El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

PRIYA

E ra solo su cuarta semana escalando el Hirana cuando se enfrentaron al desastre.

Priya estaba al final de la fila de sirvientas, a la mitad de la subida, cuando escuchó un grito que atravesó la oscuridad, seguido por el sonido de una lámpara al golpear el suelo.

Se mantuvo inmóvil. Por encima de ella, la línea serpenteante de lámparas vaciló y se quedó quieta; sus portadoras estaban petrificadas.

Priya inspiró lentamente. El aire olía a lluvia, a sangre o a algo punzante como el hierro que, de algún modo, se parecía a ambas.

Afianzó las plantas de los pies contra la piedra húmeda para mantenerse firme.

En su mano izquierda, la cuerda guía, resbaladiza por el agua, le aguijoneó la palma ya lastimada.

La cuerda mojada era una agonía para la piel en carne viva, pero Priya se había aferrado con más fuerza cuando la lluvia comenzó a caer a mitad de su ascenso, empapando la cuerda junto con su ropa, su piel y sus provisiones.

Ya no llovía, pero el agua había dejado la piedra del Hirana resbaladiza y peligrosamente suave.

No era de extrañar que alguien se hubiera caído.

Detrás de ella, Meena susurró:

—¿Qué ha pasado?

Meena era la sirvienta más joven entre las que se habían ofrecido como voluntarias para hacer esta tarea, y la mayoría de las veces era un manojo de nervios.

El grito la había estremecido. Priya podía escucharla respirar, con un ritmo superficial y aterrado que hizo que le doliesen los pulmones por compasión hacia ella.

—No lo sé —le mintió. Trató de parecer tranquila por el bien de Meena—. ¿Sigues aferrándote fuerte?

—Sí.

—Bien. Voy a ver.

—Pero…

—Toma la lámpara. —Le entregó la luz que compartían; Meena la sujetó con dedos temblorosos—. No tardaré mucho.

Al igual que una vez supo cómo separar la piel del hueso, Priya sabía cómo escalar el Hirana.

Después de todo, eso era lo que habían hecho los niños del templo: conducir hasta la superficie del Hirana a los peregrinos que buscaban las bendiciones de los espíritus yaksas ; los guiaban hasta los mayores del templo, que eran los elegidos de los yaksas .

En aquel entonces no había una cuerda. La peregrinación, después de todo, era un viaje tanto espiritual como físico.

Tenía un precio. Algunos vacilaban o fracasaban.

Algunos caían. Los yaksas exigían fuerza de sus fieles, tal como la habían exigido del consejo de su templo.

Solo los dignos podían ascender.

Priya había sido digna una vez.

Sin la lámpara en la mano, era más fácil moverse deprisa.

Sostuvo la cuerda más flojamente y se lanzó hacia el Hirana lo más rápido que pudo.

Ella y Meena se habían quedado detrás de las otras sirvientas; el nerviosismo de Meena las había retrasado a ambas, pero Priya pronto llegó al punto donde estaban las demás, acurrucadas tan cerca que sus pies casi se tocaban.

La criada más cercana a Priya se inclinaba precariamente; una mano retorcía la cuerda guía, la otra sostenía su lámpara lo más lejos posible en la oscuridad.

Bajo su luz, Priya pudo ver a Sima.

Había quedado atrapada a la izquierda de la cuerda guía, un poco más abajo de la superficie del Hirana: debió de tropezar y resbalar, su cuerpo debió de deslizarse traicioneramente por la roca húmeda.

Sus brazos estaban extendidos, cada músculo definido.

Tenía los dedos enganchados en una de las fisuras de la piedra, los nudillos blancos por el esfuerzo de sostener su cuerpo. El resto de ella era invisible.

Había caído en una grieta tallada en la roca, una brecha ingeniosamente oculta, excavada entre una serie de estatuas alineadas para seguir la caída natural de la sombra.

Desde la mayoría de los ángulos habría sido invisible.

Pero aunque Sima estaba atrapada en ella, era difícil pasar por alto la trampa.

La retenía como una boca desdentada y estrecha.

Priya no tenía idea de cuán profunda era la grieta, pero la idea de que Sima perdiera el control, de que muriera por la caída o, peor aún, quedara atrapada viva en la oscuridad, donde nadie podría alcanzarla, hizo que su estómago se contrajera con náuseas.

Una mano áspera tiró de ella hacia atrás.

—No te asomes —dijo enfadada Gauri, la sirvienta principal—. No voy a dejar que te caigas también. Tú —le gritó a una mujer más arriba, haciéndole un gesto con el bastón—, ve a buscar un guardia de las puertas. Diles que una chica se ha resbalado. ¡Date prisa!

La mujer comenzó a trepar. Pero era demasiado lenta sobre el suelo mojado, con la lámpara y la cuerda en las manos. Demasiado lenta.

Sima jadeaba con fuerza, el blanco de sus ojos era visible en la oscuridad parpadeante iluminada por la lámpara.

—No puedo aguantar —resolló.

—Puedes y lo harás —dijo Gauri—. Eres una chica fuerte. No te sueltes ahora.

Pero Sima estaba asustada, y sus manos seguramente estaban tan en carne viva como las de Priya, por la piedra vidriosa bajo sus dedos. No lograría aguantar hasta que llegara la ayuda.

Priya miró al suelo, la piedra tallada simulando enredaderas y hojas, entremezclada con el verde que brotaba a través de su superficie agrietada.

Había conocido el Hirana una vez, y el Hirana a ella.

Todavía la conocía.

No se había sentido segura la primera noche que lo escaló, cuando solo había podido concentrarse en llegar a la cima sin perder los nervios.

Pero en este momento sí estaba segura. Mientras se levantaba y se obligaba a respirar, mientras las lámparas temblaban y los dedos de Sima se deslizaban un poco de su asidero, sintió el pulso de la roca mojada bajo sus pies, deslizándose como si las enredaderas en su superficie se movieran para acunarla.

Tenía la sensación de que, si presionaba su oído contra el Hirana, escucharía la piedra moverse, como las vértebras de una gran bestia dormida.

Ella podría salir. Dejar que esa columna vertebral la sostuviera. Todo lo que necesitaba era un acto de fe. “No debería”, pensó Priya distante. “Oh, espíritus, realmente no debería hacerlo”.

Pero se trataba de Sima. Su amiga.

Se arrodilló. La luz amarilla de la lámpara proyectaba sombras sobre sus pies descalzos. La piedra debajo de ella era negra, su superficie agrietada como un huevo roto que goteaba líquenes y musgo de la yema. Tocó con los dedos el verde; sintió su calor debajo del agua de lluvia.

—La tierra me protege —murmuró. Luego se levantó una vez más y se alejó de la cuerda guía, hacia la izquierda y la oscuridad.

Escuchó gritos de sorpresa sobre ella, escuchó a Gauri gritar su nombre, pero Priya no levantó la cabeza. Siguió moviéndose. Lenta, cuidadosamente, maldiciendo para sí.

No quería hacerlo. Se arrepentiría de haberlo hecho.

Quería hacerlo. Quería saber si podía.

Se escuchaba la respiración aterrorizada de Sima.

En ese escalón había tallas en relieve: serpientes enroscadas y amontonadas, una cobra con la boca abierta y los dientes apuntando hacia arriba. Sintió el borde afilado contra su piel. Se quedó inmóvil.

Oyó una voz en su cabeza. Esa vez, no la de su hermano. Una voz grave, sabia. Divertida.

Un mayor.

“Tú y el Hirana tenéis un vínculo especial, ¿verdad, pequeña?” Recordó las manos sobre sus hombros.

Una figura que se cernía sobre ella, ataviada con una túnica de algodón blanco y cuentas de madera sagrada que caían en cascada de su cabello.

“Pero no olvides que está diseñado para engañar a tu vista. Así que no confíes en tus ojos”.

Maldijo en su interior. Bajó los párpados, como si los mayores de su templo todavía estuvieran vivos allí para ser obedecidos, para darle su aprobación.

Movió el pie más hacia la izquierda, confió en su piel.

La aspereza dio paso a suaves enredaderas, enroscadas entre sí. Debajo de ellos, la piedra era sólida.

Un paso. Otro. Otro. Tanteó el suelo. Frágil, aquí.

Sólido, aquí. Todavía oía gritar a Gauri, con la voz ronca.

La piedra descendía, en un ángulo agudo y repentino, y Priya se detuvo una vez más, doblando los dedos de los pies contra el suelo.

La respiración de Sima se oía cerca, muy cerca, por lo que Priya abrió los ojos.

Sima yacía en el suelo frente a ella. El blanco de sus ojos brillaba en la oscuridad.

Priya echó los pies hacia atrás y se arrodilló en el suelo, donde estaba lo suficientemente áspero como para mantenerse firme. Luego se recostó sobre su estómago. Extendió su mano.

—Puedes escalar—dijo— si me usas para sujetarte. Pero tendrás que soltar la roca y aferrarte a mí. ¿Puedes hacer eso por mí, Sima?

—Yo… —Sima se detuvo. Sus dedos exangües se crisparon—. Yo… no creo que pueda.

—Sí que puedes —dijo Priya con firmeza.

—Te arrastraré también hacia abajo. Moriremos las dos.

—No lo harás —objetó Priya, aunque no estaba del todo segura—. Vamos, Sima.

—Los fantasmas me van a llevar —susurró Sima—. Lo sé.

—Si hay algo de justicia, los espíritus de los mayores y los niños del templo están con los yaksas , en algún lugar lejos del Hirana —aseguró Priya en voz baja—.

Y si no lo están, pues… no creo que esos fantasmas quieran las vidas de dos buenas ahiranyis, cuando tienen muchos parijatis por encima de nosotras para llevarse.

—Priya —dijo Sima—. No. Te…

—¿Me meteré en problemas? Puedes regañarme como es debido cuando ambas estemos a salvo. Te prometo que te escucharé.

Sima dejó escapar un gemido que podría haber sido un intento de risa. Cerró los ojos con fuerza.

—Priya, tengo miedo.

—No tienes que tener miedo. Estoy aquí. —Se apoyó con los antebrazos en la piedra y se arrastró un poco más cerca.

Lo suficiente como para poder tocar con su mano la de Sima.

Sintió los dedos temblorosos de su amiga—.

Los dignos siempre están a salvo en el Hirana —dijo—.

Eso es lo que les decían a los peregrinos.

Y eres digna, Sima. Lo he decidido yo. Así que no te pasará nada.