El Troll Capítulo 39
76%

Capítulo 39

LEANNE

Me vibra todo el cuerpo de energía nerviosa mientras bajo del tren, arrastro la maleta de ruedas, me pongo las gafas de sol y me calo la gorra de béisbol para que no me reconozcan.

Eamon me ha escrito otras dos veces durante el trayecto, pero lo dejo cocerse en su propia salsa.

Estoy harta de que intente controlarme; y, solo porque él no tenga ningún propósito en su vida, ¿por qué iba yo a dejar que destroce el mío?

He recibido otros dos mensajes.

Tienes que dar media vuelta y volver arrastrándote bajo la piedra de la que saliste.

Y,

¿También quieres descubrir lo que se siente al morir ahogada en tu propio vómito?

Intento que todo esto no me afecte, pero es imposible. Ahora sé cómo se sintió Chloe aquel día.

Mientras cruzo a grandes zancadas la pasarela que atraviesa la estación, no dejo de levantar la vista para escrutar las caras de los desconocidos tras mis gafas de sol. ¿Podría ser alguno de ellos quien me manda los mensajes?

Me arrepiento amargamente de haber publicado mi estado y mi destino en Instagram. Aunque solo mencioné Yorkshire y no una ciudad concreta, cualquiera que conozca la zona sospecharía que me bajaba en Leeds, la estación principal de muchos trayectos de tren hacia el norte.

Miro hacia atrás y aprieto el paso. Solo quiero salir de esta pasarela.

Está por lo menos a la altura de un tercer piso sobre el andén, y un buen empujón por encima de la barandilla probablemente acabaría con cualquiera.

Quien se lo llevara acabaría electrocutado o muerto por el impacto de un tren entrando o saliendo.

Al llegar a las escaleras del otro extremo, intento reírme de mí misma.

O me río, o me pongo a llorar. Normalmente estaría tomando nota de estas situaciones que llamo posibles escenas de muerte, porque las veo constantemente.

Balcones, acantilados, huecos de escalera; ningún lugar en apariencia inocuo escapa jamás a mi mente de escritora.

Eamon se burlaba de mí cuando empecé a escribir profesionalmente, pero ahora solo me suelta con desprecio que estoy más casada con mi trabajo que con él cada vez que saco un cuaderno o grabo una nueva nota de voz en el móvil.

Bajo las escaleras a toda prisa, acercándome a cada segundo que pasa a mi supuesta seguridad, a las cuatro mujeres que ya deberían estar esperándome.

Y en cuanto paso el billete por las barreras, veo enseguida a Kaylene, que parece aún más grande que en la videollamada de Zoom. Después distingo a las demás a su lado y suelto un suspiro de alivio.

—No hay duda de quién eres —digo riendo, señalando el enorme barrigón que tensa un peto del tamaño de una tienda de campaña—. ¿Te ha traído tu marido en coche? —Echo un vistazo alrededor por si hay algún hombre rondando cerca de nosotras.

Ella niega con la cabeza. —Al final he cogido un tren desde York. No le hará ninguna gracia, pero estoy con vosotras, así que ahora que estoy aquí me siento segura.

—Sé exactamente a qué te refieres —digo.

—Pero desde luego me habría traído si se lo hubiera pedido —continúa—, y le habría encantado conoceros a todas si le hubiera dado la oportunidad.

Las miro una por una. —En el tren venía pensando en la pena que es que no nos conozcamos en otras circunstancias, pero es lo que hay.

El final de mi frase queda ahogado por un anuncio de fondo por megafonía. A nuestro alrededor, la gente se abre paso a empujones para entrar y salir por las barreras, va y viene, pero nadie con nuestra misma sensación de urgencia. Nadie más va a reunirse para unir fuerzas a raíz de un asesinato.

—Soy Brenna —dice la que parece la mayor de las cinco, dando un paso al frente para tenderme la mano—. Ya nos hemos presentado todas mientras esperábamos.

—Fue Kaylene quien nos reunió aquí —dice otra mujer, extendiendo el brazo—. Como has dicho, es difícil no verla. Soy Jade.

—Claro, te reconozco por tus fotos.

—Y yo soy Antonia —dice la última mujer con una sonrisa—. He reunido todo el material que he podido. Todos los mensajes, quiero decir. Solo quiero pillarlo.

—Todas queremos. —Le devuelvo la sonrisa. Antonia es a quien más me interesa mantener de mi lado. Si las cosas no salen según lo previsto con la policía, es ella quien espero que lleve a cabo lo que tramé en el tren. Pero por ahora me guardaré para mí lo que se está cociendo en mi cabeza.

—Fuera, en la parte trasera de la estación, hay unos cuantos de esos taxis que llamamos blancos y negros —dice Brenna—. Algunos son del tamaño de un taxi negro, lo bastante grandes para que quepamos todas.

—Desde luego, yo voy a necesitar un taxi extragrande. —Kaylene se ríe—. Pero ahora en serio, sigo pensando que nos estamos equivocando de persona.

—Ya veremos. —Antonia resopla, y por su cara noto que discrepa profundamente de Kaylene.

—Si acaso, que nos presentemos podría ayudar a descartar a Franky Newsome de la investigación —continúa Kaylene—. Porque sinceramente creo que deberían estar buscando a otra persona.

Mientras echamos a andar por el vestíbulo, dejando atrás las tiendas, las cafeterías y los músicos callejeros, el móvil me pita con otro mensaje.

No me puedo creer que me estés ignorando.