Capítulo 45
TARA
—¿Quién cojones eres tú?
—Tara Newsome. —Da igual que Antonia sepa mi nombre. Adonde va, no podrá repetir ni una palabra de lo que se ha dicho—. La mujer de Franky.
Resulta casi divertido ver cómo se le cae la venda de los ojos cuando la invade la gélida certeza de lo que podría significar mi presencia. —¿Qué quieres?
—Mi marido se cree que tiene posibilidades contigo, ¿verdad?
—Sigo sin entender qué haces aquí.
—He leído sus mensajes, por eso estoy aquí.
—Entonces habrás leído las ganas que tenía de hacer un FaceTime conmigo, ¿no? Cómo quería ver «lo que tengo». —Hace comillas en el aire.
—Vi las fotos que te mandó —digo—. ¿Por qué iba a mandar fotos así a alguien a quien no conoce de nada?
—Porque es un pervertido patético. Si tan al día estás con sus mensajes, habrás visto que nada de lo que hice o dije dio pie a esas fotos.
—Para empezar, no tendrías que haberte puesto a mandarte mensajes con él —grito, y luego bajo la voz—. ¿O es que siempre vas detrás de hombres casados?
—No sabía que estaba casado. —Levanta las manos.
—Estoy hasta el coño de mujeres —mi voz se endurece— como tú —la señalo—, que se creen que pueden coger lo que les dé la gana de los demás. Lo tienes todo: el casoplón, el negocio de lujo, más dinero del que sabrías qué hacer con él… Pero no era suficiente, ¿verdad? Encima querías a mi marido.
—Bloqueé a ese pirado —exclama—. Pero eso no lo detuvo, ¿verdad?
No, porque le di calabazas y desde entonces no ha parado de mandarme mensajes asquerosos; hasta se metió en mi casa…
—Le tiembla la voz mientras sigue mirándome como si fuera algo que acabara de pisar—.
¿Cuál es la verdadera razón de que estés aquí?
—No sabes lo que es vivir como vivo yo. —Le clavo el dedo hacia el pecho—. Saber que tu marido va detrás de todo lo que no puede tener. Otras mujeres, más dinero…
Antonia me mira como si estuviera apestada. —Fuiste tú , ¿verdad?
—¿El qué?
—Los mensajes, los allanamientos…
—Tú —la señalo— no tienes ni idea de lo que es estar a una factura de perderlo todo, todo lo que importa.
—No sabes nada de mi vida.
—No me vengas con esas. —Estoy tan cerca de ella que casi nos tocamos con la nariz—. ¿Con cuántos maridos ajenos más andas tonteando?
—¿Y en cuántas casas de otras mujeres más te has metido? —Su mirada no se aparta de la mía, pero le tiembla un poco la voz—. ¿Y a cuántas mujeres más les has estado mandando tus mensajes de troll?
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes, joder. ¿Qué has hecho, Tara?
Que use mi nombre con ese retintín me lanza la rabia por la columna a tal velocidad que me cuesta contenerla. ¿Merece siquiera la pena negar lo que he hecho?
—¿Cuándo estuviste en Londres por última vez, Tara?
—No vuelvas a decir mi nombre, ¿te ha quedado claro?
—Te he hecho una pregunta. —Levanta la barbilla.
Quizá sería divertido admitirlo. Todo.
Me encantaría borrarle esa cara de suficiencia de soy mejor que tú . Hasta ahora, nadie ha atado cabos. Ni siquiera Franky. Ha tenido tantas cosas encima que no ha cuestionado mi versión de que estuve en el pub esa noche y luego anduve dando vueltas horas y horas porque tenía la cabeza hecha polvo.
A la mañana siguiente ya estaba en el primer tren de Londres a Leeds, y llegué a casa antes incluso de que las niñas hubieran salido para el colegio. Olive preguntó por qué seguía con la misma ropa del día anterior, pero nada más.
Ninguna sospecha. Ninguna consecuencia.
—¿Y qué me dices de Chloe Taylor? —Antonia sigue mirándome fijamente.
—Otra zorra que iba por la vida presumiendo de lo perfecta que la tenía, ayudando a todo el mundo menos a mi marido cuando él le pidió un favor. Por su culpa, mis hijas están a punto de quedarse sin hogar.
—¿Entonces fuiste tú? —La incredulidad se dibuja en la cara de Antonia.
Seguramente no me cree capaz de quitarle la vida a nadie, pero está a punto de descubrir de qué soy capaz.
Sabía lo que quería hacer mientras merodeaba delante de la casa de Chloe; sabía que lo más probable era que pasara mientras la observaba aquella noche, cuando caminaba del metro a Piccadilly.
—¿Y si fui yo, qué?
Esto es exactamente lo que quería presenciar. Su mohín de niña consentida transformándose en una O de estupor.
Y me importa un carajo que sepa la verdad. Al fin y al cabo, no va a salir de aquí para repetir nada de lo que diga. Es más, hasta resulta casi un alivio haberlo dicho en voz alta, haber soltado el oscuro secreto que llevo dentro desde hace casi dos semanas.
No podría haber hecho más para cargarle el muerto a Franky; claro que mi mayor riesgo era que las cámaras de seguridad me pillaran viajando en tren, por eso pagué el billete de vuelta en efectivo en la estación.
Entonces una mujer sale de detrás de una columna.
La reconozco, pero por un segundo no consigo ubicar de qué. Se oye un portazo y aparecen dos mujeres más.
Mi mirada salta de una a otra mientras intento descifrar quiénes son, esperando a que se presenten. Ya he dicho demasiado, lo sé. Tendría que haber mantenido la boca cerrada y haber ido a lo que venía. Entonces caigo en la cuenta.
Una de esas mujeres nos denegó un préstamo. Sí, es ella, la de aquellas uñas tan largas con las que no paraba de dar a las teclas equivocadas mientras tecleaba nuestros datos. Era la que más miedo dejaba ver en sus mensajes, exigiendo sin parar saber quién soy y por qué le estoy haciendo esto.
Luego está la mujer a la que le temblaban las papadas al negar con la cabeza. La que prometió conseguirnos la hipoteca y luego no hizo más que decirnos que no. Como siempre hace todo el mundo.
—Ya me imaginaba que tú meterías las narices. —Señalo a la autora que se negó a promocionar los libros de Franky. Igual que la bookfluencer, estaba dispuesta a ayudar a otros escritores, pero cuando se trataba de Franky, no le daba ni la hora.
—Asesinaste a mi amiga. —Sus ojos son duros como el mármol mientras me sostiene la mirada.
—¿Y dónde está la otra?
—¿A qué te refieres? —A la autora se le tuerce el labio superior de odio.
—Os estaba observando cuando llegasteis ayer a Leeds; había una quinta mujer, la embarazada.
La mujer por la que Franky estuvo coladísimo en su día, hasta el punto de que lleva tiempo intentando retomar el contacto con ella por Facebook.
—¿Y dónde está?
Nadie contesta. Echo un vistazo hacia la zona de vestuarios, donde una de las cabinas estaba cerrada cuando llegué, pero ni se me pasó por la cabeza que pudiera haber alguien dentro. ¿Ha estado ahí todo el tiempo? A lo mejor es a ella a quien debería ir a buscar.
—Me alucina que una mujer pueda comportarse así con otras mujeres. ¡Eres un auténtico monstruo! —Escupe la palabra monstruo como si fuera un trozo de ternilla que se saca de la boca.
La vista se me va a un jarrón que hay sobre la mesa junto a la tumbona. Aparte del jacuzzi, es lo único que puedo usar como arma.
A lo mejor, solo a lo mejor, podría defenderme de todas ellas con él. Y luego largarme de aquí cagando leches.
Pero justo cuando estoy a punto de agarrar el jarrón, la mirada de Antonia se desvía hacia la maceta que hay al lado del jacuzzi. Y si no hubiera estado observándola, se me habría escapado.
El destello de la luz en una pantalla. La pantalla de un móvil. Tienen que haber grabado cada palabra que he dicho desde que llegué.
Suenan sirenas a lo lejos. ¿Y si Kaylene, la ex de Franky, está de verdad en los vestuarios? ¿Y si ha llamado a la policía?
Tengo que irme, pero no puedo sin ese móvil.