Capítulo Seis #2
Sima perdió sujeción. Su cuerpo se sacudió y Priya se apresuró a sostenerla, con el corazón acelerado. La mano de Sima se apretó contra la piedra un momento después.
—¡Priya! —Su voz estaba aflautada por el terror.
—Toma mi mano —dijo Priya—. Ven.
Después de un momento largo y tenso, Sima lo hizo.
Aferró la mano de Priya con un apretón doloroso y desgarrador.
Ahogó un sollozo, luego un grito, y se arrastró arriba, arriba.
Sus uñas se clavaron en la piel de Priya.
Ella apretó los dientes, enganchó el pie contra la roca y rezó para que ambas sobrevivieran.
Finalmente, Sima se liberó del hueco. Jadeando, ambas se pusieron de pie. Por encima de ellas, las otras sirvientas estaban en silencio, temerosas, tal vez, de que un solo ruido las hiciera caer.
Inspiración profunda. Espiración.
—Agárrate de mis brazos —dijo Priya. Mientras sostenía a Sima, el pánico finalmente la había alcanzado. Podía sentirlo cantar en su sangre, en el escozor caliente de las marcas de las uñas en sus brazos—. Te guiaré de regreso a la cuerda.
Llevó tiempo. Pero finalmente volvieron a subir con las demás y aferraron la cuerda guía. Sima se derrumbó de rodillas, llorando; otra sirvienta le murmuró algo y le puso una mano en la cabeza.
Priya sintió un fuerte golpe en el hombro. Se volvió para ver a Gauri. El rostro de la vieja mujer estaba blanco. Sus ojos no pestañeaban.
—Tonta —le dijo ella—. Las dos. Deja de lloriquear, Sima. Llegaremos tarde.
Sima hipó algo incomprensible en respuesta, pero se puso de pie. Las sirvientas comenzaron a moverse una vez más. Gauri miró a Priya por última vez, aterrorizada, furiosa y demasiado pensativa, y luego se dio la vuelta.
—Puedo seguir llevando la lámpara, si quieres —dijo Meena. Estaba de pie detrás de Priya, temblando como una hoja.
Priya abrió y cerró las manos. Le dolía todo el cuerpo.
—No es necesario —respondió—. Gracias por cargarla, Meena. Pero ya estoy bien. Dámela, deja que yo la lleve.
Dos guardias esperaban en las puertas para revisar cuidadosamente a cada una de las mujeres en busca de armas.
Examinaron el bastón de Gauri, como siempre hacían, antes de devolvérselo con un gesto de respeto.
Ambos eran soldados que habían viajado con la princesa desde Parijat, y miraban al resto de las sirvientas con frialdad, desdeñosamente.
Priya les devolvió la mirada. Extrañaba su pequeño cuchillo.
—Está esperando —dijo uno. Luego agregó—: He oído que una chica se cayó. Lamento su pérdida.
La mandíbula de Gauri se tensó, solo un poco.
—Tuvimos suerte de no perderla, gracias a los espíritus —dijo—. Envié a una de las mías en busca de ayuda. ¿No te pidió que vinieras?
Su expresión era distante. Se encogió de hombros.
—Nos ordenaron que no nos moviéramos. Pero todo ha salido bien, supongo, si la chica está viva.
—Todo ha salido bien —convino Gauri. Pero no parecía contenta.
Priya no pudo evitar pensar que si uno de los suyos, como Mithunan, hubiera estado protegiendo a la princesa, o incluso el propio séquito personal de hombres de ojos fríos del regente, habrían ido a salvar a Sima. O al menos lo habrían intentado.
Los guardias abrieron las puertas. La sirvienta que se había adelantado las esperaba con el rostro surcado por las lágrimas. Cuando vio a Sima, su expresión se iluminó, pero el enérgico sonido de unos pasos que se acercaban la ensombreció una vez más y bajó la cabeza.
La asistente de la princesa apareció en el vestíbulo de entrada.
La Señora Pramila era una mujer de la nobleza parijati, alta y severa.
Iba siempre vestida con un sari bordado con flores de jazmín blanco, como señal de su sangre noble, y un chal grueso alrededor de la cabeza y los hombros.
Rodeando su cintura llevaba un cinturón, y colgando de él un juego de llaves y una funda de cuchillo.
A pesar de toda su alcurnia y la finura de su sari, no era más que una carcelera, y todos los sirvientes, incluida Priya, ya la odiaban y temían.
—Solo faltan tres horas para el amanecer —dijo Pramila con frialdad.
—La lluvia nos retrasó, mi señora —respondió Gauri—. El monzón es… quiero decir, es difícil escalar con este clima. Casi perdimos a una muchacha.
Pramila se encogió de hombros como diciendo: “Eso no es asunto mío”.
—Está durmiendo en la habitación norte, como siempre —dijo—. Aseguraros de marcharos cuando se haga de día. Si el trabajo no está terminado para entonces, allá vosotras.
—Sí, mi señora.
—La próxima vez que lleguéis tarde —dijo Pramila— tendré que informar al regente de mi disgusto.
Gauri inclinó la cabeza con deferencia. Priya y las demás hicieron lo mismo. Tan pronto como Pramila se fue y desapareció en su estudio, Gauri se volvió hacia ellas.
—Comenzaremos en las cocinas —dijo—. Rápido, ya. Y si os retrasáis, prometo que os golpearé a todas y cada una de vosotras hasta dejaros llenas de moratones.
Priya encendió el fuego de la cocina y lo avivó hasta tener llamas constantes. Cortó cebollas y peló verduras, y las dejó a un lado para cocinarlas. Cuando terminó, se dirigió a uno de los pasillos del templo que los guardias solían utilizar y empezó a limpiar las huellas de barro del suelo.
—Priya. —Levantó la cabeza, sobresaltada. Sima la miraba con los brazos cruzados frente a ella—. Yo… yo quería darte las gracias.
—No es necesario.
Sima asintió. Su cara estaba demacrada. En la inclinación de su cabeza, en la curva de su boca, se adivinaba una pregunta.
—Nunca te había visto así antes —dijo Sima.
—¿Así cómo?
—Valiente. Supongo.
—Oye —dijo Priya—, soy muy valiente. ¿Quién fue la que atrapó la lagartija que se había metido en nuestra habitación, mientras todas las otras chicas gritaban? Yo.
—Eso que dijiste… —respondió Sima—. Cuando estabas… cuando me salvaste. Yo… —vaciló—. ¿Fuiste…?
Priya esperó. Trató de imaginar qué le preguntaría Sima: “¿Fuiste peregrina alguna vez?” Eso estaría bien.
Mentiría convincentemente si eso era lo que Sima le preguntaba.
Pero si fuera “¿Fuiste una niña del templo?”, ¿cómo podía mentir, cuando incluso el hecho de estar en el Hirana le hacía sentir su pasado tan cerca, su piel demasiado tensa para retenerla?
Ah, espíritus, Priya esperaba que Sima no preguntara.
Finalmente, Sima dijo:
—Gauri quiere que encuentres a Meena.
—¿Qué?
—Meena ha desaparecido —le explicó—. Debe de haberse escondido, espero. Creo que estaba muy asustada.
—Lo estaba —admitió Priya. Suspirando, dejó caer su trapo en el cubo—. Iré a buscarla.
—Terminaré tu trabajo —dijo Sima—. Y, Pri, si necesitas algo…
—¿Sí?
Sima se arrodilló y recogió el paño empapado.
—Dímelo —completó—. Te lo debo, eso es todo.
Priya se esforzó por encontrar a Meena. De verdad.
Pero si la muchacha estaba llorando en un rincón en algún lugar, probablemente aparecería a su debido tiempo.
Después de echar un vistazo a unas cuantas habitaciones pequeñas del claustro, utilizadas alguna vez para albergar las efigies de los espíritus, pero ya vacías y acumulando polvo, Priya descartó la tarea y aprovechó la oportunidad para dirigirse adonde siempre había querido ir.
Más allá de las habitaciones del claustro, el estudio de la Señora Pramila, la cocina, la letrina y el baño, no lejos de las habitaciones que una vez pertenecieran a los mayores del antiguo templo, se encontraba el triveni .
El triveni era una habitación abierta al exterior, con enormes pilares tallados con figuras de yaksas que sostenían el techo con sus grandes brazos.
Se podía acceder a tres ramas del templo a través del triveni : la habitación norte prohibida, donde dormía la princesa, y las del oeste y el sur.
Entre ellas había franjas de cielo, la luz del amanecer entraba sin obstáculos desde el este.
Si una estaba desprevenida, podría salir directamente a la parte exterior del Hirana y a todos sus peligros.
Priya no iba desprevenida. Cruzó la superficie del triveni , cubierta de profundos surcos que parecían agua en una orilla.
Llegó al pedestal del centro de la habitación.
Sobre este se encontraba el techo, un círculo tallado en el centro como una ventana al cielo.
La superficie del pedestal estaba mojada, su pálida piedra brillante y lavada por la lluvia.
Como había hecho tantas veces antes, murmuró una oración y apoyó las manos contra el pedestal. Bajó la cabeza.
Recordó que una vez había habido gruesos cojines en el suelo para que los mayores del templo se sentaran cómodamente.
Y candelabros colgados del techo, cargados de velas.
Recordó haber corrido entre los cojines, una mano que la apartaba del borde y otra que la golpeaba cerca de la oreja. “Compórtate o te caerás, niña tonta”.
Recordó el roce de la seda contra el suelo; una máscara de corona de madera barnizada, que brillaba a la luz. La voz de su hermano. Las risas de sus otros hermanos y hermanas, que se mezclaban. Eso y nada más.
Un ruido interrumpió sus reflexiones: un estruendo muy fuerte, que astilló el aire. Levantó bruscamente la cabeza.
—¿Meena?
El ruido procedía del pasillo que tenía delante. La habitación norte. Si la muy tonta había ido hacia la habitación de la prisionera…