Capítulo Uno #3
La llevó a su taller y le pidió que se quedara junto a la mesa del centro.
En las esquinas de la habitación se alineaban varios sacos de tela.
Muchas botellas pequeñas tapadas, innumerables ungüentos, tinturas y hierbas cosechadas en el mismo bosque ocupaban filas ordenadas en los estantes. El aire olía a tierra y a humedad.
Él le quitó la bolsa, desató el cordel y sopesó el contenido en la palma de su mano. Luego chasqueó la lengua contra los dientes y lo dejó caer sobre la mesa.
—Esto no es suficiente.
—Oye, por supuesto que es suficiente —dijo Priya—. Este es todo el dinero que tengo.
—Eso no lo hace mágicamente suficiente.
—Es lo que me costó en el mercado la última vez…
—Pero no pudiste conseguir nada en el mercado hoy —dijo Gautam—. Y si hubieras podido, te habrían cobrado más. La oferta es baja, la demanda es alta. —Frunció el ceño en un gesto desagradable—. ¿Crees que es fácil cosechar madera sagrada?
—En absoluto —dijo Priya. “Sé agradable”, se recordó a sí misma. “Necesitas su ayuda”.
—El mes pasado envié cuatro leñadores. Salieron después de dos días, pensando que habían estado allí dos horas. Entre… eso —dijo, señalando en dirección al bosque— y el regente que envía a sus matones por toda la maldita ciudad por quién sabe qué razón, ¿crees que es un trabajo sencillo?
—No —respondió Priya—. Lo lamento.
Pero él aún no había terminado.
—Todavía estoy esperando que regresen los hombres que envié esta semana —continuó.
Sus dedos tamborileaban la superficie de la mesa, con un ritmo rápido e irritado—.
¿Quién sabe cuándo volverán? Tengo todo el derecho a ponerles el mejor precio a los artículos que tengo.
Así que me pagarás lo que corresponde, muchacha, o no obtendrás nada.
Antes de que pudiera continuar, ella levantó la mano. Llevaba algunos brazaletes en las muñecas. Dos eran de metal de buena calidad. Se los quitó y los colocó sobre la mesa frente a él, junto al bolso.
—El dinero y esto —ofreció—. Es todo lo que tengo.
Pensó que él lo rechazaría, solo por despecho. Pero en lugar de eso, recogió los brazaletes y las monedas y se los metió en el bolsillo.
—Eso servirá. Ahora mira —dijo—. Te mostraré un truco.
Arrojó un paquete envuelto en tela sobre la mesa. Estaba atado con una cuerda. La abrió con un rápido tirón, dejando que la tela cayera a los lados.
Priya se estremeció y dio un paso atrás.
Dentro vio una rama cortada de un árbol joven. La corteza de madera pálida se abría en una herida de color castaño rojizo. La savia que supuraba de su superficie tenía el color y la consistencia de la sangre.
—Viene del camino que conduce a la arboleda en la que mis hombres suelen cosechar —dijo—. La trajeron para mostrarme por qué no podían cumplir con la cuota regular. “Hay podredumbre hasta donde alcanza la vista”, me dijeron. —Sus párpados se veían agobiados—. Puedes mirar más de cerca si quieres.
—No, gracias —dijo Priya con firmeza.
—¿Segura?
—Deberías quemarla —respondió ella.
Hizo todo lo posible por no oler la rama demasiado profundamente. Apestaba a carne.
Él resopló.
—Tiene su utilidad.
Se alejó de ella para hurgar en sus estantes.
Después de un momento regresó con un objeto del tamaño de la punta de un dedo envuelto en tela.
Lo desenvolvió con cuidado de no tocar lo que contenía.
Priya pudo sentir el calor que emanaba del interior de la madera: una calidez extraña y palpitante que rodaba por su superficie con la firmeza de un rayo de sol.
Madera sagrada.
Observó cómo Gautam sostenía el fragmento cerca de la rama podrida: la lesión de la corteza palideció y el enrojecimiento se desvaneció. El hedor se disipó un poco y Priya respiró agradecida.
—Ya ves —dijo Gautam—. Ahora sabes que es fresca. La aprovecharás bien.
—Gracias. Ha sido una demostración muy útil. —Trató de no mostrar su impaciencia. ¿Qué quería? ¿Asombro? ¿Lágrimas de gratitud? No tenía tiempo para nada de eso—. De todas maneras, deberías quemar la rama. Si la tocas por error…
—Sé cómo manejar la podredumbre. Envío hombres al bosque todos los días —dijo él con desdén—. ¿Y tú que haces? ¿Barres suelos? No necesito tu consejo.
Él empujó el fragmento de madera sagrada hacia ella.
—Toma esto y vete.
Priya se mordió la lengua y extendió la mano, con el extremo largo del sari sobre la palma. Envolvió de nuevo la astilla de madera con cuidado una, dos veces, apretando la tela y atándola con un nudo limpio. Gautam la miró.
—Para quien sea que estés comprando esto, la podredumbre lo va a matar de todas maneras —dijo cuando ella terminó—.
Esta rama morirá incluso si la envuelvo en una cáscara entera de madera sagrada.
Solo tardará más. Te doy mi opinión profesional, sin costo extra.
—Arrojó la tela sobre la rama infectada con un movimiento descuidado de los dedos—.
Así que no vuelvas y malgastes tu dinero otra vez. Te mostraré la salida.
La condujo hasta la puerta. Ella empujó la cortina de cuentas e inhaló con avidez el aire limpio, libre del olor a descomposición.
En el borde de la galería había un altar construido como un nicho tallado en la pared.
En su interior, tres ídolos esculpidos en madera rústica, con lustrosos ojos negros y cabello de enredadera.
Ante ellos había tres pequeñas lámparas de arcilla encendidas con mechas de tela sumergidas en aceite. Un número sagrado.
Recordó que una vez había sido capaz de encajar todo su cuerpo perfectamente en ese nicho. Allí había dormido acurrucada una noche, cuando era tan pequeña como el niño huérfano.
—¿Todavía dejas que los mendigos se refugien en tu galería cuando llueve? —preguntó Priya volviéndose para mirar a Gautam donde estaba parado, bloqueando la entrada.
—Los mendigos son malos para el negocio —respondió—. Y los que veo en estos días no tienen hermanos a los que les deba favores. ¿Te vas o no?
“Basta con la amenaza del dolor para destruir a alguien”. Miró brevemente a Gautam a los ojos. Algo impaciente y malicioso acechaba allí. “Un cuchillo, bien usado, nunca tiene que sacar sangre”.
Pero Priya no tenía dentro de sí ni siquiera la capacidad de amenazar a ese viejo matón.
Dio un paso atrás. Qué gran vacío había entre el conocimiento que guardaba dentro de sí misma y la persona que aparentaba ser, inclinando la cabeza con respeto ante un hombre mezquino que todavía la veía como una mendiga callejera que había ascendido demasiado, y a la que odiaba por eso.
—Gracias, Gautam —dijo—. Trataré de no molestarte otra vez.
Tendría que tallar la madera ella misma.
No podía darle el fragmento tal como estaba al niño.
Un fragmento entero de madera sagrada sostenida contra la piel la quemaría.
Pero quizá sería mejor que la quemara. No tenía guantes, por lo que tendría que trabajar con cuidado, con su pequeño cuchillo y una tela para mantener a raya lo peor del dolor.
Incluso entonces podía sentir el calor del trozo de madera contra su piel, traspasando el tejido que lo envolvía.
El chico estaba esperando donde ella lo había dejado. Parecía aún más pequeño a la sombra del bosque, aún más solo. Él se volvió para observarla mientras se acercaba, con ojos cautelosos y vacilantes, como si no hubiera estado seguro de su regreso.
A Priya se le encogió el corazón. Ver a Gautam la había hecho retroceder a lo más profundo de su pasado más cerca de lo que había estado en mucho mucho tiempo. Sintió el tirón de sus recuerdos, crispados como un dolor físico.
Su hermano. El dolor. El olor a humo.
“No mires, Pri. No mires. Solo muéstrame el camino”. “Muéstramelo”.
No. No valía la pena recordarlo.
Era sensato ayudar al chico, se dijo a sí misma. No quería que su imagen, de pie frente a ella, la persiguiera. No quería recordar a un niño hambriento y solo, con raíces que brotaban de sus manos, y pensar: “Lo dejé morir. Me pidió ayuda y lo abandoné”.
—Estás de suerte —dijo, con tono jovial—. Trabajo en el mahal del regente. Su esposa tiene un corazón muy gentil cuando se trata de huérfanos. Lo sé por experiencia. Ella me dio asilo. Te dejará trabajar para ella si se lo pido amablemente. Estoy segura.
El chico abrió mucho los ojos. Había tanta esperanza en su rostro que era casi doloroso mirarlo, así que Priya se aseguró de apartar la vista. El cielo estaba brillante, el aire demasiado caliente. Necesitaba volver.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Rukh —respondió—. Me llamo Rukh.