El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

MALINI

E ra temprano en la mañana cuando llegó la sirvienta. Malini estaba acostada en su charpoy , acurrucada de lado; la habitación se movía perezosamente a su alrededor cuando Pramila abrió la puerta y entró.

—Eres una chica muy afortunada —decía Pramila—. Tus nuevas tareas no serán muy pesadas, y cuando dejes mi servicio, sabrás hacer muchas más cosas. Tal vez incluso ascenderás en la casa del regente. ¿No es estupendo?

—Sí, mi señora. —La voz que respondió fue baja y cálida, con la inflexión melodiosa de un hablante ahiranyi del idioma zaban.

Malini cerró los ojos, contenta de estar de espaldas, y se preparó.

Había visto a esta sirvienta dos veces. La primera, cuando dejó caer la dosis de vino al suelo por tener las manos entumecidas, demasiado confusa por el efecto de la flor de aguja para hacer otra cosa que arrastrarse y sollozar y mirar ese rostro a través de la celosía y preguntarse, histéricamente, si lo había soñado todo.

La segunda vez, había visto a esa criada asesinar a una mujer.

No podía recordar el rostro de esta sirvienta.

Solo sus brazos y el movimiento ondulante de los músculos mientras luchaba.

Solo la forma en la que se había enderezado, los hombros hacia atrás, el viento contra su cabello negro.

Solo podía recordarla dándose la vuelta y… mirándola. La conmoción de esos ojos.

Recordó haber pensado, incluso mientras se preguntaba si la sirvienta la mataría, incluso mientras su mente se curvaba y se retorcía y examinaba las cosas que había visto y oído: “Puedo usar a esta”.

“Puedo usarla”.

Había luchado por tener esta oportunidad: fingió un colapso en presencia de Pramila y de los guardias, que le había dejado un hematoma muy real en la cadera; había llorado como una niña histérica ante el regente.

Todo eso, para tenerla a ella: una sirvienta que no era Santosh o Pramila o ninguna criatura de Chandra, que probablemente no era simplemente una sirvienta y que estaba parada frente a ella dentro de los muros de aquella prisión arruinada.

—Princesa —dijo Pramila. Su voz era entrecortada, casi dura como una cuchilla clavada en la espalda de Malini—. He traído a tu nueva sirvienta. Aquí está, como nos rogaste. ¿No estás contenta? ¿No nos saludarás apropiadamente?

Malini respiró hondo para tranquilizarse y se incorporó sobre los codos. Luego se sentó derecha. Se dio la vuelta y puso los pies descalzos en el suelo de piedra. La habitación se inclinó alarmantemente a su alrededor, luego se asentó.

—La que me salvó la vida —dijo Malini lentamente, tomándose su tiempo con las palabras para poder demorarse en mirar a la mujer—. La recuerdo.

La criada estaba de pie sobre un rayo de luz que entraba por una ventana alta, la mitad de su cuerpo iluminado, la mitad en la sombra.

Lucía un sari un poco más fino que el que llevaba la última vez que Malini la había visto.

Alguien debía de haberla vestido para este encuentro.

Envuelta en la tela ocre oscura, con el cabello recogido hacia atrás en una pulcra trenza, la sirvienta no era ni hermosa ni encantadora ni especialmente fea.

Había algo fácil de olvidar en ella: la forma de estar de pie, con la cabeza ligeramente hacia delante y los hombros encorvados, la sencillez de su ropa, su pequeña estatura.

Si Malini no la hubiera visto en el triveni , si no la hubiera visto a través de una celosía en la oscuridad, ni siquiera habría detenido su mirada en ella.

—La que le exigiste al general, sí —dijo Pramila—.Inclínate ante ella, muchacha.

La criada dio un respingo, como si se hubiera olvidado por completo de Pramila, y luego hizo una reverencia. Tocó el suelo con las yemas de los dedos. Luego se levantó y, sin querer o deliberadamente, su mirada se encontró con la de Malini.

A la luz del sol, sus ojos eran de un tono castaño cálido; sus pestañas, más doradas que negras.

—Acércate —dijo Malini—. Por favor.

La criada lo hizo. Cruzó la sala, dejando atrás a la Señora Pramila.

—¿Cuál es tu nombre?

—Priya, princesa.

—Soy Malini. Pero debes llamarme señora, no princesa. Ahora estás a mi servicio.

Priya probablemente nunca había tenido ninguna razón para conocer las complejidades de los títulos en la casa de una mujer imperial, pero dijo: “Sí, mi señora” obedientemente.

—¿Cómo llegaste a trabajar en la casa del regente, Priya?

—Soy huérfana, mi señora —dijo Priya—. El regente me acogió amablemente cuando era una niña.

—Qué bondadoso.

—Estoy agradecida por la amabilidad del regente —agregó Priya.

Su voz era sumisa, pero sus ojos… sus ojos seguían fijos en los de Malini, como hipnotizados. Sus labios estaban ligeramente separados.

—Y yo estoy muy agradecida de que estés aquí, Priya —expresó Malini, sin dejar que sus ojos se apartaran de los de ella. La forma en la que la sirvienta la miraba la dejaba sin aliento—. He tenido mucho miedo. Me cuesta comer o dormir. Con tu protección, tal vez estaré más a gusto.

—Eso espero, mi señora —respondió Priya.

Pramila le había dicho a Malini lacónicamente, cuando esta le había pedido información, que las otras sirvientas seguirían yendo a hacer la mayor parte del trabajo: alimentar a los guardias y transportar mercaderías y limpiar una vez a la semana por la noche, en un horario en el que no perturbaran la contemplación de Malini, pero la nueva criada se ocuparía de las comodidades de Pramila y Malini.

Sus baños. Sus comidas. “Si tenemos suerte, sabrá cómo vestirnos y peinarnos”, dijo Pramila en un tono que sugería que no esperaba que una chica que se ocupaba de barrer supiera algo por el estilo, pero ella vivía en una perpetua esperanza.

—Me encantaría que me contaras historias, Priya —dijo Malini con seriedad, inclinándose hacia delante y juntando los dedos frente a ella—. ¿Estarías dispuesta a hacerlo? ¿Y protegerme mientras duermo? Creo que me ayudaría mucho.

Priya asintió en silencio.

“No sabría lo que eres si no te hubiera visto”, se maravilló Malini. “Si no te hubieras movido como lo hiciste en el Hirana”.

“No creo que estés acostumbrada a que te vean, ¿verdad, Priya?”

Ese pensamiento hizo que algo cálido se asentara en el estómago de Malini.

Había reconocido el valor de esa mujer, mientras que otros no lo habían hecho.

De alguna manera, aun sin saberlo, cuando descubrió que Pramila no había cerrado con llave su habitación y salió al pasillo y vio a la criada en el triveni , había sido testigo de una mujer llena de potencial en bruto.

Alguien poderoso que la miraba y la miraba, como si Malini —enferma, despeinada, los rizos enredados y la mente líquida— tuviera el sol dentro.

Alguien a quien podría usar para liberarse.

Eso esperaba. Oh, Madres. Eso esperaba.

—La criada tendrá muchos otros deberes que atender —dijo Pramila desde la puerta—. Ella no podrá sentarse a tus pies todo el día, princesa. Recuérdalo.

—El general me la ha dado —dijo Malini— para asegurar mi salud y mi tranquilidad.

Pramila resopló.

—¿Y qué cuentos puede contarte, princesa? Es probable que ni siquiera sepa leer ni escribir. ¿Acaso sabes, muchacha?

—Soy una sirvienta ahiranyi —dijo Priya, lo que no era exactamente un asentimiento—. Y nada más.

Malini le sonrió, levantando ligeramente las comisuras de sus labios, y vio que los ojos de la sirvienta se agrandaban un poco.

Seguramente, ambas sabían que eso era mentira.

—Mi niñera me contaba cuentos populares ahiranyis —dijo Malini—. Y mis hermanos y yo pensábamos que eran fascinantes. Los conoces, ¿verdad, Priya?

—Sí, mi señora. Hay un… un niño al que a veces le cuento esas historias en el mahal . —Y agregó—: Me encantaría compartirlas contigo.

Malini la había visto matar a una mujer sin vacilar y, aparentemente, sin remordimientos; la había visto moverse con una agilidad sorprendente y una fuerza brutal. Pero allí estaba, claramente visible en sus palabras. Un corazón tierno.

—Gracias —dijo Malini, y sonrió—. Me gustaría mucho, Priya.