El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Nueve #2
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Capítulo Nueve #2

Prem parecía inestable sobre sus pies. Uno de los sirvientes de Vikram que estaban en el salón, más lejos, lo miró inquisitivamente, preguntando sin palabras si Vikram preferiría que ellos escoltaran gentilmente al príncipe a una habitación para que descansara.

Vikram no respondió. Sin importar cómo habían cambiado las cosas, Prem era lo suficientemente importante como para recibir toda su atención.

Lo último que quería era una carta enfadada de los escribas del gran príncipe, aparte de todo lo demás.

—Lo siento, lo siento —dijo Prem.

—No es necesario que te disculpes, mi señor.

—¿Cuánto tiempo se quedará?

—Tanto como el emperador Chandra quiera —dijo Vikram—. ¿Y tú?

—Tanto como mi dinero me lo permita —respondió Prem con una carcajada—. Esperaba que pudiéramos hablar a solas. La última vez que vine jugamos una excelente partida de pachisa . Me gustaría hacerlo otra vez.

—Siempre eres bienvenido —le aseguró Vikram, y le palmeó la espalda con falsa jovialidad. “Deberías tener cuidado”, pensó en decirle. El príncipe era joven. El consejo de un hombre mayor no podía hacerle daño. Las cosas no eran como antes. Un hombre que no lo reconociera no viviría mucho tiempo.

—Sabes que su agresividad hacia mí y hacia ti no terminará aquí, general Vikram —dijo Prem rodeando con un brazo el hombro de Vikram como si fueran amigos—.

Ciertamente deberíamos encontrarnos de nuevo, tú y yo, aunque no sea para jugar o tomar vino.

Puede que seas parijati, pero creo que no de la clase a la que le irá bien en esta nueva era.

Charla peligrosa, al borde de la traición. Vikram no dijo nada.

Prem se inclinó, la voz baja, los ojos atentos. Quizá no estaba tan borracho como Vikram había creído.

—Lo que quiero decir, general Vikram, es que el emperador Chandra está cambiando a Parijatdvipa.

—Su aliento era dulce, anisado—. Él piensa que solo porque las Madres forjaron su dinastía y las ciudades-Estado recuerdan cuánto les deben, besaremos la mano de cualquier parijati endogámico que él favorezca.

Pero los saketanos no olvidamos que él no es el único vástago de las Madres con derecho a ese trono.

Y no creo que lo olvides tú tampoco, general Vikram. Hay otro camino.

El príncipe no era el primero en pensar o decir eso. Y Vikram casi estuvo tentado de mostrarse de acuerdo. Casi. Sabía que Prem tenía algo que ofrecer: algún trato que hacer, alguna información que intercambiar.

Pero Vikram no había alcanzado su estatus corriendo riesgos innecesarios.

Su último encuentro con el recién entronizado emperador Chandra, justo después de la muerte del emperador Sikander, había quedado grabado a fuego en su mente.

En aquel entonces, el nuevo emperador aún no había comenzado a destituir de sus puestos a los asesores que no eran parijati: no había ordenado la ejecución de los antiguos y venerados ministros de guerra de Dwarali o los tesoreros de Saketa, ni quemado a una dama noble de ascendencia srugani y a una princesa de Alor.

Sí había mandado a la hoguera a una famosa cortesana y a todas las mujeres que la acompañaban, pero los rumores populares sugerían que había sido la favorita del emperador Sikander, y Chandra era bien conocido por su virulento disgusto hacia la impureza en las mujeres.

A algunos miembros de la nobleza les había parecido cruel, pero lo pasaron por alto: era la clase de alboroto que se espera que ocurra cuando un nuevo emperador llega al poder.

Todavía no habían comenzado a comprender lo horriblemente profundo del compromiso que Chandra tenía con su fe.

Chandra había sido afable, acogedor. Le había sonreído a Vikram, con los labios apretados, había aceptado su reverencia con gracia.

Le había ofrecido un sorbete parijati hecho de caña de azúcar y flores trituradas que le había servido a Vikram una encantadora sirvienta.

Chandra había intercambiado cumplidos y conversación intrascendente.

Luego había dicho: “Dime cómo lo hiciste, general Vikram. Cómo ardió el consejo del templo. Cómo mataron a los niños”.

Vikram nunca olvidaría la mirada en el rostro del emperador.

A pesar de sus años de servicio, creía que las personas no eran crueles de manera innata.

A todos los que Vikram había tenido que matar, incluso a los niños del templo, los había matado por necesidad.

Pero Chandra… Chandra escuchó cada detalle insoportable con los ojos iluminados y una sonrisa en la boca.

Y todo lo que había hecho desde aquel primer encuentro había sido una confirmación de esa primera sonrisa, ese primer destello de sus dientes que había provocado un presentimiento escalofriante que recorrió la columna vertebral de Vikram.

“Un hombre como tú me será útil”, había dicho.

Esas palabras. El placer que contenían.

Vikram había comprendido que a un hombre así no había que enfadarlo.

Prem debió de notar que su expresión se había ensombrecido repentinamente, porque la sonrisa murió en su rostro.

—General Vikram —dijo—. Quizá me he pasado de la raya.

—Sí —concordó Vikram—. Me temo que así es.

Fue casi un alivio cuando un guardia joven apareció corriendo por el pasillo seguido por el comandante de la guardia personal de Vikram.

—La princesa —anunció el comandante Jeevan—. Las caracolas han sonado.

—Ha sido un placer, príncipe Prem —dijo Vikram—. Tal vez nos volvamos a encontrar pronto.

Prem asintió con la suficiente cortesía. Pero ambos sabían que Vikram acababa de rechazar cualquier propuesta que él hubiera intentado ofrecerle.

Vikram no volvería a reunirse con el príncipe saketano.

Vikram subió al Hirana lenta y laboriosamente.

Era demasiado viejo para tal esfuerzo y, lo más lamentable de todo, la lluvia se negaba a amainar.

El sirviente que estaba a su espalda sostenía una sombrilla sobre su cabeza, lastimosamente ineficaz contra el aguacero.

Cada vez que encontraban una irregularidad en la superficie del Hirana, el hombre se tambaleaba y la sombrilla se balanceaba y se inclinaba en su mano.

Al menos Jeevan estaba con él: una presencia sólida y confiable, cuidándole la espalda, arco y flecha en mano.

La única pequeña satisfacción fue que Santosh no lo había acompañado.

El hombre lo había intentado, pero claramente lo aterrorizaba el Hirana, y el licor lo había dejado demasiado inestable.

Había trepado durante dos minutos, luego desistió y volvió al bajar.

Había enviado a uno de sus propios guardias parijatis en su lugar, quien los seguía detrás de Jeevan, aferrando la cuerda guía como si su vida dependiera de ello.

Vikram no se tomó la molestia de temer al Hirana.

Cuando los mayores aún vivían, era responsabilidad del regente supervisar el consejo del templo.

Todos los meses, uno de los niños más pequeños lo guiaba hasta arriba, y él comía con los mayores.

No había pensado demasiado en ellos, esas reliquias de una era pasada, de una época en la que Ahiranya todavía era poderosa y desempeñaba su papel simbólico.

Pero, aun así, consideraba a los mayores extrañamente fascinantes.

Habían sido amistosos con él, incluso le habían mostrado los pequeños trucos de magia que aún podían realizar, cambiando sutilmente la superficie del Hirana a su voluntad.

No le tenía miedo al Hirana. Pero sí temía las consecuencias de esa noche.

Una asesina. Una princesa parijati que aullaba y lloraba, insensible por el terror. Si no hubiera sido por la intervención de una sirvienta, una cuestión de pura casualidad, la hermana del emperador estaría muerta y la sentencia de muerte de Vikram estaría sellada.

Llegó a la cima del Hirana y los guardias de la puerta se inclinaron ante él. Su comandante abrió las puertas y lo hizo pasar.

—Está aquí, mi señor —dijo el guardia en voz baja—. La Señora Pramila no se ha apartado de su lado.

Entraron en una sala del claustro, un saliente del corredor occidental del Hirana. La princesa Malini, única hermana del emperador Chandra, rey de reyes, señor del imperio de Parijatdvipa, estaba arrodillada en el suelo, vomitando en un cubo.

—Llévatela —jadeó la princesa empujando el cubo con la mano, al mismo tiempo que se aferraba precariamente a su borde, para mantener el equilibrio—. Por favor.

—¿Y dejar que estropees el suelo? —La voz de su carcelera era sombría—. No. Consérvala cerca, muchacha.

—El general Vikram ruega tu indulgencia, princesa —dijo el guardia, inclinando la cabeza una vez más y retrocediendo hacia el pasillo. Dejó a Vikram solo con las mujeres.

La princesa levantó la cabeza, el rostro gris, los ojos húmedos.

Antes de que su hermano la enviara para ser encarcelada y aislada en el Hirana —“donde ella pueda contemplar sus decisiones y el estado de su alma, como lo he contemplado yo, en un lugar acorde con su destino”, había escrito el emperador—, Vikram había visto a la princesa una vez, en una visita al mahal imperial en Parijat.

Se mostró amable y bonita, envuelta en finas sedas.

Las hijas reales no usaban coronas. En su lugar, llevaban símbolos imperiales: flores de jazmín, amarillas y blancas, entrelazadas en una diadema; caléndulas y rosas, oro y cornalina, frescas y todavía tocadas por el rocío, sujetas a las raíces y puntas de una pesada trenza.

La mujer que miraba no se parecía a la princesa de Parijat envuelta en flores.

Ni siquiera se parecía mucho a la princesa que había llegado hacía casi un mes a su mahal .

Aquella chica era callada y adusta, pero lo suficientemente saludable, alta y bien formada, con severos ojos oscuros y una mueca cautelosa en la boca.

Esta mujer, en cambio, estaba delgada y sucia, jadeaba histéricamente, la piel salpicada de lágrimas, los ojos hundidos y enrojecidos.

“Que las Madres de las llamas me protejan”, pensó Vikram. Debería haberse preocupado mucho más por el bienestar de la princesa de lo que lo había hecho, al diablo con las órdenes del emperador.