El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Diez #2
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Capítulo Diez #2

Notó que el soldado sopesaba sus opciones: ¿dejar que uno de los hábiles guardias del burdel echara al borracho que había encontrado en el pasillo, o arrastrarlo al salón para interrogarlo junto al poeta y sus acólitos?

Rao vio vacilar el interés del soldado por él.

Era un tonto borracho, no había nada notable en él, se había asegurado de eso, y ¿cuán probable era que un hombre parijati estuviera involucrado en la resistencia de los ahiranyis?

Vomitaría, tal vez, o lloraría. Era mucho mejor dejarlo ir.

Rao simuló un hipo de ebriedad y trató de enderezarse. El soldado puso los ojos en blanco, murmuró algo desagradable en voz baja y se volvió para irse.

Detrás de ellos, en el salón, una mujer chilló. Uno de los hombres comenzó a gritar, luego se quedó abruptamente en silencio, al tiempo que un ruido sordo de carne, de metal, de sangre resonaba por el pasillo.

El soldado, en un acto reflejo, buscó su espada. Miró a Rao una vez más. La conmoción del ruido había hecho que Rao se enderezara, con la columna rígida como el hierro y los ojos muy abiertos. Demasiado atento para estar borracho.

Los ojos del soldado se entrecerraron.

—Tú —dijo—. Levántate.

Rao tragó saliva. Buscó adoptar el tono de voz inestable, farfullante, que necesitaba.

—¿Qué…?

No tuvo tiempo para simular. El soldado lo aferró por el brazo y tiró hacia arriba tan repentinamente que, si Rao no hubiera sido naturalmente ligero de pies, el movimiento le habría dislocado el hombro. El soldado lo arrastró por el pasillo hasta el salón.

Lo arrojó al suelo. Rao se las arregló para poner sus manos delante de él antes de que su nariz golpeara contra la piedra. Trató de gatear, pero la bota del mismo soldado que lo había encontrado lo empujó nuevamente hacia el suelo.

Una docena de ojos se volvieron hacia él: un puñado de soldados imperiales del regente, vestidos con el traje de Parijatdvipa blanco y dorado, los sables al cinto; un grupo de mujeres aterrorizadas, que se abrazaban unas a otras; algunos hombres todavía con sus chales, y uno desplomado, con la garganta cortada, su sangre acumulada en el suelo.

Y el poeta, Baldev. Era un hombre mayor, corpulento como solo los ricos pueden permitírselo, de mandíbula cuadrada y nariz aguileña, afilada y firme. Ese noble rostro suyo era entonces un rictus de furia y de miedo.

—Encontré a este fuera —dijo bruscamente el soldado que había arrastrado a Rao.

—Uno de los tuyos, ¿verdad? —esto se lo preguntó otro soldado a Baldev.

Baldev miró a Rao.

Rao pensó en cómo se había hecho un hueco en esos salones, persuadiendo pacientemente a uno de los seguidores de Baldev para que le extendiera una invitación.

Pensó en las preguntas que le había hecho a Baldev, una vez que la desconfianza del poeta se había disipado un poco y había llegado a creer, a regañadientes, que Rao no era un hombre con malas intenciones, sino simplemente lo que decía ser: un parijati inclinado a la erudición, los altos ideales y el deseo de ver libre a Ahiranya.

Pensó en lo que Baldev le había revelado. El secreto compartido a medias tras el último encuentro.

“Conozco a alguien que puede ayudarte”.

—Nunca he visto a este hombre —dijo Baldev, mirando a Rao de arriba abajo con visible desdén.

—¿Estás seguro?

—No me relaciono con hombres que no sean de mi propio pueblo —respondió.

Su voz era sonora, un terciopelo retumbante hecho para la poesía y la política.

Mostraba un disgusto deliberado hacia el hombre borracho parijati tirado en el suelo, y hacia los soldados que lo rodeaban—.

Esta casa está llena de parijatis lujuriosos y depravados como él.

Desde ya, arréstenlos a todos. Me alegraría ver mi tierra libre de ellos. No es un seguidor mío.

Las mujeres, los hombres, todos evitaron cuidadosamente mirar en su dirección. Él les devolvió el favor y miró al suelo.

—Bien —dijo otro soldado. Hablaba en voz baja, pero el brazalete de plata en la parte superior del brazo lo distinguía como comandante. Sus ojos no parpadeaban—. Tengo algunas preguntas simples para ti, poeta. Responde con inocencia y podrás irte.

—Un acertijo, ¿verdad? —Rao levantó la vista y vio que la sonrisa de Baldev no tenía alegría. Fue solo el rictus fruncido de esa sonrisa lo que le indicó a Rao que tenía miedo.

Y con razón. Aun bajo el filo de la navaja de la adrenalina, bajo la paciencia vigilante que le habían inculcado los largos años de entrenamiento en la corte con las armas, Rao también tenía miedo.

—¿Tuviste alguna participación en el ataque al mahal del regente? —preguntó el comandante.

—No —dijo Baldev.

—La noche en que sonó la caracola, ¿estabas aquí? —La voz del comandante era suave.

Silencio. Quizás Baldev estaba asimilando la realidad que yacía ante él.

—Sí —dijo finalmente—. Estábamos aquí. Mis seguidores y yo.

—Predicando una ideología política rebelde —incitó el soldado. Baldev no dijo nada.

El comandante dio un paso hacia delante, con las manos entrelazadas a la espalda.

—¿Vienen muchas mujeres a tus… conferencias? —La mirada del comandante se deslizó hacia las mujeres acurrucadas juntas, que temblaban levemente de miedo—. Habla. O destriparé a otro hombre.

—No. No muchas.

—¿Estás seguro, poeta?

—Las mujeres de buena reputación no suelen entrar en las casas de placer.

—Escuchamos que las mujeres ahiranyis no se preocupan mucho por su reputación —dijo uno de los soldados.

Otro a su lado se rio. Esos dos, notó Rao, no vestían exactamente los mismos uniformes que el resto.

No tenían la marca del regente en sus turbantes, y el lenguaje zaban común del hombre que había hablado no tenía el acento cantarín de los ahiranyis—. ¿Qué son estas, entonces? ¿Putas?

—Cuida tu lengua —dijo su comandante.

—Lo siento, comandante Jeevan —se disculpó el hombre. No parecía particularmente arrepentido.

—Habla —le dijo el comandante al poeta.

—Siervas —dijo el poeta con rigidez—. Niñeras. Lo suficientemente respetables.

—Entonces no te será difícil recordar a una mujer en particular: pequeña, joven. No más alta que esa de allí. —Señaló a una de las mujeres, que dejó escapar un pequeño suspiro, tanto de terror como de ira, sin levantar la mirada—. Piel oscura. ¿La conoces?

—Hay muchas mujeres así. Podría ser cualquiera.

—Se hacía llamar Meena.

—No —dijo Baldev—. No conozco a esa mujer.

—Hasta hace poco —continuó el comandante—, ella era sirvienta en el mahal del regente. Trató de matar a su invitada. Un asunto turbio. Por suerte la detuvieron. —Hizo una pausa—. Nos preguntábamos —dijo— adónde puede ir una mujer, una criada, a aprender tales cosas. Y aquí estás tú, poeta.

Rao casi podía escuchar la réplica formarse en los labios de Baldev. ¿De qué le serviría a un hombre como él atacar a una invitada del regente?

Entonces Baldev recordó que la hermana del emperador estaba prisionera al cuidado del regente. Rao pudo verlo recordar: el gris repentino que se apoderó del rostro del poeta.

Nada de lo que dijera lo salvaría.

—Encontramos a algunos escribas redactando material que no deberían tener —continuó el comandante—. Verdaderas herejías, ocultas en la escritura ahiranyi.

—¿Dónde están? —preguntó una mujer audaz. Su voz tembló.

—Ya han sido llevados a los campos de ejecución.

—Perdona a las mujeres, al menos —susurró Baldev. Nunca, en todas sus conferencias vespertinas y sus recitaciones, su voz había sonado tan tenue.

—Las mujeres son el problema —dijo el comandante arrastrando las palabras.

—¿Qué les harás? —preguntó el poeta. Su voz tembló. Luego se reafirmó—. Hemos escuchado lo que el emperador Chandra les hace a las mujeres. Por favor…

—Una muerte mejor que la que merecen estas sucias mujeres —dijo en voz alta uno de los dos soldados parijatis—. Tú, ahiranyi, no sabes lo afortunado que eres.

La boca del comandante se estrechó. Luego dirigió su atención a sus hombres. Hizo un gesto.

“Rodeadlos”.

Fue demasiado. Uno de los hombres ahiranyi que había estado arrodillado sobre la sangre de su compatriota lanzó un grito y se arrojó hacia delante. Hubo un siseo de acero, gritos, un estallido de sangre fresca, mientras el caos invadía el lugar y las mujeres salían disparadas hacia la puerta.

Parecía, en ese momento, que no había razón para no intervenir.

Independientemente de lo que los soldados creyeran que era Rao, también iban a matarlo.

Así que se giró, empujando a uno de los soldados con un movimiento aparentemente descuidado de sus propias manos y rodillas contra la piedra.

En el tumulto de cuerpos y armas, fue un milagro que Rao no fuera aplastado o apuñalado.

Cuando sintió una patada en las costillas, lo tomó como algo que le correspondía.

Su cabeza golpeó el suelo. Las estrellas estallaron detrás de sus ojos.

Sin un arma, no había nada que hacer más que rodar con todo su peso y aferrar la pierna de otro soldado, que gimió. Detrás, a su alrededor, los demás hombres gritaban. Uno arrojó un libro. Fajos de poemas se deshojaron contra el suelo.

Una de las mujeres salió por la puerta hacia el final del pasillo, un soldado la perseguía. Rao permaneció donde estaba, en el suelo.

Soltó una maldición cuando un cuchillo aterrizó junto a su cabeza. Levantó la vista y vio al poeta Baldev mirándolo fijamente, con el rostro ensangrentado y una contusión sobre el ojo.

Baldev le escupió en la cara.

—Basura parijati —gruñó. Era una expresión fea, que desentonaba completamente con los modales razonables e intelectuales que había usado en el pasado—. ¡Todos sois escoria de Parijat!

Baldev golpeó salvajemente al guardia más cercano y luego fue arrojado al suelo e inmovilizado. Rao se quedó donde estaba.

El soldado que estaba encima de él, uno de los hombres que no llevaba la marca del regente y que había mirado a su comandante con desdén poco disimulado, miró a Rao, por primera vez con una sensación de afinidad.

—No debería haber hecho eso —dijo el soldado con brusquedad—. Cuando miras bajo de su superficie, todos son unos salvajes.