El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

A veces odiaba a Bhumika. No podía evitarlo.

Había algo en su hermana del templo que le hacía arder la sangre y que envenenaba su lengua.

Bhumika era toda falsedad: mansa ante el mundo, ardiente en su corazón.

Le gustaban los dulces finos y los saris elegantes y la buena música.

Nunca jamás había fregado un suelo. Y se había casado con el regente.

Eso era algo que Priya nunca sería capaz de comprender, por más que Bhumika hubiera salvado incontables vidas en su papel de esposa de buen corazón.

Cuando el hermano de Priya la abandonó en la puerta de Gautam, había sido Bhumika quien la había salvado.

Bhumika, quien había llegado en su palanquín de caoba y había llevado a Priya a su casa y se había asegurado de que tuviera comida y refugio y la oportunidad de vivir.

“No puedo darte poder. No puedo darte lo que perdimos. ni siquiera puedo darte una familia”, le había dicho Bhumika. “Pero puedo darte un trabajo. Y eso tendrá que ser suficiente para ti”.

—Gracias por sacarme de la prisión —se obligó a decir templando su tono—. Aprecio tu gesto.

—Bueno, no tienes que agradecerme nada —dijo Bhumika—. Fue la princesa quien intercedió por ti. Ella le dijo a Vikram que le salvaste la vida. Rogó tenerte como su propia sirvienta. Lo rogó. ¿Y qué podía hacer, sino estar de acuerdo?

—¿Qué? —graznó Priya.

—Hay agua de limón en la mesa junto a la ventana —dijo Bhumika, señalando vagamente a la izquierda de la habitación—. Sírvete un vaso y sírveme uno también.

Priya lo hizo. Sus manos ni siquiera temblaron. Pero la voz de Bhumika fue más amable cuando le entregó el vaso. Solo los espíritus sabían qué contenía la expresión de Priya, pero logró mitigar la ira de Bhumika.

—El general está en una posición difícil —dijo Bhumika—.

La princesa es… no es la persona favorita de su hermano.

Pero, al fin y al cabo, lleva la sangre imperial, y si muere aquí, asesinada o por enfermedad o alguna mala casualidad, el general y su gente serán castigados.

Todos seremos castigados. —La mano de Bhumika se movió levemente sobre su vientre, donde descansaba—.

La princesa debe estar aislada. El emperador lo ordenó y debe ser obedecido.

Pero su aislamiento significa que Vikram tampoco puede verla regularmente.

No se la puede vigilar o proteger tan bien como quisiéramos.

—Hizo una pausa—. El general se inclina a darle lo poco que es capaz de ofrecerle.

—Me estás diciendo —dijo Priya lentamente— que no puedes evitarme esta tarea.

—Nunca he sido capaz de obligarte a hacer nada, Priya.

Podrías marcharte, si quieres. Creo que tú, entre todas las personas, encontrarías el modo de sobrevivir.

Pero si te quedas y te conviertes en la criada de la princesa, podrías hacernos mucho bien a todos —dijo Bhumika—.

El general se preocupó cuando vio a la princesa.

Está enferma y débil, y lloró mucho. Él cree que no está bien, o que la sierva que el emperador envió con ella no es muy atenta.

Por lo que vi de ella cuando llegó, me inclino a estar de acuerdo.

No puedo apostar guardias leales en sus puertas.

El Señor Santosh tiene demasiados espías en casa para que yo pueda reorganizar las cosas en silencio.

—Torció el gesto—. Solo quedas tú, Priya.

—Quieres que la vigile —dijo Priya—. Que la espíe. Que la mantenga a salvo.

—Sería útil si pudieras mantenerla con vida sin exponernos a cualquiera de nosotros, sí.

Priya sintió un peso en su estómago.

—Lo haré lo mejor que pueda —logró decir.

—Bébete el agua. Tienes mal aspecto.

—He estado sentada en una celda todo el día. Por supuesto que tengo mal aspecto.

—Bebe.

Priya bebió. Bhumika la miró mientras lo hacía, su propio vaso intacto, la mirada demasiado astuta.

—Sé que quieres encontrar las aguas inmortales —dijo Bhumika finalmente—.

No, no me mientas, Pri —continuó, cuando Priya la miró con incredulidad—.

Miéntete a ti misma si quieres, pero te conozco.

Y sé que piensas que si encuentras las aguas, te encontrarás a ti misma.

Pero, Priya, recuerdas tan bien como yo el precio que las aguas pueden exigir.

No quiero verte morir por esto. Y si, en cambio, eliges ayudarme, si vigilas a la princesa y a su carcelera, si me das información…

salvarías muchas más vidas de las que puedes imaginar.

—Salvar a tu esposo, querrás decir —señaló Priya.

Se arrepintió de sus palabras incluso mientras las pronunciaba, pero ya era tarde, no podía desdecirse. Y no eran exactamente falsas, ¿verdad? El general Vikram era quien tenía más que perder por la ira del emperador. Las personas como Priya ya lo habían perdido todo.

—Ya veo. ¿Y qué crees que le sucederá a este hogar si él se muere?

No, no me respondas —dijo Bhumika, cuando Priya abrió la boca—.

Júzgame todo lo que quieras, Pri, no me importa lo que piensas de mí, o de cualquier otra persona.

Llámame puta y traidora si lo deseas, simplemente no me interesa.

Todo lo que quiero es asegurar un resultado donde la mayor cantidad posible de nosotros sobreviva.

Entonces, ¿vigilarás a la princesa o no?

—Si el regente lo ha ordenado…

—No pienses en el regente. Soy yo quien te lo pide. ¿Lo harás?

Priya miró a los ojos de Bhumika.

—¿Confiarías en mí? —preguntó.

—Así parece —dijo Bhumika suavemente. Sin embargo, miró a Priya con ojos recelosos, cautos, en la forma en la que siempre la miraba: como si Priya estuviera a punto de correr hacia un precipicio, o empujar a alguien desde uno; como si fuera impredecible.

Priya pensó en los ojos oscuros de la princesa, enrojecidos por el llanto. Pensó en cómo la había observado la princesa después de que Meena se precipitara hacia su muerte. Pensó en la ausencia de horror en ese rostro inexpresivo. La mirada suave y firme.

—Lo haré —aceptó.

Bhumika suspiró.

—Bien. —Bebió su vaso de agua de un solo trago y lo bajó—. Ve y date un baño. Descansa. Voy a hacer los preparativos.

Priya se volvió. Dudó.

—Bhumika…

—¿Qué?

—Meena. La asesina. —Su voz sonó entrecortada—. Ella me dijo que había bebido las aguas inmortales de un frasco. Y que su poder estaba matándola. Me dijo que un hijo del templo le había dado a beber las aguas. Ahora lo sé, no estamos solas después de todo. No somos las últimas.

Silencio.

—Bhumika —reiteró Priya.

—Déjame en paz —dijo Bhumika con cansancio—. Ya tengo suficientes preocupaciones.

—No puedes decir eso.

Bhumika negó con la cabeza.

—¿No puedo? Si hay un hijo del templo por ahí y es lo suficientemente cruel como para traficar agua inmortal, y embotellada, qué locura, y enviar a jóvenes a morir en su nombre, entonces no necesitamos encontrarlo. Es peligroso. Y ya tenemos bastante peligro con que lidiar, Priya.

—Supongo que sí —admitió.

—Supones correctamente. Ahora ve y aséate. Hueles fatal.

Priya se volvió para irse. La voz de Bhumika la detuvo.