Capítulo Once
PRIYA
H abía celdas debajo del mahal . Priya nunca había tenido motivos para tener en cuenta esa realidad antes. Pero ahora había una buena razón.
Los guardias habían sido bastante amables con ella.
Le habían permitido recorrer por su cuenta la superficie del Hirana, por necesidad, más que por cualquier otra cosa, sospechaba.
Luego le habían atado las manos y la habían guiado más allá de los huertos del general, del casi desbordante pozo escalonado y hacia una escalera tras unos portales de hierro, que conducía a las entrañas del mahal .
La habían encerrado en una celda, le habían ordenado que se sentara y descansara hasta que la llamasen y la habían dejado sola.
Solo había una ventana en su celda: una franja alta, cubierta de una filigrana de barrotes, que casi no dejaba pasar la luz, pero permitía que el agua de lluvia entrase libremente.
Había dejado de llover por fin, “por fin”, pero el agua todavía se derramaba a través de la abertura en un flujo lento y constante, como si todo lo que el suelo no había podido tragar rodara por la pendiente de tierra y entrara en la celda de Priya.
Se preguntó si ese diseño —la pendiente, la ventana, la agua que se acumulaba inevitablemente a sus pies— era intencionado.
Después de una hora de pie en el lóbrego frío, demasiado entumecida por la conmoción para hacer nada más, decidió sombríamente que probablemente lo era.
Se abrió camino hasta el rincón más apartado de la celda.
Se sentó y se inclinó hacia delante, la cabeza sobre las rodillas.
En el momento en el que se sentó en el suelo, su cuerpo comenzó a temblar. No podía controlarlo. Se aferró los codos con las manos, luchando por controlar su respiración, y sintió una especie de pánico salvaje que le apretaba el pecho.
Había querido recordar, ¿no? Podría admitirlo entonces. Había querido más que fragmentos de recuerdos. Bueno, su deseo se había cumplido. Más que cumplido. Por un momento, mientras luchaba contra Meena, había sido la Priya que era una niña del templo. Había visto el sangam en su mente.
Y había matado a una mujer.
Meena había tratado de matarla a ella, por supuesto. Pero eso no la hacía sentir menos conmocionada.
De niña, había aprendido a infligir y manejar el dolor.
A todos los niños del templo de Hirana se les había enseñado a ser fuertes de la misma manera, para que tuvieran una oportunidad de sobrevivir al proceso de convertirse en mayores.
Tres viajes, a través de las mágicas aguas inmortales.
Tres viajes que podrían dejarlos muertos, ahogados. O en estados aún peores.
Priya se había hundido bajo las aguas una vez. Solo una. Y había emergido con poderes. La capacidad de manipular el Hirana. La habilidad de deslizarse en el sangam .
No había vuelto a hacerlo desde que era una niña. No había sido capaz de hacerlo.
Se miró las manos. Deseaba dinero. Poder. Tal vez, en lo más profundo de su corazón, incluso quería sus legítimos dones. Pero entonces miraba sus dedos temblorosos y se preguntaba si sus deseos eran sabios. Se preguntó si sus recuerdos se habían fragmentado para salvarla de un dolor aún mayor.
Finalmente, a pesar del frío y el agua, se quedó dormida.
El calor comenzó a filtrarse a medida que salía el sol y ella durmió inquieta, soñando que el agua bajo sus pies siseaba y se retorcía, que unos ojos la miraban desde la oscuridad.
Cuando despertó vio que alguien le había llevado comida.
Se la comió, luego se acurrucó una vez más.
Durmió y soñó otra vez con el agua. La sombra de su hermano en la oscuridad líquida.
Pasaron las horas.
La puerta se abrió. Pensó que le traían más comida. En cambio, sintió una mano sobre su brazo.
—Ven —dijo el guardia. Estaba armado hasta los dientes, pero su voz era amable y la sujetó con suavidad—. La Señora Bhumika quiere verte.
Dentro de los aposentos de la Señora Bhumika en el palacio de las rosas había una profusión de flores colocadas en jarrones ornamentados sobre las ventanas. Había lirios recién cortados que flotaban como nubes pálidas en cuencos de agua, moviéndose como si la brisa los empujara con manos ligeras.
La Señora Bhumika en persona estaba sentada en un sillón de seda color amatista.
No se reclinaba, a pesar de la gran cantidad de almohadas que había detrás de ella.
Se irguió, con una mano apoyada en su vientre voluminoso.
Una sirvienta estaba de pie a su lado, abanicándola.
Cuando Priya entró en la habitación y se inclinó, la Señora Bhumika no sonrió. Sus ojos estaban ensombrecidos.
—Todo va bien, niña —dijo, en voz baja—. Mi esposo me pidió que hiciera los arreglos para ti. No tienes por qué tener miedo.
—Mi señora —dijo Priya, e inclinó la cabeza una vez más con recato.
Bhumika tenía fama de ser una señora amable.
Desde que se había casado, se había ocupado de las víctimas de la podredumbre y las había acogido en su casa.
A todos sus guardias y sirvientes los había elegido ella misma, y por ello eran ferozmente leales.
Así que, cuando ella dijo: “Ahora déjanos solas”, a Priya no la sorprendió que la criada bajara el abanico y sus guardias inclinaran la cabeza en reconocimiento, para luego partir raudos y en silencio.
Las puertas se cerraron con un ruido sordo. Priya levantó la cabeza.
Después de un momento, Bhumika habló.
—Dime lo que sucedió. —La suavidad de su voz se desvaneció, solo quedó una dureza de hierro, y ya no eran sirvienta y ama.
Eran hija del templo e hija del templo. Hermanas, aunque Priya no solía permitirse pensar en esos términos. No le gustaba mirar demasiado de cerca lo que significaba la hermandad, una década después de que sus hermanos hubieran sido quemados.
—Meena me atacó en el Hirana —dijo Priya—.
Ella sabía lo que yo era. Quería que le mostrara el camino a las aguas inmortales.
Y cuando le dije que no podía, trató de hacerme daño.
—Las imágenes de la pelea pasaron por su mente.
Estaban demasiado frescas aún para considerarlas recuerdos.
Su corazón todavía se aceleraba. La piel todavía le escocía por la magia—. Tenía una máscara de corona.
El ojo derecho de Bhumika latió con un tic bastante expresivo.
—¿Y luego? ¿Qué pasó?
—Se puso la máscara. Lastimó a Gauri y trató de herir a Sima. Y yo… la empujé del Hirana.
—¿Dijiste algo que te delatara?
Priya no respondió.
—Priya.
—Solo a ella. —No mencionó a la princesa. No sabía qué había escuchado la princesa, después de todo. Aun así, sus palabras se sintieron como una mentira, una que cuajaba hasta convertirse en un amargo terror en su lengua.
—¿Cómo pudiste ser tan idiota? ¿Acaso no te he enseñado nada?
—Me iba a matar. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Abrazarla?
Bhumika puso los ojos en blanco.
—¡Oh, por los espíritus, Priya! Podrías no haber dicho nada. Podrías haber pedido ayuda a gritos. Sé que hay muchos guardias allá arriba.
—¿Y dejar que ellos hablaran con ella? Ella ya sabía lo que yo… era. Soy. —Priya levantó la cabeza—. Matarla fue lo único que pude hacer para protegernos. Sería peor si hubiera admitido lo que soy y la hubiera dejado vivir, ¿no es así?
—Obviamente, sí —dijo Bhumika secamente—. ¿Y cómo se enteró ella de lo que eres?
Priya se encogió de hombros. Ah, sabía que eso solo inflamaría aún más el temperamento de Bhumika —normalmente contenido—, pero ella misma también se sentía inestable.
Había sido atacada. Había matado a alguien, y por más que se dijera que era algo para lo que había sido criada, y por más que trató de convencerse de que no había tenido otra opción, estaba conmocionada.
Y la enfadó sentirlo, la enfadó no ser lo suficientemente fuerte como para no sentir nada.
Era más fácil estar furiosa con Bhumika que consigo misma.
—¿Le has contado a alguien más tu pasado? —preguntó Bhumika.
—No soy tonta.
Hubo un largo silencio. Bhumika la miró sin pestañear.
Finalmente, con terquedad, Priya agregó:
—No.
Los ojos de Bhumika se entrecerraron. Tamborileó con los dedos de la mano izquierda sobre la rodilla.
—Primero salvaste a Sima, y ahora…
—¿Preferirías que hubiera dejado morir a Sima?
—¿Para protegerte? Sí —exclamó Bhumika—. ¿Has pensado que salvar a Sima podría ser precisamente lo que te delató ante la rebelde?
Bhumika tenía razón, por supuesto. Así era como Meena se había dado cuenta. Había visto a Priya escalar con confianza el Hirana, como alguna vez lo hicieran los niños del templo.
—No puedo hacer tanto como tú, dos veces nacida —dijo Priya.
—No me llames así.
—De acuerdo. De todos modos, ya sabes, Bhumika: ni siquiera puedo hacer tanto como una persona nacida una sola vez, como yo debería ser capaz de hacer.
Caminar sobre el Hirana, salvar a Sima: eso era un riesgo, pero no más que lo que cualquier mujer valiente podría o querría hacer.
Incluso si no fuera lo que soy —continuó Priya—, me habría arriesgado por Sima.
Alguien nacida una sola vez era capaz de entrar en el sangam a voluntad. Podía manipular la superficie del Hirana con facilidad. Podía sentir la naturaleza, toda su respiración brillante y poderosa, dondequiera que fuera.
Priya había tenido todo eso cuando era niña. Antes de que la noche del fuego rompiera algo dentro de ella.
Bhumika, dos veces nacida, había sido aún más fuerte. Y los tres veces nacidos…
Bueno, ya no quedaba ninguno de ellos.
—Creo —dijo Priya lentamente— que estás decidida a enfadarte conmigo. No he hecho nada malo. No pedí ser atacada por una rebelde que buscaba las aguas inmortales. He hecho todo lo posible para protegerme. Y tú…
—Podrías haber muerto. ¿Entiendes eso?
—Lo entiendo.
—Podrían haberte acusado de asesinato. O de rebeldía. O de ambas cosas.
—De verdad, no soy tonta —exclamó Priya—. No sé cuántas veces tengo que decírtelo. Lo sé.