Capítulo Uno #2
—Los soldados están aquí —dijo la niña a modo de saludo.
Los chicos se movían inquietos, mirando por encima del hombro el tumulto del mercado. Algunos usaban chales para ocultar la podredumbre de sus cuellos y brazos, las venas verdes, el brote de nuevas raíces debajo de la piel.
—Así es. Por toda la ciudad —confirmó Priya.
—¿Le han cortado la cabeza a otro comerciante?
Priya negó con un gesto.
—Sé tanto como tú.
La niña miró desde el rostro de Priya hasta su sari enlodado, las manos vacías salvo por la bolsa de kachoris. La interrogó con la mirada.
—No pude conseguir ninguna cuenta hoy —se lamentó Priya.
Observó como la expresión de la chica se contraía, aunque intentó valientemente controlarla. La compasión no le haría ningún bien, así que le ofreció los pasteles en su lugar.
—Deberías irte ahora. No querrás que te atrapen los guardias.
Los niños tomaron los kachoris , algunos murmuraron su agradecimiento y se dispersaron. La chica se frotó la cuenta del cuello con los nudillos mientras avanzaba. Priya sabía que estaría fría bajo su mano, vacía de magia.
Si esa niña no conseguía más madera sagrada pronto, probablemente la próxima vez que Priya la viera tendría el lado izquierdo de la cara tan cubierto de polvo verde como su párpado.
“No puedes salvarlos a todos”, se recordó a sí misma. “No eres nadie. Esto es todo lo que puedes hacer. Esto y nada más”.
Priya se dio la vuelta para irse y vio que un chico se había quedado atrás, esperando pacientemente a que ella se fijara en él.
Era pequeño, su aspecto delataba desnutrición; los huesos demasiado afilados, la cabeza demasiado grande para un cuerpo que aún no había crecido para igualarla.
Llevaba un chal sobre el cabello, pero ella alcanzó a ver sus rizos y las hojas de color verde oscuro que crecían entre ellos. Se había envuelto las manos en tela.
—¿De verdad no tienes nada, señora? —preguntó, vacilante.
—De verdad —dijo Priya—. Si tuviera alguna madera sagrada, te la habría dado.
—Pensé que tal vez habías mentido —dijo el niño—. Que quizá no tenías suficiente para más de una persona y no querías que nadie se sintiera mal. Pero ahora solo estoy yo. Para que me puedas ayudar.
—Lo siento mucho —dijo Priya.
Oyó gritos y pasos que resonaban en el mercado, el ruido de la madera cuando los puestos se cerraban.
El chico parecía estar reuniendo valor. Y efectivamente, después de un momento, cuadró los hombros y dijo:
—Si no puedes conseguirme madera sagrada, ¿puedes conseguirme un trabajo?
Ella parpadeó, sorprendida.
—Yo… yo solo soy una sirvienta —respondió—. Lo siento, hermanito, pero…
—Debes de trabajar en una casa agradable si puedes ayudar a los vagabundos como nosotros —dijo rápidamente—. Una casa grande con dinero de sobra. Tal vez tus amos necesiten un chico que trabaje duro y no cause muchos problemas. Ese podría ser yo.
—La mayoría de los hogares no aceptan a un niño enfermo de podredumbre, no importa lo trabajador que sea —señaló ella suavemente, tratando de disminuir el impacto de sus palabras.
—Lo sé —dijo él. Su mandíbula estaba tensa, en un gesto testarudo—. Solo pregunto.
Inteligente chico. No podía culparlo por intentarlo. Estaba claro que ella era lo suficientemente blanda como para gastar su propio dinero en madera sagrada para ayudar a los podridos. ¿Por qué no presionarla para obtener algo más?
—Haré cualquier cosa que alguien necesite que haga —insistió—. Señora, puedo limpiar letrinas. Puedo cortar madera. Puedo trabajar la tierra. Mi familia es… ellos eran agricultores. No le tengo miedo al trabajo duro.
—¿No tienes a nadie? —preguntó ella—. ¿Ninguno de ellos cuida de ti? —Hizo un gesto vago hacia la dirección en la que se habían escapado los otros niños.
—Estoy solo —respondió simplemente. Y agregó—: Por favor.
Unas cuantas personas pasaron junto a ellos esquivando con cuidado al chico. Sus manos envueltas, el chal sobre su cabeza, revelaban más de lo que ocultaban, su condición de podrido.
—Llámame Priya. No “señora”.
—Priya —repitió obedientemente.
—Dices que puedes trabajar —dijo ella. Miró sus manos—. ¿Cómo están?
—No demasiado mal.
—Muéstramelas —pidió—. Dame tu muñeca.
—¿No te importa tocarme? —preguntó él vacilante.
—La podredumbre no se transmite entre las personas —explicó Priya—. A menos que arranque una de esas hojas de tu cabello y me la coma, creo que estaré bien.
El comentario hizo sonreír al chico. Duró lo que un parpadeo, como un destello de sol a través de las nubes que se separan, y luego desapareció. Desenvolvió hábilmente una de sus manos. Ella lo tomó de la muñeca y la levantó hacia la luz.
Un brote crecía debajo de la piel y presionaba contra la yema del dedo; pero su dedo era un cascarón demasiado pequeño para lo que intentaba desplegarse. Priya miró el trazo verde visible a través de la piel delgada del dorso de la mano, el fino encaje que formaba. El brote tenía raíces profundas.
Tragó saliva. Ah. Raíces profundas, podredumbre profunda. Si el chico ya tenía hojas en el cabello y arañas verdes que recorrían su sangre, imaginó que no le quedaba mucho tiempo.
—Ven conmigo —dijo, y lo sujetó por la muñeca para que la siguiera.
Caminó por la calle y finalmente se unió al flujo de la multitud que dejaba atrás el mercado.
—¿Adónde vamos? —preguntó el chico. No trató de alejarse de ella.
—Voy a conseguirte un poco de madera sagrada —dijo Priya con determinación, apartando de su mente todos los pensamientos sobre asesinatos y soldados y el trabajo que tenía que hacer.
Lo soltó y se adelantó. Él corrió para seguirla, arrastrando su chal sucio alrededor de su cuerpo delgado—.
Después de eso, veremos qué hacer contigo.
Las casas de placer más grandes de la ciudad se alineaban en las orillas del río.
Era la hora temprana en que estaban completamente en silencio, sus lámparas rosadas apagadas.
Pero estarían ocupadas más tarde. Los hombres del regente siempre dejaban los burdeles tranquilos.
Incluso en el apogeo del último verano hirviente, antes de que el monzón arreciara, cuando los simpatizantes rebeldes cantaban canciones antiimperialistas y el carruaje de un señor noble había sido acorralado y quemado en la calle justo fuera de su propio haveli, los prostíbulos habían mantenido sus lámparas encendidas.
Gran parte de las casas de placer pertenecían a nobles de alcurnia demasiado alta para que el regente las cerrara. Muchas eran frecuentadas por mercaderes y nobles visitantes de otras ciudades-Estado de Parijatdvipa; eran una fuente de ingresos de la que nadie quería tener que prescindir.
Para el resto de Parijatdvipa, Ahiranya era una guarida de vicios, buena para el placer y poco más.
Cargaba, como un yugo, su amarga historia, su condición de bando perdedor de una antigua guerra.
Lo consideraban un lugar atrasado, plagado de violencia política y, en los últimos años, de la podredumbre: la extraña enfermedad que estropeaba las plantas y los cultivos e infectaba a los hombres y las mujeres que trabajaban en los campos y los bosques con flores que brotaban de la piel y hojas que les atravesaban los ojos.
A medida que se diseminaba la podredumbre, las otras fuentes de ingresos en Ahiranya habían mermado.
Y el malestar había nacido y aumentado hasta que Priya temió que también se derrumbaría, con toda la furia de una tormenta.
A medida que Priya y el chico seguían caminando, las casas de placer se veían menos grandiosas.
Pronto, no las hubo en absoluto. A su alrededor había viviendas abarrotadas, pequeñas tiendas.
Delante de ella estaba el linde del bosque.
Incluso a la luz de la mañana se veía sombrío; los árboles eran una barrera silenciosa y verde.
Priya nunca había conocido a nadie nacido y criado fuera de Ahiranya que no se sintiera perturbado por el silencio del bosque.
Había conocido a sirvientas de Alor o incluso de la vecina Srugna que evitaban el lugar por completo.
“Debería haber algún ruido”, murmuraban.
“El canto de los pájaros. O insectos. No es natural”.
Pero el pesado silencio era reconfortante para Priya. Ella era ahiranyi hasta la médula. Le gustaba el silencio, que solo interrumpía el roce de sus propios pies contra el suelo.
—Espérame aquí —le dijo al niño—. No tardaré mucho.
Él asintió sin decir una palabra. Estaba mirando hacia el bosque cuando ella lo dejó; una leve brisa susurraba entre las hojas de su cabello.
Priya se deslizó por una calle estrecha donde el suelo era irregular, con raíces ocultas; la tierra subía y bajaba en montículos bajo sus pies. Delante de ella había una sola vivienda. Debajo de su galería con columnas se agazapaba un hombre mayor.
Levantó la cabeza cuando Priya se acercó. Al principio no le prestó atención, como si hubiera estado esperando a alguien completamente diferente. Entonces su mirada se enfocó. Sus ojos se entrecerraron en señal de reconocimiento.
—Tú —dijo.
—Gautam. —Ella inclinó la cabeza en un gesto de respeto—. ¿Cómo estás?
—Ocupado —dijo brevemente—. ¿Por qué estás aquí?
—Necesito madera sagrada. Solo una cuenta.
—Deberías haber ido al mercado entonces —señaló tranquilamente—. He provisto a muchos boticarios. Ellos pueden negociar contigo.
—Probé en el viejo mercado. Nadie tiene nada.
—Si allí no tienen, ¿por qué crees que yo sí?
“Oh, vamos”, pensó Priya irritada. Pero no dijo nada. Esperó hasta ver que las fosas nasales de Gautam se ensancharon cuando él resopló y se levantó para abandonar la galería y volverse hacia la cortina de cuentas de la entrada. Llevaba una hoz de mano enganchada en la parte de atrás de su túnica.
—De acuerdo. Entra entonces. Cuanto antes lo hagamos, antes te irás.
Priya extrajo la bolsa de su blusa antes de subir los escalones y entrar tras él.