Capítulo Doce #3
—El agua debe tomarse de la fuente —replicó Priya—.
Ashok, lo sabes. ¿Recuerdas lo que les pasó a los peregrinos que intentaron beber de los frascos?
Para elevarte necesitas agua de manantial, rica en magia; no agua embotellada, fraccionada…
marchita. Y se la ofreciste a otras personas…
—Pensó en Meena, con el estómago revuelto.
—Los tres viajes a través de las aguas inmortales tampoco están exentos de peligro —la interrumpió él con calma—. Muchos niños del templo murieron en el intento.
“No es lo mismo”, quiso decir Priya, pero no lo hizo.
—Bebo para ser lo suficientemente fuerte como para ver a las personas que quisieron quemarnos, que nos degradan, expulsadas de nuestro país.
Y los que eligen beber conmigo hacen lo mismo.
Es un riesgo calculado —le dijo, más suavemente, tal vez en respuesta a la mirada de horror en su rostro—.
Solo tenemos que sobrevivir el tiempo suficiente para encontrar el manantial de las aguas inmortales y atravesarlas. Nada más.
—No las encontrarás —dijo Priya—. No puedes. El camino está demasiado bien escondido.
—Se necesita tiempo —dijo Ashok—. Y acceso al Hirana, que no tengo. Envié a Meena para la tarea, pero… —Su voz se apagó—. Me importaba mucho Meena —agregó—. Ojalá no la hubieras matado.
—Lo mismo digo, hermano. Y ojalá ella no hubiera intentado matarme —replicó Priya—. Eso fue obra tuya. No tenía ningún deseo de hacerle daño. Pero era ella o yo.
—Sí —coincidió él. La miró, una mirada larga y evaluadora—.
Nunca debí mantenerte alejada de mi misión.
No eres como Bhumika, que se hace la débil.
Siempre estuviste hecha de un material más fuerte.
Priya…, hermana. Ya no eres una niña. Y tienes más poder que cuando lo eras.
Puedes ayudarme ahora, si estás dispuesta.
¿Me ayudarás? ¿Encontrarás el camino a las aguas inmortales para mí?
Tienes acceso al Hirana. Acceso y tiempo, y más paciencia, creo, de la que poseía Meena.
Ella tenía más recursos de los que él suponía.
—¿Por qué no le preguntas a Bhumika? ¿Por qué no intentas encontrar el camino tú mismo?
—Hay demasiados guardias para acercarme al Hirana —dijo Ashok—. Y Bhumika sentiría mi presencia. Ella no tiene ningún interés en ayudarme.
Su tono fue repentinamente frío al mencionar a la hermana de ambos. Pero luego su expresión se suavizó una vez más.
—Quise mantenerte a salvo. Meena nunca debería haberte tocado —dijo Ashok, con una voz que intentaba apaciguar la ira de Priya, romper su determinación como la cáscara frágil de un huevo.
—Ella nunca debería haber tocado a nadie —replicó Priya—. Pero eso es lo que hacen tus rebeldes, ¿no? Matar.
—Por un propósito.
—El régimen de Parijatdvipa mata por un propósito.
—Uno injusto, y lo sabes muy bien. —Sonaba eminentemente razonable. Ella no podía hacer que él se estremeciera, al parecer—. Quieren mantener su imperio y saben que deben suprimir la grandeza que anida en nosotros. Nos menosprecian. Nos controlan. Nos dejan morir de podredumbre.
—La podredumbre —dijo Priya— difícilmente es culpa del general.
—¿No lo es? Algunos de nosotros creemos que la podredumbre es la reacción de Ahiranya levantándose para protestar contra el dominio imperial.
Priya se cruzó de brazos.
—Eso es una gran tontería, hermano.
—¿Eso crees? —preguntó Ashok, con un brillo sobrenatural en sus ojos—.
¿Por qué razón, entonces, las aguas inmortales comenzaron a otorgarnos poderes?
Varias generaciones de hijos del templo atravesaron las aguas sin que nada en ellos cambiara, y nosotros…
—Extendió las manos, con las palmas abiertas—.
De repente, obtuvimos el poder mítico de los yaksas.
Nuestras voces, nuestra piel, nuestras almas alojaron ese poder.
Y, también de repente, llegó la podredumbre.
¿Piensas que todo esto sucede sin motivo?
¿Crees que no hay un sentido detrás de todo esto?
—¿Y de qué nos han servido esos poderes? —exclamó Priya—. Yo no tengo ningún poder.
—Pero has recuperado la fuerza que tuviste alguna vez —dijo él —. Eres casi lo que estabas destinada a ser. —“Imagina todo lo que podríamos lograr juntos”, insinuó.
Ella no dijo nada, guardó un silencio obstinado. Sabía que el Hirana la había fortalecido. Lo había sentido cuando se recostó en la roca y extendió la mano para rescatar a Sima. Lo había sentido cuando le dio muerte a Meena. Ella había buscado esa fuerza.
Y aun así…
—Vi arder a los tres veces nacidos, al igual que tú —le dijo finalmente Priya—. Sus poderes no les sirvieron para salvarse. Ni su fuerza.
—No cometeremos los errores que cometieron ellos —dijo Ashok—. No confiaremos en las personas equivocadas.
—No debería confiar en ti —respondió ella. Pero se sentía eufórica y furiosa, y muy cerca de las lágrimas. No podía desconfiar de él. No sabía cómo.
La expresión de Ashok se suavizó. Extendió una mano, la sostuvo entre ambos, como una pregunta; luego, le tocó la mejilla con los nudillos.
—Has crecido tanto —dijo con asombro.
—El tiempo suele producir ese efecto, en general.
—Tu nariz está torcida. ¿Era así antes?
Ella tomó su mano y la apartó. Él la soltó.
—Debes creerme, Pri. Me he preocupado por ti —dijo, nuevamente serio—. Te he cuidado, a través de los ojos de otras personas. —No miró a Rukh—. Aunque hubiera sido más fácil para mí si no hubieras estado en el hogar del regente.
—Terminé allí por tu culpa.
—Pensé que dejarías de ser criada de Bhumika cuando crecieras —explicó—. Ella no debería haberte conservado como una mera sirvienta.
—Ya no soy una niña, Ashok —dijo Priya con firmeza—. Puede que haya terminado en la casa del regente por culpa tuya y de Bhumika, pero ninguno de los dos controla mis decisiones ahora. Soy una mujer adulta. Si hubiera querido, ahora podría ser estar casada y ser madre.
Él resopló.
—Nunca estuviste interesada en el matrimonio.
—Ojalá viviera en la Era de las Flores —dijo secamente, sin permitirse sentir ninguna amargura—, así podría haberme casado con una mujer, como solían hacerlo las antiguas.
O podría haber elegido formar una familia con una buena chica, aunque no me casara —agregó Priya encogiéndose de hombros—. Elegí quedarme en el mahal .
—¿Por qué?
Priya iba a hablar, pero Ashok la interrumpió.
—Te quedaste, Priya, porque, al igual que yo, no puedes olvidar lo que deberíamos haber sido.
Sientes la injusticia de lo que te robaron.
Puede que no quieras ver Ahiranya libre como yo, pero quieres lo que es tuyo y mío por derecho.
—Se inclinó más cerca—. Por favor, Pri —dijo—. Ayúdame. Ayúdanos a los dos.
Era como si ya no estuviera de pie sobre el suelo cubierto de musgo del bosque, como si no fuese una mujer adulta con los puños apretados.
En cambio, era una niña embadurnada en hollín y sangre.
Su cabeza estaba apoyada en el hueco del hombro de Ashok mientras él corría, esforzándose por sostenerla, mientras susurraba: “No mires, Pri, no mires, no mires. Solo muéstrame el camino…”.
—Necesitamos las aguas inmortales. —La voz de su hermano era como el viento de medianoche—. ¿Encontrarás el camino para nosotros, Priya? ¿Me ayudarás a recuperar lo que nos robaron?
Ella pensó en Bhumika, embarazada y casada con un asesino, usando toda su influencia para ofrecer a un puñado de huérfanos una pizca de vida, y a Ahiranya un mínimo de estabilidad.
Pensó en Rukh, que se había aliado con los rebeldes, que tenía las manos podridas y ningún futuro que defender.
Pensó en el Hirana. Un latido bajo sus pies.
Tal vez querer más de lo que tenía era egoísta. Quizás fuese un error. Pero pensó en todo lo que había sufrido, y en todo lo que había sufrido Ahiranya, y sintió que se le abría el núcleo de la ira en el pecho.
—Sí —dijo—, hermano. Supongo que lo haré.