Capítulo Cinco
ASHOK
C uando Ashok tenía diez años, entró en las aguas inmortales por primera vez.
Esa era la edad adecuada para la primera inmersión.
Había vivido en el templo desde que era un niño pequeño.
Había sido seleccionado y entrenado. Le habían enseñado a no quejarse cuando estaba sentado en el calor sofocante del sol del mediodía o en la oscuridad de la noche fría sin una vela.
Había aprendido a sobrellevar el hambre, el escozor que le provocaban las manos de un hermano mayor del templo que le daban pellizcos.
Así era como se les enseñaba a los hijos del templo de Hirana.
Así aprendían sobre el dolor y la fuerza y la necesidad de extirpar la debilidad.
Había sido una mañana normal, hasta entonces.
La mayor Saroj los había guiado a él y a los demás en sus oraciones y tareas, y había observado cómo preparaban obsequios para que los peregrinos se llevaran a casa: botellitas de aguas inmortales, extraídas de su fuente, pero que aún conservaban un hermoso azul brillante en su interior; madera sagrada, tallada en diminutos amuletos; frutos tiernos, con los hollejos salpicados de especias cuidadosamente aplicadas en su lugar por las manos infantiles.
Pero después de que hubieran terminado con todo eso, en lugar de dejarlos ir como de costumbre, los había llevado a las aguas.
—Tres viajes —les había dicho—. Después de tres viajes a través de las aguas, seréis mayores como nosotros.
Este es solo vuestro primer viaje. No lo olvidéis: aquellos de vosotros que seáis lo suficientemente fuertes para sobrevivir, igualmente deberéis trabajar duro y volveros aún más fuertes.
Es nuestra responsabilidad mantener la fe y preservar la memoria y las tradiciones de la gran historia de Ahiranya.
Aun si el imperio Parijatdvipa olvida lo que alguna vez fuimos, nosotros no lo olvidaremos.
“Aquellos de vosotros que seáis lo suficientemente fuertes para sobrevivir”.
Ashok no se había preocupado. Sabía que era lo suficientemente fuerte, porque había mirado las tallas de los mayores del templo de la Era de las Flores, esos hombres y mujeres que habían conquistado el subcontinente en nombre de los yaksas .
Que habían tenido un poder terrible e incalculable.
Al mirarlas, había pensado: “No voy a ser como nuestros mayores, no sostendré solo una sombra de poder, un eco débil de lo que fue alguna vez. No me sentaré con el regente ni me inclinaré ante el emperador en Parijat. Voy a ser como vosotros”.
Supo —en el momento en que emergió de las aguas inmortales por primera vez, jadeante en busca de aire para llenar sus pulmones, tanto vacíos como llenos— que había tenido razón.
Porque en su cabeza vio el sangam . Un lugar mítico.
Un mundo más allá del reino mortal, donde los ríos cósmicos se encuentran; donde, una vez, los mayores del templo habían podido caminar.
Ese día, años antes de que los otros niños comenzaran a cambiar y volverse poderosos, antes de que los mayores del templo se dieran cuenta de en qué se habían convertido los niños, antes de que todo y todos ardieran, Ashok lo supo.
Los yaksas lo habían oído. La gloria de Ahiranya regresaría.
Ahora.
Ahora estaba en la confluencia de los ríos.
Se encontraban bajo sus pies. El río del alma; el río de la carne del corazón, rojo y profundo; el río de la inmortalidad, burbujeante del verde de la vida y el oro de lo eterno.
Ríos de los vivos. Ríos de los muertos.
Se metió más profundo; el agua le llegó a los tobillos, a las rodillas.
Cerró los ojos y contuvo la respiración, luego la soltó, lenta y uniformemente.
Ya lo había hecho antes. Sabía cómo funcionaba: una espiración prolongada podía separar la mente de un hombre de su cuerpo para adentrarse en las garras de los ríos.
En el bosque de Ahiranya, su cuerpo se sentó con las piernas cruzadas, la espalda recta y los ojos cerrados, solamente a respirar.
En la confluencia de los ríos, en el sangam , el lugar más sagrado, su alma se abrió paso hasta el lugar de encuentro.
Ella lo esperaba, en el mismo remolino de agua, una mera sombra de mujer. Estaba temblando. Ella siempre temblaba entonces. A su alrededor, el río era una mancha de aceite violeta.
—No estás bien —le dijo.
—Ashok —murmuró bajando la cabeza—. Estoy bien.
—¿De verdad?
—Casi he encontrado el camino —dijo—. Casi. Estoy segura.
—Cuéntamelo todo.
Ella vaciló ante él. Su sombra se desdibujaba, como tinta arremolinada en el flujo del río. No era lo suficientemente fuerte para estar allí. Cada momento era una especie de agonía.
—No puedo quedarme mucho tiempo —dijo. Había un tono de disculpa en su voz, pequeña y quebrada—. Pero te prometo que… nos salvaré. Lo prometo.
Se acercó más. Entonces la sintió: su dolor, su debilidad, su amor y su lealtad. Extendió la mano, un hilo de alma delante de él.
Tocó su mejilla.
Pensó en decirle que volviera a casa. Pensó en decirle que regresara con su familia, donde estaría a salvo.
Pero si hubiera una esperanza, si hubiera una oportunidad…
—Sé lo que significa ser fuerte —le dijo ella—. Sé que todo tiene un precio.
Así era.
—Sé fuerte, entonces —murmuró él—. Y yo estaré aquí.
Ella se desvaneció y él se quedó; el sangam se arremolinó a su alrededor.