El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Siete #3
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Capítulo Siete #3

—No sé a qué te refieres.

—Por favor, Priya. Sabes qué es. Yo sé que lo sabes.

—Meena dio un paso más cerca—. Tú puedes ayudarme a encontrar las aguas inmortales.

Tienes que hacerlo. Necesitamos su poder para liberarnos de un imperio que siempre nos ha odiado, de gobernantes que quieren que nos sometamos como perros obedientes por el delito de ser mejores que ellos.

—Aferró con más fuerza la máscara—. Nos han robado muchas cosas.

Nuestro idioma. A nuestros mayores. Juzgaron nuestra cultura como algo sucio, nos dejaron morir de hambre.

Necesitamos las aguas, Priya, todos las necesitamos, antes de que sea demasiado tarde.

—Me estás haciendo daño en el brazo —dijo Priya con firmeza—. Suéltame. Volvamos a trabajar y olvidemos todo esto.

—¿No me estás escuchando? —El rostro de Meena era la viva imagen de la desesperación—. Este emperador loco nos quemará a todos. Necesitamos ser fuertes. Tenemos que ser lo que una vez fuimos.

—Te estoy escuchando —respondió Priya sin emoción ninguna—. Y creo que deberíamos volver al trabajo. Creo que esperas de mí algo que no puedo darte.

Hubo un sonido, más allá del triveni ; dos sirvientas pasaron charlando. Priya se quedó rígida, en completo silencio. “No entréis aquí”, pensó. “Por la tierra y el cielo, por favor, no”.

Las mujeres pasaron. Sus voces se desvanecieron.

Meena la observaba, atenta como un animal que contempla a su presa. Pero temblaba y temblaba, como si su propio instinto la aterrorizara.

—Muéstrame el camino a las aguas inmortales —dijo Meena en un susurro—. Solo dime cómo llegar a ellas, simplemente dímelo y me iré de aquí. No causaré problemas.

—¿Qué quieres decir con “problemas”? —preguntó Priya.

Meena tragó saliva. Su mirada era inquebrantable.

—Ser fuerte significa ser despiadado —dijo Meena—. Lo sé. Y no tengo miedo de hacer lo que haya que hacer.

—Fuerte —repitió Priya. Recordaba lo que había significado “ser fuerte” cuando era una niña—.

¿Quieres decir que me torturarás? ¿Y a las otras sirvientas también?

¿Quieres decir que las matarás para obligarme a mostrarte el camino?

—Como Meena permaneció en silencio, le sonrió con una sonrisa feroz y dura—.

No tendría sentido, de todos modos. No conozco el camino.

—No me mientas —exclamó Meena, su voz de repente alta y aguda como si no pudiera controlarla. La aferró aún más fuerte, hasta hacerle daño—. Les he preguntado a los demás. Has vivido en el mahal del regente desde que eras una niña. Si alguien conoce el camino, eres tú.

—Meena —dijo Priya con el tono de voz más tranquilo que pudo adoptar, aun mientras su corazón se aceleraba—, si tuviera el poder de las aguas inmortales en la punta de mis dedos, ¿de verdad crees que estaría trabajando tan duro en la casa del regente?

¿No debería ser algo más que una sierva? Piensa con sensatez.

—Creo que eres una cobarde —dijo Meena repentinamente viperina—. Creo que estás dispuesta a lamer las botas del regente, y me das asco. No eres como él.

Priya no pudo preguntarle quién era él, no pudo decir una palabra, porque Meena la soltó y enseguida le tomó la cara. Le clavó sus uñas afiladas en la mandíbula. Para ser una mujer tan pequeña, era fuerte. Había una luz febril en sus ojos.

—Dime la verdad.

Priya sintió que la mano de Meena apretaba cada vez más. Se esforzó para que las palabras salieran de su boca.

—Meena. Detente.

Las uñas de Meena se clavaron con más fuerza.

Como no la soltaba, Priya hizo lo único sensato que podía hacer: le pisó el pie. El talón primero, todo el peso de su cuerpo después. Meena dio un chillido, aflojó la presión, y Priya le aferró la mano que aún tenía pegada a su rostro. Clavó sus propias uñas en la muñeca de Meena y se liberó.

Podría haber gritado pidiendo ayuda. Pero Meena jadeaba delante de ella, con la máscara de corona en las manos, y había llamado a Priya “hija del templo”.

El miedo dejó los pulmones de Priya sin aire.

Pensó en su hermano, en sus ojos llenos de terror a la luz amarilla del fuego.

Pensó en la oscuridad, en el agua, y sintió su voz en sus oídos.

“No llores, Pri, no llores. Solo muéstrame el camino”.

Meena levantó la máscara.

—Meena —dijo Priya bruscamente—. Meena, no lo hagas. No.

—Arriesgaré cualquier cosa. Haré cualquier cosa —replicó Meena con la voz tensa por el miedo y la desesperación, y también por algo más. Algo venenoso—. No tengo otra opción. No puedo volver sin una respuesta. Así que dímelo ya. Por favor.

—Estoy siendo sincera contigo. No lo sé.

En el silencio que siguió, Priya escuchó el rugido distante de un trueno.

—Es lo que has elegido —dijo Meena. Su labio inferior temblaba—. Espero que lo sepas.

Se colocó la máscara sobre la cara.

Priya se quedó inmóvil, helada, excepto por el lugar donde la cuenta de madera le entibiaba la muñeca.

Observó cómo la máscara de corona se adhería a la piel de Meena.

En los espacios entre las franjas de madera pudo ver que la piel de Meena se enrojecía al instante, bañada en calor.

Meena dio un grito ahogado y levantó la cabeza; en la penumbra, su rostro era como una lámpara, brillaba con una luz profunda en su interior mientras la fuerza de la madera sagrada se derramaba a través de ella.

Meena dio un paso adelante. Luego se quedó inmóvil. Un silbido de dolor escapó a través de los dientes fuertemente apretados.

—Quítatela —le rogó Priya—. Meena, hazlo ahora mismo, mientras puedas.

Pero Meena no se la quitó. Inspiró y espiró, inspiró y espiró, encorvada hacia delante por el dolor.

Cuando levantó la cabeza, la piel entre las franjas de la máscara estaba moteada, enjuta; había adquirido el brillo nacarado y reluciente de los huesos hervidos y limpios de carne, y el color contrastaba con el de la madera.

Meena había elegido su camino, había escogido arrojarse a los brazos de la muerte. Priya no haría lo mismo.

Corrió.

No llegó muy lejos; casi ni había girado su cuerpo hacia la puerta del triveni cuando sintió un golpe en la espalda que le quitó el aire de los pulmones y la arrojó al suelo. Sus manos se estrellaron contra la piedra. El dolor la atravesó. Se arrodilló, luchando por volver a ponerse de pie.

Meena la empujó hacia abajo colocándole eficazmente un codo en la columna.

Priya se tumbó de costado, pensando cómo quitarse de encima el peso de Meena o…

no. Eso no funcionaría. Por pequeña que fuera, Meena llevaba puesta ahora una máscara de madera sagrada que imprimía una fuerza nueva a sus manos mientras sujetaba a Priya contra la piedra, jadeando detrás de las franjas, con los ojos desorbitados.

Entonces, Priya aferró la garganta de Meena tratando de cortarle el aire el tiempo suficiente para poder deslizarse debajo de ella.

Se las arregló para apoyar sus manos y clavarle las uñas en los tendones del cuello, incluso mientras Meena le hundía los nudillos en los hombros, la rodilla en el estómago.

Priya rechinó los dientes, apretó aún más y…

Meena apartó las manos y las apoyó contra suelo.

—Quédate quieta —ordenó.

Priya trató de liberarse, torciéndose hacia un lado, pero Meena simplemente presionó más hasta que Priya se sintió como si sus manos estuvieran en llamas; los huesos de sus muñecas crujían dolorosamente.

—Lo sientes, ¿no? —dijo Meena. Apretó con más fuerza y Priya jadeó—. He probado las aguas inmortales. Tengo sus dones.

—Entonces no deberías necesitarme —se obligó a decir Priya.

Volvió la mejilla contra la piedra y dejó que su cuerpo se relajara.

Trató de comportarse como si hubiera renunciado a seguir luchando.

Dejó que Meena creyera que había ganado.

Después de todo, en ese momento —con sus manos aferradas a los hombros de Priya, aplastando sus huesos, y las rodillas en el estómago— ella era la vencedora.

Meena también se había dado cuenta. Y saberlo pareció ablandarla. Se inclinó más cerca, lo suficiente como para que Priya pudiera oler su piel, que desprendía un humo putrefacto y cocido.

—Solo he probado un poco —confesó Meena—. Y no de la fuente. Solo… un trago de un frasco. Nada más. Pero no es… —Su presión se contrajo en un espasmo. Su piel ardía—. No es suficiente.

Priya trató nuevamente de liberarse, pero no pudo.

—Dime el camino —dijo pesadamente Meena. No tengo mucho tiempo.

—La máscara te está matando, Meena.

—Me está dando la fuerza que necesito. —Sus palabras mostraban confianza.

Pero sus ojos estaban rojos y casi no parpadeaban.

Sabía en lo que se estaba convirtiendo—.

Las aguas inmortales me están matando con su ansia.

La máscara me está matando con su poder.

Y… y no me importa. —Su voz sonaba entrecortada—.

Pero necesito respuestas. Por el bien de Ahiranya y de los demás que, como yo, quieren salvarlo. Necesito saber el camino.

—No sé el camino, idiota. Eres una niña llorona.

Me llamaste hija del templo. Sabes lo que soy.

¿Nunca te preguntaste por mis motivos para venir aquí, como yo debería haberme preguntado sobre los tuyos?

—Priya estiró el cuello y levantó leve y dolorosamente la cabeza—.

Casi no puedo recordar nada. Oh, pasé por las aguas, sí, nací una vez, pero cuando vi quemar a mis hermanos y a los mayores, lo perdí todo.

Soy mercancía dañada. Mi mente… —Priya se interrumpió, temerosa de hacer algo ridículo como reírse de la mujer moribunda que tenía encima y que parecía capaz de romperle las muñecas—.

No puedo ayudarte. He estado tratando de recordar, vine aquí y pensé en intentarlo.

Pero ahora tal vez nunca lo haga, por tu temeridad.

Las únicas personas que podían mostrarte el camino están muertas.

—No. —La voz de Meena tembló como una llama. Sus ojos eran salvajes—. ¡No, no!

La fuerza con que sujetaba a Priya se aflojó un poco. Estaba distraída. Priya se arriesgó.