Capítulo Catorce #3
“Porque tu hermano quiere que ardas como ellas”, pensó Priya. Ya lo había comprendido.
—No lo sé, mi señora. —Esa parecía ser una respuesta más segura.
—Porque mi hermano quiere que yo sea pura y honorable como ellas.
Porque cree que la única forma en la que una mujer puede servir verdaderamente al imperio, la única forma en la que puede ser buena, es sacrificando su vida.
—Bajó un poco la cabeza, se miró las manos—.
Yo venero a las Madres, Priya. Debería querer ser una de ellas.
Arder es, después de todo, la suerte que solo corren las mujeres más valientes y nobles.
Pero yo tuve… miedo. —Su voz se quebró un poco—.
No quise quemarme, Priya. Y ahora, todas las mañanas me despierto después de soñar con las llamas y creer que estoy en ellas.
Priya tragó saliva, con las manos quietas. Las palabras de Malini fueron demasiado para ella.
Los niños del templo habían ardido tiempo atrás.
Entendía cómo se sentía Malini. Estaba detrás de ella, con las manos aún enredadas en su cabello, y pensó en los cuerpos retorciéndose, gritando y quemándose, y descubrió que nada la ataba a su piel excepto el goteo del agua fría, el húmedo rizo de pelo alrededor de su pulgar.
—Me envió aquí para que pensara en todos los que ardieron y se sacrificaron. De buena y de mala gana. Un fuego bueno y uno malo. —Malini tragó saliva—. Pero son todos iguales. Y todo lo que puedo ver cuando duermo es a mis mujeres, y ahora a los niños, y el fuego…
La voz de Malini se desvaneció. Levantó la cabeza.
—Normalmente no hablo así —dijo—. Lo siento.
—Por favor, no te disculpes, mi señora —murmuró Priya.
—Creo que no dormiría nada —dijo Malini lentamente—, no descansaría si no fuera por mi medicina. Y ahora por ti.
—No sabía que tomabas un medicamento —dijo Priya tontamente.
—Pramila me pone mi dosis en el vino —explicó—. Es algo hecho de flores. Flor de aguja, tal vez. No sé nada más.
—Medicina elaborada con flores. Ya veo. —Un miedo atenazador se enroscó en el estómago de Priya. No podía ser. Y aun así…
El boticario vendía lo mismo en el viejo mercado.
Gautam tenía pequeños recipientes del tamaño de una cáscara, con un hilo amarillo de advertencia envuelto alrededor del tapón de cada botella.
Una medicina elaborada a partir de flores de aguja.
Una pequeña dosis podía amortiguar el dolor. Un poco más podía dar felicidad.
Y un poco más podía matar.
A veces se les administraba a los enfermos en dosis graduales para aliviar el dolor, pero la exposición prolongada podía causar otra enfermedad: un desgaste de la mente y de la carne que terminaba en la muerte, o en algo horriblemente parecido.
¿Pramila quería que la princesa muriera o simplemente quería debilitarla?
Por supuesto, no se trataba de si Pramila quería a Malini muerta.
Era una cuestión de si el emperador lo deseaba.
Y ¿qué sería del santuario cuidadosamente tallado de Bhumika si el emperador lograba su objetivo, si se aseguraba de que el general Vikram no fuera capaz de cuidar a Malini como había jurado hacerlo?
Priya miró entonces la espalda de la princesa sin preocupación ni vergüenza, sino con una especie de furia clínica; examinó la agudeza de sus huesos, la transparencia de su piel.
Oh, ella conocía la fragilidad de un cuerpo mortal; su resistencia solo podía sostenerse hasta cierto punto.
Incluso si el emperador no quería que su hermana muriera (¿y qué sabía Priya de las intenciones de un emperador?), Malini podía morir fácilmente.
Pensó en los pulmones vulnerables, el pulso titubeante de ese corazón.
—¿Con qué frecuencia tomas tu medicina, mi señora? —preguntó con calma.
—Todas las noches —dijo Malini—. Y a veces durante el día, si Pramila decide que estoy demasiado… inquieta. ¿Por qué?
La princesa se volvió para mirar a Priya. No parecía sospechar nada, ni siquiera sentir curiosidad. Había un gesto de desafío en el arco de sus cejas.
—Eso es mucha medicina —dijo Priya—. Pero… no soy médica. Soy solo una sirvienta. ¿Qué sé yo, mi señora?
—No es mi elección tomarla o no —dijo Malini—. Lo entiendes, por supuesto. Es la elección de Pramila y debo obedecer.
Finalmente, la princesa se dio la vuelta.
Priya buscó a tientas el cucharón. Enjuagó el cabello y luego lo soltó.
Tomó el jabón y se arrodilló ante ella, para restregar superficialmente sus brazos y pies desnudos con un paño húmedo.
No hizo más que eso. No creía que a Malini le importara.
Lo que ella anhelaba era frescura, no limpieza.
Levantó la mirada cuando apoyó el pie izquierdo de la princesa en el suelo. No podía decir si había estado llorando, por esos ojos ya rojos, por el agua que mojaba su rostro. Pero la mandíbula de Malini temblaba levemente, sus puños se cerraban apretados sobre su regazo.
—Siempre que quieras bañarte en agua fría, solo tienes que pedirlo —le dijo—. Yo me encargaré.
El temblor se alivió un poco. La sonrisa de la princesa era débil pero mordaz: un latigazo de dientes blancos contra el gris de su rostro.
—Gracias —dijo—. Es… muy amable de tu parte, Priya.
Priya tragó saliva. Bajó la cabeza. Hizo rechinar sus dientes y se obligó a no hacer la pregunta afilada que recorría su cerebro.
“¿Qué quieres de mí?”
Y otra, aún más peligrosa:
“¿Qué quiero de ti?”