Capítulo Diez #4
—Sus libros fueron quemados en Parijat —explicó Rao—. Y en Alor. En Saketa…
—Entonces, en todas partes —añadió Prem.
—No entre los sabios —dijo Lata. Pero, claro, Lata era también una sabia; ellos nunca quemarían libros. Era anatema para su vocación.
—¿Lo has leído, entonces?
—No —dijo Lata—. No me interesa esa rama de la filosofía particularmente.
—Esperaba que pudiéramos usar lo que tienen los rebeldes —dijo Rao—. Esperaba, bueno, ya no importa.
—Los rebeldes son salvajes enmascarados —opinó Prem—.
Quieren desgarrar el reino de Parijatdvipa, Rao.
Quieren que vuelvan los buenos viejos tiempos de la Era de las Flores.
—Sus labios se curvaron un poco. Ningún vástago de una ciudad-Estado de Parijatdvipa recordaba con nostalgia la Era de las Flores, antes de que las Madres derrotaran a los yaksas —.
Aun si los rebeldes tuvieran el apoyo de los nobles ahiranyis para echarnos al resto de nosotros…
¿qué esperabas lograr? No estamos aquí precisamente para ayudar a los ahiranyis a liberarse del gobierno imperial.
—Una forma de sacarla a ella de aquí.
Prem suspiró de nuevo.
—Siempre lo mismo.
—Por supuesto —admitió Rao—. Por supuesto.
Prem no le dijo a Rao que era un tonto. No esa vez. Quizá se compadeció demasiado de él para hacerlo. En cambio, dijo:
—Lo siento. Sé lo mucho que significa para ti.
Como siempre, la vergüenza le revolvió el estómago a Rao al pensar que Prem, o cualquiera, malinterpretara la situación.
—Pero has hecho todo lo que has podido —estaba diciendo Prem—.
Y yo también. El regente no me volverá a recibir.
—Otra voluta de humo—. Es una pena, de verdad.
El emperador Chandra lo reemplazará muy pronto.
Y el Señor Santosh es un maldito idiota.
Solo será el títere de Chandra y mandará a un nuevo grupo de pobres muchachas a arder en las llamas para insistir sobre la pureza de la cultura parijati, como si el resto de nosotros fuéramos tan descastados como los ahiranyis y necesitáramos su liderazgo.
Pero había otras personas en Ahiranya que podrían resultar útiles, pensaba Rao.
Había nobles que, a diferencia del regente, probablemente no perderían su jerarquía.
Hombres ahiranyis de alta cuna que tal vez estaban financiando a los rebeldes…
, rebeldes que se podrían utilizar para apoyar un golpe contra Chandra y liberar a la princesa Malini.
—No deberías fumar aquí —dijo Lata. El tono familiar de desaprobación en su voz era casi un bálsamo—. Vete fuera, Prem.
—¿Tan enfermo está?
—No —dijo Lata—. Pero no me gusta el olor. Vete.
—Como ordenes, sabia —dijo Prem, inclinando la cabeza con una sonrisa.
Se dio la vuelta para irse, envuelto en humo.
Bajó la pipa. Miró hacia atrás—. Rao —agregó—.
Sabes que Aditya nos necesita. Ya sabes que Parijatdvipa necesita que nos aseguremos de que el hermano correcto sea quien se siente en el trono. Emperador Aditya. Imagínatelo.
Rao no dijo nada. Se lo había imaginado. Pero era culpa de Aditya que esa visión aún no se hubiera hecho realidad.
—Solo… —Prem expulsó el humo—. Voy a ir a verlo. Tan pronto como el festival termine. Deberías venir conmigo. Él te necesitará. Has hecho todo lo que has podido para salvarla. Y yo también.
—¿Eso crees? —dijo Rao.
—Sí —respondió Prem. Volvió a sonreír, con algo de tristeza en las comisuras de los labios—. Ambos lo hicimos.
Rao quería discutir y sabía que Prem estaba listo para responder amablemente, pero Lata intervino.
—Príncipe Prem —dijo—. Deja que mi paciente descanse.
Silencio. Luego:
—Volveré más tarde, Rao.
Rao se recostó y cerró los ojos mientras Lata se movía alrededor de la habitación, murmurando para sí misma algo acerca de sábanas limpias y agua hervida.
Pensó en Malini, en esa prisión. Tan cerca, pero demasiado lejos para que cualquiera de ellos pudiera llegar a ella.
Pensó en la carta que ella le había escrito.
Garabateada apresuradamente, manchada de lágrimas, enviada no en el idioma dvipano de la corte, ni siquiera en la lengua zaban común a todo Parijatdvipa, sino en el de la ciudad de Alor, que su propia hermana le había enseñado a Malini.
La carta había sido entregada por una doncella de ojos atormentados.
Malini la había sobornado con la última pizca de oro que le quedaba: los brazaletes de boda de su madre.
La carta tenía cenizas encima. Sal y ceniza.
“Chandra me envía a Ahiranya”.
Y allí, subrayada, una callada desesperación en la curva de cada letra:
“Sálvame”.
Lata se arrodilló a su lado. Rao abrió los ojos. Ella tenía un aspecto esquelético y cansado.
—¿Entonces te irás? —le preguntó Lata en voz baja.
—¿Qué opinas tú?
Ella no dijo nada por un momento.
—Creo que tenemos que vendar tus costillas —dijo finalmente—. Quédate quieto. Esto te dolerá.
—No te preocupes —dijo Rao, tragando saliva. Las rosas le devolvieron la mirada, tan rojas sobre el techo que parecían salpicaduras de sangre—. Soy muy bueno obedeciendo órdenes.