El trono de jazmín (Reinos en llamas 1) Capítulo Uno
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Capítulo Uno

PRIYA

A lguien importante debía de haber sido asesinado durante la noche.

Priya lo supo en el momento en que escuchó el ruido de cascos en el camino detrás de ella.

Se apartó hacia el borde cuando un grupo de guardias parijatis vestidos de blanco y dorado pasó junto a ella galopando en sus caballos, los sables tintineantes contra sus cinturones grabados.

Se cubrió la cara con el pallu —en parte porque esperarían tal gesto de respeto de una mujer común, y en parte para evitar el riesgo de que alguno de ellos la reconociera— y los observó a través del espacio entre sus dedos y la tela.

Cuando se perdieron de vista no corrió, pero empezó a caminar muy muy rápido. El cielo ya se estaba transformando del gris lechoso al azul nacarado del amanecer y aún le quedaba un largo camino por recorrer.

El viejo mercado estaba en las afueras de la ciudad, lo suficientemente lejos del mahal del regente como para que Priya tuviera la vaga esperanza de que aún no hubiera cerrado.

Aquel día había tenido suerte. Cuando llegó, sin aliento, con la espalda de su blusa húmeda de sudor, vio que las calles aún hervían de gente: padres que arrastraban a niños pequeños; comerciantes que cargaban grandes sacos de harina o arroz sobre su cabeza; mendigos demacrados, que se alineaban en los límites del mercado con su cuenco de limosna en la mano; y mujeres como Priya, sencillas y corrientes, con saris aún más sencillos, que se abrían paso obstinadamente entre la multitud en busca de puestos con verduras frescas a precios razonables.

Parecía haber incluso más gente de lo habitual en el mercado, y se percibía con claridad una nota amarga de pánico en el aire. Era evidente que las noticias de las patrullas habían circulado rápido de casa en casa.

La gente tenía miedo.

Tres meses antes, un renombrado comerciante de Parijat había sido asesinado en su cama; lo habían degollado y arrojaron su cuerpo frente al templo de las Madres de las llamas justo antes de las oraciones del amanecer.

Durante dos semanas enteras, después del crimen, los hombres del regente habían patrullado las calles a pie y a caballo, habían golpeado o arrestado a los ahiranyis sospechosos de ser activistas rebeldes y habían destruido todos los puestos del mercado que intentaron permanecer abiertos desafiando las estrictas órdenes del regente.

Los comerciantes de Parijatdvipa se habían negado a suministrar arroz y cereales a Hiranaprastha en las semanas siguientes. Los ahiranyis habían pasado hambre.

Parecía que estaba ocurriendo de nuevo. Era natural que la gente recordara y tuviera miedo, y luchara para comprar todos los víveres que pudiera antes de que los mercados se cerraran por la fuerza una vez más.

Priya se preguntó quién habría sido asesinado esta vez; intentó escuchar algún nombre mientras se zambullía en la masa de gente que avanzaba hacia la bandera verde en el mástil que marcaba, en la distancia, el puesto del boticario.

Pasó junto a las mesas que crujían bajo el peso de montones de verduras y frutas dulces, rollos de tela sedosa, imágenes yaksa bellamente talladas para venerar en los altares familiares, cubetas de aceite dorado y ghee.

Incluso en la tenue luz de la mañana, el mercado vibraba de color y ruido.

La presión de la gente se hizo más dolorosa.

Estaba casi llegando al puesto, atrapada en un mar de cuerpos palpitantes y sudorosos, cuando un hombre detrás de ella maldijo, la empujó fuera del camino con todo el peso de su cuerpo, la palma de la mano pesada sobre su brazo, y le hizo perder el equilibrio.

Tres personas a su alrededor también fueron derribadas.

Ella cayó, sus pies resbalaron en el suelo húmedo.

El mercado estaba al aire libre, y la tierra se había convertido en lodo por las pisadas y los carros y la lluvia monzónica de la noche.

Sintió que la humedad se filtraba a través de su sari, desde el dobladillo hasta el muslo, empapando el algodón drapeado hasta la enagua de debajo.

El hombre que la había empujado tropezó con ella; si no hubiera apartado su pantorrilla rápidamente, la presión de la bota en su pierna habría sido dolorosa.

Él la miró, inexpresivo, desdeñoso, con una leve mueca en la boca, y apartó la vista de nuevo.

La mente de Priya se aquietó.

En el silencio, una voz le susurró: “Podrías hacer que se arrepintiera”.

Había lagunas en los recuerdos de la infancia de Priya, huecos lo suficientemente grandes como para pasar un puño a través de ellos.

Pero cada vez que le infligían dolor (la humillación de un golpe, el empujón descuidado de un hombre, la risa cruel de una compañera de servidumbre), sentía que se desplegaba en su mente la certeza de que ella podría causar el mismo sufrimiento.

Susurros fantasmales en la voz paciente de su hermano.

“Así es como se pellizca un nervio lo suficientemente fuerte como para deshacerte de alguien que te sujeta. Así es como rompes un hueso. Así es como se saca un ojo. Mira atentamente, Priya. Justo así”.

“Así es como apuñalas a alguien en el corazón”.

Llevaba un cuchillo en la cintura. Era muy bueno, práctico, con funda y empuñadura sencillas, y conservaba la hoja finamente afilada para los trabajos de cocina.

Nada más que con su pequeño cuchillo y un deslizamiento cuidadoso del índice y el pulgar, podía dejar el interior de cualquier cosa (verduras, carne sin piel, frutas recién cosechadas del huerto del regente) rápidamente al descubierto y la corteza exterior convertida en una cáscara suave, enrollada en su palma.

Volvió a mirar al hombre y, con cuidado, alejó de su mente todo pensamiento sobre su cuchillo. Abrió los dedos temblorosos.

“Tienes suerte”, pensó, “de que no soy aquello para lo que me criaron”.

La multitud detrás y frente a ella se estaba volviendo más densa.

Priya ya ni siquiera podía ver la bandera verde del puesto de boticario.

Se balanceó sobre las puntas de los pies y luego se levantó rápidamente.

Sin volver a mirar al hombre, se inclinó y se deslizó entre dos desconocidos frente a ella, aprovechando su pequeña estatura, y se abrió paso a empujones hacia el frente de la muchedumbre.

Un uso inteligente de sus codos y rodillas y cierta contorsión finalmente la acercaron lo suficiente para ver la cara del boticario, arrugada por el sudor y la irritación.

El puesto era un desastre: las botellas caídas, las vasijas de barro volcadas. El boticario estaba empaquetando sus mercancías lo más rápido que podía. Detrás de ella, a su alrededor, podía escuchar el ruido atronador de la multitud, cada vez más tenso.

—Por favor —dijo en voz alta—. Tío, por favor. Si te quedan algunas cuentas de madera sagrada, te las compraré.

Un desconocido a su izquierda resopló sonoramente.

—¿Crees que le queda algo? Hermano, si tienes, te pagaré el doble de lo que ella ofrezca.

—¡Mi abuela está enferma! —gritó una niña a tres personas de distancia detrás de ellos—. Así que, si pudieras ayudarme, tío…

Priya sintió que la madera del puesto comenzaba a astillarse bajo la dura presión de sus uñas.

—Por favor —dijo en voz baja para esquivar el alboroto.

Pero la atención del boticario ya estaba puesta detrás de la multitud. Priya no necesitó volver la cabeza para saber que había visto los uniformes blancos y dorados de los hombres del regente, que finalmente llegaban para cerrar el mercado.

—¡Ya he cerrado! —gritó—. No hay nada más para ninguno de vosotros. ¡Marchaos! —Dio un golpe con la mano y luego recogió las últimas mercancías meneando la cabeza.

La muchedumbre comenzó a dispersarse lentamente. Algunas personas se quedaron, suplicando todavía la ayuda del boticario, pero Priya no se unió a ellos. Sabía que ya no conseguiría nada allí.

Dio media vuelta, salió de la multitud y se detuvo solo para comprar una pequeña bolsa de kachoris a un vendedor de ojos cansados. La enagua empapada se le adhería pesadamente a las piernas. Tomó la tela, la apartó de sus muslos y caminó en dirección opuesta a la de los soldados.

En el extremo más lejano del mercado, donde el último de los puestos y el suelo transitado se encontraban con el camino principal que conducía a las tierras de cultivo y las aldeas dispersas más allá, había un vertedero.

Los lugareños habían construido a su alrededor una pared de ladrillos, pero eso no bastaba para contener el hedor.

Los vendedores de alimentos tiraban allí el aceite rancio y los productos en descomposición, y en ocasiones desechaban cualquier alimento cocido que no pudiera venderse.

Cuando Priya era mucho más joven, conocía bien ese lugar.

Sabía de las náuseas y la euforia que se abrían paso en espiral a través de un cuerpo hambriento al encontrar algo casi podrido, pero comestible.

Incluso entonces, su estómago se agitó extrañamente ante el montón de basura y el hedor denso y conocido que se elevaba a su alrededor.

Ese día había seis figuras acurrucadas contra las paredes en la escasa sombra: cinco chicos jóvenes y una chica de unos quince años, mayor que el resto.

Los niños que vivían solos en la ciudad, que vagaban de mercado en mercado y dormían en las terrazas de las casas más hospitalarias, compartían información.

Se susurraban unos a otros los mejores lugares para pedir limosna o recoger sobras.

Se pasaban las noticias de cuáles vendedores les darían comida por caridad y quiénes los molerían a palos antes que ofrecer siquiera una onza.

También hablaban de Priya.

“Si vas al viejo mercado la primera mañana después del día de descanso, una criada vendrá y te dará madera sagrada si la necesitas. No te pedirá dinero ni favores. Solo te ayudará. En serio, lo hará. No te pedirá nada en absoluto”.

La niña miró a Priya. Su párpado izquierdo estaba salpicado de tenues motas de color verde, como algas en aguas tranquilas. Llevaba un hilo alrededor del cuello, una sola cuenta de madera ensartada en él.