El Troll Capítulo 31
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Capítulo 31

KAYLENE

—Vamos, chico. —Silbo para que Bertie, mi labradoodle dorado, vuelva a mi lado. Ya no paseo tanto con él ahora que estoy embarazada de gemelos de siete meses, pero como Tom está fuera por trabajo esta semana, no me queda otra que sacar a Bertie a su paseo de la tarde.

Anochece deprisa mientras me siento en el banco junto al río para tomarme un respiro. No sé qué me comprimen más los bebés, si la vejiga o los pulmones. Lo único que sé es que parece que lleve años embarazada, no meses.

Le he dado instrucciones tajantes a mi marido: esta es la última vez que puede irse por trabajo antes de que salga de cuentas. Me van a inducir el parto por mi edad, pero nos han dicho que podría ponerme de parto de forma espontánea en cualquier momento en cuanto entre en el último mes.

Ojalá me dejaran ponerme de parto de forma natural, pero me lo van a inducir. Por mi edad. Porque soy lo que ellos llaman una madre geriátrica .

Odio tanto ese término que abrí una página de Instagram llamada Geriatric Twin Mum («Madre Geriátrica de Gemelos»).

Así me llamó el obstetra cuando me examinó rodeado de sus estudiantes con bata blanca en la revisión del mes pasado.

Lo dijo delante de mis narices. Y no soy la única futura mamá que ha pasado por esto.

Muchísimas mujeres han aparecido en mis publicaciones para solidarizarse conmigo, exigiendo que no se nos haga sentir como acabadas solo por no estar recién salidas de la universidad. O sea, si a mí me llaman «geriátrica», ¿cómo llamarán a las mujeres de cuarenta y tantos?

Otras mujeres me han dicho que se me ve sanísima; me han dicho que estoy radiante. Pero yo no me siento radiante. Me siento como una ballena varada. Aun así, esto es lo que me encanta de ser mujer: la solidaridad absoluta que tenemos entre nosotras. Incluso con las que no hemos conocido nunca.

Es una pena que no pueda decirse lo mismo de los comentarios que son cada vez más frecuentes en mi página. No sé quién demonios disfruta siendo tan cabrón, ni quién tendría siquiera el tiempo y la energía para soltar tanto veneno sobre una desconocida.

Sí, estoy bloqueando a los cabrones y denunciándolos a Instagram.

Muchas otras mujeres también lo hacen por mí, pero nada de esto impide que el odio despiadado siga cayendo en mi bandeja de entrada y en mi perfil.

Un odio que se vuelve más aterrador con cada mensaje, aunque sigo intentando quitarle importancia.

Pero mensajes como este avivan todavía más mi miedo.

Seguro que a los dos les pasa algo, que es lo mínimo que te mereces por quedarte preñada a tu edad.

Instintivamente, suelto la correa de Bertie, la piso con la zapatilla y apoyo la mano ahora libre en un gesto casi protector sobre los preciosos bebés de mi vientre.

No había visto este perfil antes, y quienquiera que sea ni siquiera se ha molestado en subir una foto.

Muchos de los trolls que dejan mensajes desagradables o groseros al menos se molestan en enseñar qué pinta tienen, aunque sus fotos de perfil probablemente tengan diez años como mínimo, o estén tan en penumbra que sea imposible verles la cara.

Son monstruos, y por eso tienen que esconderse en las sombras.

No me puedo creer cuánta gente le ha dado a «me gusta» a este comentario tan cruel.

Voy bajando por la lista de nombres y me fijo en que la mayoría parecen hombres; sus fotos de perfil son imágenes de peces, siluetas grises, una diana y un campo de fútbol.

Ni uno solo ha puesto una foto de verdad, y aun así se creen con derecho a juzgarme a mí .

Dos de los que le han dado «me gusta» al comentario han comentado.

¿Quién querría meterse ahí, de todos modos? Parece el culo de un autobús.

Alguien ha añadido.

Un toro, querrás decir. Con el culo en acción.

Es increíble cuántos emojis de risa ha cosechado este comentario. Está claro que están todos cortados por el mismo patrón. Enfermos.

Enfermos y probablemente celosos. Al fin y al cabo, es poco probable que gente tan asquerosa como esa tenga pareja o hijos, ni en camino ni de ningún otro tipo.

No te mereces ser madre. Alguien debería contarle a tu marido lo que eres en realidad.

Me estremezco al levantar la vista del móvil.

Quiero responderle ¿pero de qué demonios estás hablando? , pero justo ahora hay algo más urgente. Una amenaza en el aquí y ahora.

Bertie está gruñendo.

Cojo su correa y lo acerco hacia mí mientras me levanto temblorosa del banco. Seguro que es mi imaginación desbocada, pero tengo la sensación de que alguien podría estar observándome. Así que lo único que importa es alejarme de aquí y ponerme a salvo.

Aquí estoy, sola en un paraje bonito y desierto, con un perro incapaz de defenderme ni de una mosca. Soy idiota. Y estoy segura de que ha oscurecido aún más en los pocos minutos que llevo sentada en el banco.

Tom me mataría si me viera ahora. Eso, siempre que no me pille alguien antes.

Aprieto el paso hacia mi casa, intentando echar a trotar a medida que me acerco a las farolas y a las luces de las casas que bordean la calle. Si consigo llegar hasta ahí, estaré a salvo. Estaremos a salvo. Me doy una palmadita en la tripa.

Normalmente esto es totalmente seguro, una de las zonas más codiciadas de York.

Y las cosas malas rara vez pasan en los sitios bonitos.

Apenas puedo respirar cuando por fin llego a la calle, arrastrando tras de mí a un Bertie igual de resollante. —¿Por qué no puedes estar aquí, Tom? —Mi voz resuena en la penumbra—. Ojalá estuvieras en casa y pudieras venir a recogernos en coche.

Podrías llamar a la policía , chilla una voz más fuerte dentro de mi cabeza.

Y podría. Pero ¿harían algo de verdad?

Además, no quiero que nadie, y menos Tom, sepa que un casi ex de hace años ha vuelto a rondarme. Puede que le diera alas sin querer, no lo sé. Desde luego no pretendía animarlo, pero siempre me ha costado ser directa con la gente.

No podía decirle sin más que me daba tanta grima entonces como me la da ahora, ni que la única razón por la que salí con él en su día fue porque me daba lástima.

Cuando por fin reuní el valor para decirle que se había acabado, si es que alguna vez había empezado, convirtió mi rechazo en algo muchísimo más grande. Cualquiera habría pensado que estaba rompiendo un compromiso.

Durante meses, amigos y familiares lo vieron plantado delante de mi casa, mirando sin más. Otras veces esperaba a la salida de la oficina donde yo trabajaba. No solo me inquietaba a mí; también asustaba a mis compañeras. Al final, empezamos a entrar y salir de dos en dos.

Pero la policía dijo que no podían obligarlo a marcharse ni detenerlo. Para ellos, no había dicho nada amenazante ni hecho nada ilegal.

—No hay ninguna ley que prohíba estar de pie en una esquina —dijo el agente que vino a verme.

Una amistad común me contó después que mi acosador escudriñaba todo lo que yo publicaba en las redes sociales, aunque le había bloqueado la cuenta. Estaba usando la cuenta de otra persona.

Eso tampoco le interesó al agente.

Me porté con educación cuando reapareció; al fin y al cabo, él también está casado ahora, tiene hijos, por el amor de Dios, y la gente puede cambiar y, de hecho, cambia.

Pero su propia situación no le impidió hacer insinuaciones obscenas sobre cómo podríamos retomarlo donde lo dejamos de adolescentes. Eso fue antes de que descubriera que estaba esperando gemelos y que me había casado hacía poco.

Cuando cambié el nombre de mi página de Instagram de Kaylene Marshall a Kaylene Marshall-Wicks y mi usuario de @kreativekraftyKaylene a @geriatrictwinmum, no se lo tomó nada bien.

De nuevo, reaccionó como si yo hubiera cometido una enorme traición, diciendo que le había hecho creer que teníamos un futuro.

Igual que había hecho años atrás en MySpace, lo bloqueé en Instagram sin darle explicaciones.

Suelto un suspiro de alivio cuando Bertie y yo llegamos a la calle sanos y salvos.

Si alguien se me acerca ahora, o si alguien me está siguiendo, puedo subir corriendo por una de las entradas y aporrear la puerta de una de las casas iluminadas.

O si algún maníaco me agarrara, mis gritos deberían oírse.

La gente quizá me preguntaría qué demonios se me pasa por la cabeza, caminando por la ribera desierta de un río cuando empieza a oscurecer, y más en mi estado, y eso es lo primero que diría Tom si le contara lo de esta noche.

Pero ¿por qué demonios no iba a poder caminar por donde quiera, cuando quiera y en el estado que sea? Estoy dejando que los comentarios desagradables de mi perfil me pongan nerviosa, y tengo que dejar de hacerlo.

Al menos Bertie ha dejado de gruñir.

El móvil me pita en la mano. Seguro que es Tom, así que tendré que hacer como si nada. No quiero preocuparlo, no estando tan lejos. Volvería a casa si supiera lo asustada que estoy; sé que lo haría, pero quizá a costa de su trabajo.

Cuando levanto la pantalla a la altura de la cara, al principio me cuesta procesar lo que estoy viendo.

Es una foto de un techo: una tulipa de cristal ornamentada, rodeada por un ventilador de techo cromado.

¿Por qué iba alguien a enviarme eso?

Un momento. Es mi tulipa de cristal ornamentada. Mi ventilador de techo cromado. ¿Será Tom? ¿Habrá vuelto a casa antes de lo previsto? ¿Estará tumbado en nuestra cama, esperando a que vuelva?

No, seguro que no; tiene más o menos asumido que esa parte de nuestro matrimonio está en pausa hasta bastante después de que nazcan los bebés.

Los dos sabíamos que un embarazo a estas alturas, con casi cuarenta años, entrañaba más riesgo, pero no creo que ninguno de los dos esperara que fueran gemelos.

Pero no, no es Tom, a menos que por algún motivo haya tenido que cambiar de número.

Aparece otra foto debajo de la primera, esta vez de una nota, colocada en el borde de mi funda de edredón de algodón blanco. En mi dormitorio. En mi casa.

¡ADIVINA QUIÉN HA ESTADO AQUÍ!

Estas fotos no las ha enviado mi marido; las ha enviado otra persona.

Alguien que ha logrado meterse dentro de mi casa.

Dios. Mío.