El Troll Capítulo 49
94%

Capítulo 49

FRANKY

—Señor Newsome, soy el inspector jefe Stephens; estamos frente a su casa y necesitamos hablar con usted con urgencia.

Su tono no suena como si hubieran vuelto para arrastrarme otra vez a comisaría, pero ¿qué narices querrán a estas horas de la noche? —No estoy en casa. —La voz me sale estrangulada mientras contemplo la oscuridad del aparcamiento—. He estado durmiendo en el coche.

Las cosas no pueden ir mucho peor: no solo me han detenido en público y me han interrogado durante horas, sino que además mi cara ha salido por todas las redes sociales.

Y por eso mi carrera de escritor está ahora hecha jirones.

Ni siquiera puedo beberme una botella de whisky para ahogar las penas, no mientras técnicamente esté a cargo de un coche.

—Necesitamos hablar con usted sobre su mujer —dice el inspector jefe—. ¿Puede venir a casa ahora mismo?

—Pero Tara no me deja entrar; me ha dejado bien claro que tengo que mantenerme alejado de la casa.

—Se me viene a la cabeza la cara furiosa de mi mujer la última vez que hablé con ella, junto al muro del jardín.

Sus facciones afiladas no me dejaron ninguna duda del efecto que había causado mi detención.

No he hecho nada malo —bueno, no en un sentido penal—, pero no había ni una parte de ella dispuesta a apoyarme.

Hubo un tiempo en que entre nosotros había amor y lealtad, pero está claro que esos días han quedado atrás del todo.

—¿Todavía tiene las llaves de su casa? —pregunta el inspector jefe, y hace que me sienta menos hombre aún.

—Eso espero. —Alargo la mano hacia donde cuelgan del contacto—. A no ser que haya cambiado la cerradura. Ahora mismo la creo capaz de cualquier cosa.

—¿Cuánto tardará en llegar?

—Estoy en un aparcamiento en lo alto de Otley Chevin, así que puedo estar ahí en diez minutos. Pero escuche, ¿no puede darme alguna pista de qué está pasando?

—Hablaremos con usted cuando llegue.

—Pero me están asustando. ¿Es alguna de mis niñas?

—No, no tiene nada que ver con ellas. Mire, pronto podremos aclararlo todo.

—Está bien, voy para allá. —Giro la llave y, por una vez, el motor arranca al primer intento.

El testigo de la reserva está encendido en el salpicadero, pero debería quedarme gasolina suficiente para llegar a casa a duras penas.

No me puedo creer que no haya querido decirme por teléfono qué hay de tan urgente.

Quizá quieran exonerarme, o tal vez tengan más preguntas.

Pero por alguna razón sospecho que es algo más que eso.

Llego a la casa y me encuentro las ventanas a oscuras y al inspector jefe Stephens y al sargento Howell, los mismos agentes que me interrogaron en comisaría, caminando de un lado a otro por el camino de entrada con las manos hundidas en los bolsillos.

Dejan de caminar cuando se dan cuenta de que he aparcado junto al muro.

—¿Qué está pasando? ¿Dónde está mi familia? —Es demasiado pronto para que Tara se haya ido a la cama.

—¿Podemos pasar dentro? —dice el sargento mientras cierro el coche con llave.

—Pero ¿no está mi mujer ahí dentro?

Niega con la cabeza, y no se me escapa la mirada cautelosa que le lanza a su compañero. —¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Tara?

—Mejor hablamos dentro, ¿le parece?

—Solo para que lo sepas, tengo aquí a las niñas, Franky. —Me giro al oír la voz de una mujer que resuena desde la calle—. Tara me las dejó esta tarde. Y también al perro.

—Gracias —respondo, todavía sin saber en qué me estoy metiendo. Que yo sepa, Tara nunca ha dejado a las niñas, ni al perro, con Linda, nuestra vecina. Ni siquiera le cae bien esa mujer. Aunque, bueno, hay mucha gente que no le cae bien.

Debería quedar con Linda para recogerlos a todos cuando termine con la policía, pero la verdad es que necesito averiguar qué quieren los agentes de mí antes de organizar nada .

Le doy al interruptor de la luz y espero a que los dos agentes me sigan al recibidor. Cierro la puerta y me giro hacia ellos, con el corazón latiéndome a lo que parecen doscientas pulsaciones por minuto.

—Quizá le convenga sentarse para lo que voy a decirle. —La voz del inspector jefe Stephens es suave, mucho más suave que en la sala de interrogatorios. Retrocedo y me siento en el tercer escalón de la escalera. ¿Qué narices está pasando?

—Me temo que tengo malas noticias, Franky.

—Adelante. —Han pasado ya veinte minutos desde que recibí su llamada y sigo igual de perdido—. Dígamelo de una vez, ¡por favor!

—Me temo que ha habido un incidente esta tarde, en un spa en una azotea a las afueras de Harrogate.

—¿Y? —Nada de esto significa nada para mí, pero debe de ser adonde ha ido Tara esta tarde. Largándose a algún spa, dejando a nuestras hijas y al perro con una vecina que ni siquiera le cae bien mientras yo intento acomodarme para dormir en el coche.

—Ha habido un altercado entre su mujer y varias mujeres a las que ha estado enviando mensajes anónimos.

Me enderezo. —¿Mensajes? ¿Qué mensajes?

—Los mismos por los que lo interrogamos —responde esta vez el sargento—. A su exnovia, Kaylene; a otra mujer, Jade; también a su asesora hipotecaria y a una empleada de la cooperativa de crédito con la que había tratado.

Me quedo mirándolo. No consigo entender nada de todo esto.

—Parece que su mujer podría haber estado intentando incriminarlo enviando mensajes a estas mujeres desde varias cuentas en Internet, Franky, pero de eso ya hablaremos más tarde.

El inspector jefe Stephens le frunce el ceño como si se hubiera pasado de la raya.

Probablemente lo haya hecho, porque al fin y al cabo el inspector jefe todavía no ha terminado de decirme lo que intentaba contarme.

Lo que ha salido a la luz hasta ahora ya es bastante espantoso, pero por la expresión de su cara, hay más.

—¿Que ha hecho qué ? Pero ¿cómo? ¿Por qué me haría algo así?

No lo entiendo. —Se me aparece su cara otra vez: la mujer a la que un día le prometí amor eterno.

En aquellos días habríamos hecho cualquier cosa el uno por el otro.

Éramos ella y yo contra el mundo. ¿Cómo iba a haberme traicionado hasta el punto de intentar incriminarme ante la policía?

—Su mujer también ha confesado otra cosa, Franky. —El inspector jefe se inclina hacia delante y me pone la mano en el hombro.

—¿El qué? —No me imagino qué puede ser. ¿Cómo podrían empeorar las cosas todavía más?

—Tenemos una grabación de Tara confesando el asesinato de Chloe Taylor; también de eso esperaba que usted cargara con la culpa.

Me quedo paralizado, casi como si no pudiera moverme.

—Franky, ¿ha oído lo que acabo de decir? ¿Lo entiende?

Me lo ha soltado casi como si no fuera nada. Pero en un solo instante, toda mi vida ha dado un vuelco. Y no solo la mía. ¿Y las niñas? Ya han pasado por bastante creyendo que su padre podía ser capaz de algo así. Pero ¿su madre? Tiene que haber algún error.

La bilis me quema el fondo de la garganta mientras intento articular una respuesta. —Pero… pero eso ocurrió en Londres, ¿no? Tara no pudo estar en Londres.

Un momento, ¿qué estoy diciendo? Puede que esa fuera la noche en que dijo que había estado bebiendo y luego caminando, la noche que dijo que no se veía capaz de volver a casa.

Eran más de las ocho de la mañana cuando por fin dio la cara, y me avergüenza reconocer que ni siquiera se me pasó por la cabeza hacer nada por su ausencia.

Simplemente di por hecho que había encontrado otro sitio donde pasar la noche.

Pero ¿por qué le doy tanta importancia a si estuvo en Londres o no? Están diciendo que ha asesinado a una mujer.

—No pudo ser ella. —Por fin recupero la voz—. Habrá sido muchas cosas a veces, pero…

—Tenemos una grabación —me interrumpe—. Y ahora también dispondremos de su ADN para compararlo con los indicios hallados en la habitación.

—Entonces, ¿la han detenido? ¿Es eso lo que han venido a decirme? —Casi siento alivio. Por un momento pensé que iban a decirme algún disparate, como que estaba muerta. Suelto un largo suspiro entrecortado. Lo que tengo que contarles a las niñas ya es bastante grave de por sí.

—Me temo que no. —La expresión del inspector jefe se ensombrece aún más.

Miro de un agente al otro. No consigo descifrar qué está pasando.

—Franky. —El inspector jefe Stephens vuelve a tocarme el hombro—. Lamento tener que informarle de que Tara saltó desde una azotea, a setenta pies de altura, al bosque que había debajo.

—¿ Qué ?

—Las mujeres que estaban con ella en ese momento dijeron que quizá creyó que no tenía otra salida después de su confesión.

—No. —Sacudo la cabeza con violencia—. Ella no haría eso. No les haría eso a nuestras hijas. —Se me ha puesto la piel de gallina en todo el cuerpo y una gota de sudor me resbala desde la axila por el costado.

—No se había dado cuenta de que estaban grabando lo que decía. Parece que se vio ante dos opciones: que la detuvieran o saltar desde la azotea.

—Entonces, ¿qué me está diciendo? ¿Está en el hospital? —Echo un vistazo por el recibidor. No llevo suficiente gasolina en el coche, y la gasolinera más cercana estará cerrada. A lo mejor me lleva la policía, porque no me veo en condiciones de conducir.

Los agentes se miran, y por un instante siento que el corazón se me para. Resulta que era malvada, pero yo la quería. La quería, y aun así era malvada.

—Hace aproximadamente una hora, recuperaron el cuerpo de su esposa en el bosque. —Habla con tanta suavidad que por un momento me pregunto si habré oído mal.

—¿El cuerpo ? —A mi cerebro le cuesta procesar lo que acaba de decir.

En cualquier momento voy a despertarme y a darme cuenta de que estaba teniendo una pesadilla.

Me pellizco el dorso de la mano, con la esperanza de despertar, zarandear a mi mujer, que estará a mi lado, y decirle: «No te vas a creer el sueño que acabo de tener».

—Lamento muchísimo decirle que su esposa ha muerto.

—No, no puede ser.

—Lo siento, Franky. —El inspector jefe se agacha frente a mí—. ¿Hay alguien a quien podamos llamar para que esté con usted esta noche? No debería quedarse solo.

—No, no hay nadie. Nadie en absoluto. Mis padres han muerto los dos, y mi hermano se fue a vivir lejos; apenas tenemos contacto ya. Estaba durmiendo en el coche, por el amor de Dios. Así de poca gente hay en mi vida. —Bajo la cabeza. Sueno de lo más patético.

—¿Le traigo algo, Franky?

—Espere, no consigo asimilarlo. ¿Me está diciendo que fue Tara quien mató a esa mujer, que Tara era el troll que me acusaban a mí de ser?

—Desde luego, todo apunta a eso —responde—. Está claro que aún queda mucho por investigar, pero lo mantendremos informado en cada paso del proceso.

El recibidor parece inclinarse hacia un lado mientras intento encajar las piezas que me han dado.

He pasado de estar señalado en todas las redes sociales como asesino y como troll a ser la parte agraviada , alguien a quien le han tendido una trampa, una víctima de mi propia mujer; alguien a quien la policía ahora va a mantener informado .

—¿Todo esto es culpa mía?

Tiene que serlo. He sido un marido pésimo y un desastre con el dinero. Sé que estaba escribiéndome con mujeres en la web de citas, buscando la atención que mi mujer no quería darme, pero eso no justifica mi comportamiento.

Sin embargo, yo no maté a nadie; no troleé a nadie.

En eso tengo la conciencia tranquila.

—¿Cómo hizo lo que dicen que hizo? Quiero decir, ¿cómo pueden estar seguros?

—Por lo que sabemos hasta ahora, parece que intentaba incriminarle a usted —responde el inspector jefe—. Pero, como le digo, todavía nos queda mucho por hacer con esto.

Entonces, ¿ Tara era el monstruo por el que intentaba hacerme pasar a mí ?

—Sigue sin tener sentido. ¿Por qué no me dejó si tanto me odiaba? —Una oleada de rabia me recorre el cuerpo. ¿Qué le pasaba a esa mujer? ¿Por qué ha destrozado tantas vidas con esa frialdad?

El sargento me lanza una mirada como si intentara decir: Usted es el autor de thrillers. ¿Por qué hace la gente las cosas que hace? Pero decirlo probablemente sobrepasaría los límites de la profesionalidad.

—Las niñas. —No necesito decir más para que las lágrimas me quemen detrás de los ojos. Pronto voy a tener que decirles que su madre ha muerto. Como si no hubieran sufrido ya bastante después de casi una semana creyendo que su padre era un criminal. Y poco después de eso, perderemos la casa.

—Vaya paso a paso —dice el sargento, como si supiera lo que me pasa por la cabeza—. Primero necesita hacerse a la idea de lo que ha ocurrido. ¿Quiere que hablemos nosotros con la vecina, que le preguntemos si puede quedarse con sus hijas hasta mañana por la mañana?

Asiento con la cabeza. —Sinceramente, no puedo enfrentarme a ellas esta noche. No tengo ni idea de qué les voy a decir.

Los sollozos me sacuden entero al darme cuenta de que Tara nunca volverá a asomarse a verlas mientras duermen ni a prepararlas para el colegio.

Sé que se sentía un fracaso como madre; sé que no podía dejar de compararse con las demás, pero ¿esto?

No puedo creer que se arriesgara a acabar en la cárcel, lejos de nuestras hijas.

Tampoco puedo creer que se quitara la vida.

—¿Están seguros de que fue ella quien saltó?

—Casi me atraganto con las palabras cuando un sollozo se me atasca en la garganta.

Ya es bastante horrible tener que decirles a las niñas que ha muerto, pero que se ha suicidado tras confesar un asesinato, en fin, no logro imaginar siquiera cómo voy a explicarlo.

Mia, que estaba más apegada a Tara, seguramente no me creerá, y en cuanto a Olive, a esa edad en la que solo intenta encajar con sus compañeros, se derrumbará cuando le dé la noticia mañana.

—Las mujeres que estaban con ella gozan todas de buena reputación en la comunidad —responde el inspector jefe—. Y todas nos cuentan la misma versión de los hechos. Pero, evidentemente, será necesaria una identificación formal.

Asiento con la cabeza, y entonces me sacuden nuevos sollozos mientras dejo caer la cabeza entre las manos. Puede que Tara se convirtiera en una asesina, pero yo la quería a mi manera. Han sido quince años de matrimonio; es la madre de mis hijas.

¿Cómo cojones ha podido acabar todo así?