Capítulo Siete
PRIYA
E ra temprano en la mañana cuando las sirvientas bajaron del Hirana y regresaron al mahal . Billu tenía un plato de comida caliente listo para ellas, y se repartieron el roti y los pepinillos. Gauri se excusó rápidamente, alegando que necesitaba descansar.
—Deberíamos descansar también —dijo Sima, frotando su roti sobre el aceite fragante y la salmuera que habían sobrado. Priya abrió la boca y Sima levantó un dedo para detenerla—. No hables hasta que hayas terminado de comer, Pri, por favor.
Priya puso los ojos en blanco y tragó su bocado de comida con un trago de agua, luego dijo:
—Todavía no estoy cansada.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a la huerta —dijo—. ¡Billu! —llamó, y el cocinero se apartó del enorme montón de cebollas que estaba cortando—. Me voy al huerto, así que si quieres que les lleve algo a los niños…
—Deberías irte a dormir —la regañó Billu, pero le dio algunos parathas para que los llevara con ella y una gran botella de té; el vapor transportaba el cálido perfume del cardamomo—. Diles que queda un poco de cebolla del sabzi, si se apresuran —dijo—. Pero no se la llevarás. Demasiado lío.
A las pocas personas con podredumbre que vivían en la casa se les había asignado la tarea de limpiar los acres arruinados del huerto del regente, junto a los sirvientes que por lo general se encargaban del cuidado de los árboles.
Después de todo, los podridos ya estaban marcados: no podían volver a infectarse.
O esa era la lógica utilizada, al menos.
Durante días habían trabajado desde el amanecer cortando las ramas y amontonándolas en una hoguera.
Priya siguió el humo y los encontró limpiando un árbol muy viejo.
Era enorme, de tronco grueso, con raíces profundas y extendidas que eran parcialmente visibles entre la tierra que estaban quitando.
Las raíces habían sido cortadas para que el interior comenzara a secarse y se prendiera fuego más fácilmente.
Los trabajadores llevaban un paño envuelto alrededor de la boca para evitar respirar lo peor del humo, pero Priya no estaba ni la mitad de preparada.
Se tapó la boca con el pallu mientras mantenía en equilibrio la comida y la botella contra la cadera, respiró hondo y trató de no pensar en todas las cosas en las que el olor a humo siempre la hacía pensar.
Los brazos de su hermano alrededor de ella. Sangre. El Hirana.
La princesa, mirándola con los ojos enrojecidos, oscuros como la brea.
“¿Eres real?”
Se obligó a retroceder y miró a través de la neblina hasta que vio una figura pequeña y conocida que se tambaleaba bajo un enorme montón de leña.
—¡Rukh! —llamó Priya.
Él miró por detrás de la madera y sus ojos se entrecerraron al sonreír cuando la vio. Entusiasmado, arrojó la leña a la hoguera.
—He traído comida para todos —gritó ella, y los otros hombres emitieron sonidos de alivio mientras bajaban sus machetes.
Había tinajas de agua salada colocadas cerca, y todos los trabajadores se lavaron manos antes de comenzar a comer, para limpiar su piel. La sal, pensaban algunos, ayudaba a mantener a raya la podredumbre.
—¿Cómo va la vida como sirviente? —le preguntó Priya a Rukh, después de haber repartido la comida y pasado la botella de té al hombre más cercano, quien murmuró su agradecimiento.
—La comida es excelente —dijo Rukh, limpiándose las manos mojadas en la túnica. Sus ojos estaban fijos en los parathas . Tomó uno rápidamente.
Priya quería interrogarlo un poco más. Solo lo había visto de vez en cuando desde que lo dejara al cuidado de Khalida, generalmente en los momentos en los que él iba a comer a las cocinas temprano en la mañana, junto con el resto de los sirvientes.
Una o dos veces, el chico se había sentado con ella después de la cena y había dejado que le contara cuentos de los yaksas .
Eso era todo. Pero estaba comiendo con tal alegría que no quiso interrumpirlo, así que suspiró y dijo:
—Dame la mano. —Lo aferró de la muñeca—. Puedes comer con la otra.
—Estoy mucho mejor —dijo masticando un bocado de comida—. No duele tanto.
—No hables con la boca llena.
Se metió el resto del paratha en la boca, con los carrillos llenos, y asintió rápidamente. Ella inclinó la cabeza para ocultar su sonrisa e inspeccionó sus dedos. La cuenta colgaba ceñida a su muñeca, atada con un hilo fuerte.
Sintió una oleada de alivio. Su podredumbre no estaba mejor, pero tampoco peor: la piel todavía se arrugaba alrededor de lo que crecía debajo de ella, pero estaba intacta. La cuenta de madera sagrada estaba obrando su magia.
—Cuando la cuenta se enfríe, ven a verme de inmediato —explicó—. Antes de que empeore, Rukh. No después.
—Está bien —dijo suavemente—. Lo prometo —agregó, bajo su mirada severa.
—Quizá debas unirte a ellos —dijo, señalando a los otros niños—. Bueno, tengo que irme a la cama. —Resistió el impulso de alborotarle el pelo rapado. No le gustaría que se lo hiciera delante de los demás.
—En un segundo —dijo. Se balanceó un poco sobre sus talones, con la vista baja—. Priya. ¿Puedes…? —dudó—. ¿Me harías otro favor?
—¿Otro favor? —preguntó ella, incrédula—. ¿Quieres decir, además de conseguirte un trabajo? Eres bastante descarado. —Hizo una pausa—. Bueno, depende de lo que sea.
—Por favor. No subas al Hirana esta semana.
Eso no era lo que ella esperaba.
—¿En toda esta semana?
—Toda la semana —confirmó él. Tragó saliva—. Por favor.
Era una petición tan absurda que Priya solo pudo reírse. Cuando levantó la cabeza, arqueó una ceja.
—¿Y cómo conservaré mi puesto si no trabajo, eh? ¿Crees que el regente mantiene a las mujeres que no cumplen con su deber?
—Di que estás enferma. No te harán escalar si estás enferma, y dijiste que su esposa es amable, que no permitiría que te despidieran —insistió Rukh, decidido—. Por favor, Priya. Todo el mundo dice que ese lugar está embrujado. Y después de lo que pasó contigo y Sima…
—Sima fue la que se cayó —señaló Priya—. Yo no. Y no le estás pidiendo a ella que finja una enfermedad, ¿verdad?
—Ella no es tú —dijo Rukh—. Tú eres la que gasta su dinero en madera sagrada para los niños con podredumbre.
Nadie lo hace. Tú eres quien me dio esta oportunidad.
No ella, ni nadie más. —Su expresión era solemne, llena de una seriedad que era a la vez infantil y, de alguna manera, demasiado madura para que la cara pequeña y afilada la pudiera contener—.
Priya, por favor. Solo por una semana. ¿Hasta que cesen las lluvias?
—Tendrás un lugar aquí sin importar lo que me pase a mí —dijo ella.
Tal vez necesitaba oír eso, necesitaba estar segura—.
Pero no tengo pensado lastimarme. Si tengo la oportunidad, estaré cerca para ayudarte, ¿entiendes?
Hay cosas que no podemos controlar, Rukh.
Ambos sabemos cómo es el mundo. Mientras pueda ayudarte, lo haré. Pero no puedo hacerlo si no trabajo.
—Igual no deberías ir —dijo Rukh obstinado. Y cuando miró hacia abajo, Priya reconoció lo que el chico estaba tratando de ocultar.
Culpa.
—¿Hay alguna otra razón por la que no quieres que escale? —preguntó con cuidado.
Rukh no dijo nada. Luego, torpemente, murmuró:
—Porque me importas.
—Eso es muy amable —dijo—. ¿Por qué más?
—Te he dicho la verdad. —Parecía herido, pero Priya no estaba convencida.
—No confundas mi bondad con ser una tonta —dijo Priya tranquilamente—. No eres bueno para ocultar tus sentimientos.
—No es seguro —repitió él.
—Vamos —lo persuadió Priya—. ¿Qué has oído? ¿Las criadas han estado inventando cuentos de espíritus peligrosos y malignos? Seguramente ya te has dado cuenta de que es mejor no escucharlos.
Rukh negó con la cabeza.
—No importa. Voy a seguir comiendo.
—Rukh.
Priya estaba bastante segura de que no eran historias de fantasmas lo que lo tenía mordiéndose el labio y tirando del hilo de su muñeca. Pero no tanto de cómo sacarle la verdad.
—Deberías escucharme —dijo frustrado. Dio un paso atrás. Otro—. Deberías confiar en mí. Yo confié en ti.
—Así no es cómo funciona la confianza —respondió Priya, desconcertada.
Cuando trató de seguirlo, él comenzó a correr, abriéndose camino entre los árboles. Uno de los hombres le gritó, advirtiéndole que regresara o recibiría una paliza más tarde. Pero no volvió a aparecer.
Finalmente, ella dejó de esperar a que él regresara y se fue a su habitación; se arrojó sobre su estera, exasperada y exhausta, mirando al techo hasta que, a regañadientes, se quedó dormida.
Cuando se despertó era de noche, el aire aterciopelado tenía una calidez moribunda y Sima estaba sentada con las piernas cruzadas en la colchoneta junto a la suya, desnuda, con los hombros todavía húmedos por el baño. Estaba cosiendo la blusa de su sari , cuya manga estaba rasgada por la mitad.
—Qué desastre —murmuró Priya.
—Se me rompió cuando me caí —dijo Sima—. ¿Por qué no descansaste antes?
—Estaba buscando a Rukh.
Sima soltó un débil resoplido.
—Por supuesto.
—¿Qué significa eso?
—Nada. Él también te estaba buscando a ti —dijo jovialmente—. ¿Hiciste algo para enfadarlo?
—¿Por qué lo dices?
—Parece que no quiere que te ganes la vida. Me pidió que te diera esto. —Sima rebuscó en su colchoneta; extrajo algo en su puño—. Dijo que vendrá a buscarlo si se lo devuelves después del atardecer.
—¿Estuvo aquí? ¿Mientras yo lo estaba esperando en el huerto? —Priya dejó escapar un gemido—. Dame eso.
Sima dejó caer la cuenta de madera sagrada, todavía ensartada en el hilo, en la palma de Priya.
—Niño tonto —maldijo Priya—. Sabe que necesita usarla constantemente. —Apretó la cuenta con más fuerza, el calor irradió contra su piel.
—Mi caída debe de haberlo asustado —dijo Sima.
—Lo hizo. —Priya suspiró frustrada—. Pero le dije que puedo cuidarme sola. Te salvé, al fin y al cabo.
Sima negó con la cabeza. Se puso la blusa del sari sobre los hombros húmedos y se apartó el pelo del cuello.
—Eso no evitará que se preocupe —dijo—. Está tratando de protegerte.
—Es un niño —protestó Priya—. ¿No sabe que es el trabajo de sus mayores protegerlo a él, no al revés?