El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

ASHOK

E l sonido de la lluvia hizo volver a Ashok de regreso a su piel.

La oyó tamborilear como cien mil yemas de dedos contra el suelo.

La escuchó golpetear una canción baja y hueca contra la madera que lo rodeaba.

Respiró profunda y lentamente, una respiración que era como enrollar y desenrollar una cuerda, y supo que había estado lloviendo, y que no era solo el sonido de la lluvia lo que lo había llevado de vuelta.

Podía sentir un extraño dolor a lo largo de su columna; una pesadez en la garganta y los ojos, una amenaza de dolor que no se permitiría cumplir. Sin lágrimas. Un hombre no lloraba.

Pero Meena estaba muerta. La había sentido irse, en el sangam , ese espacio que se extendía más allá de la carne.

Había sentido el calor doloroso y sangriento de la máscara sobre su rostro, que derretía su piel hasta convertirla en savia, y el deslizamiento de su cuerpo hasta la muerte.

La responsabilidad por la pérdida de la joven recaería sobre sus hombros.

Él la había entrenado: le enseñó cómo pelear con otros niños con las uñas y los dientes, cómo manejar una navaja y lanzar un puñetazo y cortar la arteria de un hombre impecablemente.

Él le había enseñado lo que los parijatis habían extraído de la médula de Ahiranya.

Él le había inculcado el conocimiento de que la libertad de Ahiranya valía cualquier precio.

Luego le había dado un frasco de agua inmortal y la había dejado elegir. Como si una elección, cuidadosamente inculcada en tu naturaleza por el dolor, el entrenamiento y las dificultades, fuera cualquier elección.

Qué desperdicio de una buena arma.

Soltó el aire y se inclinó hacia delante, presionando la barbilla contra el cuello para aliviar la tensión que aún atenazaba su columna.

Aunque la lluvia seguía cayendo con fuerza, Ashok estaba seco.

Había elegido bien su lugar. Estaba sentado, con las piernas cruzadas, en el corazón hueco de un árbol muerto, una gran cáscara con las entrañas limpias.

A su alrededor, en un claro todavía negro y ceniciento marcado desde el incendio de los árboles podridos, no había un refugio similar.

Sus hermanos y hermanas acampaban en un bosquecillo cercano sombreado suavemente por grandes hojas lo suficientemente grandes como para tapar lo peor de la lluvia.

Eran invisibles para él desde allí, y él para ellos.

Se alegró de gozar de esa privacidad. Se presionó los ojos con los nudillos, primero el izquierdo y luego el derecho, y se puso de pie. Se inclinó para dejar el refugio del árbol, luego salió a la lluvia que caía, que era clara, dulce y sorprendentemente fría.

A pesar del fracaso de Meena, había algo poético en su muerte que lo conmovió.

Ashok era más hábil en los asuntos de guerra —el beso de una espada contra la garganta tenía más elocuencia para él que un verso—, pero había estado en las casas de placer y había escuchado a los poetas narrar historias sobre los valientes rebeldes y entretejerlas con las epopeyas de la Era de las Flores.

Alternaban entre los recitados prohibidos de los Mantras de corteza de abedul y el relato de las acciones de la banda enmascarada de Ashok, intercaladas con la fuerza legendaria de los antiguos mayores del templo.

Hablaban apasionadamente de cómo las Madres de las llamas habían borrado cruelmente el brillante futuro de Ahiranya.

Los poetas más hábiles hacían llorar de rabia y pasión a los hombres adultos.

Se preguntó qué contarían sobre la muerte de Meena: una rebelión contra el Hirana, una lucha fallida contra el cruel regente.

Tendría que dejar que la historia circulara.

Si la pena se había apoderado de él después de todo, al pensar en la historia de ella, en su tragedia, si sus ojos escocían con lágrimas por una soldado impetuosa que había elegido su muerte sin inmutarse, entonces se negaría a reconocerlo.

Que la lluvia se llevara lo que no quería.

Que lo vaciara. Él era un líder de hombres y mujeres, un hijo del templo que había superado todas las pruebas y nacido dos veces.

Y había sentido a alguien más en el sangam : una presencia como una espada, nítida, limpia y pura, que había vuelto sus frías manos hacia él y lo había visto a través del río de corazón y carne.

Planes. Siempre había planes que hacer o deshacer, y no había tiempo para llorar.

Kritika esperaba al amparo de las hojas con el extremo largo de su sari sobre su cabello. Ashok no sabía cuánto tiempo había estado observándolo.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Meena no volverá con nosotros —respondió Ashok—. Ha muerto.

Kritika respiró profundamente. Su boca, sus ojos, sus huesos parecieron contraerse.

—Actuó en forma precipitada —agregó Ashok.

—¿Cómo? —Kritika se secó inútilmente las mejillas empapadas de lágrimas con la punta de los dedos—. ¿Qué hizo?

Ashok negó con la cabeza. El sangam no se lo había mostrado todo.

No había podido verlo. Dentro de su espacio liminar, tenía la capacidad de sentir mucho: recuerdos, emoción, fragmentos de pensamientos.

Pero Meena no había nacido dos veces, solo una, gracias a las aguas inmortales que había consumido.

Y se había comunicado con él justo en el momento en el que había comenzado a caer del Hirana, cuando la muerte ya era inevitable.

Todo lo que él había sentido de ella habían sido impresiones, turbias como la luz a través de la lluvia del monzón.

Dolor, carne fundida. El destello penetrante de los ojos.

Las garras de la gravedad en su espalda.

El hilo amargo de las palabras no pronunciadas en su lengua.

“Ashok. Por favor. Perdóname”.

No le dijo a Kritika nada de eso. En cambio, hizo rotar sus hombros, con la columna llena de nudos de dolor, y respondió:

—Usó la máscara.

—Pensé que eso era solo para emergencias. ¿Crees que la descubrieron? ¿La atacaron?

—Lo sabremos pronto, espero. Dile a Ganam que recoja y traslade el campamento principal.

El movimiento rebelde contra el gobierno de Parijatdvipa era dispar, estaba formado por múltiples miembros que no obedecían todos al mismo líder.

Pero si la rebelión tenía corazón, entonces Ashok consideraba que era su pueblo.

Ellos eran los que estaban dispuestos a recurrir a la violencia, y eran lo suficientemente buenos como para actuar con rapidez, enmascarados y letales, asesinando a consejeros, comerciantes y leales al emperador, erosionando lentamente los puntales que sostenían el esqueleto del imperio.

A veces denominaba al campamento principal su propio consejo del templo medio en broma.

Pero había visto la forma en la que sus ojos se iluminaban.

Pensaba a menudo en que un cuento podía ser un yugo útil.

Y su gente era una especie de consejo lo suficientemente astuto como para ayudarlo a mantener su propia red de espías y aliados en las casas nobles de Parijatdvipa. Incluso en la casa del regente, en la que era irritantemente difícil infiltrarse.

Hablando de eso… no creía que Meena hubiera sido interrogada. Pero no podía estar seguro. Era mejor ser cauteloso para no tener que ver muertos a más de ellos.

—Deberías ir al mahal . A ver si hay algo más que saber sobre su muerte.

Kritika tragó saliva. Inclinó la cabeza. Se dio la vuelta para alejarse, pero Ashok la detuvo poniendo una mano sobre su hombro.

—Yo también estoy triste por ella —dijo.

—Lo sé. —Kritika bajó los ojos—. No dudo de ti —agregó, en un tono ascendente que denotaba respeto—. Pero…

Su voz se apagó. Ashok miró su rostro, lo demacrado que estaba, la forma en la que las arrugas parecían franjas de dolor, y dijo:

—Dime.

—Sarita está enferma —agregó Kritika a regañadientes—. Y Bhavan no… no estará mucho tiempo más en este mundo.

Dos más. Dos armas más entrenadas y perdidas.

—Entonces necesitamos encontrar las aguas inmortales con mayor urgencia, por el bien de todos. —Apretó los nudillos contra su frente—. Espera un momento, Kritika —dijo—. Déjame pensar un rato.

Costo y ganancia. Sacrificio y éxito. Había perdido a Meena, una máscara de madera sagrada, un par de ojos en el mahal del regente y un par de pies en el Hirana por casi nada. Esta misión había sido todo sacrificio y costo, sin éxito ni ganancia para equilibrar sus desastres. Él había fallado.

Pero cuando era niño le habían inculcado hasta los huesos la lealtad a una visión superior, una visión que era despiadada en sus demandas. Volvió a recurrir a esas verdades entonces. Le devolvieron la mirada, sin pestañear, con sabiduría.

Todo fracaso nace de la debilidad. Esta era la verdad.

Él sabía que no debía enviar a Meena a una tarea que requería tanto paciencia como astucia.

La joven era, había sido, demasiado imprudente y demasiado feroz, demasiado honesta.

Y ella sabía que se estaba muriendo. Sabía que todos se estaban muriendo.

La desesperación la había deshecho. Y como su líder, él debería haber sabido que eso pasaría.

Pero Ashok había deseado que tuviera éxito. Lo había deseado porque Meena le recordaba a otra chica y a otra época, a esperanzas vanas, y había pensado: “Si Meena es siquiera una sombra de lo que era ella…”.

Bajó la mano. Kritika esperó, tranquila y vigilante.

—He sido un tonto —dijo finalmente.

El sentimentalismo tenía su lugar cuando cumplía una función; cuando ayudaba a lograr el ideal de una Ahiranya libre y poderosa, como lo había sido una vez. Pero su amor, no. La ternura de la sangre no era más que debilidad.

El amor lo había descarriado a él y había desperdiciado la vida de Meena.

Incluso entonces, su naturaleza débil se estremecía ante la idea de hacer lo que era necesario.

Incluso entonces, pensó en una noche de hacía mucho tiempo, en la que se había arrodillado bajo la luz vacilante de las lámparas, con las manos sobre los hombros delgados como huesos de pájaro. Los hombros de su hermana.

Recordó haberle dicho una mentira. Espera aquí, había dicho. Y volveré a por ti. Lo prometo.

Ella lo había mirado con tanta confianza… Nunca había olvidado esa mirada.

—Hay una sirvienta en la casa del regente. Una mujer llamada Priya. Dile a nuestro nuevo integrante que me la traiga. La resistencia la necesita.

Él había tratado de salvarla una vez. La había dejado ir y había mandado vigilarla a personas leales de vez en cuando y, a través de ellas, había visto cómo había crecido sin él.

Ashok había creído que podría dejarla vivir libre de ese propósito que lo tenía constantemente aferrado por la garganta.

Pero ya no podía ser débil. La había sentido en el sangam.

Ella había estado allí cuando Meena murió.

Esta vez ella tenía fuerza y poder, más del que había poseído en todos los años en los que él la había vigilado, y en ese momento podría utilizarla.

Ojalá hubiera tomado esta decisión antes. Ojalá le hubiera dicho a Meena que se le acercara, que se aliara con ella. Pero ya no importaba. Todavía había un camino a seguir. Todavía podía torcer los dones de su hermana para que sirvieran a sus propios fines.

Ahiranya valía cualquier precio. Incluso si se trataba de ella.