El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Siete #2
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Capítulo Siete #2

—¿Por qué iba a saber eso? —preguntó Sima sin rodeos.

Tenía razón, por supuesto. El chico no había tenido a nadie antes de que Priya lo llevara al mahal . Si sus familiares habían sido granjeros, probablemente habían muerto de hambre cuando sus cultivos se pudrieron, dejándolo solo. Casi seguro que llegó a Hiranaprastha sin nadie que lo cuidara.

—Además —prosiguió Sima—, la mayoría de nosotros vemos niños con podredumbre y miramos hacia otro lado. No tiene sentido llorar por algo que no puedes arreglar.

—¿Incluso un niño enfermo?

—Especialmente ellos —murmuró Sima, alisándose las mangas de la blusa—. Hay tantos que nunca podrías parar. Priya, eres muy buena al preocuparte por él y al hacer todas las pequeñas cosas que haces en la ciudad, pero se te romperá el corazón por ese chico cuando muera. Y morirá.

—Mi corazón está bien —dijo Priya un tanto rígida—. No tienes que preocuparte por mí.

Después de un silencio incómodo, Sima volvió a hablar con más suavidad.

—Dale unos días. Dejará de preocuparse. Le diré a Gauri que no te sientes bien.

Priya abrió los dedos y miró fijamente la cuenta.

Unos pocos días. Eso tenía sentido. Pero Rukh le había pedido que no escalara el Hirana durante una semana.

Si estaba preocupado por su seguridad, ¿por qué establecer un período de tiempo?

¿Por qué no le había pedido que dejara el trabajo por completo?

Algo no iba bien. Lo supo cuando Rukh le pidió el favor. Pero la certeza se había vuelto más fuerte entonces.

“Necesito hablar con Bhumika”, pensó. El temor se enroscó en su vientre. “Necesito hacerlo ahora”.

—¿Cuánto falta para el atardecer? —preguntó.

—No mucho.

Ojalá hubiera sido honesto con ella. No sabía que él era capaz de urdir artimañas.

—Simplemente tendré que dejar que se preocupe —dijo Priya. Levantó el hilo y lo pasó por encima de su propia muñeca—. Se lo devolveré por la mañana.

Se abrió paso rápidamente por los pasillos de los sirvientes, caminos laberínticos creados para que pudieran trasladarse por el mahal sin cruzarse con la nobleza. Finalmente, salió al jardín central y comenzó a caminar hacia el palacio de las rosas.

La Señora Bhumika era una mujer que valoraba la privacidad y la belleza, y sus aposentos lo reflejaban.

En lugar de vivir en la gran opulencia del mahal , había creado su hogar en el palacio de las rosas: una mansión dentro del jardín de rosales que se encontraba en el corazón de los terrenos.

Sus puertas estaban rodeadas de macizos de flores: haces de blanco y burdeos, rosa y rojo glorioso.

Por lo general, las puertas del palacio de las rosas estaban abiertas de par en par; la suntuosa alfombra de la sala estaba atestada de mujeres visitantes de alta alcurnia que se sentaban bajo un techo decorado con una profusión de esmeraldas incrustadas, talladas en forma de hojas.

Allí escuchaban música y bebían vino, reían y tejían el tipo de intrigas frívolas para las que Priya tenía poca paciencia.

Pero aquel día las puertas estaban cerradas, el aire dolorosamente tranquilo y solo había dos personas en la entrada.

La sirvienta mayor de rostro agrio, Khalida, estaba hablando con otra mujer.

Esta llevaba un maletín a su lado. Estaba abierto por arriba, e incluso desde la distancia Priya podía ver su contenido. Frascos. Pinzas. Era una doctora.

Priya se detuvo en seco cuando ambas mujeres la vieron.

—Niña —dijo Khalida—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—He venido a limpiar los aposentos de mi ama, señora —dijo Priya, inclinando la cabeza con respeto y voz recatada.

—Hoy no —dijo Khalida—. Nuestra señora no se encuentra bien. No tiene tiempo para ti. Vete.

En otro momento, Priya habría empujado, sobornado o engatusado a Khalida para que le permitiera entrar.

Pero faltaba poco para el anochecer y la doctora todavía estaba de pie, mirando entre ellas.

Priya sabía que Khalida no rompería las reglas frente a una desconocida.

Así que, en cambio, inclinó la cabeza de nuevo.

—Señora.

Se dio la vuelta y se alejó. Mientras lo hacía, escuchó la voz de la doctora elevarse en una pregunta y a Khalida responder.

—… uno de los vagabundos de nuestra señora. Mendigos descalzos, todos ellos. No puede soportar ver pasar hambre a un huérfano. Sí que les gusta lloriquear por las sobras.

“Espero que una rata se coma tu pelo, Khalida”, pensó Priya con amargura.

Un vagabundo. No era una descripción falsa, en realidad. Pero eso solo hizo que las palabras ardieran aún más.

Fue una noche de milagros. Priya llegó a la base del Hirana con tiempo de sobra y Gauri no dijo nada, lo que significaba que la princesa no le había mencionado el error de Priya a la Señora Pramila.

Afortunadamente, no había llovido durante horas, por lo que la superficie del Hirana se había secado al sol del día.

Y, pese al estúpido incidente del día anterior, Meena apareció al anochecer, trotando detrás de las demás con un paquete de leña atado a la espalda.

—Déjame que te lo lleve —ofreció Priya. Pero Meena negó con la cabeza.

—Oh, no, puedo hacerlo. Solo… ¿puedes llevar la lámpara?

Priya estuvo de acuerdo y comenzaron su ascenso.

La luna estaba llena, gorda y reluciente, su luz plateada era casi tan fuerte como el resplandor de una lámpara.

En la cima del Hirana, los guardias revisaron si tenían armas y les permitieron entrar, y Pramila las saludó con sus instrucciones heladas habituales antes de que se fueran a trabajar.

Priya estaba limpiando las cenizas de fuego del suelo cuando Gauri la sujetó del brazo.

—Ven —le dijo con brusquedad—. Meena ha vuelto a desaparecer. Encuéntrala y tráemela. Puedo entender que ayer estuviera asustada. Pero dos veces seguidas es demasiado.

—Señora —dijo Priya con deferencia. Dejó su escoba a un lado y se alejó.

—Dile que si vuelve a hacerlo se quedará sin trabajo. ¿Me oyes, Priya? ¡Díselo!

Priya se dirigió directamente al triveni , pero no había señales de Meena en el pedestal ni en ningún otro lugar.

El aire era claro y frío, y Priya estaba sola con sus propios recuerdos, las líneas dibujadas en el suelo y la certeza de que la prisionera yacía en el otro extremo del triveni , un pasillo más allá.

Había tratado de no pensar en la princesa. Pero no pudo evitarlo. Esos ojos. Se los imaginó y algo sin nombre la inundó. Por un momento, se sintió como si estuviera mirando un espejo oscuro. Su pasado se reflejó en ella y la transformó en algo nuevo.

Priya sabía lo que todos sabían sobre la princesa, nada más. El emperador Chandra había ordenado a su hermana subir a la pira, junto a sus doncellas, para sacrificarse como lo habían hecho las Madres de las llamas hacía mucho tiempo. Pero la princesa había rechazado el honor. Y ahora estaba allí.

“Casi te quemas también”, pensó Priya mientras miraba el corredor. “Como yo”.

Esa voz. Su sonido ronco y áspero. Esa boca, formando palabras en la penumbra.

“¿Eres real?”

“Deja de comportarte como una tonta”, se dijo Priya.

Pero se encontró cruzando el triveni de nuevo, sin prestar atención al aterciopelado cielo nocturno que la rodeaba o a las figuras de yaksas talladas en los grandes pilares que sostenían el techo sobre ella.

Se movió como si el corredor oscuro que tenía enfrente y la pared de celosía que se extendía a lo largo fuesen una luz y ella, una polilla particularmente estúpida.

—Priya —la llamó una voz suave—. Detente.

La voz se oía a sus espaldas. Priya se volvió.

Meena estaba detrás de ella. En uno de sus brazos, flexionado, transportaba algo que parecía un pequeño montón de leña. Su rostro estaba extrañamente pálido.

—Necesito tu ayuda —dijo Meena.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Priya, alarmada—. ¿Te has hecho daño?

—No.

—¿Alguien se ha herido? —Cuando Meena negó con la cabeza, Priya dijo—: Entonces, ¿qué ocurre? —Meena permaneció en silencio un segundo de más, así que Priya siguió hablando—. Volvamos a las cocinas. Le pediré a Sima que te prepare una taza de té. Algo para calmar tus nervios…

—Sé lo que eres —dijo Meena, con un ligero temblor en la voz.

Priya ahogó sus palabras abruptamente.

—Lo supe en el momento en el que salvaste a Sima. Cuando te moviste, lo hiciste como si hubieras caminado sobre el Hirana antes, como si el suelo te conociera. —Meena tragó saliva. Luego dijo—: Eres una hija del templo. O lo fuiste alguna vez.

—Estás equivocada —negó Priya.

—¿Cuántas veces pasaste por las aguas inmortales antes del fin del consejo? ¿Llegaste a nacer una vez? ¿O dos?

—Meena —dijo Priya suavemente—. Estás confundida. Ve a las cocinas, ahora.

—No lo estoy —insistió Meena con firmeza—.

Estoy muy segura. Sé que eres una hija del templo.

Te criaron aquí. Fuiste educada para gobernar nuestra fe.

Y luego el regente los quemó a todos, ¿no?

A ti y a tus mayores. Pero de alguna manera sobreviviste.

Oculta a plena vista. No eres la primera que conozco. Él me dijo qué debía buscar. Lo sé.

Meena cruzó el triveni. Aferró el brazo de Priya con fuerza, como una garra de hierro.

—Mira —dijo con voz firme, feroz.

Entonces Priya miró. En la mano izquierda de Meena, medio oculta bajo los pliegues de su sari, vio lo que antes había pensado que era leña.

Era una máscara. Meena debía de haberla escondido en el bulto que cargaba siempre a la espalda.

Los guardias no la habían visto cuando revisaban a las sirvientas en busca de armas.

Después de todo, no era un arma. No era más que madera, de una oscuridad profunda, tallada en curvas concéntricas a partir de un hueco central.

Pero era hermosa y familiar, y cada centímetro estaba torneado de las ramas de los árboles sagrados.

Al tenerla cerca Priya podía sentir su calor, intenso como el latido de un corazón ensangrentado.

Era una máscara de corona.

La cuenta de madera que llevaba atada en su muñeca no tenía ni una sombra de su poder.

Priya se estremeció a su pesar.

—La reconoces —dijo Meena; su voz temblorosa era triunfal.