El trono de jazmín (Reinos en llamas 1)
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Prólogo
E n el patio del mahal imperial se estaba construyendo la pira.
La fragancia de los jardines entraba por las altas ventanas: de dulces rosas y también de flores de aguja imperial, más dulce aún, pálida y frágil, crecían en una profusión tan espesa que se derramaba a través de la celosía; sus pétalos blancos se desplegaban contra las paredes de arenisca.
Los sacerdotes arrojaban pétalos sobre la pira y murmuraban oraciones mientras los sirvientes cargaban leña, la disponían cuidadosamente, aplicaban alcanfor y ghee y esparcían gotas de aceite perfumado.
En su trono, el emperador Chandra oraba junto con sus sacerdotes.
Sostenía en sus manos una sarta de piedras de oración, cada una de las cuales llevaba el nombre de una Madre de las llamas: Divyanshi, Ahamara, Nanvishi, Suhana, Meenakshi.
Sus cortesanos, los reyes de las ciudades-Estado de Parijatdvipa y sus hijos príncipes, sus guerreros más valientes, rezaban con él.
Solo el rey de Alor y su prole de hijos sin nombre permanecían en silencio, notorio y deliberado.
La hermana del emperador Chandra fue llevada a la corte.
Sus damas de honor la acompañaban. A su izquierda, una princesa de Alor sin nombre, conocida solo como Alori; a su derecha, Narina, una joven de sangre noble, hija de un destacado matemático de Srugna y de una madre parijati de alta cuna.
Las damas de honor vestían de rojo, sangriento y nupcial.
En el cabello llevaban coronas de ramas, atadas con hilo para imitar las estrellas.
Cuando todas entraron en la habitación, los hombres se inclinaron al verlas y apoyaron el rostro contra el suelo, las palmas abiertas sobre el mármol.
Se las había ataviado con reverencia y rociado con agua bendita, se había rezado por ellas durante un día y una noche hasta que el amanecer tocó el cielo.
Eran tan santas como podían ser las mujeres.
Chandra no inclinó la cabeza. Observó a su hermana.
No llevaba corona. Su cabello estaba suelto, enredado, desparramado sobre sus hombros.
Él le había enviado criadas para prepararla, pero ella se había negado a recibirlas, rechinando los dientes y llorando.
Le había enviado un sari carmesí, bordado en el oro más fino de Dwarali, perfumado con flores de aguja y otras esencias.
Ella lo había rechazado y, en cambio, había elegido vestirse del más pálido blanco de luto.
Chandra había ordenado a los cocineros que mezclaran opio en su comida, pero ella se negó a probarla.
No había sido bendecida. Estaba de pie en el patio, con la cabeza desprovista de adornos y el pelo alborotado, como una maldición viviente.
Su hermana era una muchacha tonta y petulante. No estarían allí, se recordó, si ella no hubiera demostrado ser tan poco femenina. Si no hubiera intentado estropearlo todo.
El sumo sacerdote besó a la princesa sin nombre en la frente. Hizo lo mismo con Narina. Cuando se acercó a la hermana de Chandra, ella se estremeció y apartó la mejilla.
El sacerdote dio un paso atrás. Su mirada y su voz eran tranquilas.
—Ya podéis ascender —dijo—. Hacedlo y convertíos en Madres de las llamas.
La hermana de Chandra tomó las manos de sus damas y las apretó con fuerza. Permanecieron de pie, las tres, por un largo rato, simplemente sosteniéndose unas a otras. Luego, la princesa las soltó.
Las damas caminaron hacia la pira y ascendieron a su cúspide. Se arrodillaron.
La hermana de Chandra se quedó donde estaba, de pie, la cabeza en alto. Una brisa llevó una flor de aguja a su cabello, blanca sobre el negro más profundo.
—Princesa Malini —dijo el sumo sacerdote—. Puedes ascender.
Ella negó con la cabeza sin decir palabra.
“Asciende”, pensó Chandra. “He sido más misericordioso de lo que te mereces, y ambos lo sabemos. Asciende, hermana”.
—Es tu elección —dijo el sacerdote—. No te obligaremos. ¿Abandonarás la inmortalidad o ascenderás?
La propuesta estaba clara, pero ella no se movió. Negó con la cabeza una vez más. Lloraba en silencio, el rostro desprovisto de sentimientos.
El sacerdote asintió.
—Entonces, empecemos —dijo.
Chandra se puso de pie. Las piedras de oración tintinearon cuando las soltó.
A esto habían llegado. Por supuesto.
Bajó de su trono. Cruzó el patio, ante un mar de hombres inclinados. Tomó a su hermana por los hombros, muy suavemente.
—No tengas miedo —le dijo—. Estás demostrando tu pureza. Estás salvando tu nombre. Tu honor. Ahora, asciende.
Uno de los sacerdotes había encendido una antorcha. El olor a quemado y a alcanfor llenó el patio. Los sacerdotes comenzaron a cantar una canción grave que llenaba el aire, se hinchaba en él. No esperarían a su hermana.
Pero aún había tiempo. La pira no estaba encendida todavía.
Cuando su hermana negó con la cabeza una vez más, Chandra la sujetó de la nuca y le levantó el rostro.
No la sostuvo con fuerza. No la lastimó. Él no era un monstruo.
—Recuerda —dijo en voz baja, casi ahogada por la sonora canción— que esto te lo has buscado tú misma.
Recuerda que has traicionado a tu familia y has negado tu nombre.
Si no asciendes, hermana, recuerda que has elegido hundirte, y que yo hice todo lo que estaba en mi poder para ayudarte. Recuérdalo.
El sacerdote acercó su antorcha a la pira. La madera comenzó a arder lentamente.
La luz del fuego se reflejaba en sus ojos. Ella lo miró con una expresión que parecía un espejo: vacía de sentimientos, reflejaba nada más que sus ojos oscuros parecidos y ceño grave. Su sangre y huesos compartidos.
—Hermano mío —dijo ella—. No lo olvidaré.