Capítulo Tres #2
—Si hubiera sabido que el mercado iba a estar cerrado, no me habría molestado en salir. Fui a… ayudar —explicó Priya—. Sabes lo que hago. Pero no pude hacer mucho. Y luego lo encontré. Estaba solo, Sima.
Priya vio una mezcla conocida de exasperación y afecto en el rostro de su amiga antes de que pusiera los ojos en blanco y meneara la cabeza.
—Hablando de cierres de mercados, en serio, tienes que venir conmigo. —Sima soltó el brazo de Priya y entrelazó el suyo con el de ella con un aire conspirador—. Y vamos a tener que apresurarnos.
—¿Por qué?
—La princesa ya casi ha llegado —respondió, como si Priya fuera una bobalicona—. Vamos a mirar. —Tiró de Priya—. Vamos. Tuve que sobornar a uno de los guardias con una botella entera de vino para conseguir un buen lugar.
—Tengo hambre —protestó Priya.
—Puedes comer más tarde —dijo Sima.
Fueron a un almacén, en lo alto del mahal , donde una estrecha ventana con barrotes daba al patio de entrada de mármol.
La ventana solo era lo suficientemente grande para que una de ellas pudiera mirar.
Priya miró primero y vio al regente y a sus asesores, los asistentes con sombrillas de pie junto a ellos para mantener a raya la amenaza siempre presente de lluvia.
Un grupo de soldados con uniforme blanco y dorado de Parijatdvipa estaban dispuestos en una gran media luna a su alrededor.
Retrocedió para dejar que Sima ocupara su lugar.
—Deberías haber guardado algo de vino para nosotras —murmuró Priya agachándose en el suelo.
Sima negó con la cabeza.
—No voy a tener tiempo para beber. Tengo un nuevo trabajo.
Mientras estabas deambulando por la ciudad, Gauri reunió a varias chicas para que hagan las tareas domésticas en la nueva residencia de la princesa.
Barrer, cocinar, lo de siempre. —Sima le lanzó a Priya una mirada de soslayo—.
Deberías buscarla y ofrecerte como voluntaria también.
Así podríamos trabajar juntas de nuevo, por fin.
No habían compartido tareas desde su primer año en el mahal , cuando ambas eran todavía niñas.
Sima había dejado su pueblo y su familia y había venido al mahal por elección propia, pero se había sentido abrumada por el tamaño y el bullicio de la ciudad.
Priya había sido como Rukh, por supuesto: uno de los casos admitidos por la esposa del regente por caridad, solo otra huérfana abandonada, salvaje, enfadada y completamente sola.
Se habían aferrado la una a la otra, al principio por necesidad.
Pero pronto construyeron una amistad basada en un afecto compartido por las chicas bonitas, el licor y las noches que pasaban chismorreando en su habitación, riéndose hasta que alguna de las sirvientas que intentaba dormir les arrojaba un zapato para callarlas.
—¿Es bueno el salario? —preguntó Priya.
—Es muy bueno.
—Entonces, debe de haber más voluntarias de las que puede manejar.
—Ah, no. —Sima entrecerró los ojos para ver a través de los barrotes—. Ven aquí. Veo caballos.
Priya se levantó con un gemido. Como Sima no se movió, se acercó y juntó su rostro junto al de ella para que ambas pudieran mirar.
Los caballos eran hermosos, de un blanco puro y con bridas de oro brillante, y tiraban de un carruaje de plata y hueso de marfil.
Los pasajeros estaban ocultos, velados por un dosel de tela oscura en la parte superior y rodeados por un muro de cortinas.
Había jinetes a ambos lados del carruaje, pero no era, de hecho, un séquito completo.
Solo un puñado de soldados, erizados de armas, y un noble que se apeó de su caballo y se inclinó sin devoción ante el regente.
—La princesa —dijo Sima contra su oído, cuando la cortina del carruaje se abrió y una mujer noble mayor se apeó— estará prisionera en el Hirana.
Priya sintió un vacío repentino en su cabeza.
—A Gauri le está costando conseguir voluntarias —agregó Sima—. Yo me sumé, por supuesto. Y algunas chicas nuevas que no saben nada. Eso es todo.
—Pero tú sí sabes —logró decir Priya.
—Quiero el dinero —dijo Sima en voz baja—.
No quiero ser una sirvienta por el resto de mi vida.
No vine a Hiranaprastha por eso. Y tú… —Sima resopló, pero Priya se sentía tan entumecida que no lo sintió, a pesar de que estaban mejilla con mejilla—.
No creo que quieras estar aquí para siempre tampoco.
—No es una mala vida —admitió Priya—. Las hay peores.
—Eso no significa que no puedas querer un poco más que lo que tienes —dijo Sima—. Y lo que pasó allí fue hace mucho tiempo, Pri.
—Los ahiranyis no olvidan. —Priya se alejó de la ventana. Apoyó la espalda contra la pared y miró al techo.
—Que los rebeldes recuerden —dijo Sima—. Que escriban sus poemas y canciones y tomen las armas. Tú y yo debemos cuidar de nosotras mismas.
No agregó “porque nadie más lo hará”. Pero esa certeza estaba arraigada en su médula.
Y sin embargo…
El Hirana.
Si Gautam la había acercado al núcleo de su pasado, el Hirana era la tumba donde descansaban inquietos los fragmentos rotos de su memoria.
Entonces, todo se derrumbó sobre Priya. El agotamiento, el vacío en su interior.
La valentía y la soledad de Rukh, como un espejo que reflejaba ante ella su pasado.
Pensar en la facilidad con que una espada podía cortar la piel.
En la humillación de ser atropellada, descartada, menospreciada. “¿Y tú qué haces? ¿Barres suelos?”
Tiempo atrás, ella había estado destinada a ser mucho más.
No podía ser aquello para lo que había sido educada. Pero tal vez, solo tal vez, podría permitirse querer un poco más que lo que tenía. Solo un poco.
De repente se encendió en su corazón un deseo tan pequeño y, sin embargo, tan poderoso, que brotó en ella como el hambre en un cuerpo famélico.
No podía permitirse desear sus antiguos dones o su antigua fuerza.
Pero sí podría desear esto: tener dinero suficiente para comprar madera sagrada sin humillarse ante un hombre que la odiaba.
Suficiente dinero para hacer que la vida fuera un poco mejor para aquellos niños del mercado que no tenían a nadie.
Para Rukh, que ya era su responsabilidad. Para ella misma.
El dinero daba poder. Y Priya estaba tan cansada de sentirse impotente…
—¡La veo! —jadeó Sima de repente—. Ah, no puedo verle la cara, pero su sari es precioso.
—Es una princesa. Por supuesto que su sari es precioso.
—Pero es gris. Pensé que usaría algo más brillante.
—Es una prisionera.
—¿Quién sabe qué se pone la realeza en prisión? Deja de criticarme, Pri. Ven y mira.
Priya tomó el lugar de Sima esta vez. Una figura esbelta acababa de salir del carruaje. Priya alcanzó a ver el borde de una mano que aún descansaba contra la pared del vehículo; la tela nacarada del sari de la princesa se movía ligeramente con la brisa.
—Voy a buscar a Gauri —dijo dando un paso atrás.
—¿Ahora? —preguntó Sima, cuya frente se frunció por la perplejidad.
Priya no quería esperar. Si pensaba demasiado en lo tonta que era su idea, se convencería de no seguir adelante.
—¿Por qué no? —dijo—. Voy a pedirle el trabajo. Iré al Hirana contigo. —Forzó una sonrisa—. Tienes razón, Sima. Es hora de cuidar de mí misma.