El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

PRIYA

P riya no llevaba ni una semana en el Hirana y ya tenía la sensación de que se iba a volver loca.

Sin nadie que la ayudara a lavar la ropa y barrer los suelos, acarrear el agua y encender el fuego, aparte de preparar la comida para todo el personal, incluidos los guardias, estaba abrumada.

Aunque Pramila pensaba que una visita semanal de las otras sirvientas era suficiente, no lo era.

Priya empezaba a sentirse como una prisionera.

Pramila siempre estaba vigilando, con ese gesto agrio que rezumaba resentimiento. Por la noche, se aseguraba de que los guardias cerraran con llave la habitación norte, con Priya y Malini dentro. Al amanecer, se volvía a abrir para que Priya pudiera atender sus deberes nuevamente.

Malini simplemente… dormía. Y despertaba, a veces, para mirar a Priya con sus desconcertantes ojos oscuros, antes de pedirle pequeños favores: un vaso de agua, un poco de esencia para refrescar sus almohadas, una muselina húmeda para su cabeza que aliviara el calor del día.

No le pedía cuentos. No preguntaba qué le había hecho Priya a Meena aquella noche en el Hirana. Las preguntas que no hacía eran una espada silenciosa en la garganta de Priya.

Todas las noches, antes de que cerraran la puerta con llave, Pramila visitaba a Malini y la sermoneaba sobre las Madres de las llamas.

Recitaba muchos pasajes de un grueso libro que sostenía sobre el regazo.

Malini escuchaba sin decir una palabra. Después, Pramila le daba vino, que Malini bebía obedientemente antes de caer en el estupor del sueño.

Una vez, mientras Priya se ocupaba de doblar los saris limpios de Malini, escuchó a Pramila hablar sobre los mayores y los niños del templo. Sintió que sus manos repentinamente de petrificaban; incapaz de obligarse a moverse, escuchó.

—… y los niños optaron por seguir a los mayores y arder. Una muerte honrosa, incluso para los impuros —decía Pramila enfáticamente.

—Los niños no ardieron por voluntad propia —murmuró Malini.

Estaba acostada boca arriba, con las manos cruzadas sobre el estómago, los ojos abiertos y fijos en el techo.

El techo que estaba ennegrecido por una corona de hollín desde la noche en que muriera la familia de Priya—.

¿Cómo podrían los niños haber elegido quemarse?

Pramila suspiró, como si ese tema de discusión ya estuviera agotado.

—La lección —dijo— es que arder es algo sagrado. Pone fin a cualquier defecto humano. Es una bendición.

No notaron la presencia de Priya ni la tuvieron en cuenta, ni siquiera cuando las prendas se deslizaron de sus manos temblorosas y se le cayeron.

Cuando finalmente se produjo la visita semanal de las otras sirvientas, no se le permitió escabullirse para encontrarse con Sima o Gauri.

Paseó por la habitación norte sin mirar a la princesa, sin escuchar a sus amigas caminar del otro lado de los muros.

Y luego, a regañadientes, se durmió, envuelta en su chal sobre una estera de paja junto a la puerta.

Pasaba el tiempo pensando en Bhumika, quien, embarazada y con su mirada implacable, trataba desesperadamente de mantener unido su hogar deshilachado.

Pensaba en Ashok, que estaba vivo, que le había pedido que lo salvara y que salvara a todos, haciendo exactamente lo que ella quería hacer de todos modos.

Pensaba en Rukh, el niño del que se había hecho cargo y luego había abandonado, que quería contribuir a un mundo mejor.

Cuando apoyaba la oreja contra la estera de paja imaginaba que podía oír las aguas, extrañas, profundas y poderosas, moverse en algún lugar debajo de ella, pero fuera de su alcance.

Paciencia. Necesitaba paciencia. Su conexión con el Hirana estaba aumentando.

Cuando caminaba sobre la piedra, la sentía cálida bajo sus pies, como la tierra bañada por el sol.

Las tallas en las paredes de la habitación norte habían comenzado a moverse.

Eran movimientos sutiles, gracias a los espíritus; no más que un ligero cambio en la forma de los ojos o la boca, o la posición de las manos de los yaksas, los dedos con las puntas envenenadas giraban hacia arriba o las palmas se curvaban y se abrían.

Las flores a su alrededor tenían nuevos pétalos, enroscados como lenguas de fuego.

La princesa Malini o Pramila difícilmente se habrían dado cuenta.

Una vez, cuando Priya era niña, le habían dicho que ella tenía un vínculo especial con el Hirana. Podría haber encontrado el camino a las aguas inmortales con los ojos cerrados, solo con su instinto. A medida que creciera ese vínculo con el Hirana, ese instinto regresaría…

Eso esperaba.

Las criadas habían llevado harina, leña y aceite. Habían dejado el Hirana reluciente y, escondido debajo de una sartén, le habían enviado a Priya un mensaje: sus huellas dactilares, impresas apresuradamente en un trozo de tela blanca.

Priya tragó para deshacer el nudo de su garganta. Para quienes no sabían escribir, este era el único tipo de mensaje que podían dejar para un ser querido que estaba lejos de casa.

Las sirvientas habían preparado el desayuno para la princesa: kichadi cocido a fuego lento, salpicado de comino y parathas gruesos con yogur, azúcar y malai salpicado de pasas.

Pero cuando Malini se despertó a última hora de la mañana, perezosa y casi inconsciente de lo que la rodeaba, los parathas estaban endurecidos, el kichadi frío, el malai cuajado.

Pramila tampoco tocó su comida. Era como si las dos hubieran sido mordidas por algo que no les permitía sentir hambre.

Así que fueron los guardias quienes más comieron, y Priya se quedó con una ración para ella.

La princesa casi no usaba el agua que Priya calentaba cada amanecer.

Era Pramila quien la utilizaba para bañarse superficialmente, y luego permitía que Priya le peinara el cabello y le gritaba cuando se le enredaba o cuando se lo recogía demasiado apretado.

Malini simplemente dormía, sucia, con el pelo enmarañado.

Y Priya… observaba, obedecía y sentía crecer su desprecio por Pramila.

No estaba segura de si la carcelera descuidaba a Malini a propósito, o si consideraba que alimentar, bañar y cuidar a la princesa era el trabajo de las criadas y, por lo tanto, no era acorde a su dignidad.

Pero Priya sospechaba que era lo primero.

La mujer exigía que se encendiera el fuego y que se calentara la comida, pero no le importaba nada el bienestar de Malini, más allá de asegurarse de que escuchara sus cuentos santurrones y bebiera el vino cada noche.

Priya se asombraba de la inutilidad de las mujeres nobles y cada vez las despreciaba más.

Su propio estatus era alto tiempo atrás, cuando era pequeña, pero a los niños del templo se los arrancaba de las aldeas y los asentamientos de Ahiranya y luego se los sometía, día tras día, a probar su fuerza, su resistencia y su astucia.

Si Priya se hubiera negado a encender un fuego cuando era niña, la habrían golpeado en las orejas por perezosa.

En su infancia, la ociosidad era una debilidad que había que desaprender.

Gracias a los espíritus, pronto habría un día santo y tendría un poco de tiempo libre.

—Por supuesto que no te irás.

—Todos los sirvientes tienen un día de descanso —dijo Priya—. Mi señora —agregó, después de un segundo. No quería enfadar demasiado a Pramila. No si necesitaba algo de ella.

—Te quedas aquí —dijo Pramila lentamente, como si Priya fuera estúpida—. Ahora sirves a un descendiente imperial, niña. ¿No lo entiendes? Tus costumbres locales no se aplican.

Priya estaba bastante segura de que los sirvientes en otros lugares de Parijatdvipa también tenían días de descanso, pero ¿de qué serviría decirlo si la Señora Pramila la miraba como si fuera una idiota y, claramente, ya estaba decidida a no darle permiso?

—Yo… tengo otras tareas.

—Ya no. Tus deberes están aquí —dijo Pramila—. Ahora tráeme la cena y una taza de té.

Priya inclinó la cabeza y murmuró un asentimiento. Calentó algo de comida, preparó una taza de té cargado de especias y caña de bambú, con las manos temblando de furia acumulada.

Sirvió el té. Llenó un plato. Regresó junto a Pramila y le sirvió la comida. Bajando la vista, con recato, dijo:

—¿Podría quizá conversar un rato con mis compañeras sirvientas…?

—Sí, sí —dijo Pramila, agitando una mano con indiferencia. Desprendió una llave de su cinturón y se la arrojó a Priya—. Quédatela, niña. Tengo otra. Haz lo que necesites. Pero no permitas que la princesa deambule, ¿entiendes?

—Sí, señora —dijo Priya—. Gracias.

Al menos en eso había obtenido un pequeño triunfo: tenía permiso para hablar con las demás criadas, y también tenía pruebas de que Pramila ya no sentía la necesidad de vigilarla. Su falsa mansedumbre la había liberado, la había hecho invisible y le permitía salir de la celda de Malini.

Priya estaba fuera de sospecha otra vez. Podía explorar el Hirana una vez más.

Buscó a Sima fuera de la habitación oriental. Sima se dio la vuelta cuando sintió una mano aferrarle el brazo. Luego sus ojos se abrieron de par en par y se arrojó sobre Priya en un abrazo aplastante.

—Cuánta emoción —dijo Priya bromeando ligeramente—. Creo que me has echado de menos.

—Por supuesto que te he extrañado. ¿Sabes lo aburrido que es todo sin ti? Ninguna de las otras chicas chismorrea sobre nada, son idiotas con cabeza de búho, todas ellas. —Sima bufó—. Pero mírate. Tu sari…

—Me ordenaron que lo usara.

—Bueno, es bastante bonito. No le diría que no a un sari nuevo.

—Aunque había reparado impecablemente el desgarro de la manga del suyo, producto de la caída, aún se veía una cicatriz tenue y arrugada en la tela—.

¿Por qué no has vuelto a hablar con ninguna de nosotras?

Te busqué. Gauri le preguntó al carcelero por ti, pero le dijeron que estabas ocupada y que dejara de hacer preguntas.