Capítulo Doce
PRIYA
L os parijatis bautizaron con muchos nombres al gran bosque de Ahiranya en sus mapas.
Lo segmentaron, delimitándolo con finas líneas; colocaron rótulos en todos los sectores donde los humanos podían sobrevivir, donde el tiempo no se movía de forma extraña y la podredumbre no se había infiltrado: los campos incendiados, al este; los tramos de manglares espesos donde florecían aldeas edificadas sobre pilotes en los pantanos, hacia el oeste.
Nombre tras nombre, cada uno fue minuciosamente transliterado entre el parijati y todas las escrituras y lenguas dispares de Parijatdvipa. Solo excluyeron el idioma ahiranyi.
La lengua ahiranyi había sido borrada, por supuesto: entonces se reducía a frases y palabras dispersas con las que la gente de Ahiranya salpicaba la lengua común, el zaban.
Pero Priya, que había aprendido el idioma tradicional por ser hija del templo, sabía que los ahiranyis nunca le habían puesto nombre al bosque.
Ahiranya “era” el bosque. El bosque era tan innombrable como cada aliento del aire, tan indivisible como el agua.
A las ciudades y los pueblos sí les habían puesto nombre, a las montañas que habían trazado en los mapas. Al bosque lo dejaron en paz.
Eso no significaba que Priya no reconociera el lugar al que Rukh la había llevado.
Se habían escabullido fuera del mahal, en la ciudad circundante de Hiranaprastha.
Se habían abierto camino a través de las calles de postigos cerrados y débilmente iluminadas, hasta el lugar donde los árboles se fundían con las casas y donde los pequeños templos huecos dedicados a los yaksas colgaban de las ramas por encima de ellos, fijados en lo alto entre las hojas mediante tablas planas clavadas entre los troncos.
Habían caminado por senderos angostos delineados por cintas y banderas, cuidadosamente trazados en el bosque por los viajeros que iban desde Hiranaprastha a los pueblos más pequeños.
Pero pronto se desviaron de las cintas delimitadoras y no hubo nada que los guiara, excepto la lámpara que compartían y los minuciosos grabados en la corteza de los árboles, en el lenguaje de símbolos que utilizaban los cazadores y leñadores.
Entonces Priya miró hacia arriba y se dio cuenta de que estaban en la enramada de los huesos.
La enramada de los huesos era un lugar antiguo, una tumba y también la entrada a un viejo sendero tallado por las manos de los yaksas .
Había lugares en Ahiranya donde el tiempo se movía de manera diferente; este camino era el más fuerte de ellos, y el mejor señalado.
El sendero del buscador, como lo llamaban algunos, conducía a la nación vecina de Srugna y a los grandes monasterios en los que se veneraba al dios sin nombre, donde los sacerdotes meditaban sobre los secretos del cosmos y adoraban a su dios sobre todos los demás seres inmortales.
Pero también era un lugar maldito. Los aldeanos locales y los leñadores que buscaban madera sagrada para cosechar afirmaban haber escuchado susurros entre las tumbas.
Encontraban huellas en la tierra húmeda de rocío al amanecer y cuerpos putrefactos de animales en el suelo.
Era como si las criaturas hubieran venido a la enramada a morir, o como si unas manos fantasmales los hubieran dejado allí, decían algunos.
Cuando la carne terminaba de pudrirse, esos fantasmas volvían para concluir su trabajo.
Sobre Priya y Rukh colgaban los huesos de los animales muertos, atados con cintas rojas y amarillas.
Brillaban, blanquecinos, a la luz de la lámpara.
Cuando el viento susurraba entre las hojas, el agua de lluvia acumulada caía en un centelleo frío y los huesos repiqueteaban unos contra otros, como el chasquido de los dientes que castañetean.
—Bueno —dijo Priya suavemente—. Qué lugar tan agradable para una reunión.
—Normalmente no me encuentro con ellos aquí. Pero… —Rukh se encogió de hombros, su expresión era cautelosa—. Me dijeron que esta vez viniera aquí.
Meena había usado una máscara de corona. Había bebido agua inmortal de la fuente y luchado con saña, por lo que Priya ya sabía que estos rebeldes eran de los más duros: los que usaban el asesinato como método de resistencia.
Había escuchado los rumores y las historias de los rebeldes que usaban máscaras.
Cuando el comerciante fue asesinado, la gente dijo haber visto una figura enmascarada irse de su haveli .
Pensó en los rebeldes que atacaban con rapidez, feroces, mientras echaba un vistazo a Rukh.
El chico se veía abatido; se abrazaba a sí mismo con fuerza.
Priya sintió ira al pensar que habían usado a un niño hambriento, moribundo, y habían manipulado su corazón para sus propios fines. Eso no estaba bien.
Levantó la linterna más alto, la noche oscura le devolvió la mirada entre las frondas de hojas y hueso.
—¿Qué suele pasar cuando te encuentras con los rebeldes? —preguntó.
—Les doy información —respondió Rukh—. Antes de que me enviaran a buscarte, les decía todo lo que oía en los mercados. Ellos solían darme comida.
“No hay mucha comida”, pensó Priya.
—¿Nada de madera sagrada?
Rukh se encogió de hombros.
—Está bien —dijo Priya, displicente—. ¿Qué querían que hicieras en el mahal ?
Él no dijo nada.
—Vamos —insistió—. Seguramente puedes decírmelo ahora.
—Solo ser sus ojos y sus oídos —murmuró Rukh—. Para vigilar. A ti… y a cualquier otra cosa interesante. Cualquier cosa que pudieran usar. Eso es todo.
Ella asintió.
—¿Algún otro sirviente está haciendo lo mismo? —preguntó, e inmediatamente puso un gesto ceñudo.
—Algunos, supongo —dijo él después de un momento—. No lo sé. Podría haber más de nosotros escondidos.
—¿Nosotros?
—Rebeldes.
—Tú no eres un verdadero rebelde —dijo Priya de inmediato.
—Sí, lo soy —insistió él.
—Meena era una rebelde. Ella sabía cómo matar. Tú no.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Rukh. La terquedad endureció el gesto de su barbilla.
Ella bajó la mirada de su carita afilada a sus puños cerrados. Con sus manos como las tenía, con la amenaza hormigueante de un nuevo crecimiento verde bajo la piel, se preguntó si sería capaz de manejar un cuchillo si le dieran uno. Los cuchillos requerían delicadeza.
—No puedes hacerlo —dijo—. Tú no eres lo que ella era.
—No lo sabes todo sobre mí —murmuró Rukh.
—Claramente no —dijo Priya.
No había señales de nadie a su alrededor. Ni aldeanos, ni cazadores, ni rebeldes. Priya supuso que ella y Rukh simplemente tendrían que esperar. Bajó la lámpara al suelo y luego se enderezó.
Él la miró fijamente. Y ella a él.
—No eres la única a la que se le permite creer en cosas —dijo Rukh en voz baja. Priya recordó con inquietud el tono que ella había adoptado al hablar con Bhumika—. Se me permite querer que el mundo sea mejor. Se me permite querer ayudar a que eso suceda.
Ah, por la tierra y el cielo, necesitaba aprender a hablarle a su hermana del templo con más autoridad y menos petulancia cuando estaban solas. Si Bhumika se sentía así cuando Priya le hablaba, entonces era un milagro que alguna vez mantuvieran una conversación civilizada.
—No he dicho nada, Rukh —comentó Priya tranquilamente.
Se esforzó por mantener la calma. La calma era una armadura con la que se envolvía, de pie en ese suelo cargado de muertos, mientras escuchaba el viento y pensaba en las decisiones que Rukh debía de haber tomado para llegar hasta allí; era solo un niño, pero estaba en deuda con los asesinos.
Solo un niño, y ella no había visto las señales de que los rebeldes habían puesto sus garras sobre él.
No lo había advertido. Su tranquilidad sonó firme como el acero, porque así era—.
Pero creo que deberías tratar de creer en cosas que no nos maten a ninguno de los dos en el futuro.
—No te harán daño —insistió Rukh—. Ya te lo dije. Te lo prometí. Me pidieron que me asegurara de que no subieras al Hirana. Que estarías a salvo.
—¿Te pidieron que lo hicieras?
Él asintió.
—¿Por qué?
—No sé. Pensé que tú lo sabrías —dijo.
No podía pensar en eso todavía. Quizá pronto obtendría respuestas. Así que, en cambio, dijo:
—Si te hubiera escuchado… si me hubiera quedado en el mahal y hubiera dejado que las demás subieran por su cuenta, Meena probablemente habría tratado de matar a alguien más. —Pensó en el grito de Sima, en el cuerpo de Gauri chocando contra el pilar.
—No sabía que ella lastimaría a alguien —susurró él.
Ella lo miró.
—Tú no proteges a la gente —dijo—, no les dices que no vayan a un lugar, a menos que corran el riesgo de ser heridos si van. Así que lo sabías, Rukh. No te mientas a ti mismo. Ya sabes lo que hacen estos rebeldes.
Él volvió la cabeza.
—Están tratando de hacer algo importante —insistió. Pero su voz era débil.
Priya suspiró. No pudo evitarlo.
—Esas personas a las que tanto temes, ¿merecen realmente tu lealtad?
—Merecen mi lealtad porque les temo —dijo—. Están aquí para luchar contra el imperio. He visto al general Vikram. He visto a sus soldados. Si no son más fuertes que eso… —la voz de Rukh se fue apagando.
—Asustar a los niños no es ser fuerte, Rukh.
—No solo me asustan a mí —se burló—. Ya viste las calles. Asustan hasta al regente. De no ser así, él no enviaría a todos sus hombres a patrullar. Eso es lo que logra el verdadero poder.
Ojalá tuviera la elocuencia de Bhumika, o su comprensión aguda e instintiva de los espinosos juegos de poder de Parijatdvipa.
—El poder no tiene por qué ser lo que el regente y tus rebeldes hacen —dijo Priya, buscando cómo explicárselo con sus propias, ingenuas palabras, con su propio conocimiento sencillo de la forma en la que funcionaba el mundo—.
El poder puede consistir en cuidar de las personas.
En mantenerlas a salvo, en lugar de ponerlas en peligro.
Él le dirigió una mirada sospechosa.
—¿Estás diciendo que eres poderosa?
Priya rio instintivamente.
—No, Rukh.
¿Qué poder tenía ella? ¿Qué había hecho realmente para cambiar algo en Ahiranya? Ella se había referido a Bhumika, no a sí misma.