Capítulo Catorce #2
—Tengo deberes por la noche que me mantienen ocupada —dijo Priya—. No es que me guste. Yo también te he echado de menos. Tienes que contarme todo lo que me he perdido. ¿De acuerdo?
Sima se rio.
—Por supuesto. ¿Por dónde empiezo?
—Háblame de Gauri primero —dijo Priya—. Y de Billu, si quieres. Y…
“Y Rukh”, estuvo a punto de decir. Pero se detuvo. Las palabras se marchitaron en su lengua, sin pronunciarse.
Por supuesto. Rukh.
—¿Y? —preguntó Sima.
Priya negó con la cabeza.
—Continúa —le dijo—. Empieza por ellas. Y por ti. También quiero saber qué has estado haciendo sin mí.
Afortunadamente, Sima comenzó a hablar sin pedir más explicaciones. Y Priya escuchó y pensó en el problema de Rukh. Y en su podredumbre, y en sus lealtades.
Rukh era leal a los rebeldes. Era un espía. Atrapada allí en el Hirana, sin un solo día libre, Priya no podía verlo. No podía protegerlo de sí mismo.
Sabía que era su deber hablarle a Bhumika sobre él. Lo sabía.
Pero no iba a hacerlo.
Esa certeza se infiltró dentro de sí misma. Se instaló en sus huesos.
Era poco lo que un sirviente joven podía averiguar sobre el funcionamiento del mahal .
Rukh no era un espía entrenado ni un asesino.
Era simplemente un niño, joven e idealista, agonizante y solo; ella no sería, no podría ser, quien lo enviara de vuelta a la ciudad sin nada.
Y Bhumika lo enviaría lejos si supiera la verdad, de eso Priya estaba segura.
Para un niño enfermo de podredumbre, hambriento, sin familia… sería una sentencia de muerte.
—Necesito un favor —le pidió a Sima cuando esta finalmente se quedó callada.
—Dime.
—Rukh —dijo, y Sima suspiró, como si hubiera adivinado lo que se avecinaba—.
¿Puedes… puedes asegurarte de que esté bien?
Todavía es tan nuevo en el mahal que en realidad no sabe cómo funciona todo.
¿Puedes comprobar que tenga suficiente madera sagrada?
¿Si la Señora Bhumika se la ha conseguido? Sé que es mucho pedir.
—Te dije que te ayudaría en lo que necesitaras, ¿no? Voy a intentarlo.
—Si se comporta de manera extraña o está preocupado, ¿podrías enviarme un mensaje de alguna manera? ¿Me dejas una nota cuando me visites? —Priya maldijo para sí. No había forma de que ella dijera con sutileza algo parecido a “Si él traiciona a la familia, házmelo saber”.
Sima le dirigió una mirada se sospecha, como si las palabras de Priya la hubieran golpeado extrañamente. Pero asintió de todas maneras.
—Sabes que lo haré —dijo.
Esa vez fue Priya quien la abrazó con tanta fuerza que Sima protestó entre risas, porque no podía respirar. Así que Priya retrocedió y dijo a regañadientes:
—Tengo que irme. La princesa se despertará pronto. Necesito estar lista.
—¿Estás a salvo? —soltó Sima—. ¿Y bien?
—Estoy bien —dijo Priya.
—¿Y la princesa…?
—No es una señora difícil.
—Pero más mandona de lo que querrías, supongo —dijo Sima con una sonrisa leve y amarga. Volvió a abrazarla. Apretó su mano, luego la soltó—. Cuídate, Priya. Y… háblame de nuevo. Hazme saber que estás bien.
Priya asintió con la cabeza. Sintió toda la furia acumulada en ella, esa comezón que no quería nada más que deshacerse de la responsabilidad de las aguas inmortales y de la princesa enferma y volver al peso reconfortante de su vida normal.
Una parte de ella deseaba desesperadamente irse con Sima, escapar de la trampa que había creado para sí misma.
Pero la otra parte quería ver dónde la conduciría.
—¿Y qué harás si no estoy bien? —preguntó.
—Nada —dijo Sima—. No podré hacer nada. Pero igual me gustaría saberlo. Eso es lo que quieren los amigos.
Llegó el alba y las siervas se fueron. Cuando la primera luz gris se filtró sobre su charpoy , la princesa se incorporó. Gimió y se cubrió el rostro con las manos. Luego levantó la cabeza. Las manos le temblaban. Tenía los ojos enrojecidos.
—Priya —dijo—. Quiero bañarme.
Priya estaba acostumbrada a las solicitudes suaves y extrañas de la princesa cuando estaba medio dormida. Pero Malini estaba completamente despierta, de pie, y su voz era una orden firme.
Seguramente no violaría ninguna ley al cumplir con esta simple tarea, pero aun así Priya tocó la llave ganada con tanto esfuerzo, que colgaba de una cadena en su cintura. Esperaba que Pramila aún no se hubiera despertado.
—Voy a calentar el agua, mi señora —dijo Priya moviéndose por la habitación para recoger un paño seco, jabón, un peine.
—No. Necesito agua fría. Ahora, por favor. —Extendió un brazo, pálido como la madera de sándalo, haciendo señas a Priya para que se acercara.
Malini entrelazó su brazo con el de ella y apoyó su peso frágil contra el cuerpo más pequeño de Priya, quien no debería haber sido capaz de sostenerla tan fácilmente como lo hizo.
Pero, claro, ella era toda músculo y tendón, mientras que Malini era toda huesos débiles y una capa de carne sobre ellos.
Priya miró la mano apoyada en su brazo. El color agua de mar de las venas de la princesa, que se transparentaban bajo su piel suave.
Pensó, absurdamente, en la enramada. En el tintineo de los huesos blancos contra el viento.
Caminaron juntas muy despacio desde la habitación norte a través del triveni .
Priya temía que Pramila apareciera en cualquier momento, pero afortunadamente no había ni rastro de ella cuando salieron al aire libre y entraron en un pasillo oscuro.
Las doncellas habían apagado las lámparas a lo largo del muro al marcharse, conservando el aceite y las mechas para usarlas más tarde.
—Debes perdonarme por ser tan mala compañía —dijo la princesa—. Antes era maravillosa. Pero ya no soy como solía ser.
Los ojos de Malini se encontraron de repente con los de Priya, y ella casi se tropezó.
Fue como el momento en el que sus miradas se enfrentaron por primera vez a través de la celosía: una sacudida que zumbó a través de ella.
Priya no sabía si alguna vez se acostumbraría a la extrañeza de que alguien con poder sobre ella la viera “de verdad”.
—Tengo sueños terribles —dijo Malini como si se disculpara.
Su voz, en la semioscuridad, era el roce de un ala contra la oreja de Priya—.
Cada vez que duermo los tengo. Sueño con el mahal imperial.
Con mis damas de compañía favoritas. Sueño con…
—Su respiración se agitó—. Con lo que les hizo mi hermano.
Una pausa. Su respiración era leve como la pisada de la garra de un tigre.
Priya apartó la mirada de ella.
—Por aquí, mi señora —dijo, y la guio a la sala de baño.
Sin esperar a que la desvistiera, ignorando el vago intento de protesta de Priya, la princesa se sentó en el taburete bajo que había en el suelo. Se apartó el cabello enredado de la cara con una mano impaciente mientras Priya arrastraba un cubo de agua tibia que habían dejado las criadas.
—Fría, dije.
—Mi señora…
—Por favor —insistió Malini.
Priya fue a las cocinas —allí había agua almacenada para limpiar— y llevó un cubo lleno al cuarto de baño. Lo dejó en el suelo, tomó el cucharón de mango largo y lo sumergió.
—Pásame el cucharón —dijo Malini.
Priya no discutió. La princesa lo tomó y vertió el agua fría directamente sobre su cabeza. Hubo un chapoteo cuando tocó el suelo de piedra, un silbido entre los dientes apretados de Malini. Su cabello goteaba, su sari estaba empapado.
Priya desvió la mirada e hizo como si buscara el peine que se había metido en la cintura del sari, junto con el jabón. Había olvidado el paño de secado y se maravilló en silencio ante lo absurdo de su propia vida.
—¿Te lavo el cabello?
Malini se quedó en silencio durante un momento, con la cabeza gacha. Luego sumergió el cucharón una vez más en el agua y lo derramó sobre su cabeza.
—Sí —respondió finalmente, mientras el agua caía a raudales por su rostro—. Si quieres.
Priya se colocó detrás de ella y se inclinó, metiéndose el sari entre las rodillas para evitar que se mojara.
Tomó suavemente el largo cabello de Malini en sus manos.
Era espeso y oscuro, y estaba horriblemente enredado.
No se atrevió a pensar cuánto tiempo había pasado desde que alguien lo había cepillado.
Malini ciertamente no lo había hecho —oh, estas mujeres de la nobleza—, y Pramila difícilmente lo habría intentado.
Aun así, Priya pasó los dedos con cautela a lo largo del pelo, tratando de desenredar los nudos más pequeños solo con sus manos húmedas.
—Tendré que usar aceite —dijo con cuidado—, para desenredar los peores nudos. No puedo hacer mucho más, tal como está.
—Mis sirvientas parijatis usaban aceite de jazmín —recordó Malini—. El favorito de mi madre, aunque nunca me interesé por ello.
Malini ni siquiera se estremeció cuando Priya enganchó un nudo con la uña; no reaccionó cuando murmuró una disculpa y tomó el cucharón para verter más agua sobre el cabello antes de comenzar a frotarlo suavemente con la fina espuma del jabón para lavarlo.
Debajo del peso de su pelo, el cuello desnudo de Malini estaba pálido; sus hombros, a través de la tela mojada, eran huesos de pájaro. Tenía una antigua cicatriz en la nuca. Un tenue rastro plateado, curvado como una luna, en forma de hoz.
—¿Puedo contarte un secreto, Priya?
Si Sima le hubiera dicho eso, se habría inclinado en actitud conspiradora; se habría reído, o al menos sonreído, y le habría dicho: “Cuéntamelo todo”, palabras triviales e informales.
Pero no podía tomarse esas familiaridades con la princesa.
Priya pensó en todas las preguntas que Malini le había hecho cuando hablaron por primera vez.
El flujo constante y paciente de preguntas con las que la había evaluado.
Se esforzó por elegir las palabras correctas; deseó tener la elocuencia de Bhumika, su mente rápida y su lengua afilada.
—Soy tu leal sirvienta, mi señora —dijo apresuradamente para llenar el silencio—. Puedes contarme lo que desees.
Malini se quedó en silencio un instante, mientras Priya le desenredaba el cabello y el agua goteaba al suelo.
—¿Sabes —dijo por fin— por qué Pramila me cuenta cuentos de las Madres de las llamas?