Capítulo Nueve #3
—Princesa —dijo en dvipano, el idioma formal de la corte y lengua materna de la hija real—. ¿Te han hecho daño?
—Solo está asustada, mi señor —dijo rápidamente su carcelera.
Vikram miró a la princesa, que se tambaleaba de rodillas, la cara enrojecida por el sufrimiento.
—Necesita un médico —dijo.
—No hace falta, mi señor —dijo Pramila—. Tiene una constitución frágil. Simplemente necesita descansar. Tomar su medicina y descansar.
Vikram no estaba convencido en absoluto. ¿Cómo podía estarlo, si la princesa continuaba temblando, tenía el cabello tan suelto y salvaje como el de un sacerdote y el cuerpo de una fealdad demacrada?
—Princesa Malini —dijo una vez más—. Dime cómo te sientes. —Vio a la princesa tragar, levantar la barbilla.
—Una asesina intentó quitarme la vida, general —graznó con una voz que temblaba como una llama—. Mi imperial y maestro hermano nunca habría permitido tal cosa en su casa.
Ah.
Vikram sintió los ojos sobre él. Los guardias que lo rodeaban, salvo Jeevan, eran todos hombres de Santosh, no suyos. Y Santosh tenía muchas razones para informar al emperador sobre todos y cada uno de los fracasos de Vikram.
Estaba claro que el emperador Chandra no se preocupaba demasiado por el bienestar de la princesa. De ser así, no la habría enviado allí. Pero, no obstante, ella era de sangre real y estaba recluida al cuidado de Vikram.
Si hubiera muerto asesinada estando prisionera en Ahiranya, si Vikram no hubiera podido mantenerla a salvo y hubiera permitido que la sangre imperial se derramara en sus tierras…
Bien. El emperador Chandra no era famoso por su generosidad. Vikram recordó nuevamente la voracidad en sus ojos cuando le preguntó acerca de los niños quemados en el templo. No se podía confiar en esa avidez.
—Te juro, hija de las flores, que se hará todo lo posible para mantenerte a salvo como una perla —dijo Vikram.
Ella meneó la cabeza.
—No es suficiente, general. ¿Cómo puede ser suficiente? Oh, Madres de las llamas, protegedme. ¡No puedo sobrevivir aquí, sola y sin amor!
—Princesa —susurró Pramila—. No. Silencio.
—Yo… —Su rostro se contrajo—. No tengo nada aquí. Ni asistentes, ni damas de compañía. No hay guardias en los que pueda confiar. Fui criada con muchos cuidados, general. Estoy segura de que moriré si sigo así.
—Princesa —dijo Vikram. Se arrodilló ante ella. Le dolían las rodillas—. Tu hermano ha ordenado que te mantengan en soledad. En contemplación. No puedo darte la corte que una vez tuviste. Sería traición.
—Un asistente sería suficiente para tranquilizar mi corazón —susurró la princesa—.
General, la mujer que me salvó la vida…, ¿no puedo tenerla conmigo?
Ella es solo una sirvienta. Sin duda no sabe nada más allá de la obediencia.
Dudo que incluso hable una lengua civilizada.
Sería como si me proporcionaras un sabueso leal.
Ella no interrumpiría mi contemplación. Pero tal vez me haría sentir… a salvo.
No era una petición irrazonable.
Una sirvienta. Bien. Seguramente el emperador no se enojaría si Vikram le proporcionara a la princesa una chica sencilla ahiranyi para barrer el suelo y ayudarla a dormir por la noche.
Seguramente el Señor Santosh no se opondría a esta medida si Vikram la enmarcara como una forma de calmar a una joven asustada.
Una sirvienta era un pequeño precio a pagar para mantener dócil a la princesa.
Incluso entonces, mientras lo miraba a los ojos, su respiración agitada se estaba calmando.
El color volvía a sonrojar sus mejillas.
—¿Qué otra cosa puedo hacer yo, un humilde servidor de tu familia, sino intentar aliviar tu dolor? —dijo Vikram con cuidado, con gracia—. Tendrás la sierva. Lo prometo, princesa.
Después de que Vikram hubo hablado con los guardias del Hirana, con la princesa sollozante y con sus consejeros más cercanos, e incluso hubo consolado a su esposa, que se había despertado cuando sonaron las caracolas y suplicó tener noticias de sus apreciados sirvientes inmediatamente después de que él regresase, se fue a sus aposentos privados.
Se quedó de pie, en su balcón cubierto, y miró a lo lejos durante un largo rato, aferrando la madera de la balaustrada con tanta fuerza que crujió bajo la presión de sus manos.
Un sirviente, apostado junto a la puerta, le preguntó si quería cambiarse de ropa.
Su túnica y su dhoti , ambos de seda de un azul tan oscuro que parecían casi negros, estaban empapados, oscurecidos por la lluvia y el sudor del trayecto arriba y abajo del Hirana.
—No —dijo Vikram brevemente—. Prepárame un baño para cuando regrese. —No quería usar ropa limpia para esta tarea.
El sirviente murmuró un asentimiento y se retiró.
Vikram abandonó el balcón, regresó al fresco interior del mahal y se abrió paso más y más dentro del edificio, más y más profundo aún, más allá de las puertas y los guardias, hasta una oscura escalera protegida por puertas enrejadas y más guardias.
Santosh lo estaba esperando allí. Vikram había tenido esperanzas de que se hubiera ido a la cama.
Pero uno de los hombres de Santosh debió de informarle dónde estaba Vikram.
En los subsuelos del mahal , en las celdas de la prisión, los esperaba un sacerdote.
—General —dijo este—. Ven. Ella está preparada.