El Troll Capítulo 44
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Capítulo 44

EL TROLL

Menudo sitio. Saludo con la cabeza al portero que me abre la puerta antes de dirigirme al mostrador de recepción, calándome bien la gorra de béisbol.

Cruzo a grandes zancadas la moqueta multicolor; las zapatillas se me hunden en el pelo tupido mientras busco alguna indicación de por dónde ir. Antonia me mandó instrucciones, pero llevo el móvil bien apagado en el bolsillo, como siempre que estoy en un sitio donde no quiero que me localicen.

Solo quiero entrar en ese spa, hacer lo que tengo que hacer y largarme. Lo único que me falta es lograr que lo que está a punto de pasarle a Antonia parezca un accidente, igual que intenté con Chloe. Después tendré vía libre para seguir eliminando a las mujeres, una a una.

Las mujeres que se me han metido bajo la piel.

Apenas puedo creer que Antonia se me haya puesto así en bandeja. Literalmente. Ha pasado de exigirme que no volviera a contactar con ella y de soltarme insultos como pervertida y trastornada, a desbloquearme y hacerme una invitación a este spa de lujo. Pero descifrar su mente no es cosa mía.

Me dejó de piedra lo mucho que se disculpó por haberse echado atrás al principio con lo de nuestros mensajes, achacando su confusión a un ex que anda rondando. Pero desde entonces, me dijo, ha tenido tiempo de replanteárselo.

Insistió en que deberíamos vernos en persona para aclarar las cosas y, como muy bien añadió: «¿Cómo vas a saber si hay química solo por una foto y unos cuantos mensajes? Hagámoslo bien». No podía estar más de acuerdo.

Resulta que un amigo de una amiga suya dirige este sitio, así que tiene el spa de la azotea reservado en exclusiva durante una hora. Y pueden pasar muchas cosas en sesenta minutos en un spa en una azotea.

Muchas cosas.

Casi me sorprende encontrarme delante del ascensor, que es exactamente donde necesito estar; pero me sorprende aún más cuando el portero que me abrió la puerta se me cruza en el camino. Lo último que necesito es que me corten el paso estando tan cerca.

—¿Busca algún sitio en concreto? —pregunta. Está claro que no tengo la pinta de sus clientes habituales. Ese pensamiento hace que la rabia me trepe por la espalda como una serpiente. Pero la rabia es buena. Es combustible para lo que se avecina.

—Vengo al spa. —Hundo aún más las manos en los bolsillos—. Tengo invitación.

Me mira raro y me pregunto qué le estará pasando por la cabeza. Abre la boca para hablar y, por un momento, su expresión me hace pensar que va a seguir dándome la lata.

Pero entonces alguien lo llama desde alguna parte: —Des, ¿podrías venir un momento?—. Él se vuelve hacia el lugar de donde ha salido esa vocecilla de pajarillo.

—El ascensor necesita un código —dice, volviéndose hacia mí un instante.

—Ya lo tengo. —Me cuesta evitar que se me cuele un tono de suficiencia en la voz.

Introduzco en el teclado los cuatro números que me han dado y el ascensor se abre.

—Muy bien, pues suba en el ascensor hasta la última planta, y la puerta del vestuario le quedará justo enfrente al salir. —Habla deprisa, como si no pudiera esperar ni un segundo más para librarse de mí y averiguar por qué lo han llamado.

Me toco la visera de la gorra en un gesto de falso agradecimiento mientras las puertas del ascensor se cierran suavemente conmigo dentro.

Pero apenas se han cerrado cuando vuelven a abrirse, y me pregunto si el ascensor se habrá puesto en marcha siquiera, o si el portero habrá cambiado de idea y habrá decidido darme la lata al fin y al cabo.

Pero cuando se abren las puertas, veo que estoy en la planta correcta y justo donde debo, frente a un gran cartel que dice: «Bienvenidos a Sky Spa».

Respiro hondo y empujo la puerta que da al vestuario; una bocanada de calor y un olor empalagoso a perfume me golpean como una bofetada.

Este es el mundo de otra gente, no el mío.

Cruzo las baldosas hasta el cartel que dice: «Zona de spa, se ruega respeto hacia los demás usuarios». Tiro de la puerta y oigo la música ambiental suave y el burbujeo del jacuzzi, el lugar que tengo en el punto de mira, el lugar donde voy a acabar con ella.

Por supuesto, parecerá un simple accidente.

Luego, una vez que le haya metido la cabeza bajo el agua y me haya asegurado de que el pelo se le quede atrapado en las boquillas de los chorros, ni siquiera necesitaré mantenerla bajo la superficie; la succión hará el trabajo sucio.

A menos que se las apañe para arrancarse el cuero cabelludo para no ahogarse, Antonia no va a poder hacer gran cosa para seguir con vida.

—Lo siento. Tengo esta zona reservada para uso privado.

—Antonia entorna los ojos en mi dirección mientras camino hacia ella, con el olor cálido de la madera mezclado con cloro llenándome las fosas nasales.

No me puedo creer que por fin la tenga delante.

He mirado sus fotos tantas veces y durante tanto tiempo que casi ha dejado de parecer real.

Pero no, vaya si es real: esta zorra engreída con su piel aceitunada y su cuerpo perfectamente tonificado, repantingada en una tumbona como si el sitio fuera suyo. Y como si estuviera esperando a alguien a quien quiere causar buena impresión.

—Sí, lo sé. —Con la garganta seca, trago saliva al llegar hasta ella y me quedo de pie por encima de ella, con sus largas piernas estiradas por delante.

Al principio se encoge, como si por un momento lograra intimidarla. Pero luego parece recomponerse y echa las piernas a un lado, poniéndose de pie de un salto, mientras me mira con una expresión gélida. —No, no lo entiendes. Es que estoy esperando a alguien.

—Eso también lo sé. —Me acerco a ella hasta quedar casi nariz con nariz.

Está claro que le estoy invadiendo el espacio personal, así que se aparta de mí, mirando a su alrededor, como si alguien fuera a materializarse de repente para explicar qué está pasando.

He hecho mis deberes y las únicas cámaras que hay aquí arriba dan a la salida de los ascensores y a la entrada del spa. A menos que hagan controles aleatorios, las probabilidades de que aparezca alguien más son bastante escasas.

—Estoy esperando a alguien que se llama Franky Newsome. —Su voz es una mezcla de rabia y desconcierto.

Miro de reojo el jacuzzi. Un par de pasos en esa dirección, un buen empujón y la tendré dentro. Quizá primero le estampe la cabeza contra las baldosas para asegurarme bien.

La preciosa Antonia no tiene ni idea del lío en el que se ha metido. Pero primero voy a decir lo que tengo que decir.

—Te he chafado los planes, ¿verdad?