El Troll Capítulo 46
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Capítulo 46

TARA

—¿Por qué asesinaste a mi amiga? —A Leanne le tiembla la voz. No sé si de rabia o de miedo.

—La odiaba . —A mí también me tiembla la voz—. Igual que os odio a todas vosotras. Tengo cuentas pendientes con cada una de estas mujeres, de un modo u otro. Pero pensaba ocuparme de ellas de una en una. Jamás habría podido prever que me acorralaran todas juntas como han hecho en este spa.

—Sé perfectamente quién eres —dice la de más edad, Brenna. Sí, hasta me acuerdo de su nombre—. Y solo hacía mi trabajo cuando rechacé tu solicitud de hipoteca.

—Yo también —añade la más joven, Jade. De su nombre tampoco me olvidaría así como así—. Tú y tu marido no podíais permitiros el préstamo, estaba clarísimo.

—¿Quiénes sois vosotras para juzgarme a mí ? —Casi escupo las palabras al suelo—. No tenéis ni idea de hasta qué punto me habéis arruinado la vida. Siento cómo el rencor se me endurece aún más mientras las miro a la cara una a una. Todas tienen parte de culpa de que mi vida se haya torcido tanto.

—Sigo sin entender qué haces aquí —dice Leanne—. El mensaje que envió Antonia era para tu marido.

Pronuncia la palabra marido con muchísimo veneno.

—Yo me he ocupado de sus mensajes.

Ocuparse es una forma de decirlo. Hacerme pasar por él es otra bien distinta.

Las tres mujeres intercambian miradas. Pese a la tensión, una especie de calma se ha instalado entre nosotras. Pero, sin duda, durará poco. Las sirenas suenan cada vez más fuerte y aún tengo que hacerme con ese móvil. Se me acaba el tiempo.

Si esa grabación desaparece, puedo deshacer todo esto; sé que puedo.

Lo que se ha dicho quedará en mi palabra contra la suya.

Luego podré esfumarme. Recogeré a las niñas de la fiesta de pijamas en casa de los vecinos y me largaré todo lo lejos de aquí que pueda permitirme.

Puedo coger lo que hay en la caja fuerte de la panadería y juntarlo con lo que tengo apartado para el alquiler de los próximos meses.

—Creíamos que era él quien nos aterrorizaba con todos esos mensajes y esas visitas —responde Leanne—. Creíamos que él había matado a Chloe. —Me sobresalto cuando me agarra del brazo y me clava las uñas en la carne.

Me suelto de un tirón y me lanzo hacia la maceta. Voy a coger ese móvil, aunque sea lo último que haga.

Por un glorioso segundo, lo tengo en las manos. Entonces Leanne me agarra de un brazo, Brenna del otro, y el móvil sale patinando por el suelo de baldosas.

—Soltadme. —Me revuelvo y forcejeo para librarme de ellas, echando mano de hasta el último gramo de fuerza. Por fin consigo zafar un brazo. Con el brusco cambio de fuerzas, me giro con suficiente ímpetu para zafar también el otro.

Entonces, antes de que ninguna pueda impedirlo, lanzo un codazo hacia atrás y le doy a Leanne en plena cara. Ella grita y se tambalea hacia atrás.

Jade va a por el móvil. Me lanzo a sus pies y la derribo. Se le doblan las piernas y se golpea la cabeza contra el borde del jacuzzi. Por un instante, todo se detiene.

No se mueve. Un hilillo de sangre le baja desde la cabeza. Con un poco de suerte, la he matado.

Esa no ha tenido nada de premeditada, pero me vale.

—¡Dios mío! ¡Jade! —Los chillidos de Leanne me taladran los oídos mientras ella y Antonia se abalanzan a socorrerla.

Ahora puedo llegar hasta ese móvil.

Cuando me lanzo a por él, Brenna se me echa encima por la espalda y su peso me arrastra al suelo. Debe de darse cuenta de que no tiene casi ninguna posibilidad de sujetarme ella sola.

Echo una pierna hacia atrás y pateo con fuerza, dándole de lleno en la cara. Suelta un aullido mientras cae de espaldas, con la sangre brotándole de la nariz.

Mi atención vuelve al jarrón que hay sobre la mesa, con sus lucecitas tan inocentes.

Antes de que nadie pueda impedirlo, lo agarro y lo estrello contra la columna, quedándome con la base dentada bien apretada en el puño.

Puede que sean imaginaciones mías, pero las mujeres que me rodean parecen quedarse petrificadas al ver mi arma improvisada.

Bien.

Que no les quepa la menor duda de que rajaré a quien se me ponga por delante con tal de coger ese móvil.

Pero cuando miro más allá del jacuzzi, veo a Antonia de rodillas a su lado, con la cara surcada de lágrimas. Aprieta el móvil contra el pecho.

Entonces la mujer embarazada aparece en la puerta de los vestuarios. —He llamado a la policía —grita.

—Enciérrate en una cabina —le grita Leanne mientras arremete contra mí.

Doy un tajo y le abro un corte en el hombro con el cristal. Ella chilla mientras la sangre florece en la parte superior de su bañador: carmesí sobre blanco. Pero no se ocupa de la herida; sigue avanzando sin más.

Una de las otras mujeres se deja caer de rodillas y se abalanza sobre mis piernas, tirándome de espaldas al suelo. Otra vez son tres encima de mí. Y he soltado el jarrón.

La rabia me recorre entera mientras agito brazos y piernas en todas direcciones para quitármelas de encima, pero me mantienen inmovilizada contra el suelo.

Me tienen dominada hasta que mis dedos, en uno de esos manotazos, dan con un gran fragmento de cristal. Lo agarro y vuelvo a atacar, cortándole la muñeca a Brenna. Al ver brotar más sangre, todas retroceden; esta vez es Leanne quien socorre a Brenna.

Vuelvo a estar en pie, pero jadeando. Tengo otra oportunidad. Solo Antonia parece tener fuerzas para seguir luchando, pero también jadea.

Damos vueltas la una alrededor de la otra como leonas; yo sigo blandiendo el fragmento hasta que me lanzo hacia ella, la hago girar y consigo agarrarla por la nuca, empujando su cuerpo escuálido hacia el parapeto.

Empujo con más fuerza y la estampo contra el hormigón, doblándola hacia atrás sobre el muro. Será una caída desde buena altura; al menos servirá para darle un final más rápido que el del jacuzzi. Ya no volverá a afectarme, tal como lo había planeado desde el principio.

—¡No! ¡Para! ¡Socorro! —Me da una patada en la mano y suelto el fragmento.

Cuando me dispongo a arrojarla al vacío, todo enmudece. Ya no oigo las sirenas, pero la música sigue sonando y el jacuzzi sigue burbujeando.

Y, de momento, cinco de nosotras seguimos respirando en este spa.