Capítulo Once #3
—El chico que trajiste, Priya.
Retrocedió, alarmada.
—¿Está bien? Está bien, ¿no es así?
—No he oído nada, así que debo suponer que sí —dijo Bhumika—. Pero, por favor, no traigas más vagabundos a casa. Sé que tengo una reputación benévola, pero solo puedo salirme con la mía hasta cierto punto, o tendré que darle explicaciones a mi esposo.
Priya no dijo nada. ¿Qué podía decir?
—Sé que asistes a los enfermos de podredumbre en la ciudad —dijo Bhumika—. Podrías haberme pedido ayuda con ellos, ¿sabes?
Bhumika acababa de señalar exactamente por qué no se la había pedido. Pero Priya no mencionó al regente. En cambio, justificó:
—No debería haber tenido que pedirla.
—No puedo hacerlo todo —se excusó Bhumika—. Desafortunadamente.
Priya registró lo cansada que se veía Bhumika en ese momento, y sintió una punzada al pensar en todas las tareas con las que tenía que lidiar. Pero antes de que pudiera decir una palabra, ella volvió a hablar.
—Organizaré un suministro de madera sagrada para todos los que pueda. En la ciudad y dentro del mahal .
—¿Y para Rukh? Necesitará más que el resto. Más a menudo.
Una pausa.
—Se está muriendo, Priya. Sería un desperdicio darle ayuda.
Priya tragó saliva.
—Yo lo traje aquí —dijo—. Y ahora no estaré para asistirlo.
—Tú y tu tierno corazón —comentó Bhumika. Y Priya no supo si era un insulto o no. Bhumika desvió la mirada hacia las rosas de las ventanas, que susurraban con la brisa, y dijo—: Vete. Haré lo que pueda. Eso es todo lo que te prometo.
Priya dejó la habitación y caminó hacia los dormitorios de los sirvientes. Bhumika no había enviado un guardia para escoltarla; se alegró por eso. Necesitaba tiempo a solas.
Estaba oscureciendo, pero supuso que no se requeriría su presencia en el Hirana esa noche. En la escasa luz, pudo ver que el dobladillo de su sari estaba húmedo y manchado de fango y sangre. Descubrirlo la hizo estremecerse. Tendría un sinfín de problemas para eliminarlo.
Era más fácil pensar en las manchas de su dobladillo que en cualquier otra cosa.
—Priya —susurró una voz.
Ella se giró.
Rukh estaba de pie bajo la sombra que arrojaba una gran columna tallada, los puños apretados a los lados del cuerpo. Parecía pequeño y fuera de lugar, e incluso desde allí Priya podía ver que, bajo la piel, la sombra de las hojas teñía sus muñecas.
Rukh, quien le había advertido que no subiera al Hirana. Miró fijamente su gesto culpable, su piel verdosa, y tocó con la punta de un dedo la cuenta de madera sagrada que llevaba en la muñeca.
—¿Qué has hecho, Rukh?
—Lo siento mucho —dijo—. De verdad. Pero…
no hablé contigo para pedirte ayuda y trabajo solamente porque lo necesitara.
Aunque sí… sí lo necesitaba. Me dijeron que hablara contigo y tratara de entrar en el mahal .
Me ordenaron que lo hiciera. —Tragó saliva—.
Y ahora necesito que vengas conmigo. Fuera del mahal . Por favor…
Me dijeron. Me ordenaron. ¿Quién le había dado esa orden?
Un escalofrío la recorrió. Podía adivinarlo.
Lentamente, negó con la cabeza. Antes de que pudiera hablar, Rukh se lanzó hacia delante y aferró su mano.
—Les dije que no vendrías —dijo con seriedad—.
Que no me perdonarías. Que no eres tan débil como creen.
Y tal vez… tal vez no deberías venir. Pero me prometieron que no te harán daño, Priya, y les creo.
Me pidieron que me asegure de que no te hagas daño, así estarás a salvo.
O si no, yo… no podré… —Sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración.
—Rukh —La mano libre de Priya se apoyó sobre la cabeza del chico y lo acarició suavemente—. Cálmate. Habla despacio. Lo que dices no tiene sentido.
Él abrió y volvió a cerrar los dedos alrededor de la muñeca de Priya. No dijo nada durante un largo instante, y ella suspiró.
—Tengo hambre —dijo Priya—. Y estoy cansada, y me han dicho en confianza que huelo fatal. Solo quiero dormir, Rukh. No tengo ninguna gana de jugar estos juegos.
—Si no vienes —susurró el niño—, no sé lo que van a hacerme.
—¿Quiénes?
—Tú ya lo sabes.
—Quiero que me lo digas —insistió ella.
Rukh sostuvo su muñeca, inmóvil. Sus dedos no la apretaban con fuerza, Priya podría haberse liberado sin ningún problema. No lo hizo.
—Los rebeldes —resopló con la cabeza gacha, antes de levantar la mirada hacia ella—. Los rebeldes del bosque.
Ella lo miró largamente a los ojos.
Creyó que sabía exactamente lo que era Rukh. Había pensado que era un poco como ella había sido una vez: un niño que agonizaba de hambre, herido, solo. Se había compadecido de él.
La compasión no había desaparecido. Pero mientras lo miraba, dejó que las suposiciones que había hecho sobre él se desvanecieran.
El chico era más que “un poco” como la niña que una vez había sido ella.
Tenía sus propios secretos. Sus propias obligaciones.
Priya sabía exactamente cómo se sentía eso.
La preocupaba. Se preocupaba por él.
“Está en peligro”, pensó. “Todavía me necesita”.
—Róbame algo para comer de las cocinas —dijo finalmente Priya—. Y luego iré contigo.