los cuerpos, como un temblor a través de los músculos.

Todo el cuerpo de Bhumika se rebeló al instante, atravesado por una ola de repugnancia. Presionó la mano contra su boca para contener las náuseas.

No podía permitirse descomponerse u horrorizarse. Tal vez más tarde.

Pero no allí, y no entonces. “Así que el emperador Chandra pretende purificar a nuestras mujeres”, pensó, con un desapego forzado. “Qué generoso de su parte, asesinarnos así”.

Las mujeres fueron obligadas a subir a la pira. Sus manos estaban atadas.

Uno de los hombres llevó una antorcha.

Bhumika no apartó la mirada. Era importante recordarse a sí misma lo que estaba en juego; con qué facilidad podían dispersarse las tensiones en Ahiranya, cuán delicado era realmente el equilibrio que había luchado por cultivar junto a su esposo.

El aire olía a humo rancio. La muchedumbre gritaba.

Se obligó a pensar.

Su esposo no volvería a casa por un buen rato.

Sus consejeros estaban con él. El haveli del Señor Iskar era el más cercano.

Irían allí. Habría bebida y partidas de catur , y en medio de todas las apuestas y los juegos de estrategia y dados se desarrollaría el negocio de la política.

Sabía cómo era para los hombres como ellos.

Y el Señor Iskar, por supuesto, estaría dispuesto a cultivar el favor del Señor Santosh, porque estaba bien claro que Ahiranya sería el lugar donde el emperador Chandra probaría su religión tan peculiar, y donde Santosh, quizás, pronto sería regente.

Así que esperó, con las manos entrelazadas mientras la arena se vaciaba.