Capítulo Doce #2
La idea de que ella tuviera algún poder…
Por un momento, en el Hirana, lo había tenido. Había aprendido sus límites rápidamente, en la celda y en los aposentos de Bhumika. Y en el momento en que mató a Meena, también había sentido la debilidad; las arenas movedizas de la rabia dentro de ella.
—No seas tonto —agregó, después de un momento—. No soy fuerte, Rukh.
—Trataste de protegernos, a mí ya los otros niños —dijo—. Intentaste que no muriéramos de podredumbre, al menos. Me diste un hogar. Eso suena como lo que acabas de decir.
Era la lógica de un niño, la convicción de un niño. Aun así, Priya apartó la mirada lejos de él. La forma en la que él la veía estaba lejos, muy lejos de la forma en la que se veía a sí misma, y no sabía cómo responderle.
El viento chirrió a través de los huesos una vez más.
—¿De verdad mataste a Meena? —preguntó Rukh vacilante, bajando los brazos.
—Te dije que sí.
—¿Quisiste… quisiste hacerlo?
Priya iba a empezar a hablar, pero se detuvo; las palabras se petrificaron en su lengua. Contuvo la respiración, momentáneamente. Escuchó. El silencio que los rodeaba ya no estaba vacío. Los vigilaban. Priya sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Se dio la vuelta.
Había un hombre de pie sobre las tumbas. La enramada arrojaba sombras que lo atravesaban. Pero su rostro…
Llevaba una máscara. No una de corona, labrada en madera sagrada, sino una de caoba normal, tallada con una curva feroz en la boca y las cuencas de los ojos lo suficientemente anchas como para revelar unas cejas gruesas y unos ojos del color oscuro de la tierra removida.
Rukh dio un paso adelante y se detuvo junto a Priya. Se movió como si fuera a decir algo, y el hombre levantó la mano para hacerlo callar.
—Por favor —dijo el hombre cortésmente—. Dime, ¿por qué la mataste? —Su voz era amable; su máscara, burlona.
—¿Le harás daño a Rukh para hacerme hablar?
—No —respondió—. Rukh es uno de los míos.
—¿Me harás daño?
—Eso —dijo el hombre— depende de ti.
Priya escuchó a Rukh tragar convulsivamente a su lado. Levantó la cabeza y cuadró los hombros, manteniéndose firme y erguida. Apretó los dientes. Se quedó callada.
El hombre dio un paso adelante. Priya observó el movimiento de sus pies, suave, sinuoso. Sentía la tierra sin mirarla, confiaba en su instinto. Se movía casi en absoluto silencio. Con razón el viento y el repiqueteo de los huesos habían ocultado sus pasos.
—¿No me vas a responder?
Eso, pensó Priya, era evidente.
—Arrodíllate —dijo el hombre—. Baja la cabeza. Arrodíllate. Vas a obedecer y vas a hablar.
No podía ver la boca del hombre. Pero estaba casi segura de que estaba sonriendo.
La invadió un recuerdo. Duelos de la infancia. Un niño más grande, todavía delgado, pero cada día más alto, que le sonreía. “Arrodíllate”, había dicho. “Y obedece. Di que soy mejor que tú. Sabes que no vas a ganar, Pri. Más vale que lo hagas ahora”.
Ella había rechinado los dientes; era más pequeña, más terca, estaba lista para probarse a sí misma, y había dicho…
—Ya veremos —murmuró.
Priya dio un paso adelante, y otro; se movía como lo hacían los hijos del templo, como si danzara sobre la tierra, una agilidad entrenada en el músculo y el hueso. Se alejó de Rukh y deseó que el chico fuera prudente y se quedara quieto donde estaba.
Esos ojos detrás de la máscara. Ese tono castaño tan particular.
La esperanza…
Estaba casi, casi segura.
No se arrodillaría. No hablaría hasta que quisiera hacerlo. Hasta que tuviera las respuestas que ansiaba.
No esperó a que él atacara. En cambio, se lanzó hacia él. El hombre se posicionó y ella hizo una finta hacia la derecha. Él giró rápidamente, siguiendo ese mismo bucle de movimiento furioso, pero ella se movió de nuevo y se deslizó bajo su brazo.
Se puso de frente a él y los dos dieron vueltas, zigzagueando uno alrededor del otro, como depredador y presa. Priya sabía que ella era musculosa, pero su estructura ósea era pequeña y liviana en comparación con la de él. Solo podría ganarle con astucia.
Cuando estuvo a tiro, tomó el cuchillo de cocina que llevaba sujeto en la cintura de su sari, sacó la hoja de su improvisada vaina cuando él giró hacia ella y lo levantó. La mirada del hombre se agudizó, y Priya oyó que su respiración se aceleraba.
Con la velocidad del rayo, él la aferró de la muñeca y se la apretó con fuerza para que abriera los dedos y soltara el cuchillo. Pero era demasiado tarde. Priya ya lo había levantado hasta un lado de la cabeza, para cortar la primera de las tres hebras de cuerda que ataban la máscara a su cabeza.
Con la otra mano, le arrancó la máscara. No hubo pegajosidad de carne derretida, ni calor que le chamuscara dolorosamente las puntas de los dedos. No sintió nada más que vetas de madera y piel. Lo miró a la cara.
Él la empujó hacia atrás y Priya cayó al suelo.
La inmovilizó sujetándole las muñecas con las manos.
Ella recordó su niñez y a Meena, y el olor a carne quemada, todo a la vez, en una vertiginosa madeja de recuerdos enredados.
Era como si el tiempo se hubiera plegado y arrugado como una hoja de papel.
—Cuando era niña —jadeó—, solías ponerme a prueba así.
—Y nunca ganaste —dijo él.
—Yo era más joven, más pequeña y más débil, y eso no ha cambiado —dijo Priya—. Pero no lo he hecho para ganar. Quise saber si eras… tú.
Él aflojó la presión de sus manos.
—Priya —admitió—. Eres más fuerte de lo que solías ser.
—Ashok —dijo ella. “Hermano”. Los huesos que colgaban sobre ella y el rostro de él debajo de ellos parecían tallados en la sombra por la luz de la luna. Se le quebró la voz—. Pensé que estabas enfermo. Que habías muerto.
—Estuve enfermo —dijo él en voz baja—. Y también pensé que moriría. —Su mirada recorrió el rostro de Priya, y ella pensó que tal vez él también se sentía desgarrado por sus emociones, abrumado por el peso del tiempo—. Es una larga historia.
Ella tragó saliva. Sentía un nudo en la garganta y le dolían las muñecas.
—¿Me dejas levantarme?
Él la soltó. La máscara yacía en el suelo entre ellos. Rukh los observaba, radiante y demacrado a la vez. Miró a Priya como si todo tuviera sentido de repente. La miró como si finalmente la viera exactamente como era.
Ella le dijo que se alejara y que la esperase más allá de la enramada de los huesos. No podía pensar. Su mente era un estrecho punto de enfoque, totalmente centrado en su hermano, su hermano vivo, que respiraba, que la exasperaba.
Él asintió con la cabeza para que Rukh se fuese. Luego, le contó a Priya su historia.
Ambos habían padecido hambre todo el tiempo cuando vivían en las calles de Hiranaprastha.
Priya lo recordaba. Pero Ashok había contraído una enfermedad; no la podredumbre, sino algo mucho más prosaico, que le agitaba los pulmones y le hacía escupir sangre.
Se había debilitado, su magia se desvanecía con la fuerza de su cuerpo.
Y Priya seguía siendo su responsabilidad, pequeña y hambrienta, con su propia magia fragmentada junto con sus recuerdos.
El poder que había condenado a sus hermanos y hermanas había estado más allá de ambos.
Ashok se había preocupado por alimentarla.
Era ella quien lo despertaba para que saliera, sudoroso y temblando, de las pesadillas que lo invadían sobre el destino de Priya si él moría.
Y luego, una noche, con las manos empapadas de sangre y Priya dormida, acurrucada contra él, había tomado una decisión.
—Fui a ver a Bhumika y le pedí que te protegiera —dijo.
—Me abandonaste —murmuró ella.
—Te dejé ir.
¿Le estaba dando la razón, o la estaba corrigiendo? Priya no lo sabía.
—No tenías por qué dejarme así —dijo—. Podrías haberme dicho la verdad.
—Ah, no. Pensé que me moría. Pensé en dejarte en casa de ese viejo bastardo de Gautam para que Bhumika te salvara, irme al bosque y morir como un buen ahiranyi. —Una sonrisa débil y amarga curvó su boca—. Y no pude despedirme de ti. No podía soportar pensar en ello. Fui débil.
—Pero no moriste.
—No.
—Y aun así, nunca volviste a buscarme.
Ella no iba a llorar ni a aferrarse a él como una niña. Él no tendría paciencia para tales emociones. Nunca la había tenido.
—Me encontró una mujer —continuó—. Ella se ocupó de mí y me cuidó.
Me dijo que sabía lo que yo era. “Recuerdo tu cara”, dijo.
“Peregriné muchas veces al Hirana. Recuerdo los rostros de todos vosotros. Y tengo un regalo para ti”.
Ella me dio un frasco con agua inmortal.
Me alimentó con las aguas. Me salvó la vida y me dio una misión.
Un propósito. Con ella, finalmente, aprendí para qué sirve ser como somos —dijo con la mirada iluminada—.
Nuestros mayores nos entrenaron para ser fuertes.
Luego, las aguas nos dieron dones que ellos no habían visto en generaciones.
Movió la mano por encima del suelo. Priya observó cómo se movía la hierba y se inclinaba como si él la estuviera tocando.
—Somos como los mayores del templo de la Era de las Flores, Priya.
Aquellos nacidos tres veces que conquistaron franjas del subcontinente.
Me di cuenta de que seguramente tenemos la fuerza para recuperar a Ahiranya para nuestro pueblo.
Debemos hacerlo. El régimen de Parijatdvipa nos negó el derecho a tener nuestros propios gobernantes.
El imperio nos llama depravados, incluso cuando se complace en nosotros y se beneficia de ello.
Dejan que la podredumbre nos mate y no hacen nada, porque nuestras vidas no tienen ningún valor para ellos.
Este emperador… —El labio de Ashok se curvó—.
Este emperador es un monstruo. Pero incluso antes de que llegara al poder, me di cuenta de todo esto.
Este era mi propósito. Mi tarea. Y tú, Priya, eras solo una niña.
—Débil —dijo ella—. Pensaste que era “débil”.
—Eras una niña —repitió él sin refutarla.
Ella lo miró a la cara. Observó su rostro fuerte y sano.
—Sigues bebiendo de ese frasco —susurró ella—. Aún hoy.
Él asintió una vez, lentamente.
—El agua me mantiene vivo. Y me da fuerza.