Capítulo Cuatro
MALINI
F ueron recibidas con cortesía por el regente, el general Vikram.
Tenía a su lado a su joven esposa, una mujer ahiranyi bonita y de ojos saltones, que les ofreció una sonrisa respetuosa, pero tímida, y luego se excusó para retirarse a su propio palacio.
La Señora Bhumika cursaba un embarazo avanzado y no podía cumplir con las demandas que implicaba entretener a los invitados.
Malini no era una invitada, por supuesto.
Ella no estaba allí por elección. Pero el Señor Santosh, tan asquerosamente complacido de estar a cargo de su encarcelamiento desde el día en que Chandra había puesto en sus manos esa responsabilidad, insistió en una comida fastuosa.
Los asesores del regente se les unieron, pero, para su alivio, a Malini se le otorgó un lugar de honor a cierta distancia de ellos.
Se presentaron platos grandiosos. Tal vez al general Vikram se le había advertido de antemano que el Señor Santosh, como el emperador Chandra, sentía un marcado disgusto por cualquier cosa que no fuera inherentemente parijati, porque la comida se parecía a la que Malini habría comido en el mahal imperial en Harsinghar.
Estaba cargada de ghee , pasas y pistachos, y el azafrán se arremolinaba y perfumaba el dhal pálido.
Picoteó un poco, esforzándose por obligarse a comer mientras el regente hacía preguntas educadas sobre el viaje y Santosh respondía.
Desde que Malini había comenzado a recibir su dosis de flor de aguja, su apetito había disminuido. Ya no sentía hambre.
Debería haber estado sopesando al regente: sus debilidades, sus creencias, la probabilidad de que estas cosas pudieran aprovecharse para volver su lealtad en contra de Chandra.
No era posible que le cayera bien su hermano; a ningún hombre sensato le caía bien, y el general Vikram no habría ocupado la regencia durante tanto tiempo si careciera de inteligencia, pero la mente de Malini todavía era una maraña de pensamientos anudados, lentos, por las semanas de flor de aguja.
Solo podía quedarse sentada, contemplar su plato y sentir que su conciencia se tambaleaba como un borracho al pensar en lo que debía hacer.
Tendría que encontrar una manera de ganarse a las criadas de la casa, aunque no tenía joyas ni dinero para sobornarlas a cambio de favores. Necesitaría ojos y oídos en el mahal .
—La princesa aún no sabe —dijo Santosh, cuya voz sonaba más alegre de lo que le habría gustado a Malini y le hizo levantar la cabeza— dónde se encuentra su celda. ¿Le gustaría hacer los honores, general Vikram?
La mirada del regente vaciló entre ellos.
—El emperador Chandra ha solicitado que te alojes en el Hirana, princesa —dijo.
Malini deseó poder sorprenderse. Pero no fue así. El temor y la resignación la invadieron y rodaron desde su estómago hasta sus extremidades, hasta que incluso sus dedos se sintieron entumecidos.
—El Hirana —repitió—. El templo de los ahiranyis.
Pramila inspiró sonoramente. Ella no lo sabía, entonces.
—El templo donde los sacerdotes de Ahiranya se quemaron por orden de mi padre —dijo Malini lentamente, paseando su mirada del rostro demacrado de Pramila al gesto indescifrable del regente—. El templo donde veinticinco niños…
—Sí —dijo el general Vikram abruptamente. Se veía bastante pálido. Malini recordó que él ya era regente cuando su padre ordenó esas muertes.
—No hay otro Hirana, princesa —agregó Santosh con una risa leve. Vaya, estaba encantado, ¿no?—. ¿Qué mejor lugar —continuó Santosh— para meditar sobre tus elecciones? Para pensar en lo que te espera.
El general Vikram apartó la mirada de la princesa, con los ojos fijos en la ventana de celosía. Como si, al no reconocer lo que le esperaba, pudiera ignorar su destino.
—Lo que quiera mi hermano el emperador —dijo Malini.
* * *
El Hirana no se parecía a nada que hubiera visto antes.
Era un edificio enorme que se elevaba hasta la cúspide, que era donde se encontraba el templo propiamente dicho.
Pero no se apreciaba escalera alguna, tampoco ninguna pendiente accesible de piedras.
En cambio, era como si alguien hubiera tomado un montón de cadáveres (animales, humanos, yaksas ) y los hubiera apilado unos sobre otros para crear una montaña de muertos.
Desde la distancia, a los ojos de Malini, se veía grotesco.
No le pareció mejor cuando la guiaron hacia una cuerda y le pidieron que trepara por ella.
—Debes tener cuidado, princesa —le dijo con calma el comandante Jeevan, el guía proporcionado por el regente—. El Hirana es extremadamente peligroso. La superficie está dañada en muchos lugares y se abre a pozos profundos. No sueltes la cuerda. Solo imítame.
Las tallas sobre la piedra eran desiguales para caminar sobre ellas y desgarradoramente realistas.
Malini las miró mientras trepaba, aferrando la cuerda con fuerza.
Pramila resoplaba detrás de ella. Había serpientes enroscadas que mostraban los dientes, con bocas lo suficientemente grandes como para que un tobillo quedara atrapado; cuerpos humanos grabados en la piedra con las manos hacia arriba, los dedos curvados; yaksas , esos antiguos espíritus que eran en parte humanos y en parte vegetales, con ojos que rezumaban verdor y profusa vegetación escapando de sus bocas, sus formas parecidas a las humanas, pero atravesadas en el estómago y el corazón por gruesas y violentas oleadas de hojas.
Con razón el mundo había temido a Ahiranya una vez.
Malini podía imaginarse el aspecto que tendría el Hirana en la Era de las Flores, cuando estaba lacado en oro, los sabios del templo todavía tenían un gran poder y los yaksas aún caminaban por el mundo.
Las figuras debajo de ella, con cabellos de enredadera y dientes afilados, piel como corteza o tierra que se desmoronaba, la llenaron de una cautela visceral e instintiva.
Los soldados parijatis que Santosh había llevado con él para proteger a Malini treparon nerviosos. Santosh ya no parecía alegre. A medida que subían y la lluvia comenzaba a astillar el cielo, su voz adquirió un tono claramente quejumbroso cuando preguntó cuánto tiempo faltaba para llegar a la cima.
—No mucho, mi señor —dijo el comandante Jeevan, todavía tranquilo. Si se sentía acobardado, era lo suficientemente sensato como para no demostrarlo—. Las criadas han preparado las habitaciones para la princesa con anticipación. Creo que estará complacida.
La prisión de Malini estaba en el extremo norte del Hirana.
La condujeron a través de pasillos vacíos y resonantes, y de un extraño atrio interior abierto completamente hacia el cielo, hasta una gran estancia con una pared de celosía escondida detrás de una cortina descolorida, claramente destinada a protegerse del frío del atrio.
Había una sola puerta. Otra abertura había sido sellada y tapada con ladrillos para que solo hubiera una entrada o salida de la habitación.
Había un único charpoy de bambú tejido a modo de cama y un baúl para su exigua colección de ropa.
Las paredes aún estaban manchadas de negro, las tallas de la habitación rotas y descoloridas, gastadas por el abandono y las llamas.
Malini miró a su alrededor. Levantó la cabeza hacia el techo mientras los guardias, Pramila y Santosh la rodeaban y se dio cuenta, con horror, de que esa debía de ser la habitación en la que los sacerdotes de Ahiranya murieron quemados.
Por supuesto que lo era. Maldito su hermano y la naturaleza cruel y retorcida de su mente.
Por supuesto que la encerraría lejos de todos los que la apoyaban, de todos sus aliados.
Por supuesto que la enviaría a una habitación en un templo en ruinas donde docenas de niños habían muerto gritando entre las llamas, simplemente por el crimen de ser demasiado poderosos, demasiado monstruosos…
—Sí —dijo Santosh. Una mano pesada se posó en su brazo. Malini no se inmutó. No lo golpeó. Y estaba tanto orgullosa como asqueada por ello—. Esto servirá. El emperador Chandra estará complacido.
Después de que los guardias fueran apostados en la entrada del Hirana y de que el comandante Jeevan se retirase, guiando a Santosh con él, Malini se tumbó en el charpoy y Pramila abrió el diminuto frasco de medicina que llevaba colgando de su cuello.
Vertió dos dosis, como había prometido, en una jarra de vino. La colocó junto a Malini.
—Bebe —ordenó.
Malini apartó la cara. Cerró los ojos.
—Otra vez no —suspiró Pramila—. Bebe, princesa Malini, o me veré obligada a llamar a los guardias.
Era capaz de hacerlo. Lo había hecho antes.
Había ordenado que sujetaran los brazos de Malini mientras ella le echaba la cabeza hacia atrás, le abría la boca y forzaba el líquido a entrar, observando cómo Malini se ahogaba y escupía, mientras decía: “Ojalá fueras buena, buena como exige el emperador… Nadie quiere lastimarte, princesa, nadie”.
Malini se incorporó sobre un codo y levantó la jarra.
Bebió.
Luego volvió a acostarse y esperó a que el estupor de la droga se apoderara de ella.
“No puedo sobrevivir así”, pensó; ya se sentía desconectada. El techo manchado de cenizas le devolvió la mirada. “No puedo”.
—El regente ha dispuesto sirvientas para mantener el templo —murmuró Pramila. Malini la escuchó abrir el Libro de las Madres una vez más, para comenzar de nuevo con las lecciones—. Sin embargo, no las verás, princesa. Me he asegurado de eso.
Pramila conocía demasiado bien a Malini.
Una corriente de aire se abrió paso desde el extraño atrio, el que estaba expuesto a los elementos, incluso en su techo, donde el cielo se asomaba a través de una gran abertura cortada en la piedra. Malini se estremeció y se acurrucó para protegerse del frío.
“Usa lo que tienes”, se recordó a sí misma. “Usa cualquier cosa y todo lo que tengas. ¿Qué puedes hacer? ¿Qué tienes aquí que pueda salvarte?”
Le estaban robando la mente. Le habían negado compañía humana. No tenía nada más que a sí misma. Nada más que la rabia y el dolor que latían en su corazón.
La oscuridad se apoderó de ella. Oyó la voz de Pramila, apagada y distante.
En el mundo sin luz entre el sueño y la vigilia, trató de recordar su antigua fuerza.
Su antigua astucia. Envolvió su ira contra Chandra a su alrededor como piel nueva; como si fuera una serpiente, se desprendió de un cuerpo para hacer crecer otro.
Se obligaría a sobrevivir. Esperaría. Y cuando se le presentara una oportunidad de escapar del Hirana, cualquier oportunidad, la aprovecharía.
Se lo prometió a sí misma y se hundió profundamente en el recuerdo de los gritos de sus hermanas del corazón mientras ardían.