El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

PRIYA

R ukh observaba con atención todo lo que veía en el mahal del regente: los paneles de celosías con figuras huecas de rosas y flores de loto, los espaciosos pasillos interrumpidos por cortinas de seda blanca, los ramos de plumas de pavo real tallados en las bases de las columnas de arenisca que sostenían los altos techos cubiertos de azulejos plateados.

Quiso recorrer el lugar para absorberlo todo, pero Priya lo arrastró sin piedad.

No podía permitirse el lujo de darle tiempo para quedarse boquiabierto.

Había llegado con muchísimo retraso, y aunque le había advertido al cocinero Billu que iba a llegar tarde y lo sobornó con hachís que había guardado específicamente para esa ocasión, solo podía contar con su buena voluntad hasta cierto punto.

Dejó a Rukh al cuidado de Khalida, una sirvienta mayor de rostro agrio que accedió a regañadientes a preguntarle a su señora si el niño podía hacer algún trabajo doméstico en la mansión.

—Volveré y te veré más tarde —le prometió Priya a Rukh.

—Si la Señora Bhumika le permite quedarse, puedes recogerlo antes de la cena —agregó Khalida, y Rukh se mordió el labio. La preocupación tiñó su rostro.

Priya inclinó la cabeza.

—Gracias, señora. —A Rukh, le dijo—: No te preocupes. Nuestra ama no dirá que no.

Khalida frunció el ceño, pero no la contradijo. Sabía tan bien como Priya lo generosa que podía ser la esposa del regente.

Priya los dejó a ambos, fue a la habitación de las criadas, donde se limpió apresuradamente lo peor del fango y la suciedad de su sari francamente mugriento, y se dirigió a la cocina.

Trató de compensar su retraso deteniéndose en el pozo de agua para recoger dos cubos llenos.

Después de todo, siempre hacía falta agua en la cocina ajetreada del mahal .

Para su sorpresa, nadie parecía haber notado su ausencia. Aunque los grandes hornos de barro estaban calientes y algunos sirvientes entraban y salían, la mayoría del personal de la cocina estaba acurrucado junto al fogón en el que se preparaba el té.

Mithunan, uno de los guardias más jóvenes, estaba de pie junto a la tetera, bebiendo de una taza de arcilla que sostenía con una mano mientras gesticulaba salvajemente con la otra. Todos los sirvientes lo escuchaban con atención.

—… solo un jinete en avanzada —estaba diciendo—. Un caballo. Se notaba que había venido desde Parijat. Su acento era cortesano, y el capitán de guardia dijo que llevaba la insignia imperial. —Mithunan tomó un sorbo de té—. Pensé que el capitán se desmayaría, estaba muy conmocionado.

Priya dejó los cubos y se acercó. Billu la miró.

—Por fin has llegado —dijo secamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

—La princesa llega hoy —respondió una de las sirvientas, en el tono susurrante y nervioso reservado a los mejores chismorreos.

—Se suponía que no llegaría hasta dentro de al menos otra semana —agregó Mithunan con un movimiento de cabeza—. Ni siquiera nos pidieron que fuéramos a su encuentro para escoltarla. El mensajero dijo que no traen séquito, así que viajan rápido.

—Sin séquito —repitió Priya—. ¿Estás seguro?

Todos los miembros de la realeza de todas las ciudades-Estado de Parijatdvipa viajaban con una gran variedad de acompañantes, en su mayoría inútiles: sirvientes, guardias, bufones, nobles favorecidos. Que la hermana del emperador no viajara ni siquiera con un pequeño ejército era absurdo.

Mithunan se encogió de hombros.

—Solo sé lo que nos dijo el jinete mensajero —respondió torpemente—.

Pero tal vez las reglas sean diferentes cuando…

, bueno, ya sabes. En esas circunstancias…

—Se aclaró la garganta—. En fin. Me enviaron a buscar algo de comida.

Hemos tenido turno doble y es posible que debamos quedarnos para un tercero. Los hombres están hambrientos.

—¿Dónde están los guardias del turno de día? —preguntó Billu poniéndose en movimiento para llenar una cesta de comida.

—Fuera, en la ciudad —dijo Mithunan—. El capitán dijo que el regente quiere que todo se cierre de manera segura antes de que la princesa llegue aquí. Hermano Billu, ¿tienes más té? ¿O caña de azúcar? Cualquier cosa para mantenernos a todos despiertos…

Priya se escabulló en silencio mientras los demás continuaban hablando, robó un paratha de la cesta que estaba junto a los hornos mientras se iba y se lo metió en la boca.

Sima la habría llamado bestia sin modales si estuviera allí, pero no estaba, así que Priya era libre de ser tan grosera como quisiese.

Se había equivocado al suponer que alguien había sido asesinado. No había degollados ni cadáveres fuera de los templos. Ni asesinatos de rebeldes.

Solo una princesa que llegaba temprano a su encarcelamiento.

Después de terminar su trabajo, Priya arrancó a Rukh del cuidado de Khalida y lo guio a la habitación donde dormían los niños.

Una vez que le encontró una colchoneta sobrante, lo llevó con ella a su propia habitación, compartida con otras ocho sirvientas.

Debajo de la cubierta de la sencilla galería que la rodeaba, envuelta por la lluvia fresca que caía, se arrodilló, envolvió sus manos en su pallu y comenzó a tallar la madera sagrada en forma de una cuenta.

La quemazón de la madera a través de la tela fue lo suficientemente fuerte para hacerla maldecir. Se mordió la lengua por un momento, un dolor que la distrajera del otro, y siguió tallando con mano firme y segura. Podía soportar mucho más dolor que este.

—Ven y siéntate conmigo —le dijo a Rukh, que todavía estaba de pie bajo la lluvia, visiblemente abrumado por la dirección que había tomado su día.

Salió a la terraza. Se arrodilló a su lado—.

Pásame una de esas —agregó, señalando el pequeño montón de cintas e hilos enrollados en el suelo junto a ella.

Él eligió uno. Priya bajó el cuchillo y tomó el hilo.

—¿Hay algo más que pueda hacer? —preguntó tímidamente, mientras ella enhebraba la cuenta cuidadosamente en el hilo.

—Podrías contarme qué te parece tu nueva vida hasta ahora —dijo—. ¿Qué trabajo te ha asignado Khalida?

—Limpiar letrinas —respondió—. Está bien. No, en serio, está… muy muy bien. Una cama y comida es… es… —Su voz se fue apagando y meneó la cabeza, indefenso.

—Lo sé —dijo ella. De verdad lo sabía—. Continúa.

—Dije que haría cualquier cosa y lo haré —agregó Rukh muy rápido—. Estoy muy agradecido, señora.

—Te dije que me llamaras Priya.

—Priya —corrigió, obediente—. Gracias.

Ella no sabía qué hacer con su gratitud excepto ignorarla, así que simplemente asintió y presionó la cuenta de madera contra su propia piel.

Era tan pequeña que, en lugar de quemarla, simplemente calentaba su muñeca; su magia se filtraba a través de su carne, sus nervios, su sangre.

Sostuvo la cuenta allí por un momento, para asegurarse de que no fuese tan fuerte como para dañar a Rukh, pero sí lo suficiente como para ayudarlo, y observó su rostro.

Él había bajado la barbilla, la mirada fija en las gotas de lluvia que salpicaban el suelo. Todavía parecía abrumado.

Priya recordó cómo se había sentido cuando llegó por primera vez al mahal del regente. Había llorado todas las noches aquella primera semana, cubriendo su cara con la colchoneta de dormir para amortiguar el sonido de su llanto y no despertar a las otras chicas.

—Te voy a contar una historia —le dijo con tono despreocupado. Él levantó la cabeza y la miró curioso—. ¿Has escuchado el cuento del astuto yaksa que engañó a un príncipe srugani para que se casara con una lavandera ahiranyi?

Él negó con la cabeza.

—Pues dame la mano y te lo cuento. —Enrolló el hilo alrededor de su muñeca y comenzó su relato—. Fue cerca del comienzo de la Era de las Flores, antes de que los sruganis y otros como ellos entendieran lo fuertes e inteligentes que eran los yaksas …

Para cuando Priya hubo narrado todo lo que podía recordar de esa historia de máscaras e identidades equivocadas, un duelo de honor y una lavandera envuelta en un velo de azucenas blancas y azafrán, Rukh había comenzado a relajarse, recostado en la galería y sonriendo un poco mientras jugueteaba con la nueva cuenta de madera sagrada en su muñeca.

—Ten cuidado con eso —le dijo Priya—. No va a ser fácil conseguir más. ¿Sabes de dónde viene?

—¿Del bosque?

—De los árboles que crecieron cuando todos los yaksas murieron —explicó Priya—.

La madera sagrada tiene algo de su magia en ella.

—Golpeó la cuenta con la punta de su dedo—.

Al no haber más yaksas , tampoco hay árboles nuevos, lo que hace que la madera sagrada sea costosa. Así que trátala bien, ¿de acuerdo?

—Ahí estás —dijo una voz de mujer. Priya y Rukh volvieron la cabeza.

La lluvia volvía a amainar, pero a la mujer que estaba de pie en el borde de la galería, con el pallu echado sobre el cabello, la había sorprendido el último aguacero, y la tela brillaba débilmente con el agua—. Priya —agregó—. Ven conmigo. Te buscan.

—Sima —la saludó Priya. Recogió los carretes de cinta, el cuchillo y los restos de madera sagrada y los ordenó—. Él es Rukh.

—Hola, señora —dijo el niño con cautela.

—Encantada de conocerte, Rukh —respondió Sima—. Deberías ir a la cocina para no perderte la cena.

—Ve —convino Priya mientras Rukh la miraba como pidiendo permiso—. Puedes encontrar el camino a tu habitación, ¿no? Los otros chicos te guiarán desde allí.

Él asintió. Con un agradecimiento final entre dientes y una leve sonrisa en dirección a Priya, saltó de la terraza y salió corriendo.

Tan pronto como se fue, Sima aferró a Priya del brazo y la arrastró por la galería, de regreso al mahal propiamente dicho. Su mano sobre ella era fuerte, húmeda por la lluvia y ligeramente perfumada de jabón por haber pasado horas lavando ropa.

—Así que has traído a un vagabundo a casa —dijo Sima—. Debería haber sabido que era verdad.

—¿Quién te lo dijo?

—Oh, uno de los guardias que te dejaron entrar. No lo sé —respondió Sima con desdén—. Tienes suerte de que Billu te haya encubierto. Volviste muy tarde.